Año V
La Habana
2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Gabriela Mistral
(San Isidro de Vicuña, Chile, 1889 - Nueva York, E.U., 1957)
Balada de mi nombre

El nombre mío que he perdido,
¿dónde vive, dónde prospera?
Nombre de infancia, gota de leche,
rama de mirto tan ligera.

De no llevarme iba dichoso
o de llevar mi adolescencia
y con él ya no camino
por campos y por praderas.

Llanto mío no conoce
y no la quemó mi salmuera;
cabellos blancos no me ha visto,
ni mi boca con acidia,
y no me habla si me encuentra.

Pero me cuentan que camina
por las quiebras de mi montaña
tarde a la tarde silencioso
y sin mi cuerpo y vuelto mi alma.


LOS SONETOS DE LA MUERTE

 

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,

te bajaré a la tierra humilde y soleada.

Que he de morirme en ella los hombres no supieron,

y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

 

Te acostaré en la tierra soleada con una

dulcedumbre de madre para el hijo dormido,

y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna

al recibir tu cuerpo de río dolorido.

 

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,

y en la azulada y leve polvareda de luna,

los despojos livianos irán quedando presos.

 

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,

¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna

bajará a disputarme tu puñado de huesos!

 

                 II

 

Este largo cansancio se hará mayor un día,

y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir

arrastrando su masa por la rosada vía,

por donde van los hombres, contentos de vivir...

 

Sentirás que a tu lado cavan briosamente,

que otra dormida llega a la quieta ciudad.

Esperaré que me hayan cubierto totalmente...

¡y después hablaremos por una eternidad!

 

Sólo entonces sabrás el por qué no madura

para las hondas huesas tu carne todavía,

tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

 

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;

sabrás que en nuestra alianza signo de astros había

y, roto el pacto enorme, tenias que morir...

 

                  III

 

Malas manos tomaron tu vida desde el dia

en que, a una señal de astros, dejara su plantel

nevado de azucenas. En gozo florecía.

Malas manos entraron trágicamente en

 

Y yo dije al Señor: -"Por las sendas mortales

le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar!

¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales

o le hundes en el largo sueño que sabes dar!

 

¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!

Su barca empuja un negro viento de tempestad.

Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor".

 

Se detuvo la barca rosa de su vivir...

¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?

¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!
                             


COSAS

   

           1

 

Amo las cosas que nunca tuve

con las otras que ya no tengo:

 

Yo toco un agua silenciosa,

parada en pastos friolentos,

que sin un viento tiritaba

en el huerto que era mi huerto.

 

La miro como la miraba;

me da un extraño pensamiento,

y juego, lenta, con esa agua

como con Pez o con misterio.

 

            2

 

Pienso en umbral donde deje

pasos alegres que ya no llevo,

y en el umbral veo una llaga

llena de musgo y de silencio.

 

            3

 

Me busco un verso que he perdido,

que a los siete años me dijeron.

Fue una mujer haciendo el pan

y yo su santa boca veo.

 

            4

 

Viene un aroma roto en ráfagas;

soy muy dichosa si lo siento;

de tan delgado no es aroma,

siendo el olor de los almendros.

 

            5

 

Me vuelve niños los sentidos;

le busco un nombre y no lo acierto,

y huelo el aire y los lugares

buscando almendros que no encuentro...

 

            6

 

Un río suena siempre cerca.

Ha cuarenta años que lo siento.

Es canturía de mi sangre

o bien un ritmo que me dieron.

 

O el río Elqui de mi infancia

que me repecho y me vadeo.

Nunca lo pierdo; pecho a pecho,

como dos niños, nos tenemos.

 

Cuando sueño la Cordillera,

camino por desfiladeros,

y voy oyéndoles, sin tregua,

un silbo casi juramento.

 

            7

 

Veo al remate del Pacifico

amoratado mi archipiélago,

y de una isla me ha quedado

un olor acre de alción muerto...

 

            8

 

Un dorso, un dorso grave y dulce,

remata el sueño que yo sueño.

Es al final de mi camino

y me descanso cuando llego.

 

Es tronco muerto o es mi padre,

el vago dorso ceniciento.

Yo no pregunto, no lo turbo.

Me tiendo junto, callo y duermo.

 

            9

 

Amo una piedra de Oaxaca

o Guatemala, a que me acerco,

roja y fija como mi cara

y cuya grieta da un aliento.

 

Al dormirme queda desnuda;

no se por qué yo la volteo.

Y tal vez nunca la he tenido

y es mi sepulcro lo que veo...
 


NOCTURNO

             

   Padre nuestro, que estás en los cielos,

¿por qué te has olvidado de mí?

Te acordaste del fruto en febrero,

al llagarse su pulpa rubí.

¡Llevo abierto también mi costado

y no quieres mirar hacia mí!

   Te acordaste del negro racimo

y lo diste al lagar carmesí,

y aventaste las hojas del álamo

con tu aliento, en el aire sutil.

¡Y en el ancho lagar de la muerte

aún no quieres mi pecho oprimir!

   Caminando vi abrir las violetas;

el falerno del viento bebí,

y he bajado, amarillos, mis párpados

para no ver enero ni abril.

Y he apretado la boca, anegada

de la estrofa que no he de exprimir.

