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En el número 35 de la Revista
Orígenes (La Habana, 1954) fue
publicada la traducción que Cintio
Vitier hiciera de Iluminaciones
del poeta galo Arturo Rimbaud (1854
-1891). Revisada nuevamente, la
traducción se llevó a formato de libro
y el poemario quedó antecedido por un
prólogo del mismo Vitier que tiene por
título Imagen de Rimbaud.
Rimbaud, el genial adolescente que entre
los 16 y 19 años de edad escribiera toda
su literatura y después desapareciera
para siempre de los círculos del París
literario, presididos por su íntimo
amigo Paúl Verlaine y se internara por
más de una década en calidad de
aventurero, comerciante de cueros, oro,
marfil, piedras preciosas y armas de
fuego por los territorios bíblicos del
desierto de Ogadén, la isla de Chipre y
el mar Rojo. El poeta niño al que la
candorosa ingenuidad de las autoridades
municipales de su ciudad natal,
Charleville, honrara con el tiempo con
un busto erigido a su memoria, el cual
lleva esta curiosa e ingenua
inscripción: Arturo Rimbaud,
explorador y poeta.
El significado de la elección, por parte
de Vitier, de Iluminaciones entre
todos los poemarios y opúsculos de la
literatura francesa, parece revelarnos
un estrecho y singular vínculo entre el
poeta traducido, vertido hermosamente al
español, y el poeta traductor. Pienso
que a veces solo un verso basta para
delatar a un poeta. En algún lugar de su
literatura Vitier se refiere a su propia
adolescencia como sus “16 años
fúnebres”; aproximadamente la misma
edad en que le tocara la dicha de
conocer a José Lezama Lima y recibir de
este aquella trascendental convocatoria,
“apta para poetas descarriados”,
“deseosos de una meteorología habanera”
y de “algo de veras grande y nutridor...",
que con el tiempo haría nacer en Cuba al
selecto grupo Orígenes.
Hay momentos en que creo que la fuerza
expresiva de un poeta se encuentra
vivamente relacionada con la dramática
intensidad con que supo llevar sus años
de adolescencia, la cual es hija de una
larga fijeza que se debate sobre el
sinuoso hilo que separa la pose de un
mercachifle de quien, sin encontrar
todavía un lenguaje apropiado, busca
expresar a cualquier precio su
sensibilidad asediada.
En un libro del intelectual católico
francés Daniel Rops, este coloca su
avezada mirada sobre el cuerpo
metafórico de la escritura y el
significado moral de la existencia de
Rimbaud. Hay en esa obra un comentario
conmovedor: Los adolescentes que se
suicidan antes de cumplir los quince
años de edad, son a quienes únicos les
ha sido dado conservar intacta la
experiencia de la pureza. El poeta
adolescente nos cuenta, por su parte,
haber tenido acceso, mediante “un minuto
de vigilia”, a la experiencia diamantina
de la pureza, para añadir acto seguido,
que esto significó para él un
“desgarrador infortunio”. Porque
las iluminaciones, a las que el muchacho
enfáticamente se refiere, son aquellas
que hacen padecer nuestro espíritu.
Sobre esto Vitier nos amplía,
diciéndonos que esas apariciones de las
que nos da afiebrado testimonio el
poeta, son llamadas “hijas y reinas”;
“hijas de la muerte, reinas
de la esperanza”. Intensos
destellos que empiezan por incubarse en
la secreta interioridad de nuestro ser,
antes de germinar en palabras e
imágenes. Ellas son, a la vez, suntuosas
reinas de la muerte y sencillas hijas de
nuestra esperanza.
Cuando se vive con manifiesta intensidad
una experiencia cultural tan singular
como la poesía, se impone con ello una
dramática significación de nuestra
existencia que puede llegar a alcanzar
tintes muy dolorosos, puesto que no solo
nos obliga a redefinir constantemente
las coordenadas prácticas y sensibles de
nuestro arte, sino que muestra ese
difícil camino, en el que en su esencia
más íntima, el arte no es una actividad
profana. Hay algo esencialmente
religioso en toda verdadera vocación
artística. En ese personalísimo arte,
alcanzado a tan alto precio, se expresan
los ditirambos fundamentales de la vida:
su angustia, su sinrazón, su soledad, su
más serio sentido y su más alta melodía.
