Año V
La Habana

17 al 23 de MARZO
de 2007

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El Gabo: con el diablo metido en el cuerpo

Marta Rojas • La Habana
Fotos: Kaloian

 

Gabriel García Márquez escribe con el diablo metido en el cuerpo. Ese debe ser el estado perfecto del novelista, lo que todos los escritores de ficción quisiéramos ser. Cuenta historias de verdad o de mentira, pero cuenta historias y construye personajes inolvidables; siempre tiene qué decir y sabe cómo decirlo para meter en su trampa al lector sin concederle ni una partícula de su obra a otro interés que no sea el suyo. Tiene lo que tiene que tener: una capacidad de asociación que nos deja pasmados: eso es Cien años de soledad, pero no solo eso. Tanto en el periodismo como en la literatura, implanta su sistema. No digo nada nuevo afirmando que con Cien años de soledad se instaló en el Olimpo literario iberoamericano, de la lengua española y universal. Pero así y todo no es escritor que se contente con  haber llegado...

No me he preocupado en fijar el momento y lugar, cuándo y dónde conocí a Gabriel García Márquez.  En los primeros años de la Revolución, cuando ejercía el periodismo, lo vi, coincidimos en algún lugar, pero la referencia de él como periodista y como persona de quien primero la tuve fue de su tocayo periodista, muy amigo mío, como un hermano, Gabriel Molina Franchossi, colega de Granma, actualmente editor de Granma Internacional. Ellos fueron colegas en Prensa Latina y nunca han dejado de ser amigos. Ya novelista consagrado lo he visto muchas veces, e incluso hubo una época en que cuando venía a La Habana, Gabriel Molina y yo almorzábamos con el Gabo. Luego sus compromisos fueron y son muchos y esa especie de hábito se interrumpió. También lo vi y hablamos de cualquier cosa, alguna vez, en casa de Antonio Núñez Jiménez, junto a Lupe y Mercedes.

Me gusta su forma de escribir, sus estilos; la sustancia de su obra literaria porque, reitero, dice cosas, se desentrañan mensajes hasta filosóficos. No he leído de él nada banal, jamás, ni propio de “modas”, ni de “fijaciones”. Cada libro de García Márquez, es una individualidad y un mar de información, aún pareciendo, como ocurre en Cien años de soledad, una alucinación.

Dentro de sus obras prefiero, descontando Cien años de soledad, una de periodismo que debía estudiarse en todas las escuelas del género, al igual que las crónicas de España bajo las bombas, de Carpentier: me refiero a El naúfrago. Pocos libros escritos expresamente como aventura son mejores que ese reportaje, obra de un narrador estupendo. Lo he leído muchas veces y siempre me parece nuevo. Otro de mis predilectos de García Márquez es El amor en los tiempos del cólera, una de las novelas de amor más originales y bellamente escritas que recuerdo con pasión.

No haré un inventario, pero hay que volver una y otra vez, en periodismo, a Operación Carlota. Si algo me gusta muchísimo de su obra es que no le teme a ningún personaje, los crea como quien modela como orfebre o el mejor escultor de volúmenes y almas, y no falta ni excluye el humor ni la tragedia. Con Nobel o sin Nobel —y mejor que lo tenga— es imprescindible. 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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