Año V
La Habana
2007

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DE SOLEDAD Y MUCHEDUMBRE
Miguel Collazo, narrador latinoamericano
Mario Alberto Nájera Espinoza • La Habana

La amistad comienza en un punto indefinible de las relaciones humanas. Cualquiera puede pensar que este día, por un gesto o una aparente conjunción espiritual, se ha dado inicio a la comunión de las almas (M. Collazo, El Arco de Belén, p. 72.)

A fines de la década de los años setentas era, quien escribe, un estudiante de la Universidad de Guadalajara. En ese tiempo me encontraba, como muchos jóvenes, muy  interesado en la literatura latinoamericana y había leído a varios de los autores de gran talla, entre ellos Alejo Carpentier, quien era la excelencia narrativa con historias que uno quería seguir pensando y viendo dado su inacabable poder escenográfico; García Márquez me llevaba a contextos pueblerinos en los que los relatos son ciertos siempre, hayan ocurrido o no; confieso que Julio Cortázar siempre me dejó inquietudes y más preguntas que respuestas.  Pero era Juan Rulfo quien me conducía a mundos más acordes con mi idea de una realidad cotidiana de memorias e identidades, de misterios propios de lo mexicano y latinoamericano. Siempre me impresionó su escritura integradora de géneros, su desarrollo de lo sencillo llevado a certeras meditaciones filosóficas en una línea del decir popular, en algún giro expresivo surgido de esos personajes modestos pero con visión harto sensible y llenos de dolor, de ansia, de soledad y vida.

Esa forma de escribir, de narrar, era una forma de exponer a personajes y situaciones verdaderas y sus relatos tenían la emoción de ciertos tópicos familiares, situaciones similares vividas por parientes ya fallecidos. Era la presencia errante de gente  que hablaba de lo suyo y dejaba constancia de su paso por la vida para que otros supieran de sus ilusiones no cumplidas, de cómo fue dura su vida, de sus sentencias conceptuales; era la recuperación de la oralidad, era historia y era también artilugio precioso de las letras.

Fue en ese oportuno momento que llegó a mis manos, a mis ojos, un deslumbrante manojo de breves, profundos y bellos relatos de un escritor cubano cuya forma de contar era de gran originalidad y que me llevaba por ciertos senderos rulfianos. Así conocí a Miguel Collazo, a través de sus textos, y por suerrte y dicha mía nos uniría poco más tarde una rica y sincera amistad.  Aquel libro titulado El Arco de Belén fue algo más que una revelación, tenía ese sabor de lo auténtico, personajes del  barrio antiguo desaparecidos pero recuperados en la memoria y redivivos merced a la pluma y talento de quien se proyectaba ya en esos años como un importante escritor latinoamericano, pero que en ese momento sólo podían conocerle un grupo de afortunados lectores en La Habana. 

     Los diez breves textos de El Arco de Belén, incluidos hoy en el libro Onoloria y otros relatos,  circularon por varias manos en Guadalajara y se leyeron algunos de ellos por la Radio Universitaria y por la Radio Cultural del Gobierno del Estado de Jalisco. Entonces difícilmente llegaban publicaciones cubanas a esa parte de México. Por fortuna, en años más recientes, y a través de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se ha podido conocer el estilo narrativo de Collazo, sobre todo con la primera edición de Onoloria... 

     Un día, por intermedio de Fayad Jamís conocí por fin a Miguel Collazo, a Xiomara y a Abel. Al poco tiempo Collazo realizaría una visita a México. Leyó fragmentos de su libro Estancias y partes de El Arco de Belén en la ciudad de Morelia y en Guadalajara . En esta ciudad inauguró una exposición de su obra pictórica, cuya muestra se exhibió en la galería del Exconvento del Carmen. En lo sucesivo continué cultivando su amistad y atesorando sus libros. No obstante la diferencia en edades, entré por adopción, y por pura amistad, a ese grupo de creadores cubanos compuesto entre otros por Fayad Jamís, Otto Fernández, Guillermo Prieto y Miguel Collazo. Mis visitas a La Habana se hicieron frecuentes. 

     En Onoloria y otros relatos, podemos leer una trilogía de textos venidos de distintos  tiempos y estados temperamentales del escritor, los cuales son unidades diferentes entre sí pero que muestran una calidad sostenida de capacidad expresiva. En alguna ocasión Miguel Collazo aseveró que los “libros son misteriosos”, y en efecto lo son, estoy convencido .Si no fuese así ¿cómo causarían esa facinación que mayormente es lograda en razón directa con la imaginación que brota del autor? 

     Es seguramente por lo anterior que Collazo admiró a Rulfo y gustaba de repetir, parafraseando al autor de Pedro Páramo que “la vida no es muy seria en sus cosas”.Sí, la vida no es muy seria en sus cosas, nos juega malas pasadas, al tiempo que nos mortifica se ríe de nosotros. Hay tiempo de amor y de dolor y esto pasa con los personajes en la narrativa de Miguel Collazo. Dentro de los granos de reflexión filosófica que Miguel sembró en su campo textual, hay uno que sintetiza genialmente el sino de los tiempos que nos ha tocado vivir: “entre la pura objetividad y el símbolo sentimental media un abismo; quizá por eso el mundo está dividido...”, dialéctica sin más. 

     Al inicio del libro Onoloria... hay una frase que nos hace pensar no en el argumento del relato de Lisuarte y Onoloria, sino que se desenvuelve más allá .Podría ser una historia más real, quizá la de un país pequeño que ejemplifica el potencial milagroso del ser humano que se ha mantenido a salvo. Dice Collazo: “en medio de tantas guerras y litigios entre las demarcaciones vecinas, aquel pedacito de tierra había permanecido intacto durante siglos”. Y es que en Collazo podemos encontrar significados interpuestos que el lector asimila y obtiene sus propias conclusiones. 

     La obra narrativa de Miguel Collazo es ahora parte, por mérito  propio, del acervo literario de Nuestra América y no hay duda de que ha marcado un estilo y un discurso escriturario original y rico. En una de sus obras escribió sencilla y diáfanamente la fórmula de su ars narrativa, fácil de entender pero difícil de plasmar: 

Me gusta escribir en la soledad de mi muchedumbre; me gusta el dibujo de mis letras sobre el blanco papel; me gusta ver el modo y la manera en que mi pensamiento fluye en palabras, y los giros y enredos que éstas forman agrupándose en oraciones; me gustan los párrafos breves y precisos, y los párrafos amplios, leves e indecisos; me gusta hablar desde mí mismo según el ritmo de mis humores; me gusta hilvanar esto con aquello; me gusta la sorpresa real de las raras conjunciones; me gusta escribir de todo y de toda manera; me gusta lo que se soslaya y sin embargo da cuerpo a una frase; me gusta lo que se expresa directamente, como a golpe de martillo; me gustan las afirmaciones, las sentencias redondas, las repeticiones, las nervaduras gramaticales, y lo oscuro y lo claro juntos (Estancias, 1998, p. 77).

La Habana, 11 de febrero de 2007.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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