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Balada de mi nombre
El nombre mío que he perdido,
¿dónde vive, dónde prospera?
Nombre de infancia, gota de leche,
rama de mirto tan ligera.
De no llevarme iba dichoso
o de llevar mi adolescencia
y con él ya no camino
por campos y por praderas.
Llanto mío no conoce
y no la quemó mi salmuera;
cabellos blancos no me ha visto,
ni mi boca con acidia,
y no me habla si me encuentra.
Pero me cuentan que camina
por las quiebras de mi montaña
tarde a la tarde silencioso
y sin mi cuerpo y vuelto mi alma.
LOS
SONETOS DE LA MUERTE
Del
nicho helado en que los hombres te
pusieron,
te
bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que
he de morirme en ella los hombres no
supieron,
y que
hemos de soñar sobre la misma almohada.
Te
acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo
dormido,
y la
tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al
recibir tu cuerpo de río dolorido.
Luego
iré espolvoreando tierra y polvo de
rosas,
y en
la azulada y leve polvareda de luna,
los
despojos livianos irán quedando presos.
Me
alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano
de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!
II
Este
largo cansancio se hará mayor un día,
y el
alma dirá al cuerpo que no quiere seguir
arrastrando su masa por la rosada vía,
por
donde van los hombres, contentos de
vivir...
Sentirás que a tu lado cavan
briosamente,
que
otra dormida llega a la quieta ciudad.
Esperaré que me hayan cubierto
totalmente...
¡y
después hablaremos por una eternidad!
Sólo
entonces sabrás el por qué no madura
para
las hondas huesas tu carne todavía,
tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.
Se
hará luz en la zona de los sinos,
oscura;
sabrás que en nuestra alianza signo de
astros había
y,
roto el pacto enorme, tenias que
morir...
III
Malas
manos tomaron tu vida desde el dia
en
que, a una señal de astros, dejara su
plantel
nevado de azucenas. En gozo florecía.
Malas
manos entraron trágicamente en
Y yo
dije al Señor: -"Por las sendas mortales
le
llevan. ¡Sombra amada que no saben
guiar!
¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales
o le
hundes en el largo sueño que sabes dar!
¡No
le puedo gritar, no le puedo seguir!
Su
barca empuja un negro viento de
tempestad.
Retórnalo a mis brazos o le siegas en
flor".
Se
detuvo la barca rosa de su vivir...
¿Que
no sé del amor, que no tuve piedad?
¡Tú,
que vas a juzgarme, lo comprendes,
Señor!
COSAS
1
Amo
las cosas que nunca tuve
con
las otras que ya no tengo:
Yo
toco un agua silenciosa,
parada en pastos friolentos,
que
sin un viento tiritaba
en el
huerto que era mi huerto.
La
miro como la miraba;
me da
un extraño pensamiento,
y
juego, lenta, con esa agua
como
con Pez o con misterio.
2
Pienso en umbral donde deje
pasos
alegres que ya no llevo,
y en
el umbral veo una llaga
llena
de musgo y de silencio.
3
Me
busco un verso que he perdido,
que a
los siete años me dijeron.
Fue
una mujer haciendo el pan
y yo
su santa boca veo.
4
Viene
un aroma roto en ráfagas;
soy
muy dichosa si lo siento;
de
tan delgado no es aroma,
siendo el olor de los almendros.
5
Me
vuelve niños los sentidos;
le
busco un nombre y no lo acierto,
y
huelo el aire y los lugares
buscando almendros que no encuentro...
6
Un
río suena siempre cerca.
Ha
cuarenta años que lo siento.
Es
canturía de mi sangre
o
bien un ritmo que me dieron.
O el
río Elqui de mi infancia
que
me repecho y me vadeo.
Nunca
lo pierdo; pecho a pecho,
como
dos niños, nos tenemos.
Cuando sueño la Cordillera,
camino por desfiladeros,
y voy
oyéndoles, sin tregua,
un
silbo casi juramento.
7
Veo
al remate del Pacifico
amoratado mi archipiélago,
y de
una isla me ha quedado
un
olor acre de alción muerto...
8
Un
dorso, un dorso grave y dulce,
remata el sueño que yo sueño.
Es al
final de mi camino
y me
descanso cuando llego.
Es
tronco muerto o es mi padre,
el
vago dorso ceniciento.
Yo no
pregunto, no lo turbo.
Me
tiendo junto, callo y duermo.
9
Amo
una piedra de Oaxaca
o
Guatemala, a que me acerco,
roja
y fija como mi cara
y
cuya grieta da un aliento.
Al
dormirme queda desnuda;
no se
por qué yo la volteo.
Y tal
vez nunca la he tenido
y es
mi sepulcro lo que veo...
NOCTURNO
Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿por
qué te has olvidado de mí?
Te
acordaste del fruto en febrero,
al
llagarse su pulpa rubí.
¡Llevo abierto también mi costado
y no
quieres mirar hacia mí!
Te
acordaste del negro racimo
y lo
diste al lagar carmesí,
y
aventaste las hojas del álamo
con
tu aliento, en el aire sutil.
¡Y en
el ancho lagar de la muerte
aún
no quieres mi pecho oprimir!
Caminando vi abrir las violetas;
el
falerno del viento bebí,
y he
bajado, amarillos, mis párpados
para
no ver enero ni abril.
Y he
apretado la boca, anegada
de la
estrofa que no he de exprimir.