El significado moral de la existencia de
Rimbaud, al que apuntan por igual Cintio
Vitier y Daniel Rops, fue justamente
proporcional a la vocación de absoluto
demostrada un día por el adolescente.
Rimbaud desde su vida y la poesía se
propuso incluso llegar a vivir la
experiencia histórica de la Modernidad
como un absoluto. Pero lo que
absurdamente sucede es que no ha
existido otra experiencia histórica más
relativa que la de nuestra Modernidad
capitalista. En ella el sentido de
cualquier circunstancia cultural (arte,
religión, filosofía, vida...) se
encuentra sumamente trivializada por la
patente mundanalidad de sus conceptos y
sus hábitos. Por eso es que resulta
llamativo que la mejor traducción de
Iluminaciones fuera realizada por un
intelectual plenamente inserto dentro un
contexto nacional como el cubano, desde
una postulación estética como la de los
maestros origenista, donde el
significado de la poesía estaba, desde
el principio, connotada por las
aportaciones religiosas y conceptuales
de la mejor tradición hispana y
católica.
Un pensamiento católico que tuvo su
mayor punto de inflexión en un contexto
histórico y cultural completamente
distinto al de nuestra ambigua
Modernidad: La Edad Media. Allí donde sí
fue posible expresar las experiencias
radicales del arte y el pensamiento bajo
las formas vívidas de una religiosidad y
una sensibilidad fundamentales. Porque
fue precisamente en la época medieval
donde florecieron los grandes sistemas
religiosos y de pensamiento de
Occidente. Por eso es que en la
actualidad cualquier pretensión cultural
de absoluto solo puede llegar a ser
sentida bajo la forma de un abisal
desgarramiento de la que sólo puede dar
testimonio la poesía.
Para superar este estado de cosas los
maestros origenistas se impusieron a sí
mismos el camino de una teleología, es
decir, una doctrina de la finalidad
poética de sus quehaceres que aunque los
alejaba intencionalmente de lo inmediato
social, los trasplantaba al tiempo puro,
la plétora de imágenes, donde serían
develadas, algún día, las esencias
perdidas de la vida y de lo nacional.
Vitier nos comenta que para superar su
propia crisis existencial Rimbaud
expuso, como centro argumental de una
poética de lo absoluto, la Teoría del
Vidente: “Aquel que sin cesar me crece y
permite la visión de lo inaudito...”
Un sujeto particularmente dotado de una
unigénita capacidad de iluminación,
nacida desde la intensidad dramática de
su ser, la cual le permite contemplar
sin miedo "las maravillosas imágenes",
e inclusive comunicar lo que muy pocos
han visto o casi nadie ha sabido
expresar, pero que fundamenta el valor
real de la existencia humana en cuanto
ligada a un orden superior y sagrado.
Sujeto creador que nos plantea una
misión casi apostólica del idioma y sus
metáforas, que de paso nos puede hacer
considerar inoperantes las concepciones
tradicionalmente aceptadas de
interpretación literaria.
A partir de esa posición de principio es
que Cintio Vitier, desde Orígenes,
se nos ofrece como intencional "trasvertor"
del poeta adolescente.
Traducir es volver a escribir un texto
en el que ha ocurrido una compleja
transformación, aunque esta no
necesariamente radica en el cambio
literal de lo que se dijo, sino en su
nueva contextualización, desde la cual
se vuelven a ejercer los antiguos
oficios de lectura, reescritura e
interpretación. El mismo prólogo del
cubano queda de esta manera inserto como
parte importante del texto.
Traductore también puede significar
Creatore.
Si observamos con detenimiento podremos
comprobar que es aproximadamente el
mismo proceso de "trasversión"
establecido secularmente por los monjes
copistas de la Edad Media. En aquellos
lejanos tiempos cualquier traducción
estaba acompañada de comentarios y
exégesis, los cuales proponían una muy
peculiar manera de lectura y
desciframiento; antiguo oficio de judíos
y cabalistas que superponía, en la bella
página de pergamino, traducida y
comentada, los ilustrados diseños
alegóricos de los maestros iluministas.
