Año V
La Habana
2007

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El baile de la Pulguita
Josefina Ortega • La Habana

No llegó a batalla campal, pero cuando en el teatro Payret, en 1910, debutó  una cupletista española conocida con el sobrenombre de La Chelito, se produjo una ventolera de opiniones encontradas.

El Diario de La Marina —conservador y  españolista a la N potencia— comenzó una arremetida donde insultaba con difamantes epítetos a la diva — española y bataclana— en nombre de la moral.

Era demasiado.

La otra parte era que  con su belleza y pícara simpatía  —contaba con apenas 17 años y al decir de sus muchos admiradores, se le salía la gracia hasta por los poros—, la hermosa muchacha encandiló a toda La Habana, que noche tras noche llenaban el teatro para admirar el famoso baile de la pulguita, movida danza en la que La Chelito iba levantándose el vestido, enseñando parte de su provocativo cuerpo, mientras se buscaba… una imaginaria pulga.

Asediada por los hombres más ricos de la Isla, la cupletista recibió durante su estancia en la capital cubana, fabulosos obsequios: coches con hermosos tiros de caballos, joyas, dinero, casas y fincas.

Tan grande fue la popularidad que alcanzó en Cuba La Chelito, que los fabricantes no vacilaron en ponerles a sus artículos el nombre de la cupletista.

Así, hubo cigarros y fósforos con su imagen en las cajitas. También, corbatas Chelito y hasta un caballo de carreras, que ganaba casi siempre, llevó tal nombre.

Sus presentaciones resultaron apoteósicas. El público desbordaba de entusiasmo y llenaba el Payret de bote en bote, mientras el Diario de La Marina, la comparaba con Satanás.

La controversia llegó a su “punto caramelo” cuando se confirmó lo que la misma artista había dicho apenas se bajó del barco en donde llegó a Cuba: que  se llamaba Consuelo Portela… y que  había nacido precisamente en Cuba, en el poblado villaclareño de Placetas, en 1893.

Bautizada en tierra cubana, sus padres se la llevaron a los quince días de nacida, a España, donde se crió.

Las anécdotas se sucedían. Mitad fabulaciones mitad certezas nunca se sabrá dónde comenzaban unas y dónde terminaban otras.

Se dice que durante la travesía en el barco que la trajo a Cuba, bailaba en la cubierta todas las noches y al finalizar las danzas, los pasajeros ricos le tiraban a sus pies muchas monedas de oro, con las cuales pagó su pasaje y le sobró dinero.

Contaba ella misma que una noche cuando iba a hacer su entrada al fondo del escenario, por la calle Zulueta,  observó que un sacerdote venía hacia ella con pasos rápidos y, como le extrañó tanto ver un cura por los alrededores del teatro, dada la mala fama que le había creado el Diario de La Marina, se le adelantó, abordándolo:

¿Qué desea usted, padre? le preguntó la joven.
Quiero darte un beso respondió el eclesiástico.

Entonces La Chelito, ni corta ni perezosa, le increpó, censurándolo por su conducta. Pero él le explicó enseguida:

No os confundáis, hija mía. Solo quiero darte un beso, pero en la frente, como mi hija espiritual que eres. Soy el cura que te bautizó en Placetas.

Otra historia, del mismo calibre pero con tono luctuoso la contó el mismísimo Emilio Roig de Leuchsenring.

Recuerdo —dijo el  primer historiador de la ciudad—  que en cierta ocasión asistí al (velorio) de una pobre muchacha llamada Charito. Hermosa, llena de vida, en plena juventud, su muerte produjo pesar inmenso, no tan solo a sus familiares, sino a todos aquellos que la conocían, como lo demostró la gran cantidad de flores y coronas que le enviaron parientes y amigos. Una tía de la difunta, que adoraba a su sobrina, encargó una hermosísima corona de flores naturales, con su gran lazo blanco y una expresiva dedicatoria. Al llegar la corona, quiso ella misma colocarla sobre la caja; pero de repente la vimos palidecer, e indignada arrojar la corona al suelo. En la cinta habían puesto esta inscripción: “A mi adorada Chelito”. Hacía entonces furor en La Habana la aplaudida cupletista de ese nombre.

La Chelito permaneció en la capital cubana apenas seis meses. Y jamás volvió. Aseguran, sin embargo, que  ganó mucho dinero y con él aseguró su porvenir.

 Para el público habanero de aquella época, la picardía de La Chelito resultaba una extraordinaria novedad, y muchos la consideraban casi pornográfica.

Sin embargo, en nuestros días causaría risa, por  inocentes,  el texto de sus cuplés y  su famoso baile de la pulguita, que hizo enloquecer a La Habana de 1910.

Sin embargo, según confesó, ninguno de estos potentados logró adueñarse de su corazón.

Cuentan que solo un cubanito pobre, llamado Dagoberto Campos, hizo despertar la pasión en la artista.

Mas la desgracia se cebó en los amantes: Dagoberto murió en un accidente recién comenzado el idilio que ella siempre evocó con mucho sentimiento.
Los hombres la asediaban como las moscas a la miel, y las mujeres la imitaban en secreto.

Sea cierta o no esta historia, lo de La Chelito en La Habana fue todo un suceso, que sacudió a la opinión pública.

Otra anécdota memorable fue contada por ella misma a un reportero:
Narraba también que, mientras viajaba, un joyero inglés se enamoró de ella y le propuso matrimonio.

La Chelito rió de la gracia del joyero, cuando este le dijo que le iba a colmar de joyas todo su lindo cuerpecito, pero como el inglés debía desembarcar en la próxima escala, se despidieron mientras desayunaban. Y cuando La Chelito levantó la servilleta, para limpiarse los labios, halló debajo dos joyas de gran valor dejadas con disimulo por el enamorado.

Compró un edificio en la calle de Alcalá, en donde se instaló un teatro y una cafetería.

Por cierto, también se asegura que ya anciana, en 1955, vendió la última posesión campestre que le quedaba en Cuba.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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