Querido hermano Ronel:
Me escribes en solitario
y con un vocabulario
que no es digno de Espinel.
¿Has renunciado al papel
de corresponsal versado?
¿José Luis te ha abandonado
y sin José Luis no eres
capaz de hacer versos? ¿Quieres
renunciar al entramado
de nuestra correspondencia
lúdica, experimental?
Yo lo sabía, al final
saldrá ganando la Ausencia.
Aquí estoy, de penitencia,
lleno de espinelacocos,
esperando que mis pocos
amigos no me abandonen,
e incluso que me perdonen
la cordura. Tantos locos
seguramente asustamos.
Seguramente dolemos.
Porque los locos sabemos
más de lo que deseamos.
Somos pocos, pero estamos
vivos, pese a la distancia.
Ayer llamé a una ambulancia
para que me trasladara
a otra parte de mi cara
y nadie le dio importancia.
Rompí fotos. Quemé espejos.
Bebí nubes. Lloré azogue...
¡Y que nadie me interrogue
sobre culpas y complejos!
Tengo dos zapatos viejos
que son testigos de todo.
La espalda de Quasimodo.
La risa de la Gioconda.
Un bolígrafo. Una sonda.
Un pliegue oscuro del codo.
¿Por qué el agua no refleja
lo que mi rostro le exige?
Al Quijote se lo dije,
pero no atendió mi queja.
Van Gohg me pidió una oreja
a cambio de hacerme caso.
Juana La Loca dio un paso
hacia mí, pero siguió
de largo. Y aquí estoy yo,
con los ojos en un vaso,
pensando si me los bebo
o si los doy a beber.
En realidad, para ver
no me hacen falta. ¿No debo
fingir que nací de nuevo,
engañar a los sesudos?
Tengo los párpados mudos,
estáticos... Estoy muerto.
Tengo la edad del Desierto
y la voz llena de nudos.
Pero qué importa, Ronel.
Los difuntos racionales
somos así, transversales,
oblicuos sobre el papel.
La cordura es oropel
de otros, vana fruslería.
¿Somos locos? Algún día
tendremos un manicomio
propio, nuestro rapsocomio:
hostal de la juglaría.
Mientras tanto, seguiremos
con párrafos alquilados,
con adjetivos prestados,
verbos que no merecemos.
Mientras tanto, viviremos
entre paréntesis, solos
como viudos, en dos polos
opuestos: Yo en Almería
y tú en Holguín, guardería
vasta para dos pipiolos
como Alexis y Ronel
(como José Luis, incluso).
Pero si Cronos dispuso
que fuera así, yo con él.
Si Cronos nos dio el papel
de antípodas, tú con Cronos.
¿Acaso somos patronos
de nuestra propia existencia?
No temamos a la ausencia.
No por gusto hay tantos tonos
de amarillo en primavera,
de ocre en otoño, de verde
en verano. Que recuerde,
también en tierra holguinera
la voz del poeta era
como un fresco impresionista:
la mano del onanista
blandiendo el botafumeiro,
la voz de Ignacio Piñeiro
doblando a un funambulista.
Todo es posible, poeta.
Sobre el mismo bastidor
la música y el color,
el pecador y el asceta.
Sólo queda la secreta
vocación a la locura
(la única pasión segura).
Sólo los locos sabemos
que lo poco que tenemos
peligra ante la cordura.
Bueno, Ronel, no te aflijas
por todo lo que te digo.
Lo que hago es hablar conmigo
“en letra alta”. No elijas
el silencio, no dirijas
tus cartas a otro destino.
Me voy a tomar un vino
a tu nombre cuando acabe
esta misiva. Quién sabe,
tal vez así vaticino
nuestro futuro, el reencuentro
en Las Tunas o en La Habana.
Tal vez así la semana
ponga menos sombras dentro
de mi cabeza, en mi centro
logístico-enunciativo.
Ahora no sé si estoy vivo,
pero al menos sé que Estoy.