Mas es bueno recordar que no es desde la
pura tradición cultural,
convencionalmente establecida, donde se
llega a traducir con plenitud, es solo
el espíritu creador del hombre quien
posee esa asombrosa capacidad de poder
hacer transmisible para otras épocas,
culturas y lenguas lo que por su
estricto valor artístico guardaba
consigo una precondición de
universalidad que solamente a un poeta
le es posible volver a expresar. La
Tradición nunca traduce —no importando
que la nueva versión esté llena de pura
literalidad— plagia, mientras que el
espíritu auténtico de la interpretación
jamás plagia, crea, a pesar de la
asombrosa literalidad del texto
nuevamente vertido.
En uno de sus más famosos textos, el
escritor argentino Jorge Luis Borges
expuso la curiosa humorada de un
personaje capaz de volver a escribir, en
el francés del siglo XX, en singular
calidad de autor y en perfecta
literalidad, a El ingenioso hidalgo
Don Quijote de la Mancha. Sobre esto
quiero comentar lo siguiente:
Desde los siglos en que fue escrita la
obra de Cervantes cada época porta
consigo una particular relación con la
lectura e interpretación de ese gran
texto. Mas los consabidos oficios de
lectura y escritura no son tan opuestos
como generalmente se piensa, por el
contrario, suelen ser en la práctica
bastante complementarios. El retablo
histórico y cultural de cada época
condiciona una distinta lectura para una
misma obra, del mismo modo que cada
nivel individual de lectura llega a
imponer significativas variaciones al
sentido de cualquier escritura. Si la
miramos desde este punto de vista la
inteligente broma de Borges resulta una
propuesta teórica no demasiado alejada
del análisis social más ortodoxo:
Un Quijote literalmente reescrito en
pleno siglo XX ya no sería en estricto
el Quijote escrito en el siglo XVII; el
nuevo contexto sociohistórico
determinaría con creces el significado
de la novela; un Quijote literal y
bufonescamente vuelto a escribir en
francés del siglo XX, tendría que ser,
sin lugar a dudas, El Quijote de Pierre
Mernad.
En el caso del poemario Iluminaciones,
este ha sido "transvertido" y vuelto a
explicar por el maestro origenista en un
contexto completamente distinto: La
poética cubana de Orígenes. Hay
un aspecto de esa poética sobre el que
quiero detenerme nuevamente: La
teleología. Esta señala una actitud
moral que busca redefinir no solo el
sentido de toda poesía, sino su enorme
ámbito expresivo. La poética de
Orígenes se comprende a sí misma
como un lenguaje en espera de una
próxima cumplimentación. Una ardiente
actitud de espera por un nuevo
significado histórico, el cual alude al
carácter no enteramente formado de una
literatura nacional, pues esta se
encuentra en vías de su mayor expresión.
Una ardiente paciencia que debe
conducirnos, incluso, a una nueva
gestión social de la escritura que,
tomando a modo de paradigmas a Rimbaud y
su poesía, nos apure por ese camino
nacional que yendo de individual a
colectivo quede enteramente colmado de
significado histórico, mientras nos
brinda la “solución de nuestros estilos
posibles”.
En mi opinión Vitier logró, con su
traducción y comentario introductorio,
implicar directamente a Orígenes
con una poética trascendental como la de
Rimbaud, estrechamente vinculada a los
apasionados debates que se realizaban en
Europa en la época de las Vanguardias
Artísticas, los cuales oscilaban entre
la admiración sin límites a su
extraordinaria figura o el rechazo más
categórico. En la Cuba de Orígenes,
en cambio, la mirada sobre el poeta
francés derivó hacia tonos y actitudes
intelectuales más reposadas, amparada en
una desprejuiciada visión de conjunto,
dirigida más al concierto en pleno de la
cultura occidental que concebida para
reparar excesivamente en sus detalles;
un tipo de interpretación y acercamiento
a la cultura que solo los artistas e
intelectuales latinoamericanos, desde
los tiempos de Borges y Lezama, saben
realizar con éxito. Una mirada
intelectual dirigida a la civilización
de Occidente construida básicamente como
cuestión de distancias que nos permite
entender, de un modo genuinamente
nuestro, lo que en ocasiones la
demasiada cercanía a las cosas llega a
obnubilar... Creo haber leído palabras
textuales del poeta Vitier donde
relaciona al dios Eros, el eterno
Deseante, con los problemas que nos
plantean a menudo las vívidas cuestiones
gnoseológicas de lo cercano y lo lejano.
