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Existe en nuestra civilización de
Occidente algo que se llama tradición
literaria que involucra en nuestras
sociedades al autor de libros y al
lector en un recíproco juego formal
previamente convenido, el cual es quien
habilita para los dos la posibilidad
misma de la existencia de la
literatura. La literatura entendida
como el inevitable marco formal para una
doble posibilidad del todo indisoluble:
los consabidos actos de escritura y de
lectura. Ambos momentos deben ajustarse
a un previo acuerdo, al respeto mutuo,
a un código originalmente arbitrario,
mas legitimado por el peso de la
tradición. Sin ese pacto que es, sin
duda, social, ni la literatura ni
ninguna de las otras formas del arte,
serían concebibles.
Para intentar decirlo de otra manera:
Toda obra literaria, sin importar para
nada su envergadura, cumple la misma
función que realiza en el teatro Guiñol
la figura del muñeco polichinela.
Podemos reírnos, conmovernos,
reflexionar o llorar ante ese muñeco que
se agita frente a nosotros sobre el
entarimado de cartón; pero lo hacemos
porque hemos convenido con el titiritero
de la feria en aceptar y respetar los
códigos que prudentemente nos exige toda
representación escénica para disfrutarla
y entenderla. Y allí donde solo
habitaba lo ilusorio —tramoya y
bambalina— encontramos una nueva
posibilidad de la palabra. Y no nos
importan ya los falsos techos, los
juegos de luces del imaginario escénico
y hasta el rutilante oropel porque la
belleza ha conquistado, para nosotros,
su segunda y más humana naturaleza: la
del arte.
Después de la alegre noche de feria, nos
espera la vida en cualquiera de sus
formas y particulares magnitudes porque
de algún modo la representación a la que
acabamos de asistir nos ha ayudado a
comprender mejor algún rasgo de nuestra
condición existencial habitualmente
pospuesto por el vivir cotidiano. Es
necesario, entonces, entender a
plenitud el significado de la
expresión “representación escénica”, la
cual se realiza no solo para que
asistamos en ella a la contemplación
pasiva de lo ya vivido, sino para llegar
a vivir activamente en ella lo nunca
vivido, a no ser como intuición pura,
mediante los recursos de la imaginación
creadora y la sensibilidad estética.
Memorias de mis putas tristes, es
así la representación escénica de algo
que fue técnicamente concebido, para que
formalmente lo entendiéramos como un
acto cristalizado de la memoria. De
nuestra mala memoria, cabe decir. Aunque
no por el olvido, sino por la
exhaustiva e insistente atención a cada
detalle que convierte lo contado en
memoria extenuante. Memorias...
es el discurso memorioso de lo ya
vivido, monólogo interior que obviamente
nos cuenta lo anterior.
Memorias... es además lo que de
hecho nos asalta desde los márgenes
donde habita y amenaza lo “no
literario”, mas que sacude la fibra
misma de toda verdadera literatura, de
cada concepción profundamente humana, de
cualquier escritura, que se precie de
serlo, cuando es observada al margen
de los criterios y motivos ulteriores
del autor y las convencionales
exigencias del habitual quehacer
literario. Quehacer que deslabra hoy por
igual los rostros estereotipados de
autor y público.
Y si bien es cierto que el título
resulta bastante comercial —García
Márquez es hombre experto en
marketing— es válido opinar que en
el contexto puro de la novela el título
se justifica perfectamente.
Memorias... es un texto triste.
Memoria triste... Bastaría invertir la
sintaxis de la oración para darnos
cuenta que las tristes no son las
putas. Lo es, por el contrario, la
memoria que las narra. Escrita sobre
esos mismos temas sobre los cuales se
han escrito buenas y malas
(melodramáticas) novelas. Memoria
triste del narrador que es además
escritura y personaje. Novela de un
escritor transpuesto al texto donde se
evoca una fracasada y aun pícara
remembranza.
Opino que esa novela es un texto
implacable erigido acaso contra sí
mismo. Memoria, monólogo y soledad donde
los personajes ya no existen, nos
vuelven a ser contados, representados en
un tiempo vuelto a contar como milagro
casi exclusivo de la literatura...
Pero, ¿cuál es ese tiempo? Precisamente
el que le da título a la novela:
Este triste tiempo de putas que nos ha
tocado vivir.
Memorias… es de este modo el
espacio ubicuo, en cuanto estrictamente
literario, donde asistimos a la memoria
del gran polichinela.
