Año V
La Habana
2007

Regresar a la Página principal

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Por Fernando me afeité
Amado del Pino • La Habana

En unos tres años tecleando estas crónicas, casi nunca las hago concordar con el resto de la revista.  Los editores me han permitido divagar, ejercer la melancolía o pulsar algunas ideas a mi ritmo. Sin embargo, la semana pasada aparecieron varios trabajos sobre nuestro formidable cineasta Fernando Pérez, que acaba de compartir con la legendaria actriz Daisy Granados y con el casi mágico editor Nelson Rodríguez, el Premio Nacional de Cine.  No quiero que pase más tiempo sin dedicarle estos recuerdos.

A Fernando lo conocí cuando él preparaba Clandestinos, su primera película. Fue Jorge Luis Sánchez – director asistente de la película, el mismo que nos ha deleitado con su reciente film sobre el Benny de nuestra alma- quien me entusiasmó para que hiciera una prueba para el personaje de El Gordo. Alguna otra vez he contado que muchos regordetes de la ciudad pasaron en esos días por el Instituto de Cine para soñar con la pantalla grande. Yo usaba una barba poblada e hirsuta, como exhibiendo mi veintena en la brisa habanera de los ochenta. Fernando me preguntó si podía afeitarme. Aunque tenía muy pocas esperanzas de lograr un personaje al que aspiraban varios actores a los que respeto, me corté los pelos del rostro. En la siguiente tanda de la prueba, los ojos del director se iluminaron fugazmente. Pasaron las semanas y una tarde recibí en la casa de mi abuela la noticia de que había sido seleccionado para la película. A Fernando no le convencía mucho mi voz ronquita y me advirtió que era probable que apelara al doblaje.

Trabajamos juntos durante varios meses. Fue aquella una película con muchas noches de rodaje y las jornadas nocturnas suelen acercar los lazos afectivos entre los del equipo. Le tomé cariño a mucha gente que –al cabo de veinte años exactos- sigo saludando de buena gana. Como esos buenos vecinos de una época que después no visitas ni llamas por teléfono, pero que te regalan un latigazo de alegría cuando te los encuentras. Eso me ocurre con los protagonistas, Luis Alberto e Isabel, con la encantadora Susana Pérez o  “El chepo”, el tan simpático hombre de la brigada de montaje de luces, y también con Fernando. Lo recuerdo preparando cada plano, con su gestualidad sobria, sus camisas lavadas muchas veces, su capacidad para generar cierta paz a su alrededor. Ya he contado  cómo me invitó a compartir la cajita de la comida la tarde en que filmamos una escena en que –en medio de la huelga de hambre-  mi personaje sueña, desesperadamente, con un cubo de criollo potaje. Mi idea inicial era renunciar al almuerzo para tener hambre real. El bueno de Pérez me dijo que comiera normal, pero en su compañía. Así lo hicimos; hablamos de la escena y de otros temas. Después el monologuito fue aplaudido y me busqué –hasta “el sol de hoy”- la fama de gordito comilón. Ni el casi completo blanco de mi pelo actual, me pone a salvo de un par de familias o personas sueltas recordándome la película en cada semana de estas dos décadas. Mi fea voz también hizo equipo y me ha ocurrido que me reconozcan aún sin verme la cara.

Terminada la película nos hemos visto pocas veces, pero de vez en cuando algo nos recuerda el respeto y la atención mutuos.  En una de las últimas jornadas de filmación (“llamados”, para la gente de cine) de La vida es silbar, me citaron porque Fernando tenía interés en que algunos de los actores que la gente recuerda de otras de sus películas apareciésemos en la frecuencia final. Recuerdo esa mañana del malecón como una de las más tristonas de mis cuarentaypico de años. Sólo debía caminar cerca de las olas y los viejos y nuevos conocidos del equipo técnico fueron muy amables. No recuerdo con quién festejé en la víspera ni cómo se me pegó esa gripe con fiebre. La resaca y los estornudos no me dejaron ni despedirme. Después –a la entrada de un cine seguramente- Fernando me pidió disculpas porque el paseíto-recordación no le cupo en la edición definitiva. “No importa, mi socio”, le dije entonces y le repito ahora, cuando mi vida ha mejorado y crecido, cuando también ando con el cuerpo adolorido, pero por mucho optimista y fértil laboreo. En cualquier circunstancia me honro de pertenecer al amplio y creciente grupo de personas que alguna vez ha estado cerca de un artista y un ser humano fuera de serie.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600