La realidad de lo lejano, como la
abrumadora presencia entre los hombres
de la ausencia, solo la sabe llenar con
éxito la poesía. El Eros desde la
distancia es quien mejor cumple esta
función hipostática: Hacer verificable,
para aquellos a quienes les es dado
comprender su mensaje, la más humana de
las experiencias que nos pueden aportar
los poemas: Traer de regreso a Casa al
viajero largamente ausente, a nuestros
grandes y pequeños afectos extraviados,
las grandes lealtades y raras visiones
de una vida futura y del destino humano,
entretejidos con los antiguos y nuevos
esplendores del verbo. Es ahí, para
expresarlo con palabras de Lezama,
cuando la ausencia se nos hace perfecta,
ya que la palabra ha sabido colmar
graciosamente el doloroso vacío que nos
dejó la ausencia. Porque nuestro deseo,
sostenido intensamente frente a la
lejanía, es quien ha sabido cumplir
mejor su solitaria función de saber
cognoscente y fundador.
Con la poesía "trasvertora" del poeta
cubano, el francés Arturo Rimbaud, el
irreverente, el camorrista, el perpetuo
transgresor, el gran iniciado en los
misterios de la alquimia del verbo y
prófugo definitivo de Europa se quedó
definitivamente entre nosotros.
Puede vérsele caminando bajo las sombras
de los antiguos portales, extraviado
irremisible entre las calles de Peña
Pobre y Jesús del Monte, buscando una
dirección imposible que no aparece, que
no puede aparecer, porque no se
encuentra en los grandes catálogos de la
civilización ni en la más osada de las
exploraciones geográficas. Un Rimbaud
que vive para siempre en ese alegre
París promiscuo y pagano, doloroso y
universal que ya no existe, que solo
los verdaderos artistas conocieron y
añoran. Ciudadano de la soñada Jerusalén
Celeste, a la que hace clara alusión el
pensador cristiano Vitier, la patria
original de todos los poetas del mundo;
la bíblica ciudad de Job, quien fuera el
primero que supo unir indisoluble la
belleza inigualable de la poesía, con
los temas quizá fundamentales de la
existencia: La perseverancia, la
honestidad, la valentía personal y la
Fe.
La problemática de la poética de Rimbaud
se puede entender como la del arte
estrechamente vinculada al valor
objetivo de la condición humana, al
valor real de la existencia y al serio
significado de lo que se hace. Pienso
que un destino colectivo o nacional no
debe ser ajeno a esa voluntad de
expresar y significar en el terreno de
la cultura. El pensador alemán Martín
Heidegger escribió alguna vez que había
escogido a Federico Hôlderlin para
ilustrar su pensamiento filosófico, no
porque fuera el mejor de los poetas,
sino porque era quien mejor pudo
expresar la esencia de la poesía. Y en
mi opinión, Rimbaud es ese poeta que
mejor ha podido mostrarnos la esencia
contradictoria de la vida.
Su consciente abandono del arte a la
edad de 19 años, solo puede tener un
punto irradiante de justificación: que
esa tamaña voluntad de renunciación se
haya producido en nombre de la vida.
Aunque podemos añadir, que es dentro de
sus insobornables marcos —aceptando las
premisas fundamentales de la
existencia—, que se puede recolocar el
valor de cualquier posible y futura
literatura.
Refiriéndose a ese momento en el que
Rimbaud quiso de un modo, acaso
definitivo, celebrar nupcias con la vida
para dejar atrás la que bien pudo ser
una brillante carrera de escritor, el
pensador origenista nos cita una
brevísima palabra del poeta por él
"trasvertido": “Vamos”. Para
inmediatamente comentarnos: “Jamás un
verbo ha contenido mayor carga de acción
y de cambio”. “Si aquella
—vida— significó el absoluto rechazo,
ésta es la aceptación no menos
absoluta”. “Obrero en Alejandría”.
“Capataz de canteras en Chipre.”
“Traficante de marfil, oro, cuero y
fusiles en Arabia y África”…
¿Cuál fue la poderosa razón que condujo
al joven a abandonar definitivamente el
ejercicio de la poesía, el París de su
amigo Verlaine y la hermosa Francia de
sus ancestros, para marcharse sin nada
en los bolsillos al Oriente Medio y al
África y llevar allí una precaria y
peligrosa existencia de aventurero?
