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No llegó a batalla campal, pero cuando
en el teatro Payret, en 1910, debutó
una cupletista española conocida con el
sobrenombre de La Chelito, se produjo
una ventolera de opiniones encontradas.
El Diario de La Marina
—conservador y españolista a la N
potencia— comenzó una arremetida donde
insultaba con difamantes epítetos a la
diva — española y bataclana— en nombre
de la moral.
Era demasiado.
La otra parte era que con su belleza y
pícara simpatía —contaba con apenas 17
años y al decir de sus muchos
admiradores, se le salía la gracia hasta
por los poros—, la hermosa muchacha
encandiló a toda La Habana, que noche
tras noche llenaban el teatro para
admirar el famoso baile de la pulguita,
movida danza en la que La Chelito iba
levantándose el vestido, enseñando parte
de su provocativo cuerpo, mientras se
buscaba… una imaginaria pulga.
Asediada por los hombres más ricos de la
Isla, la cupletista recibió durante su
estancia en la capital cubana, fabulosos
obsequios: coches con hermosos tiros de
caballos, joyas, dinero, casas y fincas.
Tan grande fue la popularidad que
alcanzó en Cuba La Chelito, que los
fabricantes no vacilaron en ponerles a
sus artículos el nombre de la
cupletista.
Así, hubo cigarros y fósforos con su
imagen en las cajitas. También, corbatas
Chelito y hasta un caballo de carreras,
que ganaba casi siempre, llevó tal
nombre.
Sus presentaciones resultaron
apoteósicas. El público desbordaba de
entusiasmo y llenaba el Payret de bote
en bote, mientras el Diario de La
Marina, la comparaba con Satanás.
La controversia llegó a su “punto
caramelo” cuando se confirmó lo que la
misma artista había dicho apenas se bajó
del barco en donde llegó a Cuba: que se
llamaba Consuelo Portela… y que había
nacido precisamente en Cuba, en el
poblado villaclareño de Placetas, en
1893.
Bautizada en tierra cubana, sus padres
se la llevaron a los quince días de
nacida, a España, donde se crió.
Las anécdotas se sucedían. Mitad
fabulaciones mitad certezas nunca se
sabrá dónde comenzaban unas y dónde
terminaban otras.
Se dice que durante la travesía en el
barco que la trajo a Cuba, bailaba en la
cubierta todas las noches y al finalizar
las danzas, los pasajeros ricos le
tiraban a sus pies muchas monedas de
oro, con las cuales pagó su pasaje y le
sobró dinero.
Contaba ella misma que una noche cuando
iba a hacer su entrada al fondo del
escenario, por la calle Zulueta,
observó que un sacerdote venía hacia
ella con pasos rápidos y, como le
extrañó tanto ver un cura por los
alrededores del teatro, dada la mala
fama que le había creado el Diario de
La Marina, se le adelantó,
abordándolo:
—
¿Qué desea usted, padre?
—le
preguntó la joven.
—
Quiero darte un beso
—respondió
el eclesiástico.
Entonces La Chelito, ni corta ni
perezosa, le increpó, censurándolo por
su conducta. Pero él le explicó
enseguida:
—
No os confundáis, hija mía. Solo quiero
darte un beso, pero en la frente, como
mi hija espiritual que eres. Soy el cura
que te bautizó en Placetas.
Otra historia, del mismo calibre pero
con tono luctuoso la contó el mismísimo
Emilio Roig de Leuchsenring.
“Recuerdo
—dijo
el
primer historiador de la ciudad—
que en cierta
ocasión asistí al (velorio) de una pobre
muchacha llamada Charito.
Hermosa, llena de vida, en plena
juventud, su muerte produjo pesar
inmenso, no tan solo a sus familiares,
sino a todos aquellos que la conocían,
como lo demostró la gran cantidad de
flores y coronas que le enviaron
parientes y amigos. Una tía de la
difunta, que adoraba a su sobrina,
encargó una hermosísima corona de flores
naturales, con su gran lazo blanco y una
expresiva dedicatoria. Al llegar la
corona, quiso ella misma colocarla sobre
la caja; pero de repente la vimos
palidecer, e indignada arrojar la corona
al suelo. En la cinta habían puesto esta
inscripción: “A mi adorada Chelito”.
Hacía entonces furor en La Habana la
aplaudida cupletista de ese nombre.
La Chelito permaneció en la capital
cubana apenas seis meses. Y jamás
volvió. Aseguran, sin embargo, que ganó
mucho dinero y con él aseguró su
porvenir.
Para el público habanero de aquella
época, la picardía de La Chelito
resultaba una extraordinaria novedad, y
muchos la consideraban casi
pornográfica.
Sin embargo, en nuestros días causaría
risa, por inocentes, el texto de sus
cuplés y su famoso baile de la
pulguita, que hizo enloquecer a La
Habana de 1910.
Sin embargo, según confesó, ninguno de
estos potentados logró adueñarse de su
corazón.
Cuentan que solo un cubanito pobre,
llamado Dagoberto Campos, hizo despertar
la pasión en la artista.
Mas la desgracia se cebó en los amantes:
Dagoberto murió en un accidente recién
comenzado el idilio que ella siempre
evocó con mucho sentimiento.
Los hombres la asediaban como las moscas
a la miel, y las mujeres la imitaban en
secreto.
Sea cierta o no esta historia, lo de La
Chelito en La Habana fue todo un suceso,
que sacudió a la opinión pública.
Otra anécdota memorable fue contada por
ella misma a un reportero:
Narraba también que, mientras viajaba,
un joyero inglés se enamoró de ella y le
propuso matrimonio.
La Chelito rió de la gracia del joyero,
cuando este le dijo que le iba a colmar
de joyas todo su lindo cuerpecito, pero
como el inglés debía desembarcar en la
próxima escala, se despidieron mientras
desayunaban. Y cuando La Chelito levantó
la servilleta, para limpiarse los
labios, halló debajo dos joyas de gran
valor dejadas con disimulo por el
enamorado.
Compró un edificio en la calle de
Alcalá, en donde se instaló un teatro y
una cafetería.
Por cierto, también se asegura que ya
anciana, en 1955, vendió la última
posesión campestre que le quedaba en
Cuba. |