Año V
La Habana
2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Riesgos de la elegancia
César López

¡Quién no lo recuerda! O quién no se recuerda cerca de ella. En cualquier lugar, allí donde se reúnen y se encuentran, obligados a asistir, desesperados cuando no son invitados o cuando por alguna extraña e insalvable circunstancia no pueden acudir a esas citas en las cuales ella es el centro, el modelo, el paradigma, el ejemplo gracioso, la flor inimitable, pero que hay que imitar irremediablemente. No haberla visto hace imposible la vida cotidiana y rompe el sistema de referencia en que se está inmerso y cuyo pivote es ella, la divina dama, para que todos giren y tengan el mismo motivo para vivir, para acudir a los sitios en que dicen que tan bien se está. Así están todos, preparados y ansiosos respecto a su propia adecuación, porque bien pudiera suceder que las orientaciones que habitualmente salían de la señora en cuestión fueran cambiadas de repente, en forma apenas perceptible, y lo que sólo ayer fuera lo correcto, adecuado, discretamente a la moda, se convirtiera hoy en un abierto anacronismo con el consabido y escandaloso fracaso del que cayera en semejante desproporción. Error de observación o falta de atención a un movimiento dado o a una serie o secuencia de esas que, sutiles, a modo de ligerísimas vibraciones se originaban en el epicentro de la dama y se iban extendiendo hasta posesionarse de todos los presentes, pero que a su vez, en enigmática paradoja, podrían escaparse a la percepción de éstos debido a cualquier descuido o entretenimiento por muy ligero que fuese. Todo ello obligaba a sostenidos y prolongados esfuerzos, por una parte, y, por otra, a una asistencia y puntualidad que no podía fallar jamás, bajo ninguna excusa ni pretexto, a los saraos programados o fortuitos de la vida social imperante y aceptada por todos.

Se eliminaban la enfermedad, los accidentes, los duelos. Es decir, no se tomaban en cuenta. Había que asistir, que estar presente, eso era lo único que importaba y no el dolor, la catástrofe, la muerte. Dominaba el ritmo vital, aunque peculiarmente lánguido, dictado e impuesto por la dama.

Se podría argumentar que caso de no haber podido estar un día cualquiera en alguna reunión dada, el ausente hubiera podido, como en vicariante resarcimiento, ser informado de todos los detalles de lo sucedido por algún allegado que no hubiese faltado al rendez vous o compromiso tácito. Pero esa confianza hubiera comportado un riesgo o peligro insalvable. ¿Cómo aceptar la exacta fidelidad de la memoria, atención y concentración de otro? ¿O depender de la capacidad de ese mismo otro para narrar, describir, relatar, según las necesidades estilísticas del caso, todo lo acontecido? Y, lo que es más grave, ¿se podría estar seguro de su buena voluntad, de que no trastocaría algún detalle para así confundir y condenar amañadamente al ausente y sacarlo para siempre del ámbito de los escogidos?

Con sólo estas consideraciones, a las cuales se podrían añadir infinidades de variaciones y modificaciones múltiples, bastaba para cancelar una eventual dependencia de persona interpuesta, testigo o confidente y, como consecuencia, impedir la ausencia o impuntualidad del más despreocupado. Naturalmente nadie faltaba. Y todos arribaban a las horas estrictamente señaladas.

El problema de la muerte había dejado de contar, si acaso sólo para el difunto, que abandonado a su destino bíblico de ser enterrado por sus semejantes, dejar que los muertos entierren a sus muertos, dejaba discretamente de asistir a ágapes y reuniones de diversa índole. La muerte había sido vencida con exquisitez por el boato y el deslumbramiento.

Con estos datos y antecedentes se supondría que la refinada sociedad que se dedicaba a este tipo de vida se movía en un evidente y descomunal frenesí, mas, sin embargo, no resultaba exactamente así o, al menos, no lo era en apariencia, pues la forma se guardaba al máximo del distanciamiento más refinado y toda sofocación ansiosa o ansiedad sofocante, cierta o falsa, espontánea o provocada, se ocultaba, transformaba o sublimaba en espera de los acontecimientos que, por otra parte, eran más o menos los mismos y únicamente presentaban las sutiles variaciones ya señaladas que, captadas por los interesados, servían para indicar las delicadas líneas de conducta a seguir en el transcurso del devenir del frívolo y galante conglomerado.