La
vida y la poesía de Hôlderlin nos
cuentan de una noche terrible en que la
razón desfallece y el artista de las mil
y una iluminaciones naufraga en el
oscuro mar de sus confusas y
estrafalarias visiones. Como si el
pensamiento, una vez pletórico de
imágenes, colapsara ante el hundimiento
irremisible de su universo afectivo,
producto vacuo de una época hostil a
toda empresa genuinamente artística en
la que se expresa la crisis de valores
de una sociedad como la capitalista
prosaicamente organizada, donde al poeta
ya no se le comprende ni se le quiere,
ni se le asigna lugar alguno sobre la
Tierra. Es la noche absurda, como
apuntaría en una ocasión el poeta galo,
de la completa soledad, la locura y el
escarnio.
Hablándonos con enorme lucidez, el poeta
traductor otra vez nos comenta al
establecer, para quienes infinitamente
agradecidos lo leemos, una precisa
delimitación entre imagen y
alucinación: “...la alucinación se
produce siempre por una mecánica de
sustituciones y combinaciones que no
pueden salir de la cámara cerrada del
sujeto. Su relación con la locura
patológica es comprendida por Rimbaud”.
Ya que “la alucinación revela siempre la
nada subjetiva o mental, sustancia del
infierno”. Pero “si decimos imagen es
para no decir imaginativo”. “La imagen
en la visión poética no es nunca
imaginaria sino real y exterior al
sujeto.”
La imagen, diríamos, es la intuición más
tenaz y revolucionaria de nuestro ser,
aquella que se nos muestra siempre como
vida y como significado. Hay que tener
entonces muy en cuenta que si Rimbaud es
el poeta de las maravillosas visiones,
no debemos entenderlo necesariamente
como el poeta del vértigo y el delirio.
¿Sería acaso el miedo al delirio —“a la
locura que se encarcela”—, lo que le
hizo huir de Europa y de los suyos para
convertirse en capataz de canteras en
Chipre?
De esta manera llegamos al humilde
hospital de La Concepción en la ciudad
mediterránea de Marsella, donde el poeta
ha ido a recalar con sus 37 años a
cuestas luego de su infortunado regreso
del Medio Oriente. Tiene gangrena en una
pierna. Está herido de muerte y su
sufrimiento físico y su angustia son
enormes. El cura que lo atiende
espiritualmente ha quedado impresionado
por la enorme fe mostrada por ese pobre
hombre, de quien contaban que en su
niñez se complacía en rayar los asientos
de los parques de su ciudad natal,
Charlesville, con el lema “mierda a
Dios”. Según Isabel Rimbaud su
hermano invocará, en su mísero y
postrero lecho de moribundo, a una
hermosa muchacha de ojos violeta a la
que parece amó apasionadamente en los
tempranos días de su corta y desgraciada
vida. En la última noche de su
prodigiosa existencia el poeta musitará
afiebrado las más maravillosas y
desconocidas imágenes verbales, nacidas
de su profundo significado como hombre
entregado al menester de una
extraordinaria e innegociable vocación
humana.
Desafortunadamente nadie de quienes
estuvieron junto a él en el último
momento se decidieron anotar aquellas
palabras, quizá las más extraordinarias
del idioma que poeta alguno haya podido
jamás expresar. Tal vez sea mejor así.
Pues aluden a esa extraña región de la
palabra y el sentimiento donde las
escuelas y los credos enmudecen, y donde
incluso la posibilidad definitiva del
poeta no es ya seguir diciendo, sino
sucumbir ante el peso insoportable de la
vida y de su atormentada sensibilidad.
Porque con lo que nos encontramos aquí
no es simplemente ante un suntuoso y
espléndido lenguaje digno de un rey, es,
en su esencia más misteriosa, frente a
la humilde y abrumadora estética del
sacrificio y la desencajada belleza de
sus ojos y su cuerpo cruelmente
martirizados. Porque nuestra última
mirada, tristemente rememorativa de su
agonía y partida irremediable, de quien
se despide es del hijo glorioso de la
vida y la esperanza.
