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Está
sujeto a controversia si existe o no un
joven cine cubano. Para afirmar la
presencia y efectividad de tal
movimiento sería preciso que la
respetable cantidad de debutantes
identificados durante los últimos cinco
o seis años compartan algo más que la
similitud de edades, y manifestaran un
espíritu generacional identificable
(distinto de los cineastas anteriores ya
asentados), una cierta intención
estética más o menos compartida, además
de los modos de hacer y la visión propia
del mundo, del país y de las funciones
del audiovisual. Si bien es cierto que
no se aprecia en nuestros jóvenes
realizadores semejante comunidad de
intereses, ni tampoco un ánimo grupal
demasiado fuerte o dinámico, no debe
negarse que el último lustro se ha visto
henchido de promesas, diferentes
nombres, novatos llenos de entusiasmo y
de capacidades, casi todos integrados a
las diversas instancias del audiovisual
cubano (con el ICAIC, sin el ICAIC y más
allá del ICAIC) mediante la colocación
de sus obras en alguna de las cinco
ediciones anteriores de esta Muestra
Nacional de Nuevos Realizadores.
La
más reciente edición del Festival
Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano (el evento audiovisual
de suprema importancia en nuestro medio)
fue una especie de festín para este cine
joven todavía irreconocible por algunos.
El premio a la Mejor Ópera Prima fue
para El Benny, de Jorge Luis
Sánchez, quien por su dedicada
contribución al cine joven cubano, ha
sido en varias ocasiones presidente de
esta Muestra.
La edad de la
peseta,
que representaba el debut en el
largometraje de ficción del director
Pavel Giroud, el guionista Arturo
Infante y del fotógrafo Luis Najmías,
fue elegida la película con mejor
fotografía y dirección de arte. Pavel
destacó en ediciones anteriores de la
Muestra gracias a sus cortometrajes de
ficción Todo por ella y Flash
(primer cuento de Tres veces dos).
Hablando de cortometrajes, en el
Festival se alzó triunfador otro joven
realizador cubano, Arturo Infante con
Gozar, comer, partir (Infante ganó
celebridad instantánea luego de la
presentación de Utopía, en la
tercera Muestra); mientras que el premio
al mejor filme experimental fue para
Existen, de Esteban Insausti, otro
de los directores jóvenes fuertemente
vinculados a este evento mediante sus
cortometrajes, de ficción o documental,
Más de lo mismo, Las manos y
el ángel y Luz roja (último
cuento de Tres veces dos).
A
todo ello se suma que en la cuarta
edición del Festival Internacional de
Cine Pobre, en Gibara, el jurado de
documentales, obras Experimentales y
videoarte, concedió el premio Pobreza
Zero al documental Despertando a Quan
Tri, del camagüeyano Gustavo Pérez
Fernández, otro de los realizadores muy
aplaudidos en las Muestras. En la
categoría de mejor maqueta de
largometraje de ficción, el premio a la
mejor producción de un filme alternativo
se entregó a Inti Herrera por el
largometraje Personal Belongings,
dirigido por el cubano Alejandro Brugués,
“por el esfuerzo realizado en contar una
historia de amor imposible con una serie
de recursos muy sencillos y efectivos”.
El premio al mejor guión inédito fue
también para los cubanos,
particularmente 1, 2, 3 probando,
de Carlos Díaz Lechuga y Claudia Calviño,
que a pesar de transcurrir en un solo
escenario, y en unas pocas horas, tiene
un desarrollo especialmente rico en
situaciones y personajes.
Continúo hablando de concursos y
festivales, porque precisamente su mayor
utilidad consiste en vaticinar,
perfilar, hacer propuestas sobre lo más
novedoso y atrayente. En la séptima
edición del Festival Santiago Álvarez in
Memoriam se entregó el tercer
premio a Despertando a Quan-tri,
de Gustavo Pérez Fernández, ya
mencionado entre los realizadores
jóvenes vinculados a la Muestra. En los
galardones por especialidades, el jurado
otorgó el de diseño sonoro a Pedro
Suárez y Houari Chiong, por Re-Jau-La,
mientras que entre las menciones del
evento figuraba Al cantío del gallo,
de Carlos Y. Rodríguez. Estos
realizadores consiguieron destacarse en
una edición del Festival a la cual se
presentaron 202 documentales de 33
países, de los que fueron escogidos 47
finalistas de 13 países.
Por otra parte, en la novena edición de
los premios Lucas, concebidos para
premiar los mejores video clips pasados
en la Televisión Cubana durante 2006,
fueron nominados Maracujá, de
Pavel Giroud y La edad de la peseta,
firmado también por Pavel junto con
Lester Hamlet; Ángeles de paso;
Sigo cayendo y Apretaíto pero
relajao, de Ian Padrón, además de
los animados El espantapájaros y
La gata Mimí, de Nelson Serrano y
Tony Nodarse. Deben mencionarse tales
obras pues aunque la Muestra no contiene
video clips, este es un género
televisivo muy vinculado en la
actualidad al perfil definitivo y al
progreso del audiovisual nacional. Tal
es así que los jóvenes realizadores de
documentales, animados y ficción, en
cine, televisión o video, suelen
dedicarse a esta modalidad en algún
momento de sus carreras.
