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No podía imaginar hace un par de años al
preparar con fruición para la Editorial
Letras Cubanas una antología de teatro
del conocido dramaturgo y director
cubano Jose Milián, que el destino o el
azar concurrente me harían responsable
indirecto de un suceso para la Habana
teatral de hoy. En aquella ocasión,
comenté sin pensarlo al propio
dramaturgo que la lectura de la obra
Macbecht vino montado en burro, una
de las cinco de la citada antología, me
había resultado de una especial
fascinación y vigencia, a pesar de ser
un texto escrito y nunca estrenado en
los 60. Inicialmente Milián me miró en
apariencia nada convencido. Yo insistí,
sugiriendo por qué no montaba el texto
ahora, la conversación se desvió por
otras personas que llegaron y casi dos
años después, sorpresivamente para mí
Milián rescata este texto del olvido de
los 60 y lo trae a nosotros en una
puesta que nos impacta por su sentido
dinamitador de las estructuras
dramáticas. Un texto que prefigura la
tendencia deconstructiva de grandes
mitos del teatro que afloraría décadas
después en la dramaturgia contemporánea,
a saber: Müller, Azama, Strauss, Vinaver,
Wilson, y otros. Aún cuando la añorada
antología no ha salido a la luz por esos
misteriosos vericuetos de nuestro mundo
editorial, el dramaturgo-director nos
sorprende con este estreno. Convierte
esta “deconstrucción” musical del mito
de Macbecht en una aguda reflexión sobre
el destino de las sociedades
latinoamericanas. El Pequeño Teatro de
La Habana resucitó este texto traído de
los 60 y podemos requisar a través de él
la historia reciente de muchos de
nuestros pueblos en esta parte del
mundo.
Latinoamérica, ese amplio territorio aún
no bien definido en sus contornos ya
sean culturales o geográficos, clama
ante nosotros su tristeza secular. Casi
siempre sometida al arbitrio de próceres
y caudillos más o menos ambiciosos, más
o menos imbuidos en las neurosis que el
poder genera. Son estas las coordenadas
de una obra delirante, donde se
entrecruzan diversos géneros, tomando
ribetes de grotesco, absurdidad y humor
negro, como suele suceder en la
dramaturgia de este autor. Milián hace
aquí un guiño malicioso y murmura en
nuestro oído: “calma amigo, la realidad
supera siempre la ficción”. Con esta
mirada siempre controversial y
problematizadora parece observar
aspectos oscuros de la identidad de
nuestros pueblos. Del kitsch a la
parodia, de la crueldad a la mueca del
clown, de las brujas como
coristas a la criada como una especie de
Charlotte Corday , asesina de Marat,
Macbecht según Milián juega al equívoco,
a la insinuación y lo no dicho y lo hace
de un modo magistral.
De
este modo el Pequeño Teatro de La Habana
que por estos días cumple 15 años con
una de las presencias más activas en
cuanto a estreno y programación en la
escena nacional, valida una vez más su
derecho a ser considerada entre las
principales compañías del patio.
Macbecht vino montado en burro,
no solamente nos deleita y entretiene en
el sentido brechtiano de conducirnos al
conocimiento, sino que nos da una
percepción peculiar que por momentos es
transida pero finalmente no se hace
dolorosa. Nos hace reírnos de nosotros
mismos. Sentimos la extraña sensación de
un peso aliviado justo al acabar la
función. Quién sabe si en la puesta
encontramos también un retrato
existencial de esta parte del mundo.
Tal
vez pudieran ser objetados algunos
desniveles de interpretación en el
elenco, pero no debemos olvidar que en
este momento de nuestro teatro se hace
tarea esforzada y dudosa, virtualmente
imposible reunir un equipo de actores
más allá del pequeño formato con
semejante nivel técnico y artístico, por
múltiples razones que sería largo
enumerar. Desde la ausencia de relevo
generacional, hasta la cuestión de la
formación del actor hoy.
La
puesta en escena, sin embargo, funciona
como un mecanismo de relojería sobrio y
sencillo, pero eficaz para el propósito
visible en el director. Deconstruir y
desmontar el andamiaje de las relaciones
de poder entre los hombres en una
atmósfera donde sordidez y astracanada
coexisten.
Es
así que este Macbecht… nos
aguarda con mucho de impostura, payasada
y criollismo. Tal vez una máscara de la
máscara. Del personaje original y de
Lady Macbetch apenas queda el arquetipo
del usurpador por una parte y por la
otra la mujer intrigante que impulsa al
hombre al desastre. Todo lo demás está
marcado por un fuerte ambiente latino
que nada tiene en común con la obra
original. Más que una versión, insisto,
es esta una revisión del mito a partir
de coordenadas radicalmente distintas.
El personaje trágico se convierte aquí
en una figura de feria. Entonces… ¿en
qué vino montado Macbecht,
verdaderamente vino en burro? Por un
momento nos parece que sí, otro que no.
Probablemente vino montado en el Pequeño
Teatro de La Habana, un buen asiento
estético donde se nos permite observar y
comprender con ojo crítico los sutiles o
evidentes delirios de la vida que nos
rodea. Esperemos que un día u otro,
aquí, allá o acullá, pueda usted
paciente lector, disfrutar de este
excelente texto y de su puesta en
escena. Es seguro que el teatro saldrá
ganando con ello. |