Año V
La Habana
2007

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TE PONGA EL PLATO?

Carta a Álvaro Salvador
(a raíz de su Premio Casa de las Américas)
Alexis Díaz-Pimienta

Querido Álvaro: me ha dado

una tremenda alegría

tu premio. Yo lo sabía

antes que tú. Fui jurado

de novela; estuve al lado

de Fernando Aínsa y Dante

Liano en el preciso instante

que redactaban el fallo

en el género de Ensayo.

Y me sentí muy importante

cuando dijeron tu nombre

(don Alvaro Salvador)

y nadie a mi alrededor

sabía quién era el hombre.

El jurado —aunque te asombre—

no conocía quién eras.

Entonces, con lisonjeras

pero muy emotivas frases

les expliqué lo que haces,

tus paralelas carreras

de académico y poeta,

de ser humano y amigo.

Estuve allí, fui testigo

—tal vez de forma indiscreta—

de su emoción. Qué secreta

satisfacción por tu obra

en la que Casal recobra

vida y Darío y Machado

dejan de hablar en pasado.

Les gustó tu maniobra

bibliográfica y poética,

arquitectónica y lírica.

Les gustó tu panegírica

prosa, tu clásica estética,

la visión casi profética

sobre un  grupo modernista

que siempre tuvo a la vista

lo grande de sus ciudades.

Elogiaron tus bondades

como lúcido ensayista.

Tanto Esmeralda Santiago

como Satoko Tamura

—nipona, pero madura

hispanista—, como halago

dijeron que eras un mago

de arquitectura verbal.

Liano y Aínsa al final

le tendieron el papel

a Rodríguez Coronel.

Unanimidad total.

Estábamos en Cienfuegos,

casi al centro de la isla,

ciudad donde el mar legisla

bienvenidas y hastaluegos.

Entre lecturas y juegos,

entre rones y areítos,

entre tantos manuscritos

que Casa de las Américas

nos dio —páginas homéricas,

análisis eruditos—,

tus jurados conversaban

sobre el arte modernista

y cómo “en este ensayista”

(en ti, Alvaro) se imbricaban

verso y prosa, y deambulaban

por ciudades coloniales,

por hermosas capitales

del pasado americano.

Bien guiados por tu mano,

Darío y Casal viajaban

entre viejas columnatas

y frisos y capiteles...

Tinta negra en los papeles

blancos: palabras mulatas.

Como viejas separatas

de pretéritas revistas

iban párrafos y vistas

describiendo las ciudades,

maquillando sus edades,

probando a los analistas

que fungían de jurado

la seriedad de tu empeño.

Por eso has cumplido el sueño

de un Premio Casa. Has ganado,

granadino acostumbrado

a ver la América hispana

a través de la ventana

del estudio y el trabajo.

Tu Cátedra es una atajo

hacia Ciudad de la Habana.

Y allí estaba yo, contento,

elogiándote, contando

que hasta estuvimos hablando

de Casal en un evento

en Ciudad Real (lo cuento

ahora, después de premiado;

tú no me habías contado

que el texto concursaría

en el Casa; no sabía

nadie que yo era jurado).

Se lo cuento a Dante Liano

y a Fernando (ambos amigos

para siempre; ambos testigos

de mi asombro). De antemano,

dije que eras muy cercano

a la América Latina.

Y más (cosas de cantina):

les hablé de un tema “triste”:

de cuando sobreviviste

(empapado en gasolina)

a un accidente de avión

en tu querida Granada.

Que fue un gran susto, más nada.

Y que yo en cierta ocasión

había escrito algo con

el tema de un accidente

aéreo. Lo más prudente

fue dedicarte el poema.

Lo hice, y descubrí el problema.

Me di cuenta de repente

de que nunca te lo he dado,

de que aún no lo has leído.

Por eso me he decidido

(todo un trimestre ha pasado

desde que siendo jurado

supe de tu premio Casa)

a escribirte, a ver qué pasa

cuando leas estas décimas

(que incluso pueden ser pésimas;

su poesía es escasa;

nada que ver con tu dura

experiencia personal).

Son un texto escritoral.

Humor negro. Mueca oscura

al miedo a volar. Conjura

a la palabra “accidente”.

Le ha gustado a mucha gente,

y otra gente lo condena.

Son décimas en cadena.

(Para ti, sobreviviente.)


Treinta y tres mil pies de altura.

Fasten belts. No smoking. Miedo.

Sonrío en blanco. No puedo
no pensar en la futura
nota de prensa, en la oscura
letra de los linotipos.
Treinta y tres mil anticipos
de mi familia llorando.
Nubes: cementerio blando.
Y este avión, y aquellos tipos
que charlan como si nada,
y esa aeromoza que advierte
cuantos peligros de muerte
encierra esta madrugada.
Observo a los otros. Cada
pasajero es un presunto
e hipotético difunto
o absurdo sobreviviente
de un imposible accidente
que todo el mundo imagina
y no ocurrirá. En cabina,
detrás de toda esa gente
que ya huele a información
hallada en la caja negra,
mi miedo se desintegra.
Allí la tripulación,
allí esos pilotos con
tantos años de experiencia
justifican la paciencia
y el rostro de la aeromoza.
Allí el cielo es otra cosa.
Allí yo soy mi apariencia.
Acabaré el refrigerio
y leeré la revista.
Basta de temor. La pista
ya se ve. Por qué estar serio,
por qué hablar del cementerio,
por qué temblar: ¡qué vergüenza!
Finjamos que nadie piensa.
—¿Otro whisky, señorita?

Fasten belts. No smoking. Cita

de la prensa:

                Aún están por aclarar
                las causas del accidente.
                Se estrelló al aterrizar,
                y hay sólo un sobreviviente
                aún sin identificar.
 

Como ya has visto, al final

he puesto un verso quebrado

y un estrambote. He tratado

de que parezca “real”:

esa “quiebra” estructural

simboliza la ruptura

del avión. La añadidura

de una quintilla en cursiva

simboliza que está viva

tu parte de la aventura.

Bueno, Álvaro, te reitero

mi enhorabuena. Ahora estoy

en Almería y no voy

a pisar suelo habanero

hasta septiembre. Yo espero

verte de nuevo en Granada,

o que hagas una llamada.

Besa a Pepa de mi parte.

(Nota: Olvidaba contarte:

Natalia está embarazada.)

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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