Año V
La Habana
7 al 13 de ABRIL
de 2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Pablo Marcano García

La pintura como compensación

David Mateo • La Habana


Cuando conocí a Pablo Marcano García en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en el año 2002, experimenté una mezcla de satisfacción y sorpresa, pues a pesar de que su arribo al ámbito artístico venía precedido ya por las fuertes resonancias de su liderazgo político, estaba descubriendo a un hombre contrastantemente marcado por dos atributos de excepción: el sosiego y la condescendencia. No sé si es que a veces uno se deja llevar demasiado por los estereotipos, pero pensaba que iba a encontrarme con una persona quizá mucho más grandilocuente, altiva. Sin embargo, todo en la figura y el comportamiento de aquel hombre que se apareció sin protocolo en la Asociación de Artistas Plásticos, generaba una impresión diametralmente contraria: un rostro afable, sereno, colmado de esas canas que siempre tendemos a asociar con una vida juiciosa; gesticulaciones pausadas, frases parcas, concisas, y una disposición espontánea para escuchar. Su visita en aquella oportunidad tenía el propósito de conocer los detalles técnicos de un catálogo que nuestra Asociación había estado tratando de imprimir con escasos recursos, y para el cual él había hecho un compromiso de recabar apoyo financiero entre artistas e intelectuales puertorriqueños. El encuentro apenas duró media hora, pero fue tiempo suficiente para ajustar los pormenores de la colaboración, y ganar confianza en cuanto a la viabilidad de este importante proyecto… El catálogo es hoy un documento de inestimable valor en posesión de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), para difundir la obra de grupo representativo de sus miembros dentro y fuera de Cuba.

Estos fueron, digamos, mis primeros indicios acerca del hombre y del intelectual comprometido que es Marcano García. Sobre el artista y su obra comencé a ganar conciencia unos meses más tarde, cuando me envió unas imágenes suyas y me solicitó que escribiera un texto de presentación para una muestra colectiva que estaba organizando junto al pintor cubano Pedro Pablo Oliva y el dominicano Cándido Bido. Pero confieso que en la segunda ocasión de intercambio ya no sería la extrañeza el matiz preponderante. Aquellas imágenes pletóricas de  color y de luz, aquellas composiciones de culto a la vida y a la creación, se correspondían de manera notable con los dos atributos que había descubierto con anterioridad de su persona. Recuerdo que el tema de la maternidad era un pretexto común entre aquellas obras que llegaban hasta mí por primera vez; pero incluso, cuando tuve luego la posibilidad de apreciar otros retratos y paisajes de su autoría, la idea de esa correspondencia entre obra y personalidad comenzó a ser más evidente.

Resulta emblemático el hecho de que Marcano García haya elegido para sus representaciones escenas de una honda serenidad. No prevalecen en ella la tragedia, el drama (lo cual no significa que no las pueda inducir de forma sutil); disyuntivas a las que habrá debido enfrentarse con toda seguridad durante sus diligencias sociales y políticas; sino que más bien se exalta lo apacible de determinadas vivencias cotidianas. Pero esas vivencias no se reflejan como simples testimonios de costumbres ―más propios de un paisajista empírico o de un pintor naif―, sino como encarnaciones extremadamente racionales de una realidad arquetípica, en algunos momentos ideal, cargada de sentido aleccionador, optimista, en la subjetividad del autor.

La Macha (Tríptico)

La figura de la mujer, por ejemplo, es un motivo reiterado en su trabajo, mediante el cual nos presenta una metáfora del ciclo prodigioso de la génesis y la correlación entre el hombre y su entorno natural. Pero, sobre todo, con el que sugiere una alegoría de los estados de purificación, éxtasis y resguardo que ella encarna; estados en los que cada sentimiento constata su verdadero alcance, y a los que estamos tratando todo el tiempo de retornar en una sucesión infinita. Estoy pensando en cuadros como “Luz ancestral”, “Juego en flor”, “Isabelita, flor de los vientos”, “Flor de Bambú”, e incluso “Gurazalem”, en el que Marcano García, con un desenfado a medio camino entre lo sarcástico y lo onírico, sustituye la imagen de una portentosa mujer de Gurabo (su región natal) por la del Cristo sacrificado.  

Sus paisajes marítimos, rurales y urbanos no constituyen una reproducción efectista, sino un recreo aguzado de esa paz que exhibe el paisaje borinqueño a ciertas horas del día, y que pudiéramos hallar también en otros territorios del Caribe. No por casualidad ha elegido para la mayoría de sus estampas los ambientes nocturnos, donde la apariencia de quietud, los tenues contrastes de luces y sombras, hacen aún más enfática esa sensación; la que ni siquiera una improvisada parranda, un juego de dominó, o una conversación furtiva en el interior de una cabaña, serían capaces de quebrantar del todo. Dan fe de ello, piezas como “Costa vibrante”, “Parranda almendrada”, “Tranque en el platanal” o “Colmado flamboyán”.

