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Querido Álvaro: me
ha dado
una tremenda alegría
tu premio. Yo lo sabía
antes que tú. Fui jurado
de novela; estuve al lado
de Fernando Aínsa y Dante
Liano en el preciso instante
que redactaban el fallo
en el género de Ensayo.
Y me sentí muy importante
cuando dijeron tu nombre
(don Alvaro Salvador)
y nadie a mi alrededor
sabía quién era el hombre.
El jurado —aunque te asombre—
no conocía quién eras.
Entonces, con lisonjeras
pero muy emotivas frases
les expliqué lo que haces,
tus paralelas carreras
de académico y poeta,
de ser humano y amigo.
Estuve allí, fui testigo
—tal vez de forma indiscreta—
de su emoción. Qué secreta
satisfacción por tu obra
en la que Casal recobra
vida y Darío y Machado
dejan de hablar en pasado.
Les gustó tu maniobra
bibliográfica y poética,
arquitectónica y lírica.
Les gustó tu panegírica
prosa, tu clásica estética,
la visión casi profética
sobre un grupo modernista
que siempre tuvo a la vista
lo grande de sus ciudades.
Elogiaron tus bondades
como lúcido ensayista.
Tanto Esmeralda Santiago
como Satoko Tamura
—nipona, pero madura
hispanista—, como halago
dijeron que eras un mago
de arquitectura verbal.
Liano y Aínsa al final
le tendieron el papel
a Rodríguez Coronel.
Unanimidad total.
Estábamos en Cienfuegos,
casi al centro de la isla,
ciudad donde el mar legisla
bienvenidas y hastaluegos.
Entre lecturas y juegos,
entre rones y areítos,
entre tantos manuscritos
que Casa de las Américas
nos dio —páginas homéricas,
análisis eruditos—,
tus jurados conversaban
sobre el arte modernista
y cómo “en este ensayista”
(en ti, Alvaro) se imbricaban
verso y prosa, y deambulaban
por ciudades coloniales,
por hermosas capitales
del pasado americano.
Bien guiados por tu mano,
Darío y Casal viajaban
entre viejas columnatas
y frisos y capiteles...
Tinta negra en los papeles
blancos: palabras mulatas.
Como viejas separatas
de pretéritas revistas
iban párrafos y vistas
describiendo las ciudades,
maquillando sus edades,
probando a los analistas
que fungían de jurado
la seriedad de tu empeño.
Por eso has cumplido el sueño
de un Premio Casa. Has ganado,
granadino acostumbrado
a ver la América hispana
a través de la ventana
del estudio y el trabajo.
Tu Cátedra es una atajo
hacia Ciudad de la Habana.
Y allí estaba yo, contento,
elogiándote, contando
que hasta estuvimos hablando
de Casal en un evento
en Ciudad Real (lo cuento
ahora, después de premiado;
tú no me habías contado
que el texto concursaría
en el Casa; no sabía
nadie que yo era jurado).
Se lo cuento a Dante Liano
y a Fernando (ambos amigos
para siempre; ambos testigos
de mi asombro). De antemano,
dije que eras muy cercano
a la América Latina.
Y más (cosas de cantina):
les hablé de un tema “triste”:
de cuando sobreviviste
(empapado en gasolina)
a un accidente de avión
en tu querida Granada.
Que fue un gran susto, más nada.
Y que yo en cierta ocasión
había escrito algo con
el tema de un accidente
aéreo. Lo más prudente
fue dedicarte el poema.
Lo hice, y descubrí el problema.
Me di cuenta de repente
de que nunca te lo he dado,
de que aún no lo has leído.
Por eso me he decidido
(todo un trimestre ha pasado
desde que siendo jurado
supe de tu premio Casa)
a escribirte, a ver qué pasa
cuando leas estas décimas
(que incluso pueden ser pésimas;
su poesía es escasa;
nada que ver con tu dura
experiencia personal).
Son un texto escritoral.
Humor negro. Mueca oscura
al miedo a volar. Conjura
a la palabra “accidente”.
Le ha gustado a mucha gente,
y otra gente lo condena.
Son décimas en cadena.
(Para ti, sobreviviente.)
Treinta y tres mil pies de altura.
Fasten belts. No smoking. Miedo.
Sonrío en blanco. No puedo
no pensar en la futura
nota de prensa, en la oscura
letra de los linotipos.
Treinta y tres mil anticipos
de mi familia llorando.
Nubes: cementerio blando.
Y este avión, y aquellos tipos
que charlan como si nada,
y esa aeromoza que advierte
cuantos peligros de muerte
encierra esta madrugada.
Observo a los otros. Cada
pasajero es un presunto
e hipotético difunto
o absurdo sobreviviente
de un imposible accidente
que todo el mundo imagina
y no ocurrirá. En cabina,
detrás de toda esa gente
que ya huele a información
hallada en la caja negra,
mi miedo se desintegra.
Allí la tripulación,
allí esos pilotos con
tantos años de experiencia
justifican la paciencia
y el rostro de la aeromoza.
Allí el cielo es otra cosa.
Allí yo soy mi apariencia.
Acabaré el refrigerio
y leeré la revista.
Basta de temor. La pista
ya se ve. Por qué estar serio,
por qué hablar del cementerio,
por qué temblar: ¡qué vergüenza!
Finjamos que nadie piensa.
—¿Otro whisky, señorita?
Fasten belts. No smoking. Cita
de la prensa:
Aún están por aclarar
las causas del
accidente.
Se estrelló al aterrizar,
y hay sólo un
sobreviviente
aún sin identificar.
Como ya has visto, al final
he puesto un verso quebrado
y un estrambote. He tratado
de que parezca “real”:
esa “quiebra” estructural
simboliza la ruptura
del avión. La añadidura
de una quintilla en cursiva
simboliza que está viva
tu parte de la aventura.
Bueno, Álvaro, te reitero
mi enhorabuena. Ahora estoy
en Almería y no voy
a pisar suelo habanero
hasta septiembre. Yo espero
verte de nuevo en Granada,
o que hagas una llamada.
Besa a Pepa de mi parte.
(Nota: Olvidaba contarte:
Natalia está embarazada.) |