No son los nombres antes relacionados
los únicos que pueden mencionarse cuando
se intenta trazar los contornos difusos
del audiovisual joven cubano. Hay muchos
otros, pero valgan como ejemplo de la
extensa lista de proposiciones incluidas
en las nóminas de premios entregados por
diversos festivales, no necesariamente
dedicados a la creación de los jóvenes.
Este año, aunque la estrella parece ser
el documental, las diferentes secciones
proponen nada menos que tres
largometrajes provenientes del llamado
cine independiente, es decir, de obras
cuya producción cuenta con muy escaso o
ningún apoyo logístico del ICAIC.
Concursa Personal Belongings, de
Alejandro Brugués, mientras que se
exhiben fuera de concurso Así de
simple, de Carolina Nicola y
Mañana, de Alejandro Moya.
Tanto las limitaciones de recurso como
los desasosiegos existenciales que
manifiestan las historias “pequeñas”
puestas en escena por los realizadores (Brugués,
Nicola y Moya fungen también como
guionistas de sus filmes) inclinan estos
largometrajes a temas, y subtemas, no
demasiado tratados por el cine de la
Isla. Suelen asomarse, en los tres
largometrajes mencionados, los universos
de la intimidad y la cotidianidad, el
amor de pareja y algunas tensiones
familiares, las decisiones individuales
que afectan el futuro y la existencia
toda de los protagonistas (regularmente
muy jóvenes), el grado de pertenencia y
compromiso respecto a la inmediatez, las
aspiraciones particulares no
necesariamente integradas al
macroproyecto social y político.
Personal Belongings, Así de
simple y Mañana le dan
continuación, desde los tonos y matices
personales que le confieren sus
hacedores, a temáticas y tratamientos
similares a los vistos en títulos
recientes como Tres veces dos, de
Pavel Giroud, Lester Hamlet y Esteban
Insausti; Mata que Dios perdona,
de Ismael Perdomo; Video de familia
y Frutas en el café, ambas de
Humberto Padrón; Na-Na, de
Patricia Ramos; pero también debe
aludirse al hecho de que inquietudes muy
similares animaron importantes títulos
del cine cubano clásico como Hello
Hemingway y Madagascar, de
Fernando Pérez; Nada, de Juan
Carlos Cremata, o Papeles secundarios,
de Orlando Rojas, por solo mencionar
cuatro películas orientadas por
parecidas brújulas.
TESTIGOS DE SU TIEMPO
En
los últimos diez años ha sido el
documental el género que más se ha
desarrollado, en términos de variación y
de lenguaje, tanto en Europa como en
Estados Unidos. El auge se ha
consolidado a partir de la insaciable
programación de las televisoras, de la
expansión democratizadora de las nuevas
tecnologías (particularmente el video
digital e Internet), y del éxito
fulminante alcanzado por Michael Moore,
por tres o cuatro documentales de punta
franceses, más o menos ecologistas (Microcosmos,
Nómadas del viento, La marcha
del emperador), y debido al apogeo
del documental militante y comprometido
en Europa y Latinoamérica. El fenómeno
del gran auge mundial del documental,
como conjunto, es muy reciente (sobre
todo ocurrió en el período 2002-2005), y
condiciona cambios fundamentales en la
producción, distribución y exhibición,
sin olvidar los recursos del lenguaje y
de la puesta en escena, que conllevan la
paulatina metamorfosis que, lentamente,
está llegando a nuestro país. Si bien el
año pasado, en diversas publicaciones,
aseguraba yo muy convencido que Cuba
volvía a ser la excepción de la regla
“pues los mejores tiempos del documental
parecían haber quedado en la etapa que
abarca de mediados de los 60 hasta los
80”, mucho me agrada desdecirme
parcialmente este año: la Muestra
presenta algunos atisbos muy sugestivos.
No es
que de golpe y porrazo se hayan
solucionado las dificultades que
apuntábamos hace doce meses sobre el
panorama de los testimonios en imágenes
al interior de la Isla (problemas de
producción, confusión de los
realizadores respecto al reportaje
televisivo de ocasión, violación del
punto de vista y de principios
dramatúrgicos elementales, exceso de
didactismo y de convenciones…) pero sí
es evidente la profundización de los
realizadores en la realidad nacional a
través de un método de representación
hondamente noble, y de irrefutable
eficacia social. Además, entre las
muchas ventajas del documental puede
anotarse que sus costos resultan, por lo
regular, menores que los de la ficción
(no requiere guionistas, ni grandes
equipos de rodaje, ni iluminación
aparatosa, ni actores, ni escenografía)
y se las arregla para proveer
información de primera mano sobre un
suceso real, ya sea de manera poética o
reflexiva, irónica u observacional,
directa o participativa.
