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Confieso que no soy muy seguidor de las
producciones televisivas nacionales. Tal
vez porque como teatrista al fin, mi
pensamiento va por otros vericuetos,
quizás también porque —sinceramente—
muchas producciones quedan por detrás de
mis expectativas. No es éste el caso.
Una puesta en escena de procedencia
teatral de largo recorrido y éxito, es
asumida por la televisión nacional para
el espacio teatro. El producto final ha
quedado, no solo como una empresa fiable
y una producción con una visualidad
poderosa si consideramos los limitados
recursos a los que se tiene acceso en
las producciones actuales de la
televisión, si no que constituye per
se un suceso para la cultura
nacional, de igual envergadura que la
versión teatral homónima. No obstante
que la puesta en escena en teatro cobra
mayor relieve conflictual, alcance y
significado.
Un texto peculiar en las difíciles
coordenadas del monólogo, pero con un
gran impacto contemporáneo, escrito por
el eminente politólogo norteamericano
Howard Zinn, que contribuyó, con su
presencia en el estreno teatral en la
Sala Llauradó, a cautivar la atención de
públicos y crítica en general. El texto,
a pesar de que pudiera cuestionarse
alguna que otra debilidad dramatúrgica
–recordemos que Zinn no es un dramaturgo
habitual- tiene tanta fuerza e interés
contemporáneo que remueve, provoca y
confronta al espectador.
La acción sucede en un universo
especulativo imaginario. Carlos Marx, el
filósofo otrora defensor de los
oprimidos ha sido “liberado” del reino de
los muertos tan solo por unas horas. Ha
decidido entonces venir al sitio donde
vivió antes, el Soho, el lugar de los
oprimidos y marginados por excelencia;
pero tal vez por un accidente del
destino “cae” en el Soho de Nueva York y
no en el de Londres. Justo aquí habla
para todos los que quieren escucharlo
por esta vez. Los espectadores son
asumidos como testigos de estas
declaraciones. Critica por igual las
formas dogmáticas del socialismo así
como las tendencias más crueles del
capitalismo, entregándonos a todos una
lección inigualable de humanidad y
sentido ético que va más allá de las
fórmulas vacías de los manuales.
Tras una significativa demora después de
filmado, la televisión cubana ha
decidido transmitir este excelente
trabajo, lo que evidencia una voluntad
de estimular el pensamiento crítico
precisamente ahora que se realizan
amplios debates sobre el pasado en el
campo de la cultura.
El texto se enfoca en forma chispeante
e inteligente en los posibles aciertos y
desaciertos del socialismo teniendo en
cuenta su solidez como ideario de los
oprimidos. Demuestra así un sentido
profundo y crítico, ajeno al
triunfalismo y la desmesura. Parece
llevarnos a la conclusión indubitable de
que por encima de los modelos de
sociedad puede encontrarse un estrato
superior: el sentido humanista de la
vida para todos los hombres de la
tierra.
El espectáculo unipersonal, en su
versión teatral resultaba mucho más
concentrado en la interpretación
magistral de Michaelis Cué, un actor de
ya largas horas de vuelo, su
interpretación era más honda, completa y
acabada. Con matices gestuales que
pudiéramos apuntar como “grotowskianos”.
No sucede así en la versión televisada
donde el actor se contiene en una
interpretación más naturalista y
mesurada y que, aunque sigue siendo muy
profesional y atinada, no logra el
alcance de relación público-actor en la
sala teatral.
En esta versión televisiva el guión
rompe un poco la linealidad inherente a
todo monólogo pretendiendo dinamizar la
estructura del “relato” mediante
intervenciones más o menos directas de
otros personajes (Engels, Bakunin, la
esposa de Marx y la presencia de los
indigentes silenciosos) así como la
presencia de códigos visuales evocados y
universales que logran ubicar el texto
en la contemporaneidad.
Felicitaciones a Padilla, director de la
versión televisiva, por estos logros,
aunque hay que indicar un detalle al
paso. En mi opinión la intención de
fortalecer la línea dramática hubiera
resultado aún mejor si los personajes
caracterizados como indigentes hubieran
sido interpretados por actores y no por
figurantes. Esto hubiera intensificado
las reacciones no-verbales al soliloquio
del personaje de Marx de tal modo que se
hubieran creado interacciones.
Salvo este detalle, me parece una
atinada, oportuna y necesaria versión de
un espectáculo teatral de los de más
relieve en el panorama teatral cubano de
los últimos años.
Un espectáculo que tal vez más temprano
que tarde, por esos avatares extraños de
la vida pueda ser visto también en medio
del Soho Newyorkino, ¿por qué no? Ante
la mirada, a ratos curiosa, a ratos
inquisidora de muchos espectadores que
como yo resulten fascinados.
Ficha técnica:
Inicialmente un monólogo teatral de
factura excelente interpretado por
Michaelis Cué, un actor de ya larga
trayectoria. El texto del renombrado
politólogo Howard Zinn. Un texto que se
convirtió en un suceso cultural en el
marco de la Habana teatral que así mismo
ha viajado a varios países y que este jueves 15 de marzo
de 2007 nos sorprende con
una sugerente puesta en escena
televisiva. |