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En
unos tres años tecleando estas crónicas,
casi nunca las hago concordar con el
resto de la revista. Los editores me
han permitido divagar, ejercer la
melancolía o pulsar algunas ideas a mi
ritmo. Sin embargo, la semana pasada
aparecieron varios trabajos sobre
nuestro formidable cineasta Fernando
Pérez, que acaba de compartir con la
legendaria actriz Daisy Granados y con
el casi mágico editor Nelson Rodríguez,
el Premio Nacional de Cine. No quiero
que pase más tiempo sin dedicarle estos
recuerdos.
A
Fernando lo conocí cuando él preparaba
Clandestinos, su primera
película. Fue Jorge Luis Sánchez –
director asistente de la película, el
mismo que nos ha deleitado con su
reciente film sobre el Benny de nuestra
alma- quien me entusiasmó para que
hiciera una prueba para el personaje de
El Gordo. Alguna otra vez he contado que
muchos regordetes de la ciudad pasaron
en esos días por el Instituto de Cine
para soñar con la pantalla grande. Yo
usaba una barba poblada e hirsuta, como
exhibiendo mi veintena en la brisa
habanera de los ochenta. Fernando me
preguntó si podía afeitarme. Aunque
tenía muy pocas esperanzas de lograr un
personaje al que aspiraban varios
actores a los que respeto, me corté los
pelos del rostro. En la siguiente tanda
de la prueba, los ojos del director se
iluminaron fugazmente. Pasaron las
semanas y una tarde recibí en la casa de
mi abuela la noticia de que había sido
seleccionado para la película. A
Fernando no le convencía mucho mi voz
ronquita y me advirtió que era probable
que apelara al doblaje.
Trabajamos juntos durante varios meses.
Fue aquella una película con muchas
noches de rodaje y las jornadas
nocturnas suelen acercar los lazos
afectivos entre los del equipo. Le tomé
cariño a mucha gente que –al cabo de
veinte años exactos- sigo saludando de
buena gana. Como esos buenos vecinos de
una época que después no visitas ni
llamas por teléfono, pero que te regalan
un latigazo de alegría cuando te los
encuentras. Eso me ocurre con los
protagonistas, Luis Alberto e Isabel,
con la encantadora Susana Pérez o “El
chepo”, el tan simpático hombre de la
brigada de montaje de luces, y también
con Fernando. Lo recuerdo preparando
cada plano, con su gestualidad sobria,
sus camisas lavadas muchas veces, su
capacidad para generar cierta paz a su
alrededor. Ya he contado cómo me invitó
a compartir la cajita de la comida la
tarde en que filmamos una escena en que
–en medio de la huelga de hambre- mi
personaje sueña, desesperadamente, con
un cubo de criollo potaje. Mi idea
inicial era renunciar al almuerzo para
tener hambre real. El bueno de Pérez me
dijo que comiera normal, pero en su
compañía. Así lo hicimos; hablamos de la
escena y de otros temas. Después el
monologuito fue aplaudido y me busqué
–hasta “el sol de hoy”- la fama de
gordito comilón. Ni el casi completo
blanco de mi pelo actual, me pone a
salvo de un par de familias o personas
sueltas recordándome la película en cada
semana de estas dos décadas. Mi fea voz
también hizo equipo y me ha ocurrido que
me reconozcan aún sin verme la cara.
Terminada la película nos hemos visto
pocas veces, pero de vez en cuando algo
nos recuerda el respeto y la atención
mutuos. En una de las últimas jornadas
de filmación (“llamados”, para la gente
de cine) de La vida es silbar, me
citaron porque Fernando tenía interés en
que algunos de los actores que la gente
recuerda de otras de sus películas
apareciésemos en la frecuencia final.
Recuerdo esa mañana del malecón como una
de las más tristonas de mis
cuarentaypico de años. Sólo debía
caminar cerca de las olas y los viejos y
nuevos conocidos del equipo técnico
fueron muy amables. No recuerdo con
quién festejé en la víspera ni cómo se
me pegó esa gripe con fiebre. La resaca
y los estornudos no me dejaron ni
despedirme. Después –a la entrada de un
cine seguramente- Fernando me pidió
disculpas porque el paseíto-recordación
no le cupo en la edición definitiva. “No
importa, mi socio”, le dije entonces y
le repito ahora, cuando mi vida ha
mejorado y crecido, cuando también ando
con el cuerpo adolorido, pero por mucho
optimista y fértil laboreo. En cualquier
circunstancia me honro de pertenecer al
amplio y creciente grupo de personas que
alguna vez ha estado cerca de un artista
y un ser humano fuera de serie. |