¡Has herido la nube de Otoño

y no quieres volverte hacia mí!

   Me vendió el que besó mi mejilla;

me negó por la túnica ruin.

Yo en mis versos el rostro con sangre,

como Tú sobre el paño, le di;

y en mi noche del Huerto me han sido,

Juan cobarde, y el Angel hostil.

   Ha venido el cansancio infinito

a clavarse en mis ojos, al fin;

el cansancio, del día que muere,

y el del alba, que debe venir;

¡el cansancio del cielo de estaño

y el cansancio del cielo de añil!

   Ahora suelto la mártir sandalia

y las trenzas, pidiendo dormir.

Y perdida en la noche levanto

el clamor aprendido de ti:

Padre nuestro que estás en los cielos,

¿por qué te has olvidado de mí?
 


Intima

 

Tú no oprimas mis manos 

Llegará el duradero tiempo  

de reposar con mucho polvo 

y sombra en los entretejidos dedos. 

Y dirías: -No puedo 

amarla, porque ya se desgranaron 

como mieses sus dedos. 

Tú no beses mi boca. 

Vendrá el instante lleno 

de luz menguada, en que estaré sin labios 

sobre un mojado suelo. 

 

Y dirías: -La amé, pero no puedo 

amarla más, ahora que no aspira 

el olor de retamas de mi beso. 

 

Y me angustiara oyéndote, 

y hablaras loco y ciego, 

que mi mano será sobre tu frente 

cuando rompan mis dedos, 

y bajará sobre tu cara llena 

de ansia, mi aliento. 

 

No me toques, por tanto. Mentiría 

al decir que te entrego 

mi amor en estos brazos extendidos, 

en mi boca, en mi cuello, 

y tú, al creer que lo bebiste todo, 

te engañarías como un niño ciego. 

 

Porque mi amor no es só1o esta gravilla 

reacia y fatigada de mi cuerpo, 

que tiembla entera al roce del cilicio 

y que se me rezaga en todo vuelo. 

 

Es lo que está en el beso, y no es el labio; 

lo que rompe la voz, y no es el pecho: 

¡es un viento de Dios, que pasa hendiéndome 

el gajo de las carnes, volandero!
 


Caperucita Roja

Caperucita Roja visitará a la abuela
que en el poblado próximo sufre de extraño mal.
Caperucita Roja, la de los rizos rubios
tiene el corazoncito tierno como un panal.

 

A las primeras luces ya se ha puesto en camino
y va cruzando el bosque con un pasito audaz.
Sale al paso Maese lobo, de ojos diabólicos.
"¡Caperucita Roja, cuéntame a dónde vas!".

 

Caperucita es cándida como los lirios blancos.
"Abuelita ha enfermado. Le llevo aquí un pastel
y un pucherito suave, que se derrite en jugo.
¿Sabes del pueblo próximo? Vive a la entrada de él".

 

Y ahora, por el bosque discurriendo encantada,
recoge bayas rojas, corta ramas en flor.
Y se enamora de unas mariposas pintadas
que le hacen olvidarse del viaje del Traidor.

 

El lobo fabuloso de blanqueados dientes
ha pasado ya el bosque, el molino, el alcor,
y golpea en la plácida puerta de la abuelita
que le abre. ¡A la niña, ha anunciado el traidor!

 

Ha tres días la bestia no sabe de bocado.
¡Pobre abuelita inválida, quién la va a defender!
... Se la comió riendo toda y pausadamente
y se puso en seguida sus ropas de mujer.

 

Tocan dedos menudos a la entornada puerta.
De la arrugada cama, dice el Lobo: "¿Quién va?".
La voz es ronca. "Pero la abuelita está enferma",
la niña ingenua explica. "De parte de mamá".

 

Caperucita ha entrado, olorosa de bayas.
Le tiemblan en las manos gajos de salvia en flor.
"Deja los pastelitos; ven a entibiarme el lecho".
Caperucita cede al reclamo de amor.

 

De entre la cofia salen las orejas monstruosas.
"¿Por qué tan largas?", dice la niña con candor.
Y el velludo engañoso, abrazando a la niña:
"¿Para qué son tan largas? Para oírte mejor".

 

El cuerpecito tierno le dilata los ojos.
El terror en la niña los dilata también.
"Abuelita, decidme ¿por qué esos grandes ojos?"
"Corazoncito mío, para mirarte bien..."

 

Y el viejo Lobo ríe, y entre la boca negra
tienen los dientes blancos un terrible fulgor.
"Abuelita, decidme ¿por qué esos grandes dientes?"
"Corazoncito, para devorarte mejor..."

 

Ha arrollado la bestia, bajo sus pelos ásperos
el cuerpecito trémulo, suave como un vellón,
y ha molido las carnes y ha molido los huesos
y ha exprimido como una cereza el corazón.
 


Gabriela Mistral. Poeta, diplomática y profesora. Su nombre real es Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. Nació el 7 de abril de 1889 en la ciudad San Isidro de Vicuña, Chile. El 10 de diciembre de 1945 recibió el Premio Nóbel de Literatura convirtiéndose en el primer literato latinoamericano en ser premiado con este galardón. En 1951 fue premiada con el Premio Nacional de Literatura de Chile. Falleció el día 10 de enero de 1957 en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos.

 

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