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A sus
casi 90 años, (Alejandría, 1917) sigue
en activo y con ganas de pelea, enredado
en mil proyectos a pesar de confesar,
con algo de coquetería, que “a mi edad
debo limitar mis ambiciones”. Lo dicho,
pura coquetería, porque a renglón
seguido reconoce a El Cultural
que está apasionado por las últimas
investigaciones sobre el ADN, y contesta
vía e-mail a velocidad de vértigo...
Hijo de padre inglés y madre vienesa, en
su autobiografía (Años interesantes,
Crítica, 2003) explicaba que se ha
sentido “como en casa” en varios países,
a pesar de ser “alguien que no pertenece
totalmente al lugar en el que se
encuentra, bien como ciudadano británico
entre centroeuropeos, bien como
inmigrante del continente en Inglaterra,
bien como judío en todos los sitios en
los que he estado —especialmente en
Israel”. Irreductible en sus
convicciones,“el historiador más
conocido del mundo” habla hoy con El
Cultural sobre el imposible fin de
la Historia, sobre el nacionalismo y sus
mitos y sobre terrorismo, temas que
aborda en Guerra y paz en el siglo
XXI (Crítica), que lanza la próxima
semana en España y del que también
ofrecemos uno de sus mejores ensayos.
Antiespecialista en un mundo de
especialistas, el trabajo de Hobsbawm se
ha dirigido a menudo “a los no
intelectuales”, lo que “ha complicado mi
vida como ser humano pero ha
representado una ventaja profesional
para el historiador”. Otra es que, como
reconoce a menudo, estuvo en algunos de
los lugares precisos cuando debía: “Si
uno ha vivido lo suficiente en la Europa
del siglo XX, es casi imposible no haber
estado en lugares históricos en momentos
históricos. He tenido suerte”. A
raudales. Pasó su infancia en la Viena
de la posguerra de la I Guerra Mundial,
su adolescencia en el Berlín
prehitleriano y su juventud en Londres y
Cambridge. Se hizo comunista en 1932,
aunque no ingresó en el partido hasta
que llegó a Cambridge en el otoño de
1936; la II Guerra Mundial coincidió con
su servicio militar, pero, a pesar de
presentarse como voluntario, solo pudo
colaborar con el Ala Militar del
Hospital de Gloucester, “donde hacía de
una especie de asistente social”.
Políglota y cosmopolita, su vida
académica le ha llevado a Estados
Unidos, Hispanoamérica (vivió en
Colombia y Perú, y fue intérprete del
Che Guevara), la India y Extremo
Oriente. Miembro de la British Academy y
de la American Academy of Arts and
Sciences, hasta su jubilación enseñó en
el Birkbeck College de la Universidad de
Londres y desde entonces dicta clases en
la New School for Social Research en
Nueva York. Pero su retrato sería
incompleto sin mencionar, por ejemplo,
su pasión por el jazz (durante diez años
escribió críticas bajo el seudónimo de
Francis Newton, como homenaje al
trompetista del mismo nombre, que fue
uno de los pocos músicos de jazz
comunistas), su fascinación por las
investigaciones científicas punteras o
los rescoldos jamás extinguidos de su fe
comunista.
Hace algún tiempo, el escritor Ian
Buruma publicó un ensayo acerca de
usted, de por qué Eric Hobsbwam había
permanecido leal al comunismo tanto
tiempo y a pesar de todo. Y al final no
quedaba muy clara la razón. ¿El propio
Hobsbwam conoce la respuesta?
No soy la única persona del mundo que se
mantuvo leal a la causa de la
emancipación de la humanidad casi toda
su vida. Para los que quieran una
respuesta biográfica más completa, he
intentado ofrecerla en mi autobiografía
Años Interesantes.
Pero, ¿al menos ha llegado a aceptar
los límites de la condición humana, eso
que su amigo Isaiah Berlin llamaba “las
vigas torcidas de la humanidad”?
Siempre he aceptado los límites de la
condición humana, pero también he
reconocido sus enormes esperanzas para
un mundo en el que los humanos pueden
ser humanos.
