Año V
La Habana
2007

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Muestra Nacional de Nuevos Realizadores

¿Será el relevo que llega?

Joel del Río • La Habana

Está sujeto a controversia si existe o no un joven cine cubano. Para afirmar la presencia y efectividad de tal movimiento sería preciso que la respetable cantidad de debutantes identificados durante los últimos cinco o seis años compartan algo más que la similitud de edades, y manifestaran un espíritu generacional identificable (distinto de los cineastas anteriores ya asentados), una cierta intención estética más o menos compartida, además de los modos de hacer y la visión propia del mundo, del país y de las funciones del audiovisual. Si bien es cierto que no se aprecia en nuestros jóvenes realizadores semejante comunidad de intereses, ni tampoco un ánimo grupal demasiado fuerte o dinámico, no debe negarse que el último lustro se ha visto henchido de promesas, diferentes nombres, novatos llenos de entusiasmo y de capacidades, casi todos integrados a las diversas instancias del audiovisual cubano (con el ICAIC, sin el ICAIC y más allá del ICAIC) mediante la colocación de sus obras en alguna de las cinco ediciones anteriores de esta Muestra Nacional de Nuevos Realizadores.

La más reciente edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (el evento audiovisual de suprema importancia en nuestro medio) fue una especie de festín para este cine joven todavía irreconocible por algunos. El premio a la Mejor Ópera Prima fue para El Benny, de Jorge Luis Sánchez, quien por su dedicada contribución al cine joven cubano, ha sido en varias ocasiones presidente de esta Muestra. La edad de la peseta, que representaba el debut en el largometraje de ficción del director Pavel Giroud, el guionista Arturo Infante y del fotógrafo Luis Najmías, fue elegida la película con mejor fotografía y dirección de arte. Pavel destacó en ediciones anteriores de la Muestra gracias a sus cortometrajes de ficción Todo por ella y Flash (primer cuento de Tres veces dos). Hablando de cortometrajes, en el Festival se alzó triunfador otro joven realizador cubano, Arturo Infante con Gozar, comer, partir (Infante ganó celebridad instantánea luego de la presentación de Utopía, en la tercera Muestra); mientras que el premio al mejor filme experimental fue para Existen, de Esteban Insausti, otro de los directores jóvenes fuertemente vinculados a este evento mediante sus cortometrajes, de ficción o documental, Más de lo mismo, Las manos y el ángel y Luz roja (último cuento de Tres veces dos).

A todo ello se suma que en la cuarta edición del Festival Internacional de Cine Pobre, en Gibara,  el jurado de documentales, obras Experimentales y videoarte, concedió el premio Pobreza Zero al documental Despertando a Quan Tri, del camagüeyano Gustavo Pérez Fernández, otro de los realizadores muy aplaudidos en las Muestras. En la categoría de mejor maqueta de largometraje de ficción, el premio a la mejor producción de un filme alternativo se entregó a Inti Herrera por el largometraje Personal Belongings, dirigido por el cubano Alejandro Brugués, “por el esfuerzo realizado en contar una historia de amor imposible con una serie de recursos muy sencillos y efectivos”. El premio al mejor guión inédito fue también para los cubanos, particularmente 1, 2, 3 probando, de Carlos Díaz Lechuga y Claudia Calviño, que a pesar de transcurrir en un solo escenario, y en unas pocas horas, tiene un desarrollo especialmente rico en situaciones  y personajes.

Continúo hablando de concursos y festivales, porque precisamente su mayor utilidad consiste en vaticinar, perfilar, hacer propuestas sobre lo más novedoso y atrayente. En la séptima edición del Festival Santiago Álvarez in Memoriam se entregó el  tercer premio a Despertando a Quan-tri, de Gustavo Pérez Fernández, ya mencionado entre los realizadores jóvenes vinculados a la Muestra. En los galardones por especialidades, el jurado otorgó el de diseño sonoro a Pedro Suárez y Houari Chiong, por Re-Jau-La, mientras que entre las menciones del evento figuraba Al cantío del gallo, de Carlos Y. Rodríguez. Estos realizadores consiguieron destacarse en una edición del Festival a la cual se presentaron 202 documentales de 33 países, de los que fueron escogidos 47 finalistas de 13 países.

Por otra parte, en la novena edición de los premios Lucas, concebidos para premiar los mejores video clips pasados en la Televisión Cubana durante 2006, fueron nominados Maracujá, de Pavel Giroud y La edad de la peseta, firmado también por Pavel junto con Lester Hamlet; Ángeles de paso; Sigo cayendo y Apretaíto pero relajao, de Ian Padrón, además de los animados El espantapájaros y La gata Mimí, de Nelson Serrano y Tony Nodarse. Deben mencionarse tales obras pues aunque la Muestra no contiene video clips, este es un género televisivo muy vinculado en la actualidad al perfil definitivo y al progreso del audiovisual nacional. Tal es así que los jóvenes realizadores de documentales, animados y ficción, en cine, televisión o video, suelen dedicarse a esta modalidad en algún momento de sus carreras.