En
esta sexta edición de la Muestra
sorprende la cantidad y calidad de
buenos documentales incluidos en la
Sección Oficial. De manera similar al
modo en que sorprendieron e impactaron
algunos de los mejores ejemplos de la
historia del cine cubano, pasando por
las filmografías de Santiago Álvarez,
Nicolasito Guillén Landrián, Oscar
Valdés, Marisol Trujillo o Enrique
Colina —aclaro que la selección de
nombres ilustres está regida por mis
preferencias personales— estamos en
presencia de obras que emprenden
búsquedas críticas o reveladoras de lo
inmediato y lo distante, lo contingente
y lo evasivo. Buscándote Habana
(Alina Rodríguez), Protectoras
(Daniel Vera), Monteros
(Alejandro Ramírez), Las camas solas
(Sandra Gómez), De generación
(Aram Vidal) o La cuchufleta (Luis
Ángel Guevara), se dedican a
instrumentar con agudeza la intervención
social del creador, ya sea con intención
de socializar el conocimiento sobre un
tema, o desde el propósito de favorecer
la turbulencia y la polémica en torno a
ese mismo tema.
Buscándote Habana, La cuchufleta
y Protectoras refuerzan la
sensación del espectador de estar
asistiendo a los hechos mostrados tal
como ocurrieron, sin embellecimiento ni
artificio de ninguna índole. Hay otros
títulos que se orientan más al
espectáculo, y se dejan llevar por
dimensiones emotivas del relato, además
de ostentar las opiniones sólidamente
conformadas de los personajes,
profundidad y rigor en la exposición del
punto de vista, como ocurre con
Malegría (Marcelo Martín y Daniel
Diez), Camaleón (Liván Magdalena
y Abel Raymond), Compás de espera
(Raidel Reynoso), Rock en Cuba
(Jorge Ribail y Reyes González),
Timbalito (Annette Pichs), o
Model Town (Yaimir Fanó). Los
títulos mencionados emplean más o menos
a fondo, según el caso, la mayor baza de
triunfo de un documental: problematizar
el entorno, complejizar la existencia,
plantar un espejo revelador de lo que es
poco conocido, y terminar revelando
circunstancias muchas veces dolorosas,
discutibles, ásperas, invariablemente
situadas más allá de la mera propaganda,
o de la divulgación concebida para
apaciguar la digestión de los
conformistas.
Todos
estos documentales han sido realizados
por gente muy joven, muy pocos de ellos
afiliados al ICAIC, algunos egresados o
estudiantes del ISA o la EICTV,
trabajadores del ICRT en algunas de sus
dependencias nacionales o provinciales.
Y no se trata ni mucho menos de que sus
obras sean perfectas ni magistrales,
pero nadie podrá negarles la capacidad
para desbordar los límites impuestos
tanto por los valores instructivos,
oficialistas, como por la tendencia a la
provocación neurálgica y fortuita.
Predomina la honestidad, la sincera
inquietud, el rigor en el tratamiento
del tema. El documental cubano
recomienza su despegue. Se va reforzando
poco a poco el radical espíritu
empírico, o indagatorio, de los nuevos
cineastas, mientras progresa el
contragolpe al comercialismo evasivo
mediante obras fundadas en el retrato
fiel de la vida real, obras de muy
disímiles estaturas estéticas que
aspiran a descubrir los engranajes
funcionales de la realidad cubana, e
intentan mejorarla, tal vez, mediante
los cuestionamientos contenidos en estas
imágenes sólidas, incontestables,
factuales y vigentes.
Al
igual que escribí en la presentación del
Panorama Documental, en el catálogo del
Festival Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano, creo ahora que
“mientras no ocurra el tsunami
planetario de cinismo e indolencia, en
tanto quede incumplida la distopía de un
futuro poblado por seres humanos
completamente insensibles al destino de
su prójimo, estará el documentalista
testigo, observador y juez, en
desacuerdo o celebración, denunciando
impunidades, con la transparente
indignación, o el lírico poder de
regocijo, presto a formular sus
testimonios (parciales, retóricos,
abstractos o poéticos) sobre la
evidencia irrefutable de que no ha
ocurrido la inundación de egoísmo
universal, y que todavía somos capaces
de mirarnos, de dialogar, de exaltarnos
con ira o placer, y además tratar de
entendernos”. Valga todo ello para los
numerosos jóvenes cubanos, hombres y
mujeres (queremos resaltar la presencia
de algunas realizadoras), quienes toman
por primera o por segunda vez una
cámara, e intentan sellar en imágenes un
testimonio veraz sobre nuestros días.
Provenientes del propio cine, de la
Facultad de Medios Audiovisuales del
Instituto Superior de Arte, de la
Escuela Internacional de Cine y
Televisión de San Antonio de los Baños,
de la televisión —ya sea de sus cuatro
canales nacionales o de los telecentros
provinciales— o simplemente impulsados
por una vocación irrefrenable que los
compulsa a obtener una cámara y una
computadora donde editar, los jóvenes
cubanos están asumiendo la
responsabilidad de no dejar que pasen
los años sin grabar en cualquier soporte
el correspondiente testimonio de lo que
significa ser y estar en Cuba, hoy por
hoy. |