Año V
La Habana

17 al 23 de MARZO
de 2007

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García Márquez por sorpresa

Humberto Arenal • La Habana
Fotos: Kaloian

 

No voy a intentar con torpeza y desacierto lo que otros han hecho con brillantez y buen oficio. Está claro que no pretendo convertirme de la noche a la mañana en eso que llaman un crítico literario. Y mucho menos de un galardonado premio Nobel de Literatura. Como diría mi abuelita cuando temía cometer una pifia: Que Dios me coja confesado. Este no es un asunto cualquiera, dicho con todo respeto a quien lo tiene más que merecido. Quiero que esto quede claro.

Vamos al tema. Como ha sido ampliamente divulgado por el mundo entero, el muy célebre escritor colombiano Gabriel García Márquez acaba de arribar a la respetable edad de 80 años, y como en Cuba él tiene muchos nobles lectores y numerosos notables y buenos amigos, La Jiribilla le está dedicando este número de una manera muy especial y exclusiva y me ha pedido que colabore. Merecido lo tiene, por supuesto, así que yo me siento más que honrado de contribuir aunque sea mínimamente al homenaje.

¿Pero qué puedo agregar a estas alturas a todo lo que se ha dicho sobre él?  La verdad, no mucho; pero por lo menos seré sincero y hasta cierto punto original, pienso yo. No puedo precisarlo, pero hace diez o quince  años, fui al Instituto de Gastroenterología, que como se sabe está en el habanero barrio del Vedado,  a tratar de ver a un médico (creo que era mi estimado doctor Sotto o tal vez alguno de sus ayudantes,  que eran los que entonces trataban de aliviar mis males) y me habían dicho que estaba en la sala atendiendo a otros pacientes, pero que lo esperara.  Casi estoy seguro de que era una mañana de sábado, un día que yo sabía de antemano no sería fácil ver a alguno de esos médicos. Por eso me llevé conmigo un ejemplar de la novela El amor en los tiempos del cólera, como es sabido escrita precisamente por Gabriel García Márquez. Entonces y ahora es una de las novelas escritas por el maestro colombiano que prefiero. Me parece un relato muy interesante, con un humor muy especial, usando el consabido tema del amor de una manera sutil y poco convencional. Me parece que el autor está diciendo: el amor siempre puede ser trascendente, pero tiene que ser tratado a la vez con carácter, ironía y agudeza.

Yo me atrevo a decir que es más o menos una novela satírica, entroncada tal vez con la tradición española del sarcasmo y la picaresca. Lo cual no minimiza ni desvalora ni el género ni la obra. Nuestros mejores exponentes de este género siguen siendo las novelas ejemplares de Cervantes, y qué decir de El Quijote. Por solo citar las cumbres. Esto sin excluir totalmente lo que el propio García Márquez dice y proclama hasta hoy, que se siente deudor, émulo y seguidor del norteamericano William Faulkner. Para mí algo dudoso, hasta cierto punto, pero no excluyente del todo. Pero no voy a entrar en ese polémico asunto, porque ahora no es esta mi intención.

En aquella lectura lenta y abstraída que disfrutaba en aquel momento, mientras esperaba a mi experimentado médico, yo no trataba de establecer nada de esto. Simplemente disfrutaba mucho la novela, y así la espera no me resultaba totalmente engorrosa. Al contrario, era placentera. Tenía toda la mañana por delante para continuar leyendo al gran escritor colombiano, y hasta me ayudaba a olvidar mis males físicos. Ya aparecería uno de los galenos y yo le contaría de mis cuitas y dolencias. Estaba en el mejor lugar y en el mejor momento. Entonces no podía presumir, ni por asomo, lo que me esperaba. ¿Cómo lo iba a sospechar si aquel saloncito era el menos indicado para recibir un visitante inesperado?  Pero ya es sabido y dicho que la vida nos reserva muchas sorpresas, por inesperadas, casuales y extrañas que sean. Yo gozaba mi lectura, que era una recompensa bastante generosa. No esperaba más.

Pero la sorpresa se produjo mágicamente. Oí unas pisadas y una voz que saludaba ceremoniosamente. Y apareció un señor, vestido todo de blanco, creo que con una guayabera pulcra, bien planchada que dijo en ese buen español que hablan los colombianos:

Buenos días, perdóneme. ¿El doctor tal (por supuesto no recuerdo el nombre, no se me pida tanto) está aquí?  Necesito verlo.

No lo reconocí enseguida. Recuerdo que nos miramos y dije que ninguno de los médicos estaba allí, que yo esperaba por uno de ellos y que me habían dicho que pronto vendría a verme. Creo que mencioné el nombre del doctor Sotto.

Entonces se produjo el gran momento de magia. Comprobé que tenía delante de mí, sonriente, al mismo escritor Gabriel García Márquez que yo estaba leyendo. En ese momento se me acercó lo suficiente para que él reconociera el libro y me dijera en una franca risa:

Qué gran casualidad, esta parece una cita concertada, si usted y yo no supiéramos bien que no es así en absoluto. Qué sorpresas tiene la vida y estoy citando casi literalmente lo que él dijo.

