Año V
La Habana
24 al 30 de MARZO
de 2007

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Macbecht vino montado en…
el Pequeño Teatro de La Habana

Rubén Sicilia • La Habana


No podía imaginar hace un par de años al preparar con fruición para la Editorial Letras Cubanas una antología de teatro del conocido dramaturgo y director cubano Jose Milián, que el destino o el azar concurrente me harían responsable indirecto de un suceso para la Habana teatral de hoy. En aquella ocasión, comenté sin pensarlo al propio dramaturgo que la lectura de la obra Macbecht vino montado en burro, una de las cinco de la citada antología, me había resultado de una especial fascinación y vigencia, a pesar de ser un texto escrito y nunca estrenado en los 60. Inicialmente Milián me miró en apariencia nada convencido. Yo insistí, sugiriendo por qué no montaba el texto ahora, la conversación se desvió por otras personas que llegaron y casi dos años después, sorpresivamente para mí Milián rescata este texto del olvido de los 60 y lo trae a nosotros en una puesta que nos impacta por su sentido dinamitador de las estructuras dramáticas. Un texto que prefigura la tendencia deconstructiva de grandes mitos del teatro que afloraría décadas después en la dramaturgia contemporánea, a saber: Müller, Azama, Strauss, Vinaver, Wilson, y otros. Aún cuando la añorada antología no ha salido a la luz por esos misteriosos vericuetos de nuestro mundo editorial, el dramaturgo-director nos sorprende con este estreno. Convierte esta “deconstrucción”  musical  del mito de Macbecht en una aguda reflexión sobre el destino de las sociedades latinoamericanas. El Pequeño Teatro de La Habana resucitó este texto traído de los 60 y podemos requisar a través de él la historia reciente de muchos de nuestros pueblos en esta parte del mundo.

Latinoamérica, ese amplio territorio aún no bien definido en sus contornos ya sean culturales o geográficos, clama ante nosotros su tristeza secular. Casi siempre sometida al arbitrio de próceres y caudillos más o menos ambiciosos, más o menos imbuidos en las neurosis que el poder genera. Son estas las coordenadas de una obra delirante, donde se entrecruzan diversos géneros, tomando ribetes de grotesco, absurdidad y humor negro, como suele suceder en la dramaturgia de este autor. Milián hace aquí un guiño malicioso y murmura en nuestro oído: “calma amigo, la realidad supera siempre la ficción”. Con esta mirada siempre controversial y problematizadora parece observar aspectos oscuros de la identidad de nuestros pueblos. Del kitsch a la parodia, de la crueldad a la mueca del clown, de las brujas como coristas a la criada como una especie de Charlotte Corday , asesina de Marat, Macbecht según Milián juega al equívoco, a la insinuación y lo no dicho y lo hace de un modo magistral.

De este modo el Pequeño Teatro de La Habana que por estos días cumple 15 años con una de las presencias más activas en cuanto a estreno y programación en la escena nacional, valida una vez más su derecho a ser considerada entre las principales compañías del patio.

Macbecht vino montado en burro, no solamente nos deleita y entretiene en el sentido brechtiano de conducirnos al conocimiento, sino que nos da una percepción peculiar que por momentos es transida pero finalmente no se hace dolorosa. Nos hace reírnos de nosotros mismos. Sentimos la extraña sensación de un peso aliviado justo al acabar la función. Quién sabe si en la puesta encontramos también un retrato existencial de esta parte del mundo.

Tal vez pudieran ser objetados algunos desniveles de interpretación en el elenco, pero no debemos olvidar que en este momento de nuestro teatro se hace tarea esforzada y dudosa, virtualmente imposible reunir un equipo de actores más allá del pequeño formato con semejante nivel técnico y artístico, por múltiples razones que sería largo enumerar. Desde la ausencia de relevo generacional, hasta la cuestión de la formación del actor hoy.

La puesta en escena, sin embargo, funciona como un mecanismo de relojería sobrio y sencillo, pero eficaz para el propósito visible en el director. Deconstruir  y desmontar el andamiaje de las relaciones de poder entre los hombres en una atmósfera donde sordidez y astracanada coexisten.

Es así que este  Macbecht… nos aguarda con mucho de impostura, payasada y criollismo. Tal vez una máscara de la máscara. Del personaje original y de Lady Macbetch apenas queda el arquetipo del usurpador por una parte y por la otra la mujer intrigante que impulsa al hombre al desastre. Todo lo demás está marcado por un fuerte ambiente latino que nada tiene en común con la obra original. Más que una versión, insisto, es esta una revisión del mito a partir de coordenadas radicalmente distintas. El personaje trágico se convierte aquí en una figura de feria. Entonces… ¿en qué vino montado Macbecht, verdaderamente vino en burro? Por un momento nos parece que sí, otro que no. Probablemente vino montado en el Pequeño Teatro de La Habana, un buen asiento estético donde se nos permite observar y comprender con ojo crítico los sutiles o evidentes delirios de la vida que nos rodea. Esperemos que un día u otro, aquí, allá o acullá, pueda usted paciente lector, disfrutar de este excelente texto y de su puesta en escena. Es seguro que el teatro saldrá ganando con ello.

 
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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