|
Cuando conocí a Pablo Marcano García en
la sede de la Unión de Escritores y
Artistas de Cuba, en el año 2002,
experimenté una mezcla de satisfacción y
sorpresa, pues a pesar de que su arribo
al ámbito artístico venía precedido ya
por las fuertes resonancias de su
liderazgo político, estaba descubriendo
a un hombre contrastantemente marcado
por dos atributos de excepción: el
sosiego y la condescendencia. No sé si
es que a veces uno se deja llevar
demasiado por los estereotipos, pero
pensaba que iba a encontrarme con una
persona quizá mucho más grandilocuente,
altiva. Sin embargo, todo en la figura y
el comportamiento de aquel hombre que se
apareció sin protocolo en la Asociación
de Artistas Plásticos, generaba una
impresión diametralmente contraria: un
rostro afable, sereno, colmado de esas
canas que siempre tendemos a asociar con
una vida juiciosa; gesticulaciones
pausadas, frases parcas, concisas, y una
disposición espontánea para escuchar. Su
visita en aquella oportunidad tenía el
propósito de conocer los detalles
técnicos de un catálogo que nuestra
Asociación había estado tratando de
imprimir con escasos recursos, y para el
cual él había hecho un compromiso de
recabar apoyo financiero entre artistas
e intelectuales puertorriqueños. El
encuentro apenas duró media hora, pero
fue tiempo suficiente para ajustar los
pormenores de la colaboración, y ganar
confianza en cuanto a la viabilidad de
este importante proyecto… El catálogo es
hoy un documento de inestimable valor en
posesión de la Unión Nacional de
Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC),
para difundir la obra de grupo
representativo de sus miembros dentro y
fuera de Cuba.
|
 |
Estos
fueron, digamos, mis primeros indicios
acerca del hombre y del intelectual
comprometido que es Marcano García.
Sobre el artista y su obra comencé a
ganar conciencia unos meses más tarde,
cuando me envió unas imágenes suyas y me
solicitó que escribiera un texto de
presentación para una muestra colectiva
que estaba organizando junto al pintor
cubano Pedro Pablo Oliva y el dominicano
Cándido Bido. Pero confieso que en la
segunda ocasión de intercambio ya no
sería la extrañeza el matiz
preponderante. Aquellas imágenes
pletóricas de color y de luz, aquellas
composiciones de culto a la vida y a la
creación, se correspondían de manera
notable con los dos atributos que había
descubierto con anterioridad de su
persona. Recuerdo que el tema de la
maternidad era un pretexto común entre
aquellas obras que llegaban hasta mí por
primera vez; pero incluso, cuando tuve
luego la posibilidad de apreciar otros
retratos y paisajes de su autoría, la
idea de esa correspondencia entre obra y
personalidad comenzó a ser más evidente.
Resulta emblemático el hecho de que
Marcano García haya elegido para sus
representaciones escenas de una honda
serenidad. No prevalecen en ella la
tragedia, el drama (lo cual no significa
que no las pueda inducir de forma
sutil); disyuntivas a las que habrá
debido enfrentarse con toda seguridad
durante sus diligencias sociales y
políticas; sino que más bien se exalta
lo apacible de determinadas vivencias
cotidianas. Pero esas vivencias no se
reflejan como simples testimonios de
costumbres ―más propios de un paisajista
empírico o de un pintor naif―, sino como
encarnaciones extremadamente racionales
de una realidad arquetípica, en algunos
momentos ideal, cargada de sentido
aleccionador, optimista, en la
subjetividad del autor.
|
 |
|
La
Macha (Tríptico) |
La
figura de la mujer, por ejemplo, es un
motivo reiterado en su trabajo, mediante
el cual nos presenta una metáfora del
ciclo prodigioso de la génesis y la
correlación entre el hombre y su entorno
natural. Pero, sobre todo, con el que
sugiere una alegoría de los estados de
purificación, éxtasis y resguardo que
ella encarna; estados en los que cada
sentimiento constata su verdadero
alcance, y a los que estamos tratando
todo el tiempo de retornar en una
sucesión infinita. Estoy pensando en
cuadros como “Luz ancestral”, “Juego en
flor”, “Isabelita, flor de los vientos”,
“Flor de Bambú”, e incluso “Gurazalem”,
en el que Marcano García, con un
desenfado a medio camino entre lo
sarcástico y lo onírico, sustituye la
imagen de una portentosa mujer de Gurabo
(su región natal) por la del Cristo
sacrificado.
Sus
paisajes marítimos, rurales y urbanos no
constituyen una reproducción efectista,
sino un recreo aguzado de esa paz que
exhibe el paisaje borinqueño a ciertas
horas del día, y que pudiéramos hallar
también en otros territorios del Caribe.