No son los nombres antes relacionados los únicos que pueden mencionarse cuando se intenta trazar los contornos difusos del audiovisual joven cubano. Hay muchos otros, pero valgan como ejemplo de la extensa lista de proposiciones incluidas en las nóminas de premios entregados por diversos festivales, no necesariamente dedicados a la creación de los jóvenes. Este año, aunque la estrella parece ser el documental, las diferentes secciones proponen nada menos que tres largometrajes provenientes del llamado cine independiente, es decir, de obras cuya producción cuenta con muy escaso o ningún apoyo logístico del ICAIC. Concursa Personal Belongings, de Alejandro Brugués, mientras que se exhiben fuera de concurso Así de simple, de Carolina Nicola y Mañana, de Alejandro Moya.

Tanto las limitaciones de recurso como los desasosiegos existenciales que manifiestan las historias “pequeñas” puestas en escena por los realizadores (Brugués, Nicola y Moya fungen también como guionistas de sus filmes) inclinan estos largometrajes a temas, y subtemas, no demasiado tratados por el cine de la Isla. Suelen asomarse, en los tres largometrajes mencionados, los universos de la intimidad y la cotidianidad, el amor de pareja y algunas tensiones familiares, las decisiones individuales que afectan el futuro y la existencia toda de los protagonistas (regularmente muy jóvenes), el grado de pertenencia y compromiso respecto a la inmediatez, las aspiraciones particulares no necesariamente integradas al macroproyecto social y político. Personal Belongings, Así de simple y Mañana le dan continuación, desde los tonos y matices personales que le confieren sus hacedores, a temáticas y tratamientos similares a los vistos en títulos recientes como Tres veces dos, de Pavel Giroud, Lester Hamlet y Esteban Insausti; Mata que Dios perdona, de Ismael Perdomo; Video de familia y Frutas en el café, ambas de Humberto Padrón; Na-Na, de Patricia Ramos; pero también debe aludirse al hecho de que inquietudes muy similares animaron importantes títulos del cine cubano clásico como Hello Hemingway y Madagascar, de Fernando Pérez; Nada, de Juan Carlos Cremata, o Papeles secundarios, de Orlando Rojas, por solo mencionar cuatro películas orientadas por parecidas brújulas.

TESTIGOS DE SU TIEMPO

En los últimos diez años ha sido el documental el género que más se ha desarrollado, en términos de variación y de lenguaje, tanto en Europa como en Estados Unidos. El auge se ha consolidado a partir de la insaciable programación de las televisoras, de la expansión democratizadora de las nuevas tecnologías (particularmente el video digital e Internet), y del éxito fulminante alcanzado por Michael Moore, por tres o cuatro documentales de punta franceses, más o menos ecologistas (Microcosmos, Nómadas del viento, La marcha del emperador), y debido al apogeo del documental militante y comprometido en Europa y Latinoamérica. El fenómeno del gran auge mundial del documental, como conjunto, es muy reciente (sobre todo ocurrió en el período 2002-2005), y condiciona cambios fundamentales en la producción, distribución y exhibición, sin olvidar los recursos del lenguaje y de la puesta en escena, que conllevan la paulatina metamorfosis que, lentamente, está llegando a nuestro país. Si bien el año pasado, en diversas publicaciones, aseguraba yo muy convencido que Cuba volvía a ser la excepción de la regla “pues los mejores tiempos del documental parecían haber quedado en la etapa que abarca de mediados de los 60 hasta los 80”, mucho me agrada desdecirme parcialmente este año: la Muestra presenta algunos atisbos muy sugestivos.

No es que de golpe y porrazo se hayan solucionado las dificultades que apuntábamos hace doce meses sobre el panorama de los testimonios en imágenes al interior de la Isla (problemas de producción, confusión de los realizadores respecto al reportaje televisivo de ocasión, violación del punto de vista y de principios dramatúrgicos elementales, exceso de didactismo y de convenciones…) pero sí es evidente la profundización de los realizadores en la realidad nacional a través de un método de representación hondamente noble, y de irrefutable eficacia social. Además, entre las muchas ventajas del documental puede anotarse que sus costos resultan, por lo regular, menores que los de la ficción (no requiere guionistas, ni grandes equipos de rodaje, ni iluminación aparatosa, ni actores, ni escenografía) y se las arregla para proveer información de primera mano sobre un suceso real, ya sea de manera poética o reflexiva, irónica u observacional, directa o participativa.

