|
Desde
hace muchos años, Gabriel García Márquez
adquirió esa categoría tan especial de
clásico, que contamina toda su
obra y lo ha convertido en una leyenda
viva de la literatura universal: ese
lenguaje terso, de una diversidad de
matices asombrosa, una adjetivación que
indudablemente en sus orígenes venía de
Borges, pero que después fue
enriqueciendo su prosa hasta convertirla
en un instrumento dócil y mucho más
flexible que la del gran narrador
argentino, dejaron una huella imborrable
en su estilo: apenas se lee una línea de
García Márquez, el lector es capaz de
identificarlo inmediatamente.
De
toda su vasta obra, prefiero tres obras
maestras indiscutibles: El coronel
no tiene quien le escriba,
donde la estructura, el lenguaje seco y
parco, de una precisión increíble, todo,
en fin, va confluyendo en la creación
del personaje protagónico, sencillamente
inolvidable; Crónica de una muerte
anunciada, insólita novela donde
desde la primera línea se conoce el
desenlace, y sin embargo, el lector se
mantiene atrapado en el laberinto de una
estructura originalísima y un lenguaje
polisémico, hasta el previsible final
que nos deja exhaustos y agradecidos; y
finalmente, la obra maestra absoluta,
Cien años de soledad: siempre
he dicho, bromeando, que después de
escribir semajante novela, un autor ya
puede despedirse del mundo, en la
confianza de que su nombre perdurará en
la historia de la literatura universal.
Pero no sólo escribirla, sino
simplemente pensarla: plantearse
siquiera la posibilidad de escribir
semejante obra, con su maravillosa
estructura circular, su lenguaje a
prueba de balas, sus fabulosos
personajes, prodigios de la imaginación
más desenfrenada y a la vez más
contenida; el original empleo de todos
los recursos técnicos a disposición del
narrador, especialmente el tiempo, es un
milagro que sólo se da en la literatura
posiblemente una vez en un siglo:
Cien años de soledad es el Quijote
de la era moderna.
Mi
obra no tiene puntos de contacto con la
del Gabo, pero creo que él ha
influido, de una u otra forma en los
escritores contemporáneos: sin su obra
literaria todos hubiéramos sido más
pobres y mucho más infelices.
Me he encontrado con él varias veces y
hemos conversado y pudiera contar las
impresiones, siempre imborrables que ha
dejado en mí en cada ocasión. Pero más
bien quiero señalar aquí algo que nunca
se ha comentado: en 1968, por iniciativa
de Nuria Nuiry, en aquel entonces,
profesora de Literatura en la Escuela de
Periodismo, se trasmitió un programa
por Radio Liberación, acerca de Cien
años de soledad. Posiblemente fuera
el primer programa dedicado a esta
novela en Latinoamérica y tal vez en el
mundo. La obra había sido publicada unos
pocos meses atrás, por la Editorial
Sudamericana, y en el programa —tipo
panel— participamos Rogerio Moya, Nayda
Sanzo y yo, en aquel entonces
estudiantes de Periodismo, todavía
enloquecidos por el impacto de la
lectura de aquel libro fabuloso. Así lo
dijimos en ese momento, y así seguimos
pensando casi 40 años después. |