Mas volvamos a escuchar las palabras de
Vitier en su cuidadosa y austera
descripción de ese mismo instante, en el
que narra la muerte de quien fuera para
él el más grande poeta de la
civilización de Occidente: “No nos
acerquemos ahora con exceso. Lo han
mutilado, lo han hecho llorar toda la
noche. Pero, un instante después ya está
callado y puro en el rayo de luz que lo
ilumina, como la martirizada imagen de
la poesía”.
Es allí donde termina y comienza para
nosotros —en el rayo de luz que lo
abraza en perennidad y lo transporta a
la más alta misión—, su inmensa obra:
“inagotable para el estudioso de su alma
y de su destino”. Es allí, en ese
silencio abrumadoramente cargado de
significados, que Rimbaud comienza de
nuevo a hablar “en los otros que lo
miran”...
Es sin dudas muy hermoso el texto de
Vitier, hay en él “esputos azucarados
de las ninfas”, “derrames de caucho”, y
“una muchacha rabelaisiana nos sirve
jamón rosa y blanco perfumado con un
diente de ajo”, en el “cabaret verde”.
Es el mismo lugar donde el chaparrón
caído en provincia, que contemplan desde
los cristales los niños enlutados, es,
por hipérbole esencial, el Diluvio que
lava nuestras culpas como un llanto
benevolente del espíritu.
Se afirma que después de los célebres
acontecimientos de la Comuna, que
estremecieran al París de 1871, Víctor
Hugo lo tuvo en su casa bajo su
protección. Quiso el díscolo adolescente
entregarse también a ese sueño social,
cuentan los que le vieron, apostado
iracundo en medio de las barricadas
obreras, que era Rimbaud quien más alto
cantaba. Hugo lo llamará, conmovido ante
su rara grandeza, fiel a su hiperbólico
modo de nombrar las cosas, “Shakespeare
niño”. El adolescente le responderá, con
ese irónico desdén que le caracteriza y
que puede hacer a la larga inhabitable
el exceso de proximidad entre las viejas
y nuevas generaciones: “viejo chocho”;
en probable alusión a la última pasión
del autor de El Noventa y tres:
sus hermosos nietos.
Rimbaud es uno de esos singularísimos
personajes de la historia de la cultura
universal, a quienes paradójicamente se
les tiene más en cuenta por lo que
pudieron hacer, que por lo que realmente
hicieron o porque lo que hicieron tuvo
un valor tan tremendamente humano que
todavía se discute con perplejidad la
naturaleza teórica de su significado.
Muy pocas veces a un artista se le ha
rendido tanto culto, o ha servido para
exponer tan polémicas opiniones. Tal es
así, que su consciente renuncia a la
literatura alcanzada al costo de su
impetuosa juventud y su voluntario
exilio de Europa, ha sido leída como un
oscuro evangelio o una inalcanzable
“estética del silencio”.
Si el rapto de sus visiones lo acercan a
Hôlderlin y su completa inadaptación a
la sociedad burguesa de su tiempo lo
aproximan a creadores tan geniales como
Vincent Van Gogh y Paúl Gauguin, el
contenido más profundo de su misión
literaria pudiera estar más cerca de la
leyenda, negra o blanca de su vida, que
a una vida paralela a la suya. Yo
personalmente he notado sorprendentes
confluencias con el pensamiento y el
trágico destino del filósofo alemán
Federico Nietzsche. Ambos se negaron,
fieles por igual al esquema previamente
trazado de sus vidas, a hacer
concesiones al “feliz mundo burgués” que
les rodeaba. Y como Nietzsche, Rimbaud
se consumió sin claudicar en la llama
insomne de su espíritu.
Cintio Vitier lo acerca con reverencia a
la vida de un santo; el escritor
norteamericano Henry Miller nota, en
cambio, significativas similitudes entre
su propia vida y la vida del poeta.
Con Rimbaud fue renovada la vieja
concepción del papel social de la
literatura y del hombre que la escribe.
Un joven que irrumpió un día entre
nosotros con un prodigioso lenguaje,
dejando atrás una tradición que se le
fue volviendo ajena, y que planteó con
su personalísima relación con el arte,
un nuevo punto de partida para la
experiencia y la conducta humanas.