Si había problemas cabría insinuar que la procesión iba por dentro. Aunque nunca se aclaraba si ese dentro se refería a las cosas o a las propias personas, ya que el exterior aparentaba ser inconmovible. De una pieza. Indescifrable para extraños y curiosos. Firme en su contradictoria armonía de tonalidades, sonidos, olores, sabores y texturas. Y sobre todo en la atmósfera que todos estos elementos conformaban.

¡Quién no lo recuerda! O quién no se recuerda cerca de ella. Porque en cualquier lugar podía aparecer y de hecho aparecía e inauguraba con su mera entrada la suma de la elegancia y la distinción y como correlato obligaba a una conducta acorde y concorde a ese conjunto de reglas no escritas que sostenían el quehacer colectivo del «sofisticado» medio social de la señora regente.

La dama era el vórtice, ya se ha dicho; imperaba, reinaba, regía, presidía, la dama era una dictadora que, inevitable y sostenida por sus semejantes, oficiaba como portadora del inexcusable y reiterado mensaje que descifrado y llevado a la forma de una severa ordenanza había que cumplir a pie juntillas hasta en sus más mínimos y secretos detalles y aun a costa de extremos y dolorosos sacrificios.

Su presencia como piedra de toque convocaba la cumbre del concepto de elegancia, distinción y buen gusto. La discreción y el encanto. El tono que ella había sabido incorporar a todo su cuerpo y que proyectaba magistralmente por toda la superficie de su entorno provocando expectación y anhelo, pasmo espiritual. Porque la dama, en realidad, era la señora de las superficies, en ellas se movía y se reconocía como en su propia y quintaesenciada salsa. Y para tales efectos, juego de causa y consecuencia, tenía ella como una carta de presentación exclusiva y reveladora. Se trataba del vestuario. Del vestuario de la señora. Aunque en realidad en este caso el vestuario era mucho más de lo que habitualmente se entiende por esto. Se había extendido y prolongado el concepto que abarcaba ahora todas las múltiples superficies de la dama.  Las ya referidas y quizás alguna que otra más. Incluía no sólo ropas, zapatos, carteras, cinturones, pieles y otros accesorios más o menos íntimos, sino también pelucas, peinados, perfumes, lentes de contacto, cosméticos diversos y, además, gestos, posturas, miradas y frases varias, pero no demasiado abundantes. Era ésa la noción ampliada del vestuario. Que había dejado de ser tradicional para convertirse en propiedad de la dama, señorial. En realidad toda la dama era un vestuario.

Las descripciones del vestuario pueden ser varias, precisas, deslumbrantes, en un medio que a su vez podría ser aburrido y divertido en el cual hace su aparición constantes esta mujer que inquieta y desespera. Perturba:

 

I

 

Se habla animadamente, se charla, se conversa, se dice sí, se dice no, tal vez, bueno, quizá, quizás, quién sabe. Hay algunas sonrisas dibujadas, diversas modalidades, hay también párpados que bajan y que suben. Las mujeres están a un lado. Los hombres están a otro. Pero hay mujeres y hombres que juntos forman pequeños grupos.  Beben y mastican con discreción y elegancia. Es temprano en la noche. Algunos caminan en forma grácil, más o menos impecablemente, se mueven entre los grupos y los invitados aislados. Sonríen una vez y otra vez. Alzan las cejas veladamente y hacen pequeñísimas inclinaciones y reverencias. Las mujeres miran para acá. Los hombres miran para allá. Las mujeres miran hacia allá. Los hombres miran hacia acá. No se habla animadamente. Se habla animadamente. Se charla. No se charla. Se conversa. No se conversa. Se guarda silencio. No se guarda silencio. Pasan varios minutos. Los camareros dan vueltas. Los invitados giran. Los camareros no dan vueltas. Los invitados no giran. Todo se detiene. Los anfitriones se deslizan parabólicamente. Los anfitriones también se detienen. Algunos consultan sus relojes. Aparece:

La mano derecha avanza: uñas pálidas, pulidas, preciosas y brillantes, una sortija, pulso de piedras verdosas, brazo desnudo, levemente dorado por el sol o por sus sucedáneos. Vestido indescriptible, ceñido, pero no demasiado, revelador mas discreto, bien cortado, falda ni larga ni corta, zapatos tímidamente puntiagudos, dorados, ligeros, que dejan ver las uñas otra vez pálidas, pulidas, preciosas y perfectas, no tan brillantes como las de las manos. Se inclina para un saludo que no se completa, sino que se disuelve a mitad de camino en un gracioso gesto que provoca una casi imperceptible vibración del collar que así como al desgaire hace juego con los pendientes, mientras el pelo negrísimo, corto, deliciosa y accidentalmente peinado se mece en un halo invisible de irreconocible perfume. En la mano izquierda, que ha quedado cerca de la cadera correspondiente debido a la discreta flexión del brazo, se adivina una pequeña bolsa, verdosa, con broche de oro. Sonríe, camina unos pocos pasos, sonríe, se detiene, camina otros pocos pasos, sonríe, saluda, saca un cigarrillo luego de una sucesión de gestos que revelan el raso interior de la bolsa verdosa con broche de oro, la pitillera, las uñas y el deslizamiento de su pulso de la muñeca al antebrazo correspondiente. Espera que alguien le encienda el cigarrillo. Queda envuelta en una pequeña nube de aromático humo indefinidamente turco. Se vuelve. Dice algo. Agradece con un parpadeo algo más rápido. Sonríe. Otro paso. Atraviesa el salón. Se sirve una copa que un camarero le ofrece. Es una copa única, en una bandeja diferente en manos de ese camarero surgido especialmente para ella. La espuma humedece sus labios. Nada más. Está detenida. El pie derecho sobresale del izquierdo, los zapatos impecables se asoman, se descubre el tacón, mediano, su puntera, el inicio de las medias suavemente caladas. Echa hacia atrás el cuello, veloz y discreta, saca un pañuelo pequeñísimo, ya antes había abandonado la copa de largo pie en una mesa cercana. Guarda el pañuelo cuyos encajes exhalan otro perfume contrastante con el anterior. Permanece inmóvil. Distante. Divinamente escultórica. Todos la han estado mirando, observando, vigilando, acechando. Nadie la mira, la observa,  la vigila, la acecha. Todos la han estado escrutando, investigando, analizando. Nadie la mira. Todos la han estado examinando, valorando, desnudando. Nadie la observa. Todos la han estado apreciando, sopesando. Nadie la vigila. Todos la han estado sumando, restando, multiplicando, dividiendo. Nadie la acecha. Se acaba de establecer un cálculo infinitesimal por parte de todos los invitados. Ella también calcula. Conversaciones bajas, normales, de buen tono. Nadie comenta. En ese preciso e inefable instante ella preside el salón. Nadie se mueve. Todos permanecen en el sitio que han ocupado desde la llegada de ella. Nadie se mueve. Ella no se mueve. Está impávida. Terrenalmente estatuaria. Transcurre una hora. Ahora sólo los camareros dan vueltas. Y los señores anfitriones comienzan a dar vueltecitas. Ella inicia sus lentos movimientos. Acelera sus pasos. Se despide. Y se marcha una hora y cuarto después de su entrada en la recepción. Los hombres comienzan a moverse hacia acá. Las mujeres comienzan a moverse hacia allá. Los hombres se mueven para allá. Las mujeres se mueven para acá. Todos se mueven.  Nadie se mueve. Se mueven, se depiden, dicen adiós, hasta luego, te veré pronto, hasta la vista, te espero, gracias, encantado, encantado. Buenas noches, adiós. Buenas noches, buenas noches. Respiran. El salón queda desierto. Los invitados se han marchado. Los camareros han terminado de dar vueltas y los criados de recoger los retos de la velada. Los dueños de la casa han dejado de ser anfitriones. Se sientan. La señora se quita un zapato, el izquierdo, el otro, el derecho. Grita. Grita. Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora  Una invitación SALÓN Grito de la señora Una invitación SALÓN Grito de la señora.

El señor grita y se sorprende. La señora vuelve a gritar según su costumbre. Ahora articula el grito. Coñooooooo. El señor frunce el ceño y ciñe a la señora quien vuelve a gritar coño mientras pone un cuño en la última invitación que un criado inmediatamente hace desaparecer en el jardín a través de un caño.

Los criados gritan. Los camareros gritan. La señora sigue gritando, sin zapatos. El señor a toda costa quiere evitar el coño de la señora pero carece de caño y de cuño y sólo la ciñe y frunce de nuevo el ceño. Todos guardan silencio. 

Las descripciones son varias, precisas, deslumbrantes en un medio o en otro medio con una señora y un señor o con otra señora y otro señor. Todo puede ser aburrido y divertido hasta que hace su aparición esta mujer que inquieta y desespera. Perturba: 

II 

Se habla animadamente, se charla, se conversa, se dice sí, se dice no, tal vez, bueno, quizá, quizás, quién sabe. Hay algunas sonrisas dibujadas y hay también párpados que bajan y párpados que suben... 

1985

 

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