¿Cómo cambiaron los atentados del 7
de julio de 2005 en Londres sus ideas
sobre el terrorismo?
Los marxistas siempre hemos sido
escépticos con el terrorismo (es decir,
con el intento de lograr un cambio
social o político principalmente
mediante la acción violenta de pequeños
grupos). Por sí solo el terrorismo no
puede alcanzar sus metas, ni siquiera la
independencia de pequeñas naciones. Ni
el 11-S ni el 7-J han cambiado mi
opinión al respecto. La actual fase de
terrorismo es nueva en la medida en que
puede organizarse globalmente de una
forma en que jamás se organizó ningún
terrorismo anterior, en la medida en que
utiliza una macabra técnica nueva, el
atentado suicida, y en la medida en que
algunas de sus versiones practican
sistemáticamente la masacre
indiscriminada. Pero aunque esto
justifica ciertamente todos los
esfuerzos por eliminarlo, eso no lo
convierte en una gran fuerza militar o
en un peligro grave para cualquier
sociedad y nación estables.
En las primeras páginas de Guerra
y paz en el siglo XXI, el libro que
lanza en España la próxima semana, se
muestra muy crítico con Fukuyama... ¿Por
qué considera que el historiador
americano fue, cuanto menos, un incauto
cuando planteó y desarrolló su teoría
sobre el Fin de
la
Historia?
Fukuyama suponía que la culminación del
desarrollo histórico sería la conversión
permanente del globo a la combinación
occidental del capitalismo y gobierno
liberal representativo. Pensó que se
había logrado, después que se superara
el desafío del socialismo en el siglo XX.
No creía que la historia llegaría a
detenerse, sino que a partir de entonces
el mundo avanzaría tranquilamente dentro
de un marco occidental incuestionable.
Pero se equivocaba en ambos puntos. No
hay razón alguna para creer que el
capitalismo liberal del tipo
noratlántico que triunfó a finales del
siglo pasado sea la base duradera de las
operaciones futuras del mundo. No es
fundamentalmente estable ni inmune a
cambios o desafíos posteriores. Y es
evidente que, desde el final de la Unión
Soviética, no hemos entrado en un “nuevo
orden mundial”, sino en una época de
agitación tectónica mundial.
Tampoco está de acuerdo con Fukuyama
cuando defiende lo que llama “valores
liberales positivos” y afirma que las
modernas sociedades liberales han
debilitado sus identidades, basadas en
conceptos como patria o religión, y que
deben enfrentarse al desafío que
plantean emigrantes de otras razas y
religiones, que, según él, están mucho
más seguros sobre quiénes son...
Las sociedades liberales, al estar
basadas en el individualismo, están
concebidas para que tengan unas
identidades colectivas débiles. Por
tanto, es inútil quejarse de que los
“valores liberales positivos”, como
escribe Fukuyama, no son suficientes
para una humanidad que no vive buscando
solo el interés propio. ¿Cuáles son las
alternativas? Es cierto que la velocidad
y la escala del cambio histórico, es
decir, el impacto de un turbocapitalismo
global desde los años 60, han minado los
patrones tradicionales de relación entre
los seres humanos y, por tanto, su idea
de identidad individual y colectiva. Los
inmigrantes procedentes de países en los
que este proceso está menos avanzado
quizá preserven todavía las viejas
formas de identidad, sobre todo en la
primera generación, pero el hecho mismo
de la migración las debilita. De hecho,
nadie tiene un problema de “saber quién
soy” más acusado que los inmigrantes de
segunda generación, como los jóvenes
terroristas del sur de Asia que viven en
Gran Bretaña y que no se sienten como
sus padres ni como los británicos y que,
por tanto, hallan una identidad en un
tipo nuevo y muy poco tradicional de
fundamentalismo musulmán. Pero los
occidentales desorientados también
intentan buscar identidades colectivas
en una era de incertidumbre, y una
minoría también las encuentra en los
estilos de vida religiosos, culturales y
sexuales, mientras que un número mayor
se refugia de la impersonalidad global
en el nacionalismo étnico. Creo que son
síntomas de enfermedad más que un
diagnóstico, y mucho menos un
tratamiento, como pretende Fukuyama.
