Año V
La Habana
2007

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Por la Calzada de Jesús del Monte
Josefina Ortega • La Habana
 

En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte
donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo
cansa mi principal costumbre de recordar un nombre,
Eliseo Diego,  En  la Calzada de Jesús del Monte.


El primer libro de Eliseo Diego se tituló En la Calzada de Jesús del Monte y aunque en opinión de Cintio  Vitier  “la memoria no se disuelve en añoranza, sino que le da a las cosas una nueva, oscura y sobrepujada resistencia” hay en muchos de aquellos versos íntimos algo más que  “sustancia fabuladora de la memoria” y que la vida real se encarga de sedimentar.

Pero mucho antes de tales fabulaciones del poeta,  Jesús del Monte era además de vía,  un pequeño caserío independiente, núcleo que el crecimiento de la  ciudad incorporaría. La Calzada de Jesús del Monte que hoy se llama Avenida de Diez de Octubre en su tramo mayor, era la única que saliendo de La Habana  llevaba  hasta los poblados —villorrios  entonces— de Santiago de las Vegas y Bejucal.

Según  Roig de Leushenring, el caserío de Jesús del Monte existía ya a mediado del siglo XVII, y estaba situado en los terrenos de un ingenio propiedad de don Francisco de Lara, y tuvo su  iglesia en 1695, que el obispo de Compostela designaría como parroquial auxiliar de una de las de La Habana.

Por la Calzada de Jesús del Monte transcurrió mi infancia, de la tiniebla húmeda que era el vientre de mi campo al gran cráneo ahumado de alucinaciones que es la ciudad. Por la Calzada de Jesús del Monte, por esta vena de piedras he ascendido, ciego de realidad entrañable, hasta que me cogió el torbellino endemoniado de ficciones y la ciudad imaginó los incesantes fantasmas que me esconden.

 

El caserío llegaría a tener importancia en razón del cultivo de tabaco que se realizaba en las márgenes de los arroyos Agua Dulce y Maboa, hoy inexistentes. Se dice que de las arboledas que franqueaban la calzada  colgaron los cadáveres de doce vegueros, mártires de la lucha contra el tristemente Estanco del Tabaco.
 

A partir de 1765, el asentamiento fue declarado cabeza de partido rural, y más tarde el obispo de Espada otorgó la categoría de parroquia independiente a su vieja iglesia que resistió el paso de los años.
 

De acuerdo a la Constitución de Cádiz, en 1820 fue declarado municipio independiente, pues, según Pezuela: “…fue prosperando con una causa de fomento más permanente que su antiguo tránsito de viajantes, carretera y arriería. La pureza de la atmósfera y la amenidad del paisaje fueron impulsando a multitud de pudientes de La Habana a sustituir con graciosas asas y quintas de recreo los defectuosos y pobre edificios de antes…”
 

 y ya voy figurándome que soy algún portón insomne
que fijamente mira el ruido suave de las sombras
alrededor de las columnas distraídas y grandes en su calma.
 

Tanta llegó a ser su notoriedad que en 1863 llegaba disputar a los poblados del Cerro y Puentes Grandes la animación propia del verano.
 

Entonces la zona de Jesús del Monte era juridiscción territorial de una superficie de cinco leguas cuadradas que incluía los villorrios de Arroyo Naranjo, Arroyo Apolo, San Juan y  La Víbora. Su núcleo central llegaba en 1858 a más de 4,200 almas.
 

Pero Jesús del Monte no desplazó al Cerro como barrio elegante —categoría que estaba  “reservada” al futuro Vedado—, aunque fueron notorias  muchas  edificaciones residenciales de las lomas del Mazo y de la Luz, y llegara a ser asentamiento permanente de la clase media, cada vez más rica. Entonces Jesús del Monte fue poblándose de “…viviendas risueñas, hermosas, confortables” al decir de Roig, hasta constituir el núcleo alrededor de cual se armarían las barriadas de Santos Suárez,  Luyanó, Loma de Chaple, La Asunción, Lawton, por solo citar algunos.

 
Calzada, reino, sueño mío, de veras tú me comprendes
cuando la demasiada luz forma nuevas paredes con el polvo
y mi costumbre me abruma y en ti ciego me descanso.

Pero ahora retorna la circulación de la sangre y me vuelvo del cerebro a la entraña, que es donde sucede la muerte, puesto que lo que abruma en ella es lo que pesa. Y a medida que me vuelvo más real el soplo del pánico me purifica.

Y sin embargo, aun tiene tiempo la Calzada de Jesús del Monte para enseñarme el reverso claro de la muerte, la extraña conciliación de los días de la semana con la eternidad.

En el orbe tumultuoso si bien estático de sus velorios, metido en el oro de su pompa, allí se abren por primera vez mis ojos; de allí me vuelvo al origen.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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