Porque si tratamos con valentía de
comprender la problemática trazada por
Rimbaud, más allá de intentar un
análisis aproximativo a su literatura,
lo que deberíamos hacer es colocarnos
intencionalmente ante la diáfana
presencia de una Escritura, de una
indeleble inscripción moral, de una
ardiente epístola dirigida a todos los
hombres. Y más que enfrentarnos a las
usuales cuestiones teóricas que nos
propone a diario el arte, tendríamos que
aceptar que nos encontramos "casi"
frente a una irruptora epifanía. O como
nos afirma con enorme admiración el
mismo Henry Miller, de una manera que no
debe ser entendida de un modo
metafórico, en una afirmación dicha en
el contexto de la actual crisis de
valores que asola a las sociedades
occidentales carentes de finalidad
humana: “El futuro le pertenece aunque
no haya futuro”.
Singularmente para Vitier, como para
Henry Miller, el cosmorama de Rimbaud
oscila entre la separación abisal de dos
mundos: el del significado de la
existencia, comprendida desde el
sempiterno tema de la salvación
personal, o entendida desde el desorden
y la consciente perversión de nuestros
sentidos; esa oscura “noche
clandestina” a la que hace grave
mención el poeta origenista. (Sé que
puede resultar curioso este paralelo
entre las opiniones de Vitier y la de
Miller, pero pienso hondamente que es
así.)
Las antiguas miradas cristianas y
paganas conforman, en el contexto
milenario de la civilización de
Occidente, dos mundos no
obligatoriamente asimétricos. En el
primero la sensualidad nos exige ser
desarrollada como sensibilidad; en el
segundo, lo voluptuoso nos pide ser
ampliado como razón. El traductor cubano
de Iluminaciones nos afirma, en
una de las descripciones más sensuales
que se haya hecho sobre la imagen viva
de Jesús de Nazaret y a propósito de las
poderosas visiones que asaltan los
abiertos sentidos del adolescente:
“Es cierto que Jesús lo mira, blanco
y con trenzas oscuras, pero no le
habla”.
En mi criterio personal la tragedia
espiritual de Rimbaud radicó en que le
tocó vivir en un inútil tiempo burgués
carente de solidaridad, donde la palabra
perdió su antiguo valor de portadora de
sentido, confianza y calor gregario. Él
pretendió reencontrar ese original
significado social del lenguaje y la
existencia remontándose a un Oriente
místico —la pureza presentida en “las
razas antiguas”, en “el brahmán que le
enseñó los proverbios”, en “la franqueza
primera”—, o allí donde
agónicamente se sitúan las más
auténticas y legítimas razones
históricas y culturales de la
experiencia cristiana: La piedad, la
gracia, la bondad. Tal vez hoy como
nunca debe encontrarse entre nosotros la
posibilidad de comprender el significado
lógico y moral de una teleología
nacional, indisolublemente ligada, como
la comprendieron en su momento los
maestros origenistas, con los temas
martianos del mejoramiento humano, el
valor real de la virtud y la perfección
futura de un lenguaje capaz de explicar
lo que somos en términos de
significados, razón e identidad. En ese
sentido Rimbaud puede continuar siendo
para nosotros el más alto de los poeta,
porque fue quien con más vigorosa pasión
desgarró el velo ilusorio del arte para
mostrarnos, detrás de él, su razón
vital. A lo mejor tendremos que acudir
a la realización política de un nuevo y
todavía más revolucionario contexto
histórico para arribar a la tierra
prometida del hombre y la palabra.
Para concluir, una última oración del
poeta Cintio Vitier, escrita en la Cuba
de 1954 y a modo de pregunta, la cual
creo expresa con manifestada entereza
una de las principales preocupaciones de
su pensamiento y de su espíritu sobre la
vida, la poesía y el destino histórico y
moral de Rimbaud:
“¿Existirá una praxis última de la
poesía donde el hecho es imagen y el
progreso científico-económico suficiente
hermosura?”
O sea, ¿pueden ser realmente
compatibles, hablando desde un punto de
vista estrictamente histórico, el
progreso socioeconómico con el trágico
Ideal de lo bello y lo bueno? Y, ¿será
alguna vez posible fundar en términos
sociales desde las perspectivas de la
creación y la poesía? En esto último
pienso que radica la apuesta milenaria
de la cultura y el humanismo.
Rimbaud, te seguiremos buscando, con el
espíritu de los pobres y en los
blanquísimos acantilados de la mañana.
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