En esta sexta edición de la Muestra sorprende la cantidad y calidad de buenos documentales incluidos en la Sección Oficial. De manera similar al modo en que sorprendieron e impactaron algunos de los mejores ejemplos de la historia del cine cubano, pasando por las filmografías de Santiago Álvarez, Nicolasito Guillén Landrián, Oscar Valdés, Marisol Trujillo o Enrique Colina —aclaro que la selección de nombres ilustres está regida por mis preferencias personales— estamos en presencia de obras que emprenden búsquedas críticas o reveladoras de lo inmediato y lo distante, lo contingente y lo evasivo. Buscándote Habana (Alina Rodríguez), Protectoras (Daniel Vera), Monteros (Alejandro Ramírez), Las camas solas (Sandra Gómez), De generación (Aram Vidal) o La cuchufleta  (Luis Ángel Guevara), se dedican a instrumentar con agudeza la intervención social del creador, ya sea con intención de socializar el conocimiento sobre un tema, o desde el propósito de favorecer la turbulencia y la polémica en torno a ese mismo tema.

Buscándote Habana, La cuchufleta y Protectoras refuerzan la sensación del espectador de estar asistiendo a los hechos mostrados tal como ocurrieron, sin embellecimiento ni artificio de ninguna índole. Hay otros títulos que se orientan más al espectáculo, y se dejan llevar por dimensiones emotivas del relato, además de ostentar las opiniones sólidamente conformadas de los personajes, profundidad y rigor en la exposición del punto de vista, como ocurre con Malegría (Marcelo Martín y Daniel Diez), Camaleón  (Liván Magdalena y Abel Raymond), Compás de espera (Raidel Reynoso), Rock en Cuba (Jorge Ribail y Reyes González), Timbalito (Annette Pichs), o Model Town (Yaimir Fanó). Los títulos mencionados emplean más o menos a fondo, según el caso, la mayor baza de triunfo de un documental: problematizar el entorno, complejizar la existencia, plantar un espejo revelador de lo que es poco conocido, y terminar revelando circunstancias muchas veces dolorosas, discutibles, ásperas, invariablemente situadas más allá de la mera propaganda, o de la divulgación concebida para apaciguar la digestión de los conformistas.

Todos estos documentales han sido realizados por gente muy joven, muy pocos de ellos afiliados al ICAIC, algunos egresados o estudiantes del ISA o la EICTV, trabajadores del ICRT en algunas de sus dependencias nacionales o provinciales. Y no se trata ni mucho menos de que sus obras sean perfectas ni magistrales, pero nadie podrá negarles la capacidad para desbordar los límites impuestos tanto por los valores instructivos, oficialistas, como por la tendencia a la provocación neurálgica y fortuita. Predomina la honestidad, la sincera inquietud, el rigor en el tratamiento del tema. El documental cubano recomienza su despegue. Se va reforzando poco a poco el radical espíritu empírico, o indagatorio, de los nuevos cineastas, mientras progresa el contragolpe al comercialismo evasivo mediante obras fundadas en el retrato fiel de la vida real, obras de muy disímiles estaturas estéticas que aspiran a descubrir los engranajes funcionales de la realidad cubana, e intentan mejorarla, tal vez, mediante los cuestionamientos contenidos en estas imágenes sólidas, incontestables, factuales y vigentes.

Al igual que escribí en la presentación del Panorama Documental, en el catálogo del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, creo ahora que “mientras no ocurra el tsunami planetario de cinismo e indolencia, en tanto quede incumplida la distopía de un futuro poblado por seres humanos completamente insensibles al destino de su prójimo, estará el documentalista testigo, observador y juez, en desacuerdo o celebración, denunciando impunidades, con la transparente indignación, o el lírico poder de regocijo, presto a formular sus testimonios (parciales, retóricos, abstractos o poéticos) sobre la evidencia irrefutable de que no ha ocurrido la inundación de egoísmo universal, y que todavía somos capaces de mirarnos, de dialogar, de exaltarnos con ira o placer, y además tratar de entendernos”. Valga todo ello para los numerosos jóvenes cubanos, hombres y mujeres (queremos resaltar la presencia de algunas realizadoras), quienes toman por primera o por segunda vez una cámara, e intentan sellar en imágenes un testimonio veraz sobre nuestros días.

Provenientes del propio cine, de la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte, de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, de la televisión —ya sea de sus cuatro canales nacionales o de los telecentros provinciales— o simplemente impulsados por una vocación irrefrenable que los compulsa a obtener una cámara y una computadora donde editar, los jóvenes cubanos están asumiendo la responsabilidad de no dejar que pasen los años sin grabar en cualquier soporte el correspondiente testimonio de lo que significa ser y estar en Cuba, hoy por hoy.

 

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