Sus excelentes retratos de los próceres latinoamericanos están imbuidos de una sublimidad que parece remitirnos a la iconografía medieval o renacentista. Se trata de representaciones en las que se remarcan una serie de rasgos cualificadores del sujeto, aquellos que la sociedad y la historia han decidido acoger con carácter paradigmático; me refiero en específico a la nobleza, el aplomo y la sabiduría. No caben dudas que para condensar tales señales en la apariencia de un solo rostro, Marcano García debió haber indagado en cada porción física y espiritual de los retratados. Aunque, en lo que al tratamiento formal se refiere, creo que es la candidez, incorporada al semblante y la mirada de las figuras, el artificio pictórico que cohesiona estos lienzos, que mejor los acredita como producciones de una misma vertiente metodológica y estilística; la clave, incluso, para dilucidar la perspectiva con que Marcano García aquilata la actuación y el legado de estas personalidades. A veces es tan ponderativo el modo con que proyecta esa candidez, que tal parece como si estuviéramos ante la presencia de líderes santificados, pero ello nunca llega a atentar contra el hálito de inmediatez, de contingencia  simbólica que Marcano García desea insuflarle a sus retratos. “Platanal adentro”, por ejemplo, es una serie emblemática en este aspecto. Salvando las diferencias que hay entre ambos creadores, en cuanto a la explicitación de la noción de reverencia, las siluetas de Marcano tienden a recordarme los retratos de aliento desenfadado, simuladamente inocentes, que hiciera a los héroes de la Isla ese otro grande de la plástica insular y Latinoamérica, Raúl Martínez, entre las décadas del 60 y el 70.

En cualquiera de las variantes temáticas abordadas por el artista (naturaleza, figura humana o retrato) uno percibe además una postura de absoluta deferencia. No me refiero a esa coyuntural, un tanto frágil, que asume el rol intermediario entre  el panorama y la mera complacencia recreativa, sino aquella que propicia lazos afectivos indisolubles entre el artista y su objeto de representación. Marcano García no solo venera las tradiciones sencillas, la belleza y los placeres cotidianos, sino que encuentra en ellos una alternativa loable de compensación. “El negro Quicio (ensayo para un autorretrato)” es para mí un cuadro distintivo de este tipo de actitud. En él la imagen del pintor parece como si se fugara de su condición de artífice, para refugiarse en el carisma de un personaje de aspecto popular, que danza entre mujeres, al compás de una contagiosa música folclórica… Sin pretensiones de psicoanalista, me atrevería a afirmar que la obra de Marcano García opera como una especie de exorcismo frente a todos aquellos avatares ordinarios que han atentado, por una u otra vía, contra su concepción jubilosa de la vida. Justamente como un esfuerzo de exorcismo fue que llegó hasta él, entre 1978 y 1985, el oficio de artista plástico. Aunque incursionaba ya en el dibujo y la pintura desde su etapa adolescente, fue en la cárcel, cumpliendo una  larga condena de siete años por cuestiones políticas, que llegó a interiorizar que esa sería su vocación definitiva, bajo la tutela del maestro Carlos Irizarry y la orientación de los artistas afronorteamericanos Jamil (Bryson Harris) y Rashid Wright. El mismo ha reconocido que en esa época las tonalidades de sus piezas eran un reflejo directo de su condición de presidiario, y que cuando al fin alcanza la libertad, su obra se inunda entonces de la luz y el color difinitorios de sus obras recientes.  

Juego en flor

Acerca de esa apropiación de la luz y los colores habituales del trópico se ha hablado en más de una presentación o  comentario crítico. Pero no podemos asimilar solo como algo sencillamente tipificador el que Marcano García simule en sus lienzos el efecto de vitral, proceso que todo el mundo advierte y halaga. Este recurso es a mi juicio crucial para comprender que su pintura no absorbe la estridencia y explosividad cromáticas de nuestros ambientes, como suele suceder con muchísimos creadores de la región. Es cierto que él trabaja con todas las gradaciones posibles; pero lo hace conteniendo, moderando sus intensidades. Al acogerse a la sensación de filtrado y a la metódica de estructuración fragmentada, característicos de esa técnica ornamental, en la que las líneas divisorias son las que perfilan la relación de complementariedad entre la parte y el todo, Marcano García postula un procedimiento pictórico bastante cauteloso, en el que no rige el impulso, la embriaguez perceptiva, sino el examen, la interpretación visual; en el que no despunta la mimesis hedonista, sino la manipulación estética. Ante semejante proceder, llama poderosamente la atención esa manera tan hábil con que el artista subordina el esparcido disparejo, contrastante de las tonalidades en cada una de las porciones que componen la imagen, a un efecto de iluminación, de enfoque casi teatral, que solo es posible reconocer desde una mirada abarcadora del encuadre.

Como esos vitrales que abundan en nuestra arquitectura secular, especialmente la religiosa, reforzando el espíritu de sugestión y  privacidad de los espacios interiores, los cuadros de Pablo Marcano García parecen haber sido hechos para ser contemplados, aprehendidos, en una atmósfera de profundo sosiego e intimidad reflexiva.

 
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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