Ahora no sé lo que soy,
pero Soy, Existo, Escribo.
En cuanto a que tú trabajes
en el Centro de Cultura
Comunitaria, procura
no hacer trampas y chantajes
a las musas, no rebajes
tu espíritu creador
para ser Trabajador
Vanguardia (en plan CTC),
si no, yo me quejaré
ante el Mando Superior
de la Liga Universal
de Locos Egregios (LUCE),
y verás que se produce
un pleito internacional
ante el Buró Federal
de los Genios Malgastados.
Nosotros somos soldados
del quijotismo y debemos
cuidarnos de esos extremos.
¡Cuántos burocratizados
poetas ya hemos perdido!
¡Cuántos locos trabajando
se han pasado al otro bando!
¡Cuántos Van Gohgs ya han pedido
(y se les ha concedido)
turno para Cirugía!
(Y la paleta vacía,
el pincel esquizofrénico,
la oreja con miedo escénico,
el pecho sin plusvalía).
No te conviertas, Ronel,
en un cuerdo de remate.
Exígele al Gran Orate
que te proteja. Pon miel
y un soneto en un papel
y entiérralos bajo el gajo
de una ceiba. Luego, un ajo
y una décima en un pino.
Sólo así, el Loco Divino
te cuidará del Trabajo.
Yo hice ya ese sortilegio,
porque a partir de septiembre
es muy probable que “siembre”
mi carné de Loco Egregio
para encauzar un colegio
de repentismo en La Habana,
una Cátedra Cubana
de Repentismo (en el ISA),
una manera precisa
de asegurar que mañana,
cuando vuelva a la demencia,
a la esquizofrenia lírica,
todo mi cultura empírica,
mi indagación, mi experiencia,
a través de la docencia
otra gente la aproveche.
No te digo que no eche
de menos las quijotadas,
pero haré martinferradas
para evitar que se estreche
el concepto Poesía
bajo el imperio del signo
escrito, que vuelva a un digno
espacio la Juglaría,
que recupere (debía
haberlo recuperado
hace tiempo) el añorado
prestigio de todo Arte.
Yo sólo pondré una parte.
Lo demás será logrado
por el trabajo conjunto
de un grupo de repentistas
jóvenes, los accionistas
que pujarán por el punto
(que parecía difunto)
en la Bolsa Cultural
de La Habana. Y al final,
habrá un batallón de infantes
redescubriendo a Cervantes
desde la lírica oral.
Todo esto te lo cuento
para que sepas, Ronel,
que mi reciente papel
durante el «levantamiento»
popular (el llamamiento
público a favor de Elián)
no es tan sólo un ademán
político “pimientino”,
sino muestra del destino
de nuestro homérico Clan.
Las Tribunas han servido
para demostrar que estamos
“vivos”, que necesitamos
que nos presten más oído.
La décima siempre ha sido
alabarda y carabina,
pero también oda fina,
cantiga tierna, balada
homérica rescatada
del ostracismo y la ruina.
En fin, sin proselitismo:
¡ya nuestros «intelectuales»
le han visto luces reales
al arte del repentismo!
Han dejado su onanismo
mental, el prejuicio vano.
Y tú sí sabes, mi hermano,
el tiempo que llevo haciendo
decimancia,
entretejiendo
lo campesino y lo urbano.
Bueno, Ronel, me despido.
(Lo del beso a mi mujer
no sé si lo podré hacer:
no le exijas a un marido
nostálgico y preterido
traducciones osculares;
además, mis papilares
son distintas a las tuyas).
Bueno, hermano, no destruyas
mis notas peninsulares.
Escríbeme en cuanto leas
esta carta. A José Luis
dile que responda mis
mensajes, versos, ideas…
Mándame, si lo deseas,
poemas, chismes, canciones...
Si necesitan buzones,
canten, que a través del viento
les leeré el pensamiento.
Hasta otra carta, cabrones.1