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¡Quién no lo recuerda! O quién no se
recuerda cerca de ella. En cualquier
lugar, allí donde se reúnen y se
encuentran, obligados a asistir,
desesperados cuando no son invitados o
cuando por alguna extraña e insalvable
circunstancia no pueden acudir a esas
citas en las cuales ella es el centro,
el modelo, el paradigma, el ejemplo
gracioso, la flor inimitable, pero que
hay que imitar irremediablemente. No
haberla visto hace imposible la vida
cotidiana y rompe el sistema de
referencia en que se está inmerso y cuyo
pivote es ella, la divina dama, para que
todos giren y tengan el mismo motivo
para vivir, para acudir a los sitios en
que dicen que tan bien se está. Así
están todos, preparados y ansiosos
respecto a su propia adecuación, porque
bien pudiera suceder que las
orientaciones que habitualmente salían
de la señora en cuestión fueran
cambiadas de repente, en forma apenas
perceptible, y lo que sólo ayer fuera lo
correcto, adecuado, discretamente a la
moda, se convirtiera hoy en un abierto
anacronismo con el consabido y
escandaloso fracaso del que cayera en
semejante desproporción. Error de
observación o falta de atención a un
movimiento dado o a una serie o
secuencia de esas que, sutiles, a modo
de ligerísimas vibraciones se originaban
en el epicentro de la dama y se iban
extendiendo hasta posesionarse de todos
los presentes, pero que a su vez, en
enigmática paradoja, podrían escaparse a
la percepción de éstos debido a
cualquier descuido o entretenimiento por
muy ligero que fuese. Todo ello obligaba
a sostenidos y prolongados esfuerzos,
por una parte, y, por otra, a una
asistencia y puntualidad que no podía
fallar jamás, bajo ninguna excusa ni
pretexto, a los saraos programados o
fortuitos de la vida social imperante y
aceptada por todos.
Se eliminaban la enfermedad, los
accidentes, los duelos. Es decir, no se
tomaban en cuenta. Había que asistir,
que estar presente, eso era lo único que
importaba y no el dolor, la catástrofe,
la muerte. Dominaba el ritmo vital,
aunque peculiarmente lánguido, dictado e
impuesto por la dama.
Se podría argumentar que caso de no
haber podido estar un día cualquiera en
alguna reunión dada, el ausente hubiera
podido, como en vicariante
resarcimiento, ser informado de todos
los detalles de lo sucedido por algún
allegado que no hubiese faltado al
rendez vous o compromiso tácito.
Pero esa confianza hubiera comportado un
riesgo o peligro insalvable. ¿Cómo
aceptar la exacta fidelidad de la
memoria, atención y concentración de
otro? ¿O depender de la capacidad de ese
mismo otro para narrar, describir,
relatar, según las necesidades
estilísticas del caso, todo lo
acontecido? Y, lo que es más grave, ¿se
podría estar seguro de su buena
voluntad, de que no trastocaría algún
detalle para así confundir y condenar
amañadamente al ausente y sacarlo para
siempre del ámbito de los escogidos?
Con sólo estas consideraciones, a las
cuales se podrían añadir infinidades de
variaciones y modificaciones múltiples,
bastaba para cancelar una eventual
dependencia de persona interpuesta,
testigo o confidente y, como
consecuencia, impedir la ausencia o
impuntualidad del más despreocupado.
Naturalmente nadie faltaba. Y todos
arribaban a las horas estrictamente
señaladas.
El problema de la muerte había dejado de
contar, si acaso sólo para el difunto,
que abandonado a su destino bíblico de
ser enterrado por sus semejantes,
dejar que los muertos entierren a sus
muertos, dejaba discretamente de
asistir a ágapes y reuniones de diversa
índole. La muerte había sido vencida con
exquisitez por el boato y el
deslumbramiento.
Con estos datos y antecedentes se
supondría que la refinada sociedad que
se dedicaba a este tipo de vida se movía
en un evidente y descomunal frenesí,
mas, sin embargo, no resultaba
exactamente así o, al menos, no lo era
en apariencia, pues la forma se guardaba
al máximo del distanciamiento más
refinado y toda sofocación ansiosa o
ansiedad sofocante, cierta o falsa,
espontánea o provocada, se ocultaba,
transformaba o sublimaba en espera de
los acontecimientos que, por otra parte,
eran más o menos los mismos y únicamente
presentaban las sutiles variaciones ya
señaladas que, captadas por los
interesados, servían para indicar las
delicadas líneas de conducta a seguir en
el transcurso del devenir del frívolo y
galante conglomerado.
Si había problemas cabría insinuar que
la procesión iba por dentro. Aunque
nunca se aclaraba si ese dentro se
refería a las cosas o a las propias
personas, ya que el exterior aparentaba
ser inconmovible. De una pieza.
