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La amistad comienza en un
punto indefinible de las relaciones
humanas. Cualquiera puede pensar que
este día, por un gesto o una aparente
conjunción espiritual, se ha dado inicio
a la comunión de las almas (M. Collazo,
El Arco de Belén, p. 72.)
A
fines de la década de los años setentas
era, quien escribe, un estudiante de la
Universidad de Guadalajara. En ese
tiempo me encontraba, como muchos
jóvenes, muy interesado en la
literatura latinoamericana y había leído
a varios de los autores de gran talla,
entre ellos Alejo Carpentier, quien era
la excelencia narrativa con historias
que uno quería seguir pensando y viendo
dado su inacabable poder escenográfico;
García Márquez me llevaba a contextos
pueblerinos en los que los relatos son
ciertos siempre, hayan ocurrido o no;
confieso que Julio Cortázar siempre me
dejó inquietudes y más preguntas que
respuestas. Pero era Juan Rulfo quien
me conducía a mundos más acordes con mi
idea de una realidad cotidiana de
memorias e identidades, de misterios
propios de lo mexicano y
latinoamericano. Siempre me impresionó
su escritura integradora de géneros, su
desarrollo de lo sencillo llevado a
certeras meditaciones filosóficas en una
línea del decir popular, en algún giro
expresivo surgido de esos personajes
modestos pero con visión harto sensible
y llenos de dolor, de ansia, de soledad
y vida.
Esa
forma de escribir, de narrar, era una
forma de exponer a personajes y
situaciones verdaderas y sus relatos
tenían la emoción de ciertos tópicos
familiares, situaciones similares
vividas por parientes ya fallecidos. Era
la presencia errante de gente que
hablaba de lo suyo y dejaba constancia
de su paso por la vida para que otros
supieran de sus ilusiones no cumplidas,
de cómo fue dura su vida, de sus
sentencias conceptuales; era la
recuperación de la oralidad, era
historia y era también artilugio
precioso de las letras.
Fue
en ese oportuno momento que llegó a mis
manos, a mis ojos, un deslumbrante
manojo de breves, profundos y bellos
relatos de un escritor cubano cuya forma
de contar era de gran originalidad y que
me llevaba por ciertos senderos
rulfianos. Así conocí a Miguel Collazo,
a través de sus textos, y por suerrte y
dicha mía nos uniría poco más tarde una
rica y sincera amistad. Aquel libro
titulado El Arco de Belén fue
algo más que una revelación, tenía ese
sabor de lo auténtico, personajes del
barrio antiguo desaparecidos pero
recuperados en la memoria y redivivos
merced a la pluma y talento de quien se
proyectaba ya en esos años como un
importante escritor latinoamericano,
pero que en ese momento sólo podían
conocerle un grupo de afortunados
lectores en La Habana.
Los diez breves textos de El Arco de
Belén, incluidos hoy en el libro
Onoloria y otros relatos,
circularon por varias manos en
Guadalajara y se leyeron algunos de
ellos por la Radio Universitaria y por
la Radio Cultural del Gobierno del
Estado de Jalisco. Entonces difícilmente
llegaban publicaciones cubanas a esa
parte de México. Por fortuna, en años
más recientes, y a través de la Feria
Internacional del Libro de Guadalajara
se ha podido conocer el estilo narrativo
de Collazo, sobre todo con la primera
edición de Onoloria...
Un día, por intermedio de Fayad Jamís
conocí por fin a Miguel Collazo, a
Xiomara y a Abel. Al poco tiempo Collazo
realizaría una visita a México. Leyó
fragmentos de su libro Estancias
y partes de El Arco de Belén en
la ciudad de Morelia y en Guadalajara .
En esta ciudad inauguró una exposición
de su obra pictórica, cuya muestra se
exhibió en la galería del Exconvento del
Carmen. En lo sucesivo continué
cultivando su amistad y atesorando sus
libros. No obstante la diferencia en
edades, entré por adopción, y por pura
amistad, a ese grupo de creadores
cubanos compuesto entre otros por Fayad
Jamís, Otto Fernández, Guillermo Prieto
y Miguel Collazo. Mis visitas a La
Habana se hicieron frecuentes.
En Onoloria y otros relatos,
podemos leer una trilogía de textos
venidos de distintos tiempos y estados
temperamentales del escritor, los cuales
son unidades diferentes entre sí pero
que muestran una calidad sostenida de
capacidad expresiva. En alguna ocasión
Miguel Collazo aseveró que los “libros
son misteriosos”, y en efecto lo son,
estoy convencido .Si no fuese así ¿cómo
causarían esa facinación que mayormente
es lograda en razón directa con la
imaginación que brota del autor?
Es seguramente por lo anterior que
Collazo admiró a Rulfo y gustaba de
repetir, parafraseando al autor de
Pedro Páramo que “la vida no es muy
seria en sus cosas”.Sí, la vida no es
muy seria en sus cosas, nos juega malas
pasadas, al tiempo que nos mortifica se
ríe de nosotros. Hay tiempo de amor y de
dolor y esto pasa con los personajes en
la narrativa de Miguel Collazo. Dentro
de los granos de reflexión filosófica
que Miguel sembró en su campo textual,
hay uno que sintetiza genialmente el
sino de los tiempos que nos ha tocado
vivir: “entre la pura objetividad y el
símbolo sentimental media un abismo;
quizá por eso el mundo está
dividido...”, dialéctica sin más.
Al inicio del libro Onoloria...
hay una frase que nos hace pensar no en
el argumento del relato de Lisuarte y
Onoloria, sino que se desenvuelve más
allá .Podría ser una historia más real,
quizá la de un país pequeño que
ejemplifica el potencial milagroso del
ser humano que se ha mantenido a salvo.
Dice Collazo: “en medio de tantas
guerras y litigios entre las
demarcaciones vecinas, aquel pedacito de
tierra había permanecido intacto durante
siglos”. Y es que en Collazo podemos
encontrar significados interpuestos que
el lector asimila y obtiene sus propias
conclusiones.
La obra narrativa de Miguel Collazo es
ahora parte, por mérito propio, del
acervo literario de Nuestra América y no
hay duda de que ha marcado un estilo y
un discurso escriturario original y
rico. En una de sus obras escribió
sencilla y diáfanamente la fórmula de su
ars narrativa, fácil de entender
pero difícil de plasmar:
Me
gusta escribir en la soledad de mi
muchedumbre; me gusta el dibujo de mis
letras sobre el blanco papel; me gusta
ver el modo y la manera en que mi
pensamiento fluye en palabras, y los
giros y enredos que éstas forman
agrupándose en oraciones; me gustan los
párrafos breves y precisos, y los
párrafos amplios, leves e indecisos; me
gusta hablar desde mí mismo según el
ritmo de mis humores; me gusta hilvanar
esto con aquello; me gusta la sorpresa
real de las raras conjunciones; me gusta
escribir de todo y de toda manera; me
gusta lo que se soslaya y sin embargo da
cuerpo a una frase; me gusta lo que se
expresa directamente, como a golpe de
martillo; me gustan las afirmaciones,
las sentencias redondas, las
repeticiones, las nervaduras
gramaticales, y lo oscuro y lo claro
juntos (Estancias, 1998, p. 77).
La Habana, 11 de febrero
de 2007. |