¡Has
herido la nube de Otoño
y no
quieres volverte hacia mí!
Me
vendió el que besó mi mejilla;
me
negó por la túnica ruin.
Yo en
mis versos el rostro con sangre,
como
Tú sobre el paño, le di;
y en
mi noche del Huerto me han sido,
Juan
cobarde, y el Angel hostil.
Ha
venido el cansancio infinito
a
clavarse en mis ojos, al fin;
el
cansancio, del día que muere,
y el
del alba, que debe venir;
¡el
cansancio del cielo de estaño
y el
cansancio del cielo de añil!
Ahora suelto la mártir sandalia
y las
trenzas, pidiendo dormir.
Y
perdida en la noche levanto
el
clamor aprendido de ti:
Padre
nuestro que estás en los cielos,
¿por
qué te has olvidado de mí?
Intima
Tú no
oprimas mis manos
Llegará el duradero tiempo
de
reposar con mucho polvo
y
sombra en los entretejidos dedos.
Y
dirías: -No puedo
amarla, porque ya se desgranaron
como
mieses sus dedos.
Tú no
beses mi boca.
Vendrá el instante lleno
de
luz menguada, en que estaré sin labios
sobre
un mojado suelo.
Y
dirías: -La amé, pero no puedo
amarla más, ahora que no aspira
el
olor de retamas de mi beso.
Y me
angustiara oyéndote,
y
hablaras loco y ciego,
que
mi mano será sobre tu frente
cuando rompan mis dedos,
y
bajará sobre tu cara llena
de
ansia, mi aliento.
No me
toques, por tanto. Mentiría
al
decir que te entrego
mi
amor en estos brazos extendidos,
en mi
boca, en mi cuello,
y tú,
al creer que lo bebiste todo,
te
engañarías como un niño ciego.
Porque mi amor no es só1o esta gravilla
reacia y fatigada de mi cuerpo,
que
tiembla entera al roce del cilicio
y que
se me rezaga en todo vuelo.
Es lo
que está en el beso, y no es el labio;
lo
que rompe la voz, y no es el pecho:
¡es
un viento de Dios, que pasa hendiéndome
el
gajo de las carnes, volandero!
Caperucita Roja
Caperucita Roja visitará a la abuela
que en el poblado próximo sufre de
extraño mal.
Caperucita Roja, la de los rizos rubios
tiene el corazoncito tierno como un
panal.
A las
primeras luces ya se ha puesto en camino
y va cruzando el bosque con un pasito
audaz.
Sale al paso Maese lobo, de ojos
diabólicos.
"¡Caperucita Roja, cuéntame a dónde
vas!".
Caperucita es cándida como los lirios
blancos.
"Abuelita ha enfermado. Le llevo aquí un
pastel
y un pucherito suave, que se derrite en
jugo.
¿Sabes del pueblo próximo? Vive a la
entrada de él".
Y
ahora, por el bosque discurriendo
encantada,
recoge bayas rojas, corta ramas en flor.
Y se enamora de unas mariposas pintadas
que le hacen olvidarse del viaje del
Traidor.
El
lobo fabuloso de blanqueados dientes
ha pasado ya el bosque, el molino, el
alcor,
y golpea en la plácida puerta de la
abuelita
que le abre. ¡A la niña, ha anunciado el
traidor!
Ha
tres días la bestia no sabe de bocado.
¡Pobre abuelita inválida, quién la va a
defender!
... Se la comió riendo toda y
pausadamente
y se puso en seguida sus ropas de mujer.
Tocan
dedos menudos a la entornada puerta.
De la arrugada cama, dice el Lobo:
"¿Quién va?".
La voz es ronca. "Pero la abuelita está
enferma",
la niña ingenua explica. "De parte de
mamá".
Caperucita ha entrado, olorosa de bayas.
Le tiemblan en las manos gajos de salvia
en flor.
"Deja los pastelitos; ven a entibiarme
el lecho".
Caperucita cede al reclamo de amor.
De
entre la cofia salen las orejas
monstruosas.
"¿Por qué tan largas?", dice la niña con
candor.
Y el velludo engañoso, abrazando a la
niña:
"¿Para qué son tan largas? Para oírte
mejor".
El
cuerpecito tierno le dilata los ojos.
El terror en la niña los dilata también.
"Abuelita, decidme ¿por qué esos grandes
ojos?"
"Corazoncito mío, para mirarte bien..."
Y el
viejo Lobo ríe, y entre la boca negra
tienen los dientes blancos un terrible
fulgor.
"Abuelita, decidme ¿por qué esos grandes
dientes?"
"Corazoncito, para devorarte mejor..."
Ha
arrollado la bestia, bajo sus pelos
ásperos
el cuerpecito trémulo, suave como un
vellón,
y ha molido las carnes y ha molido los
huesos
y ha exprimido como una cereza el
corazón.
Gabriela Mistral. Poeta,
diplomática y profesora. Su nombre real
es Lucila de María del Perpetuo Socorro
Godoy Alcayaga. Nació el 7 de abril de
1889 en la ciudad San Isidro de Vicuña,
Chile. El 10 de diciembre de 1945
recibió el Premio Nóbel de Literatura
convirtiéndose en el primer literato
latinoamericano en ser premiado con este
galardón. En 1951 fue premiada con el
Premio Nacional de Literatura de Chile.
Falleció el día 10 de enero de 1957 en
la ciudad de Nueva York, Estados Unidos. |