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No
voy a intentar con torpeza y desacierto
lo que otros han hecho con brillantez y
buen oficio. Está claro que no pretendo
convertirme de la noche a la mañana en
eso que llaman un crítico literario. Y
mucho menos de un galardonado premio
Nobel de Literatura. Como diría mi
abuelita cuando temía cometer una pifia:
Que Dios me coja confesado. Este no es
un asunto cualquiera, dicho con todo
respeto a quien lo tiene más que
merecido. Quiero que esto quede claro.
Vamos
al tema. Como ha sido ampliamente
divulgado por el mundo entero, el muy
célebre escritor colombiano Gabriel
García Márquez acaba de arribar a la
respetable edad de 80 años, y como en
Cuba él tiene muchos nobles lectores y
numerosos notables y buenos amigos,
La Jiribilla le está dedicando este
número de una manera muy especial y
exclusiva y me ha pedido que colabore.
Merecido lo tiene, por supuesto, así que
yo me siento más que honrado de
contribuir aunque sea mínimamente al
homenaje.
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¿Pero
qué puedo agregar a estas alturas a todo
lo que se ha dicho sobre él? La verdad,
no mucho; pero por lo menos seré sincero
y hasta cierto punto original, pienso
yo. No puedo precisarlo, pero hace diez
o quince años, fui al Instituto de
Gastroenterología, que como se sabe está
en el habanero barrio del Vedado, a
tratar de ver a un médico (creo que era
mi estimado doctor Sotto o tal vez
alguno de sus ayudantes, que eran los
que entonces trataban de aliviar mis
males) y me habían dicho que estaba en
la sala atendiendo a otros pacientes,
pero que lo esperara. Casi estoy seguro de que era una
mañana de sábado, un día que yo sabía de
antemano no sería fácil ver a alguno de
esos médicos. Por eso me llevé conmigo
un ejemplar de la novela El
amor en los tiempos
del cólera, como es sabido
escrita precisamente por Gabriel García
Márquez. Entonces y ahora es
una de las novelas escritas por el
maestro colombiano que prefiero. Me
parece un relato muy interesante, con un
humor muy especial, usando el consabido
tema del amor de una manera sutil y poco
convencional. Me parece que el autor
está diciendo: el amor siempre puede ser
trascendente, pero tiene que ser tratado
a la vez con carácter, ironía y agudeza.
Yo me
atrevo a decir que es más o menos una
novela satírica, entroncada tal vez con
la tradición española del sarcasmo y la
picaresca. Lo cual no minimiza ni
desvalora ni el género ni la obra.
Nuestros mejores exponentes de este
género siguen siendo las novelas
ejemplares de Cervantes, y qué decir de
El
Quijote. Por solo citar las cumbres.
Esto sin excluir totalmente lo que el
propio García Márquez dice y proclama
hasta hoy, que se siente deudor, émulo y
seguidor del norteamericano William Faulkner. Para mí algo dudoso, hasta
cierto punto, pero no excluyente del
todo. Pero no voy a entrar en ese
polémico asunto, porque ahora no es esta
mi intención.
En
aquella lectura lenta y abstraída que
disfrutaba en aquel momento, mientras
esperaba a mi experimentado médico, yo
no trataba de establecer nada de esto.
Simplemente disfrutaba mucho la novela,
y así la espera no me resultaba
totalmente engorrosa. Al contrario, era
placentera. Tenía toda la mañana por
delante para continuar leyendo al gran
escritor colombiano, y hasta me ayudaba
a olvidar mis males físicos. Ya
aparecería uno de los galenos y yo le
contaría de mis cuitas y dolencias.
Estaba en el mejor lugar y en el mejor
momento. Entonces no podía presumir, ni
por asomo, lo que me esperaba. ¿Cómo lo
iba a sospechar si aquel saloncito era
el menos indicado para recibir un
visitante inesperado? Pero ya es sabido
y dicho que la vida nos reserva muchas
sorpresas, por inesperadas, casuales y
extrañas que sean. Yo gozaba mi lectura,
que era una recompensa bastante
generosa. No esperaba más.
Pero
la sorpresa se produjo mágicamente. Oí
unas pisadas y una voz que saludaba
ceremoniosamente. Y apareció un señor,
—vestido
todo de blanco, creo que con una
guayabera pulcra, bien planchada—
que dijo en ese buen español que hablan
los colombianos:
—Buenos
días, perdóneme. ¿El doctor tal (por
supuesto no recuerdo el nombre, no se me
pida tanto) está aquí? Necesito verlo.
No lo
reconocí enseguida. Recuerdo que nos
miramos y dije que ninguno de los
médicos estaba allí, que yo esperaba por
uno de ellos y que me habían dicho que
pronto vendría a verme. Creo que
mencioné el nombre del doctor Sotto.
Entonces se produjo el gran momento de
magia. Comprobé que tenía delante de mí,
sonriente, al mismo escritor Gabriel
García Márquez que yo estaba leyendo. En
ese momento se me acercó lo suficiente
para que él reconociera el libro y me
dijera en una franca risa:
—Qué
gran casualidad, esta parece una cita
concertada, si usted y yo no supiéramos
bien que no es así en absoluto. Qué
sorpresas tiene la vida
—y
estoy citando casi literalmente lo que
él dijo.