Algo más: casi me atrevería a plantear,
que Memorias..., es, entre los
suyos, el único texto realmente
importante de García Márquez que nos
sugiere, paradójicamente, una solución
optimista. A Memorias... la
percibo como ese tardío texto que un
implacable escritor se regala a sí mismo
porque lo necesita. Escrito incluso
como un acto de ternura hacia sí mismo.
Una novela que nos ha llegado como
invaluable regalía de los tiempos
postrimeros de un genio literario.
Texto que llega sorteando audazmente
los peligrosos escollos de un cosmos
muchas veces mórbido, y muchas veces
desolado, donde el mal gusta
anunciarse antes de llegar y regresa
cíclicamente a nosotros, negándonos
finalmente otra oportunidad sobre la
Tierra. Es lo que algunos llaman el
crudo realismo de Gabriel García
Márquez. Un escritor que en términos
literarios pocas veces ha estado
dispuesto a hacer concesiones en ese
sentido. Tampoco las hizo Cervantes. Una
literatura que es, entre otras cosas, la
gran crónica de un realismo
latinoamericano que se debate entre
nosotros sin nociones claras de
futuridad, entre tanto nos narra la
miseria y la grandeza del poder, el
amor, la violencia, el incesto y las
compañías bananeras de la United...
García Márquez tuvo 10 años de silencio
antes de entregarnos esta nueva
escritura. (Que rogamos no sea la
última, ni siquiera la penúltima) Sin
embargo, me afirman, que Cien años de
soledad le tomó redactarla solo 18
meses.
A Cien años... García Márquez
llegó por aproximación. Hubo toda una
serie de textos —libros preparatorios
para llegar a esa novela. Fue aquella
escritura la consecuencia de una serie
de borradores, o creaciones previas,
que le abrieron poco a poco el camino
hacia una obra capital. Los azarosos 18
meses que le tomó redactarla
consistieron solo en el efecto
inmediato (¿iluminación?) de una larga
consumación personal. Dato que me
recuerda la respuesta que diera la
ensayista cubana Mirtha Aguirre, a la
pregunta sobre qué tiempo le llevó
escribir su importante estudio sobre la
mexicana Sor Juana Inés de la Cruz.
Mirtha respondió: "Escribirlo un mes,
pensarlo toda la vida".
García Márquez siguió mucho tiempo
gravitando sobre el enorme peso de esa
obra, del mismo modo que muchos
escritores y lectores latinoamericanos
todavía lo hacemos. Escribir es como
oficio de camello. Rumiar, rumiar y
rumiar por tiempo indefinido y un día
realizar la emunción de todo lo que
teníamos dentro. Entonces puede dar la
sensación de que fue fácil. Pues quizá
la emunción solo duró algunas semanas.
Pero nadie puede prever con certeza qué
tiempo se necesitó realmente para ello.
Y cada obra, breve o extensa, tiene su
propio tempo. Nada de veras grande
aparece por arte de birlibirloque. Por
el contrario, aparece mediante un
lento proceso de acumulación. No debería
ser válido medir las creaciones por el
tiempo de emunción, el cual suele ser
casi siempre contingente. Depende de
miles de factores muchas veces puramente
casuísticos o incluso psicológicos. Es
a la obra en sí misma a la que hay que
enfrentarse.
Algo más: los grandes textos de la
cultura tienen su propia historia.
Obedecen a un destino prefijado dentro
del marco de la tradición literaria de
un pueblo, de una cultura. Y crean, esos
grandes textos, sus propios antecesores
literarios, su propia órbita y su propio
tiempo histórico. En América Latina se
necesitó de la madurez alcanzada por el
llamado boom de la nueva
literatura, para que surgiera entre
nosotros ese gran imaginario que es
Cien años de soledad. En el
entreacto ya habían ocurrido en América
500 años desde el descubrimiento. Y sin
ese inevitable retablo histórico fuese
hoy impensable la obra de García
Márquez.
Si se necesitaron en América 100 años de
soledad y más para que esa novela
irrumpiera en nuestro horizonte
literario, ¿qué puede importar entonces
que sentarse a escribir las putas
tristes tomara solo 10 años?