Indescifrable para extraños y curiosos.
Firme en su contradictoria armonía de
tonalidades, sonidos, olores, sabores y
texturas. Y sobre todo en la atmósfera
que todos estos elementos conformaban.
¡Quién no lo recuerda! O quién no se
recuerda cerca de ella. Porque en
cualquier lugar podía aparecer y de
hecho aparecía e inauguraba con su mera
entrada la suma de la elegancia y la
distinción y como correlato obligaba a
una conducta acorde y concorde a ese
conjunto de reglas no escritas que
sostenían el quehacer colectivo del
«sofisticado» medio social de la señora
regente.
La dama era el vórtice, ya se ha dicho;
imperaba, reinaba, regía, presidía, la
dama era una dictadora que, inevitable y
sostenida por sus semejantes, oficiaba
como portadora del inexcusable y
reiterado mensaje que descifrado y
llevado a la forma de una severa
ordenanza había que cumplir a pie
juntillas hasta en sus más mínimos y
secretos detalles y aun a costa de
extremos y dolorosos sacrificios.
Su presencia como piedra de toque
convocaba la cumbre del concepto de
elegancia, distinción y buen gusto. La
discreción y el encanto. El tono que
ella había sabido incorporar a todo su
cuerpo y que proyectaba magistralmente
por toda la superficie de su entorno
provocando expectación y anhelo, pasmo
espiritual. Porque la dama, en realidad,
era la señora de las superficies, en
ellas se movía y se reconocía como en su
propia y quintaesenciada salsa. Y para
tales efectos, juego de causa y
consecuencia, tenía ella como una carta
de presentación exclusiva y reveladora.
Se trataba del vestuario. Del vestuario
de la señora. Aunque en realidad en este
caso el vestuario era mucho más de lo
que habitualmente se entiende por esto.
Se había extendido y prolongado el
concepto que abarcaba ahora todas las
múltiples superficies de la dama. Las
ya referidas y quizás alguna que otra
más. Incluía no sólo ropas, zapatos,
carteras, cinturones, pieles y otros
accesorios más o menos íntimos, sino
también pelucas, peinados, perfumes,
lentes de contacto, cosméticos diversos
y, además, gestos, posturas, miradas y
frases varias, pero no demasiado
abundantes. Era ésa la noción ampliada
del vestuario. Que había dejado de ser
tradicional para convertirse en
propiedad de la dama, señorial. En
realidad toda la dama era un vestuario.
Las descripciones del vestuario pueden
ser varias, precisas, deslumbrantes, en
un medio que a su vez podría ser
aburrido y divertido en el cual hace su
aparición constantes esta mujer que
inquieta y desespera. Perturba:
I
Se
habla animadamente, se charla, se
conversa, se dice sí, se dice no, tal
vez, bueno, quizá, quizás, quién sabe.
Hay algunas sonrisas dibujadas, diversas
modalidades, hay también párpados que
bajan y que suben. Las mujeres están a
un lado. Los hombres están a otro. Pero
hay mujeres y hombres que juntos forman
pequeños grupos. Beben y mastican con
discreción y elegancia. Es temprano en
la noche. Algunos caminan en forma
grácil, más o menos impecablemente, se
mueven entre los grupos y los invitados
aislados. Sonríen una vez y otra vez.
Alzan las cejas veladamente y hacen
pequeñísimas inclinaciones y
reverencias. Las mujeres miran para acá.
Los hombres miran para allá. Las mujeres
miran hacia allá. Los hombres miran
hacia acá. No se habla animadamente. Se
habla animadamente. Se charla. No se
charla. Se conversa. No se conversa. Se
guarda silencio. No se guarda silencio.
Pasan varios minutos. Los camareros dan
vueltas. Los invitados giran. Los
camareros no dan vueltas. Los invitados
no giran. Todo se detiene. Los
anfitriones se deslizan parabólicamente.
Los anfitriones también se detienen.
Algunos consultan sus relojes. Aparece:
La mano derecha avanza: uñas pálidas,
pulidas, preciosas y brillantes, una
sortija, pulso de piedras verdosas,
brazo desnudo, levemente dorado por el
sol o por sus sucedáneos. Vestido
indescriptible, ceñido, pero no
demasiado, revelador mas discreto, bien
cortado, falda ni larga ni corta,
zapatos tímidamente puntiagudos,
dorados, ligeros, que dejan ver las uñas
otra vez pálidas, pulidas, preciosas y
perfectas, no tan brillantes como las de
las manos. Se inclina para un saludo que
no se completa, sino que se disuelve a
mitad de camino en un gracioso gesto que
provoca una casi imperceptible vibración
del collar que así como al desgaire hace
juego con los pendientes, mientras el
pelo negrísimo, corto, deliciosa y
accidentalmente peinado se mece en un
halo invisible de irreconocible perfume.