Estaba en verdad sorprendido, gratamente
por supuesto, y yo simplemente quedé
casi mudo repitiendo:
—Así
es, es verdad, increíble pero cierto
—y
algunas otras incoherencias nerviosas
que no vienen al caso por trilladas,
cosas sin importancia que ahora trato de
recordar y me resulta lógicamente
imposible recobrarlas.
Después se sentó cerca de mí y
comenzamos a hablar. ¿De qué? De la
novela, por supuesto, y de otras cosas
que no tenían nada que ver ni con la
propia novela ni mucho menos con aquel
encuentro fortuito y mágico. Porque ni
entonces ni ahora he dejado de sospechar
que ese fue un breve encuentro lleno de
magia y fascinación. Aunque ninguno de
los dos hiciéramos esas referencias. No
hacía falta. Todo lo propiciaba. Me
preguntó quién era yo y le dije la
verdad, tenía dos profesiones que
practicaba por igual: me ganaba la vida
como teatrista (director, profesor,
dramaturgo) y desde hacía años escribía
cuentos, novelas, obras de teatro.
Ocasionalmente colaboraba en distintas
publicaciones como periodista. Por
supuesto le dije mi nombre y apellido,
que sonriendo dijo le sonaba familiar.
Creo que lo hizo más por gentileza que
por apego a la verdad. Apenas estábamos
empezando una conversación que duró, más
o menos, cerca de una hora.
Lo
que más le interesó fue mi condición de
teatrista. Le hablé de mi formación en
la ciudad de Nueva York donde le dije
estudié y comencé a trabajar
profesionalmente. En ese momento se
estaba presentando con mucho éxito en la
sala Hubert de Blanck la obra El
día que me
quieras, original del dramaturgo
venezolano José Ignacio Cabrujas, bajo
mi dirección. Y lo invité a que fuera a
verla en cualquier momento. Se interesó
mucho y me prometió hacer todo lo
posible por ir, aunque me dijo que tenía
algunos problemas de salud que se estaba
atendiendo precisamente allí en el
Instituto de Gastroenterología. Haría
todo lo posible por ir al teatro. Le
conté buena parte del argumento y le
pareció muy original que el cantor de
tangos Carlos Gardel fuera uno de los
personajes principales. Ya el propio
título de la obra lo sugería.
Le
hablé también de todo el trabajo que
había hecho vinculado al teatro en Cuba
a partir del año 1960. Me repitió varias
veces que le fascinaba el mundo del
teatro, que tenía escrito un monólogo
que creo se había representado en
Colombia, en México y en Argentina. Como
es evidente, pasamos enseguida de su
propia literatura y hasta cierto punto
de la mía, al teatro que parecía
interesarle mucho no solo como
espectador si no también como creador.
Por ejemplo, hablamos del llamado Método
de Stanislavski, que yo conocía bien
porque lo había estudiado y él había
leído algo. También de las ideas y
prácticas de Bertolt Brecht que ambos
comentamos con admiración. Hablamos
inevitablemente de dos grandes
teatristas colombianos que yo conocía
bien, pues habían estado en Cuba con sus
grupos de teatro: Enrique Buenaventura,
director del grupo de Teatro de Cali y
Santiago García, creador y director del
grupo bogotano La Candelaria. Le dije
que conocía a los dos y que en mi
opinión eran figuras muy prominentes del
teatro latinoamericano. Lucía muy
complacido, pues yo le estaba aportando
algo que le interesaba mucho, según me
decía: el teatro estaba entre sus
intereses vitales.
Inevitablemente hablamos del cine. Yo
sabía que había escrito guiones y
algunas de sus novelas y cuentos habían
sido llevadas al cine. Y también creo
que hablamos de la Escuela Internacional
de Cine de la que fue fundador y uno de
sus principales propulsores, como es
sabido. ¿Qué más podía pedir yo en
aquella mañana sabatina, que por
sorpresa, sin tener la menor noción, ni
posibilidad, se me diera la eventualidad
de conversar a solas con Gabriel García
Márquez de temas tan interesantes? Al
final quedamos en que él iría, siempre
que le fuera posible, a ver El
día que me quieras.
Estaba hospedándose en el hotel Riviera, y me dio el número de la
habitación para que lo llamara con el
ánimo de ir juntos al teatro. Esta
posibilidad no se dio, pero siempre me
ha quedado un buen recuerdo de un
encuentro inesperado para los dos, y tal
vez para él también, agradable y quizá
productivo.
Como
es sabido y aceptado: es cierto que la
vida tiene sorpresas, de todas clases.
Esta fue una corroboración.
Hubo
otra experiencia de la que yo tuve
constancia. En la sala teatro Hubert de
Blanck se presentó unos años después la
actriz argentina Graciela Duffau,
representando el monólogo de García
Márquez Diatriba de
amor contra un
hombre sentado; con la presencia en
primera fila del Comandante en Jefe
Fidel Castro. Fue algo tan especial,
estaba rodeado de tantas personalidades,
que no me fue posible llegar a él. Pero
compartí la satisfacción que su pasión
por el teatro se estaba logrando en esa
ocasión de alguna manera.
15 de
marzo de 2007. |