No obstante, debo agregar que
Memorias de mis putas tristes es
claramente otra cosa. Es la vieja
historia encantada. La consabida y
recurrente historia, que en los límites
mismos de la escritura en que confluyen
realidad y poesía, narra el amor de un
anciano esteta por la virgen a la que
cada noche acude a contemplar dormida,
cual la obra perfecta e intocada de su
sueño senil: la consabida y recurrente
historia de su asombrosa gloria
literaria, de su más asombrosa
orfandad.
Una historia tan recurrente que a García
Márquez no le ha importado retomarla, de
forma inmediata, de una buena novela
japonesa. Pero, la pupila de Rosa
Cabarcas es algo más, mucho más. Es la
siempre eterna Bella durmiente del
bosque.
Debo agregar que prefiero el primer
capítulo al resto de la novela donde
pienso que solo existieron ajustes
narrativos, entendidos como la necesidad
de convencer al lector, según lo
pactado, de que estaba leyendo una
novela que no se agotaba en la página
número 20. Y creo que pudo convencer
muy bien a más de un lector de ello.
Lo que sucede es que al leer, y
releer, el primer capítulo tuve allí la
profunda convicción de que a la
expresión literaria no le quedaba por
decir nada más, pues había alcanzado, en
esas pocas páginas, su máxima
posibilidad. Tal vez se deba a que no
soy buen lector de novelas. Me fascina
mucho más la expresión que la anécdota y
la idea expresada o intuida a través de
la forma, que el despliegue de páginas
enteras, tratando de convencer al lector
de lo que a mí ya me había convencido
desde el principio.
Memorias...
es un gran acto de la memoria. El ajuste
de cuentas de un anciano consigo mismo y
un pretexto para la mejor expresión
literaria para ratificar entre los que
lo leemos una vocación de permanencia.
Todo novelista es el memorioso por
excelencia, aunque paradójicamente no
pueda existir para un novelista algo más
preciado que una mala memoria bien
utilizada. Es la mala memoria la que
nos permite cubrir los espacios en
blanco de la mente mediante la
imaginación creadora. Es lo que Marcel
Proust quizá no nos explicó de un modo
convincente: no nos debe bastar volver
hacia el pasado mediante una memoria
asociativa en cuanto regresiva; es
necesario volver hacia el pasado
mediante una acción profundamente
creadora. A veces la imaginación puede
llegar a implicar lo que nuestro pasado
jamás implicó. A veces la imaginación
puede llegar a explicar lo jamás
explicado.
En torno a esto hay en el primer
capítulo de Memorias... una muy
oportuna, acaso contradictoria, cita
del latino Cicerón que reza textualmente:
“No hay un anciano que olvide dónde
escondió su tesoro”. Obviamente, los
lectores sabemos cuál es el más grande
tesoro del anciano Gabriel García
Márquez. Aunque pudiéramos añadir que lo
que un buen anciano recuerda mejor es
solo lo esencial.
Quisiera ahora, para concluir, copiarle
al lector unos breves versos del poeta
español Gerardo Diego que el autor de
Memorias... transcribió
expresamente para su cuento “El avión de
la bella durmiente”. Cuando según él ya
había leído “La casa de las bellas
dormidas”, de Yasunari Kawabata.
Aunque tal vez no había aún imaginado
dormida a la joven pupila de Rosa
Cabarcas, la Bella durmiente del
prostíbulo. Tan pobre y tan prostituida
como la palabra contemporánea, la cual
ejecuta todos los días, ante el tan
convencional lector moderno, su propia y
desbastada representación escénica.
Intacta para nosotros, lectores de
García Márquez, como la única
posibilidad de supervivencia de la
poesía...
Pienso que dejarla dormida fue la única
opción real que tuvo un verdadero
esteta. Porque esa es la tragedia de
una escritura que se resiste a contarnos
la historia jamás contada. Inimaginado
Castillo de la Pureza. Su Fortaleza y
su Signo. De los siete Dones de la
Doncella solamente uno le fue
conferido: El de la misma escritura.
Bella durmiente secular. Cien años y más
dormida. Lo que estuvo siempre prohibido
no fue el sexo, sino la ternura. Espacio
ahuecado debajo del entarimado de cartón
donde los niños traviesos de las ferias
husmean, queriendo descubrir allí la
gracia sin nombre del gran
polichinela...
Aquí están por fin los versos de Gerardo
Diego:
“Saber que duermes tú, cierta, segura,
cauce fiel de abandono, línea pura, tan
cerca de mis brazos maniatados”. |