No por casualidad ha elegido para la
mayoría de sus estampas los ambientes
nocturnos, donde la apariencia de
quietud, los tenues contrastes de
luces y sombras, hacen aún más enfática
esa sensación; la que ni siquiera una
improvisada parranda, un juego de
dominó, o una conversación furtiva en el
interior de una cabaña, serían capaces
de quebrantar del todo. Dan fe de ello,
piezas como “Costa vibrante”, “Parranda
almendrada”, “Tranque en el platanal” o
“Colmado flamboyán”.
|
 |
Sus
excelentes retratos de los próceres
latinoamericanos están imbuidos de una
sublimidad que parece remitirnos a la
iconografía medieval o renacentista. Se
trata de representaciones en las que se
remarcan una serie de rasgos
cualificadores del sujeto, aquellos que
la sociedad y la historia han decidido
acoger con carácter paradigmático; me
refiero en específico a la nobleza, el
aplomo y la sabiduría. No caben dudas
que para condensar tales señales en la
apariencia de un solo rostro, Marcano
García debió haber indagado en cada
porción física y espiritual de los
retratados. Aunque, en lo que al
tratamiento formal se refiere, creo que
es la candidez, incorporada al
semblante y la mirada de las figuras, el
artificio pictórico que cohesiona estos
lienzos, que mejor los acredita como
producciones de una misma vertiente
metodológica y estilística; la clave,
incluso, para dilucidar la perspectiva
con que Marcano García aquilata la
actuación y el legado de estas
personalidades. A veces es tan
ponderativo el modo con que proyecta esa
candidez, que tal parece como si
estuviéramos ante la presencia de
líderes santificados, pero ello nunca
llega a atentar contra el hálito de
inmediatez, de contingencia simbólica
que Marcano García desea insuflarle a
sus retratos. “Platanal adentro”, por
ejemplo, es una serie emblemática en
este aspecto. Salvando las diferencias
que hay entre ambos creadores, en cuanto
a la explicitación de la noción de
reverencia, las siluetas de Marcano
tienden a recordarme los retratos de
aliento desenfadado, simuladamente
inocentes, que hiciera a los héroes de
la Isla ese otro grande de la plástica
insular y Latinoamérica, Raúl Martínez,
entre las décadas del 60 y el 70.
En
cualquiera de las variantes temáticas
abordadas por el artista (naturaleza,
figura humana o retrato) uno percibe
además una postura de absoluta
deferencia. No me refiero a esa
coyuntural, un tanto frágil, que asume
el rol intermediario entre el panorama
y la mera complacencia recreativa, sino
aquella que propicia lazos afectivos
indisolubles entre el artista y su
objeto de representación. Marcano García
no solo venera las tradiciones
sencillas, la belleza y los placeres
cotidianos, sino que encuentra en ellos
una alternativa loable de compensación.
“El negro Quicio (ensayo para un
autorretrato)” es para mí un cuadro
distintivo de este tipo de actitud. En
él la imagen del pintor parece como si
se fugara de su condición de artífice,
para refugiarse en el carisma de un
personaje de aspecto popular, que danza
entre mujeres, al compás de una
contagiosa música folclórica… Sin
pretensiones de psicoanalista, me
atrevería a afirmar que la obra de
Marcano García opera como una especie de
exorcismo frente a todos aquellos
avatares ordinarios que han atentado,
por una u otra vía, contra su concepción
jubilosa de la vida. Justamente como un
esfuerzo de exorcismo fue que llegó
hasta él, entre 1978 y 1985, el oficio
de artista plástico. Aunque incursionaba
ya en el dibujo y la pintura desde su
etapa adolescente, fue en la cárcel,
cumpliendo una larga condena de siete
años por cuestiones políticas, que llegó
a interiorizar que esa sería su vocación
definitiva, bajo la tutela del maestro
Carlos Irizarry y la orientación de los
artistas afronorteamericanos Jamil (Bryson
Harris) y Rashid Wright. El mismo ha
reconocido que en esa época las
tonalidades de sus piezas eran un
reflejo directo de su condición de
presidiario, y que cuando al fin alcanza
la libertad, su obra se inunda entonces
de la luz y el color difinitorios de sus
obras recientes.
|
 |
|
Juego
en flor |
Acerca de esa apropiación de la luz y
los colores habituales del trópico se ha
hablado en más de una presentación o
comentario crítico. Pero no podemos
asimilar solo como algo sencillamente
tipificador el que Marcano García simule
en sus lienzos el efecto de vitral,
proceso que todo el mundo advierte y
halaga. Este recurso es a mi juicio
crucial para comprender que su pintura
no absorbe la estridencia y explosividad
cromáticas de nuestros ambientes, como
suele suceder con muchísimos creadores
de la región. Es cierto que él trabaja
con todas las gradaciones posibles; pero
lo hace conteniendo, moderando sus
intensidades. Al acogerse a la sensación
de filtrado y a la metódica de
estructuración fragmentada,
característicos de esa técnica
ornamental, en la que las líneas
divisorias son las que perfilan la
relación de complementariedad entre la
parte y el todo, Marcano García postula
un procedimiento pictórico bastante
cauteloso, en el que no rige el impulso,
la embriaguez perceptiva, sino el
examen, la interpretación visual; en el
que no despunta la mimesis hedonista,
sino la manipulación estética. Ante
semejante proceder, llama poderosamente
la atención esa manera tan hábil con que
el artista subordina el esparcido
disparejo, contrastante de las
tonalidades en cada una de las porciones
que componen la imagen, a un efecto de
iluminación, de enfoque casi teatral,
que solo es posible reconocer desde una
mirada abarcadora del encuadre.
Como esos vitrales que abundan en
nuestra arquitectura secular,
especialmente la religiosa, reforzando
el espíritu de sugestión y privacidad
de los espacios interiores, los cuadros
de Pablo Marcano García parecen haber
sido hechos para ser contemplados,
aprehendidos, en una atmósfera de
profundo sosiego e intimidad reflexiva. |