En la mano izquierda, que ha quedado
cerca de la cadera correspondiente
debido a la discreta flexión del brazo,
se adivina una pequeña bolsa, verdosa,
con broche de oro. Sonríe, camina unos
pocos pasos, sonríe, se detiene, camina
otros pocos pasos, sonríe, saluda, saca
un cigarrillo luego de una sucesión de
gestos que revelan el raso interior de
la bolsa verdosa con broche de oro, la
pitillera, las uñas y el deslizamiento
de su pulso de la muñeca al antebrazo
correspondiente. Espera que alguien le
encienda el cigarrillo. Queda envuelta
en una pequeña nube de aromático humo
indefinidamente turco. Se vuelve. Dice
algo. Agradece con un parpadeo algo más
rápido. Sonríe. Otro paso. Atraviesa el
salón. Se sirve una copa que un camarero
le ofrece. Es una copa única, en una
bandeja diferente en manos de ese
camarero surgido especialmente para
ella. La espuma humedece sus labios.
Nada más. Está detenida. El pie derecho
sobresale del izquierdo, los zapatos
impecables se asoman, se descubre el
tacón, mediano, su puntera, el inicio de
las medias suavemente caladas. Echa
hacia atrás el cuello, veloz y discreta,
saca un pañuelo pequeñísimo, ya antes
había abandonado la copa de largo pie en
una mesa cercana. Guarda el pañuelo
cuyos encajes exhalan otro perfume
contrastante con el anterior. Permanece
inmóvil. Distante. Divinamente
escultórica. Todos la han estado
mirando, observando, vigilando,
acechando. Nadie la mira, la observa,
la vigila, la acecha. Todos la han
estado escrutando, investigando,
analizando. Nadie la mira. Todos la han
estado examinando, valorando,
desnudando. Nadie la observa. Todos la
han estado apreciando, sopesando. Nadie
la vigila. Todos la han estado sumando,
restando, multiplicando, dividiendo.
Nadie la acecha. Se acaba de establecer
un cálculo infinitesimal por parte de
todos los invitados. Ella también
calcula. Conversaciones bajas, normales,
de buen tono. Nadie comenta. En ese
preciso e inefable instante ella preside
el salón. Nadie se mueve. Todos
permanecen en el sitio que han ocupado
desde la llegada de ella. Nadie se
mueve. Ella no se mueve. Está impávida.
Terrenalmente estatuaria. Transcurre una
hora. Ahora sólo los camareros dan
vueltas. Y los señores anfitriones
comienzan a dar vueltecitas. Ella inicia
sus lentos movimientos. Acelera sus
pasos. Se despide. Y se marcha una hora
y cuarto después de su entrada en la
recepción. Los hombres comienzan a
moverse hacia acá. Las mujeres comienzan
a moverse hacia allá. Los hombres se
mueven para allá. Las mujeres se mueven
para acá. Todos se mueven. Nadie se
mueve. Se mueven, se depiden, dicen
adiós, hasta luego, te veré pronto,
hasta la vista, te espero, gracias,
encantado, encantado. Buenas noches,
adiós. Buenas noches, buenas noches.
Respiran. El salón queda desierto. Los
invitados se han marchado. Los camareros
han terminado de dar vueltas y los
criados de recoger los retos de la
velada. Los dueños de la casa han dejado
de ser anfitriones. Se sientan. La
señora se quita un zapato, el izquierdo,
el otro, el derecho. Grita. Grita. Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora Una
invitación SALÓN Grito de la señora.
El señor grita y se sorprende. La señora
vuelve a gritar según su costumbre.
Ahora articula el grito. Coñooooooo. El
señor frunce el ceño y ciñe a la señora
quien vuelve a gritar coño mientras pone
un cuño en la última invitación que un
criado inmediatamente hace desaparecer
en el jardín a través de un caño.
Los criados gritan. Los camareros
gritan. La señora sigue gritando, sin
zapatos. El señor a toda costa quiere
evitar el coño de la señora pero carece
de caño y de cuño y sólo la ciñe y
frunce de nuevo el ceño. Todos guardan
silencio.
Las
descripciones son varias, precisas,
deslumbrantes en un medio o en otro
medio con una señora y un señor o con
otra señora y otro señor. Todo puede ser
aburrido y divertido hasta que hace su
aparición esta mujer que inquieta y
desespera. Perturba:
II
Se
habla animadamente, se charla, se
conversa, se dice sí, se dice no, tal
vez, bueno, quizá, quizás, quién sabe.
Hay algunas sonrisas dibujadas y hay
también párpados que bajan y párpados
que suben...
1985 |