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El Ballet de Camagüey, fundado por el
maestro Fernando Alonso en 1967, y
dirigido por la maître Regina
María Balaguer, los días nueve, diez y
once de marzo de 2007, llevó a la sala
“García Lorca” un programa-concierto,
que satisfizo el exigente gusto estético
de los amantes del “arte de las puntas”.
El programa artístico incluyó las obras
Solo para Dúos, con coreografía y
diseños de Charlotte Bye-Christensen;
Entre Olas, con coreografía y
diseños del talentoso artista Osvaldo
Beiro; Córsica, con coreografía y
diseños de Javier Carranza; y El Lago
de los Cisnes, con coreografía sobre
la original del maestro Lev Ivánov y
diseños de Eduardo Arocha y Otto
Chaviano.
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En la primera parte del espectáculo, las
figuras principales y los miembros del
cuerpo de baile incursionaron en el
campo de la danza contemporánea; género
en el que los integrantes de esa
emblemática compañía, cuya línea
fundamental de trabajo es el ballet
clásico, mostraron buen dominio de los
códigos danzarios y del lenguaje gestual
sobre los cuales se estructura dicha
manifestación artística. En ese
contexto, se destacó la pareja integrada
por los bailarines Ailén Ramos y Néstor
Luis García, quienes se fundieron en
cálido abrazo con el “entorno natural”
(el mar) en que se desarrolla la obra
y le aportaron la dosis de erotismo
necesaria para “bailar… entre olas”.
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Los papeles protagónicos del segundo
acto de El Lago de los Cisnes
fueron desempeñados por la bailarina
principal Siuchién Ávila y el bailarín
Yanni García, quienes les prestaron piel
y alma a Odette y al príncipe Sigfrido,
respectivamente. Siuchién Ávila es una
bailarina que prioriza la técnica
dancística, la cual enfrenta con
elegancia y precisión…, pero limita la
capacidad expresiva del yo, y
aunque su actuación como princesa-cisne
es
—sin
duda—
convincente, no
logra establecer del todo esa “relación
mágica” bailarín-espectador, mientras
que Yanni García es un joven artista,
con aptitudes y condiciones
técnico-interpretativas para convertirse
en todo un “príncipe” del ballet
clásico…, pero todavía debe dedicarle
muchas energías físicas, mentales y
espirituales al “arte de las puntas”,
para materializar en escena esa noble
aspiración.
No quisiéramos finalizar esta crónica
sin antes destacar, con letras
indelebles, la profesionalidad
desplegada por el cuerpo de baile para
integrarse coherentemente a la
estructura coreográfica de esa joya de
la danza universal incorporada por el
Ballet de Camagüey a su repertorio
clásico.
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