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“No
doy nada que sirva de titular”, dice
entre carcajadas unos días después de
cumplir 80 años para romper el cerco de
insistentes reporteros. Gabriel García
Márquez aparece por sorpresa en la sala
Che Guevara de la Casa de las Américas
para condecorar a Pablo Milanés con la
medalla Haydée Santamaría. Ante el
encuentro no anunciado los pocos que
estamos en el recinto quedamos absortos.
La ceremonia fue rápida, sentida. Y el
escritor, junto al bardo, se hizo
protagonista de la velada.
Fue
uno de esos momentos en los que damos
cualquier cosa con tal de poseer, por
unos instantes, el don de la ubicuidad.
No podía dejar escapar a Pablo, el
homenajeado; pero tampoco al joven de
ocho décadas en el año 40 de su novela
Cien años de soledad y 25 de
otorgársele el Premio Nobel. Siempre ha
sido una moda festejar los aniversarios
cerrados. Además, estoy casi seguro de
que esa oportunidad es de las que no se
repiten. Aunque el Gabo haya confesado
ese día que estar en nuestro país es una
felicidad que tiene a cada rato. “Vivo
en Cuba, solo que viajo tanto que estoy
poco tiempo aquí”.
Lo
acontecido en la misma escena, pero con
Pablo Milanés, ya está escrito en el
número anterior de La Jiribilla.
Ahora me detengo en los instantes con
García Márquez. Genial por sus pícaras
salidas ante las preguntas. Apunten el
dicho: “más sabe el diablo por viejo que
por diablo”.
Terminada la ceremonia esperó
amablemente el acoso de las grabadoras
como un reflejo incondicionado… ¿Culpa
de la fama?
Alguien se adelantó para indagar si
había visto a Fidel. El día del
cumpleaños del escritor, 6 de marzo,
resultó ser un enigma su paradero.
Muchos medios de comunicación
especularon que se encontraba en Cuba,
junto al Comandante en Jefe. No
obstante, declaró el creador del
realismo mágico en la literatura haber
llegado a la Isla ese día 9 al amanecer;
pero manifestó también el deseo de estar
con su entrañable amigo, pues “no lo veo
desde hace tiempo por su enfermedad,
pero estoy seguro de que ya sale de
eso”.
Del mismo modo le preguntaron sobre la
salida del tomo II de Vivir para
contarla, sus memorias. “Lo más
importante ―dijo a modo aleccionador― es
que tengo que escribirla. Que eso
todavía…No, no creo que la escriba”.
Tampoco faltó el mensaje para los
jóvenes escritores: “Si son escritores,
a lo único que puedo obligarlos es a que
escriban, que no hagan nada mal. Que
tengan paciencia que con el tiempo
resulta.
Al
principio uno está muy descorazonado y
de pronto eso va creciendo y al final,
se arrepiente porque hay que salir
corriendo.”
El
punto final a la breve “conferencia de
prensa” lo puso él luego de la
interrogante: ― ¿Entonces no va a
escribir más?
En
aquel momento fue cuando expresó que no
daba nada que sirviera de titular.
Por
azar, no sé cómo cuando salíamos de la
sala quedé junto a él. Atiné a
felicitarlo por el cumpleaños, por el
camino labrado durante mucho tiempo.
También le comenté que era estudiante de
Periodismo y estaba ahí reportando para
La Jiribilla. ¿La conoce?,
pregunté.
―Sí,
¿Cómo no?
Entonces levantando su índice y quizá,
de colega a colega, aconsejó sobre mi
vocación: “Ahora tienes tiempo de
arrepentirte porque luego no hay quien
te salve”.
La
visita ―o mejor dicho cuando se trata de
amigos―, el regreso de Gabriel García
Márquez a Cuba fue rápido. Había estado
el pasado diciembre en los festejos
convocados por la Fundación Guayasamín a
propósito de los 80 años de Fidel. Ahora
partió fugaz porque “tengo que ir
―indicó con ironía― a festejar el
cumpleaños de alguien que cumple 80 años
allá, en Colombia”.
Su
sonrisa constante en la velada descubría
su complacencia. Fue muy cálido con
todos: desde el grupo de reporteros que
lo asediamos con preguntas hasta los que
se le acercaron para retratarse.
Curiosamente no vi a nadie pedirle un
autógrafo.
El
autor de La soledad de América Latina,
El amor en los tiempos del cólera,
Crónica de una muerte anunciada y
otros muchos títulos no es muy dado a
las entrevistas, tampoco a los agasajos.
Pero hace rato, mucho rato, por razones
sobradas le es casi imposible escapar de
los cumplidos; y menos durante este año.
Sin embargo, tuve la impresión aquella
tarde de que Gabriel García Márquez
posee una forma sui géneris de
lidiar con la fama: Trata a todos con
cortesía, como si fueran tan “Premios
Nobel” como él, como si los conociera
desde hace mucho tiempo. |