Una de sus principales contribuciones
académicas son sus investigaciones sobre
la invención de tradiciones nacionales.
En la era del nacionalismo y de una
nueva preocupación por la identidad
nacional, han surgido nuevos mitos
históricos nacidos simple y llanamente
por razones políticas, sectarias y
étnicas. ¿Es eso lo que hace que el
papel del historiador sea tan decisivo a
la hora de desenmascarar falsos mitos?
Tiene razón. Vivimos en una época dorada
de creación de mitos históricos,
diseñada para reforzar identidades de
grupo de toda índole, en especial en una
gran cantidad de nuevas naciones y
movimientos regionales y étnicos. Creo
en lo que escribió Ernest Renan en 1882:
“El olvidar la historia y, de hecho, el
error histórico, son factores esenciales
en la formación de una nación, y ese es
el motivo por el que el progreso de la
investigación histórica a menudo
constituye un peligro para la
nacionalidad”. Los historiadores hoy en
día somos la primera línea de defensa
contra el avance de mitos peligrosos.
Otro de los temas de su libro es el
imperialismo. ¿Considera que el
americano actual es más débil que el
español del siglo XVI o británico del
siglo XIX? ¿Por qué?
El imperio español del siglo XVI es muy
distinto del británico y el
estadounidense. El imperio británico,
que gobernó a más gente que cualquier
otro en la historia, reconocía sus
puntos débiles incluso en la cúspide de
su poder: vea, por ejemplo, el poema “Recessional”,
escrito por el gran imperialista Rudyard
Kipling. Sabía que sus principales
activos —el ser la primera potencia
industrial y el centro del comercio
internacional, o una armada que
controlaba los océanos— no durarían.
También sabía, desde la pérdida de las
colonias americanas, que podría
sobrevivir la pérdida del imperio y que
seguiría floreciendo. El imperio
estadounidense carece de este sentido de
sus limitaciones. En lo relativo a la
política de fuerza, obviamente no es
débil, aunque sea incapaz de dominar el
mundo por sí solo. Su economía atraviesa
un relativo declive, pero lógicamente
seguirá siendo formidable durante mucho
tiempo. Sin embargo, a diferencia del
imperio británico, que prosperó en una
época de paz y escasos gastos en
armamento, el imperio de EE. UU. depende
de la realidad y el potencial de un
poderío militar abrumador para su
supremacía. Estados Unidos, a diferencia
de la Gran Bretaña del XIX, nunca ha
sido un elemento esencial del sistema de
comercio internacional, solo su economía
más importante. Por tanto, a diferencia
de Gran Bretaña, quizá intente
contrarrestar su declive mediante el
poder militar. Este es uno de los
grandes peligros de la situación mundial
del nuevo siglo.
Si
eso es así, ¿qué opinión le merece la
dependencia europea respecto a la
política internacional norteamericana?
Todos
los Estados europeos y la Unión Europea
deben aceptar a la superpotencia, pero
no hay razón para depender de ella.
Nuestro modelo debería ser la política
comercial de la UE, y no la de la OTAN.
Es evidente que usted sigue en activo,
atento a la actualidad. ¿Qué
descubrimientos, qué investigaciones
académicas ha encontrado fascinantes
últimamente?
Me fascinan los recientes avances de la
tecnología del ADN, que hacen posible
una cronología y un mapa de la
propagación de la especie humana por
todo el globo. (Como historiador) Las
dos obras originales, innovadoras y
ambiciosas que más me han impresionado
son The Birth of the Modern World,
de Christopher Bayly, una historia
auténticamente global, y Framing the
Early Middle Ages, de Chris Wickham,
que debe alterar nuestras perspectivas
sobre lo ocurrido tras la caída del
imperio romano. |