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Gabriel García Márquez escribe con el
diablo metido en el cuerpo. Ese debe ser
el estado perfecto del novelista, lo que
todos los escritores de ficción
quisiéramos ser. Cuenta historias de
verdad o de mentira, pero cuenta
historias y construye personajes
inolvidables; siempre tiene qué decir y
sabe cómo decirlo para meter en su
trampa al lector sin concederle ni una
partícula de su obra a otro interés que
no sea el suyo. Tiene lo que tiene que
tener: una capacidad de asociación que
nos deja pasmados: eso es Cien años
de soledad, pero no solo eso. Tanto
en el periodismo como en la literatura,
implanta su sistema. No digo nada nuevo
afirmando que con Cien años de
soledad se instaló en el
Olimpo literario iberoamericano, de la
lengua española y universal. Pero así y
todo no es escritor que se contente con
haber llegado...
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No me he preocupado en fijar el momento
y lugar, cuándo y dónde conocí a Gabriel
García Márquez. En los primeros años de
la Revolución,
cuando ejercía el periodismo, lo vi,
coincidimos en algún lugar, pero la
referencia de él como periodista y como
persona de quien primero la tuve fue de
su tocayo periodista, muy amigo mío,
como un hermano, Gabriel Molina
Franchossi, colega de Granma,
actualmente editor de Granma
Internacional. Ellos fueron colegas
en Prensa Latina y nunca han dejado de
ser amigos. Ya novelista consagrado lo
he visto muchas veces, e incluso hubo
una época en que cuando venía a La
Habana, Gabriel Molina y yo almorzábamos
con el Gabo. Luego sus compromisos
fueron y son muchos y esa especie de
hábito se interrumpió. También lo vi y
hablamos de cualquier cosa, alguna vez,
en casa de Antonio Núñez Jiménez, junto
a Lupe y Mercedes.
Me gusta su forma de escribir, sus
estilos; la sustancia de su obra
literaria porque, reitero, dice cosas,
se desentrañan mensajes hasta
filosóficos. No he leído de él nada
banal, jamás, ni propio de “modas”, ni
de “fijaciones”. Cada libro de García
Márquez, es una individualidad y un mar
de información, aún pareciendo, como
ocurre en Cien años de soledad,
una alucinación.
Dentro de sus obras prefiero,
descontando Cien años de soledad,
una de periodismo que debía
estudiarse en todas las escuelas del
género, al igual que las crónicas de
España bajo las bombas, de
Carpentier: me refiero a El naúfrago.
Pocos libros escritos expresamente como
aventura son mejores que ese reportaje,
obra de un narrador estupendo. Lo he
leído muchas veces y siempre me parece
nuevo. Otro de mis predilectos de García
Márquez es El amor en los tiempos del
cólera, una de las novelas de
amor más originales y bellamente
escritas que recuerdo con pasión.
No haré un inventario, pero hay que
volver una y otra vez, en periodismo, a
Operación Carlota. Si algo me
gusta muchísimo de su obra es que no le
teme a ningún personaje, los crea como
quien modela como orfebre o el mejor
escultor de volúmenes y almas, y no
falta ni excluye el humor ni la
tragedia. Con Nobel o sin Nobel —y mejor
que lo tenga— es imprescindible. |