Estaba en verdad sorprendido, gratamente por supuesto, y yo simplemente quedé casi mudo repitiendo:

Así es, es verdad, increíble pero cierto y algunas otras incoherencias nerviosas que no vienen al caso por trilladas, cosas sin importancia que ahora trato de recordar y me resulta lógicamente imposible recobrarlas.

Después se sentó cerca de mí y comenzamos a hablar. ¿De qué? De la novela, por supuesto, y de otras cosas que no tenían nada que ver ni con la propia novela ni mucho menos con aquel encuentro fortuito y mágico. Porque ni entonces ni ahora he dejado de sospechar que ese fue un breve encuentro lleno de magia y fascinación. Aunque ninguno de los dos hiciéramos esas referencias. No hacía falta. Todo lo propiciaba. Me preguntó quién era yo y le dije la verdad, tenía dos profesiones que practicaba por igual: me ganaba la vida como teatrista (director, profesor, dramaturgo) y desde hacía años escribía cuentos, novelas, obras de teatro. Ocasionalmente colaboraba en distintas publicaciones como periodista. Por supuesto le dije mi nombre y apellido, que sonriendo dijo le sonaba familiar. Creo que lo hizo más por gentileza que por apego a la verdad. Apenas estábamos empezando una conversación que duró, más o menos, cerca de una hora.  

Lo que más le interesó fue mi condición de teatrista. Le hablé de mi formación en la ciudad de Nueva York donde le dije estudié y comencé a trabajar profesionalmente. En ese momento se estaba presentando con mucho éxito en la sala Hubert de Blanck la obra El día que me quieras, original del dramaturgo venezolano José Ignacio Cabrujas, bajo mi dirección. Y lo invité a que fuera a verla en cualquier momento. Se interesó mucho y me prometió hacer todo lo posible por ir, aunque me dijo que tenía algunos problemas de salud que se estaba atendiendo precisamente allí en el Instituto de Gastroenterología. Haría todo lo posible por ir al teatro. Le conté buena parte del argumento y le pareció muy original que el cantor de tangos Carlos Gardel fuera uno de los personajes principales. Ya el propio título de la obra lo sugería.

Le hablé también de todo el trabajo que había hecho vinculado al teatro en Cuba a partir del año 1960. Me repitió varias veces que le fascinaba el mundo del teatro, que tenía escrito un monólogo que creo se había representado en Colombia, en México y en Argentina. Como es evidente, pasamos enseguida de su propia literatura y hasta cierto punto de la mía, al teatro que parecía interesarle mucho no solo como espectador si no también como creador. Por ejemplo, hablamos del llamado Método de Stanislavski, que yo conocía bien porque lo había estudiado y él había leído algo. También de las ideas y prácticas de Bertolt Brecht que ambos comentamos con admiración. Hablamos inevitablemente de dos grandes teatristas colombianos que yo conocía bien, pues habían estado en Cuba con sus grupos de teatro: Enrique Buenaventura, director del grupo de Teatro de Cali y Santiago García, creador y director del grupo bogotano La Candelaria. Le dije que conocía a los dos y que en mi opinión eran figuras muy prominentes del teatro latinoamericano. Lucía muy complacido, pues yo le estaba aportando algo que le interesaba mucho, según me decía: el teatro estaba entre sus intereses vitales.

Inevitablemente hablamos del cine. Yo sabía que había escrito guiones y algunas de sus novelas y cuentos habían sido llevadas al cine. Y también creo que hablamos de la Escuela Internacional de Cine de la que fue fundador y uno de sus principales propulsores, como es sabido. ¿Qué más podía pedir yo en aquella mañana sabatina, que por sorpresa, sin tener la menor noción, ni posibilidad, se me diera la eventualidad de conversar a solas con Gabriel García Márquez de temas tan interesantes? Al final quedamos en que él iría, siempre que le fuera posible, a ver El día que me quieras. Estaba hospedándose en el hotel Riviera, y me dio el número de la habitación para que lo llamara con el ánimo de ir juntos al teatro. Esta posibilidad no se dio, pero siempre me ha quedado un buen recuerdo de un encuentro inesperado para los dos, y tal vez para él también, agradable y quizá productivo.

Como es sabido y aceptado: es cierto que la vida tiene sorpresas, de todas clases. Esta fue una corroboración.

Hubo otra experiencia de la que yo tuve constancia. En la sala teatro Hubert de Blanck se presentó unos años después la actriz argentina Graciela Duffau, representando el monólogo de García Márquez Diatriba de amor contra un hombre sentado; con la presencia en primera fila del Comandante en Jefe Fidel Castro. Fue algo tan especial, estaba rodeado de tantas personalidades, que no me fue posible llegar a él. Pero compartí la satisfacción que su pasión por el teatro se estaba logrando en esa ocasión de alguna manera.

15 de marzo de 2007.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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