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El primer libro de Eliseo Diego se
tituló En la Calzada de Jesús del
Monte y aunque en opinión de Cintio
Vitier “la memoria no se disuelve en
añoranza, sino que le da a las cosas una
nueva, oscura y sobrepujada resistencia”
hay en muchos de aquellos versos íntimos
algo más que “sustancia fabuladora de
la memoria” y que la vida real se
encarga de sedimentar.
Pero
mucho antes de tales fabulaciones del
poeta, Jesús del Monte era además de
vía, un pequeño caserío independiente,
núcleo que el crecimiento de la ciudad
incorporaría. La Calzada de Jesús del
Monte que hoy se llama Avenida de Diez
de Octubre en su tramo mayor, era la
única que saliendo de La Habana
llevaba hasta los poblados —villorrios
entonces— de Santiago de las Vegas y
Bejucal.
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Según Roig de Leushenring, el caserío
de Jesús del Monte existía ya a mediado
del siglo XVII, y estaba situado en los
terrenos de un ingenio propiedad de don
Francisco de Lara, y tuvo su iglesia en
1695, que el obispo de Compostela
designaría como parroquial auxiliar de
una de las de La Habana.
Por
la Calzada de Jesús del Monte
transcurrió mi infancia, de la tiniebla
húmeda que era el vientre de mi campo al
gran cráneo ahumado de alucinaciones que
es la ciudad. Por la Calzada de Jesús
del Monte, por esta vena de piedras he
ascendido, ciego de realidad entrañable,
hasta que me cogió el torbellino
endemoniado de ficciones y la ciudad
imaginó los incesantes fantasmas que me
esconden.
El
caserío llegaría a tener importancia en
razón del cultivo de tabaco que se
realizaba en las márgenes de los arroyos
Agua Dulce y Maboa, hoy inexistentes. Se
dice que de las arboledas que
franqueaban la calzada colgaron los
cadáveres de doce vegueros, mártires de
la lucha contra el tristemente Estanco
del Tabaco.
A
partir de 1765, el asentamiento fue
declarado cabeza de partido rural, y más
tarde el obispo de Espada otorgó la
categoría de parroquia independiente a
su vieja iglesia que resistió el paso de
los años.
De
acuerdo a la Constitución de Cádiz, en
1820 fue declarado municipio
independiente, pues, según Pezuela:
“…fue prosperando con una causa de
fomento más permanente que su antiguo
tránsito de viajantes, carretera y
arriería. La pureza de la atmósfera y la
amenidad del paisaje fueron impulsando a
multitud de pudientes de La Habana a
sustituir con graciosas asas y quintas
de recreo los defectuosos y pobre
edificios de antes…”
y
ya voy figurándome que soy algún portón
insomne
que fijamente mira el ruido suave de las
sombras
alrededor de las columnas distraídas y
grandes en su calma.
Tanta
llegó a ser su notoriedad que en 1863
llegaba disputar a los poblados del
Cerro y Puentes Grandes la animación
propia del verano.
Entonces la zona de Jesús del Monte era
juridiscción territorial de una
superficie de cinco leguas cuadradas que
incluía los villorrios de Arroyo
Naranjo, Arroyo Apolo, San Juan y La
Víbora. Su núcleo central llegaba en
1858 a más de 4,200 almas.
Pero
Jesús del Monte no desplazó al Cerro
como barrio elegante —categoría que
estaba “reservada” al futuro Vedado—,
aunque fueron notorias muchas
edificaciones residenciales de las lomas
del Mazo y de la Luz, y llegara a ser
asentamiento permanente de la clase
media, cada vez más rica. Entonces Jesús
del Monte fue poblándose de “…viviendas
risueñas, hermosas, confortables” al
decir de Roig, hasta constituir el
núcleo alrededor de cual se armarían las
barriadas de Santos Suárez, Luyanó,
Loma de Chaple, La Asunción, Lawton, por
solo citar algunos.
Calzada, reino, sueño mío, de veras tú
me comprendes
cuando la demasiada luz forma nuevas
paredes con el polvo
y mi costumbre me abruma y en ti ciego
me descanso.
Pero ahora retorna la circulación de la
sangre y me vuelvo del cerebro a la
entraña, que es donde sucede la muerte,
puesto que lo que abruma en ella es lo
que pesa. Y a medida que me vuelvo más
real el soplo del pánico me purifica.
Y sin embargo, aun tiene tiempo la
Calzada de Jesús del Monte para
enseñarme el reverso claro de la muerte,
la extraña conciliación de los días de
la semana con la eternidad.
En el orbe tumultuoso si bien estático
de sus velorios, metido en el oro de su
pompa, allí se abren por primera vez mis
ojos; de allí me vuelvo al origen. |