Una reconocida frase martiana dice que
la muerte no es verdad cuando se ha
cumplido bien el sentido da la vida.
Este podría ser el exergo ideal para
cualquier artículo sobre Carlos Marx que
se escriba hoy día. Ciento veinticuatro
años después de su muerte el fantasma
por él invocado y descrito no solo
recorre Europa, sino que se ha extendido
por todo el mundo. Coincidente con la
conmemoración de este aniversario la
televisión cubana transmitió por estos
días una versión de una obra de teatro
que hace tres años conmovió la escena
habanera: Marx en el Soho, del
politólogo, ensayista y dramaturgo
norteamericano, Howard Zinn. En la piel
del Moro estaba
―tanto
en la versión televisiva, como en la
teatral―
el actor Michaelis Cué, quien también se
autodirigió en el unipersonal sobre las
tablas. La reconocida trayectoria
artística de Michaelis, desarrollada a
partir de importantes grupos como
Teatro Estudio, Teatro Político Bertolt
Brecht y Teatro Mío, entre otros, y su
experiencia adicional como director del
medio, fueron posiblemente las causas de
que, cuando en Cuba se decidió montar
esta obra, se pensase inmediatamente en
él para interpretar el personaje. Del
éxito que ha tenido esta puesta en
escena de la obra de Zinn, no solamente
en Cuba, sino en muchos países de
América Latina, dan fe las diversas pero
siempre elogiosas críticas aparecidas en
diferentes medios de comunicación de
todos los países donde se ha presentado
el espectáculo. Venezuela, Chile, Costa
Rica, Perú, México, han sido testigos de
esta obra excepcional que en nuestro
país pretende volver con una gira
nacional que culminará en la sala Adolfo
Llauradó para celebrar su función número
100. Resulta interesante como públicos
tan diversos son capaces de encontrarle
múltiples sentidos ―y, en mi opinión,
todos válidos― al texto dramático. El
interés que despierta esta revindicación
del pensamiento de uno de los grandes
ideólogos de la humanidad indica que
Marx aún tiene mucho que decir… y no
solamente en el Soho.
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Muchos han calificado a Marx en el
Soho como un heredero del teatro
político y hablan de la influencia en su
puesta en escena del montaje de
Galileo Galilei, de Brecht por
Vicente Revuelta, ¿hasta qué punto son
ciertas estas influencias?
Yo trabajé de mano derecha de Vicente
durante 12 ó 13 años, entonces como es
lógico actoral y estéticamente tengo una
enorme influencia suya. Reconozco que le
debo cantidad, pues aunque pasé por
varios profesores, viendo actuar y
dirigir a Vicente aprendí mucho.
Referente a la valoración de este teatro
como “teatro político”… pienso que todo
teatro es político. Claro, como esta
obra es sobre Carlos Marx enseguida
hablan de teatro político, pero si uno
hoy monta Fuenteovejuna, de Lope
de Vega, eso también es teatro político
aunque es más evidente cuando se escoge
para hacer una obra a esta figura. En
los postulados de mi puesta en escena
para el teatro sí hay una influencia
brechtiana, como la hay grotowskiana,
actoralmente el uso que yo hago del
cuerpo y de la voz viene de los
postulados grotowskianos. Es, en
definitiva, una mezcla no consciente de
cosas.
Omar Valiño afirmó que su encarnación de
Marx era una muestra de su madurez como
actor, pero usted hizo además la versión
de la obra y se autodirigió, ¿cómo
fueron estos procesos y cuál le resultó
más difícil?
Esta es obra llegó a mí de manos de
Julio César Ramírez, quien iba a ser su
director. Para mí fue especial porque en
cuanto la leí caí en un estado febril
con la obra y me dije: yo tengo que
hacer esto. Como me la iba a dirigir
Julio, empecé estudiándola desde el
punto de vista del actor. Lógicamente,
como yo dirijo tenía una mirada general
sobre la obra pero trataba de no dejarme
influenciar por ella, sino dedicarme a
verla desde el punto de vista del actor.
Julio me había dicho que le fuera
haciendo sus cortes y fui trabajando en
su dramaturgia un poco sin darme cuenta,
huyéndole a que la obra cayera en el
teque político, porque la obra es mucho
más larga y hay zonas de ella que el
público cubano no hubiera resistido y me
circunscribí a la parte del monólogo
donde el personaje es mucho más humano,
pero todo eso lo fui haciendo desde el
punto de vista del actor. Bárbara Rivero
comenzó a hacerme la asesoría. Luego me
entregó una versión que ella había
hecho, yo comencé a estudiarla,
pero los primeros encuentros fueron
entre Julio y yo: después él se complica
porque estaba como actor en una
telenovela y yo la iba trabajando muy
lentamente porque no tenía fecha de
estreno. De pronto Bárbara Rivero me
dice: Howard Zinn viene al estreno de la
obra dentro de quince días y yo le dije:
eso es imposible porque yo no tengo nada
en la mano, lo único que podemos hacer
es comprometerme a aprenderme el texto
en quince días y montarme la obra para
que él vea un ensayo, a partir del cual
yo le pondré fecha para que venga al
estreno. Efectivamente me encerré en el
teatro y terminé de dirigírmela mientras
montaba. Al fin llegó Howard Zinn, nos
reunimos, hablamos mucho sobre la obra y
al otro día fue a ver el ensayo. Aunque
yo tenía todo prendido con alfileres: la
letra, los movimientos… él se fascinó
con lo que vio. A pesar de eso yo le
aclaré que eso no era lo que iba a ver
el día del estreno y le pedí un mes y
medio más de trabajo. Él estuvo aquí los
primeros días de abril y concertamos el
estreno para el 26 de mayo. Vino tres
días antes y ahí se le dio el Honoris
Causa y se le publicó el libro La
otra historia de los Estados Unidos.
El 26 se estrenó la obra, pero yo hice
algo totalmente diferente a lo que él
había visto en el ensayo, que había sido
el montaje básico, porque después yo
maduré aquello y me dediqué a la puesta
en escena. Yo entré en un estado de
trance con el espectáculo: no dormía, no
comía, me levantaba de madrugada, porque
sabía que me había lanzado al vacío con
esa obra, me estaba jugando mi carrera.
Desde el principio sabía que
no podía
tratar de imitar a Carlos Marx, ni
ponerme barba ni afeites, porque Marx
es un ícono pero también era un ser
humano y en lugar de acercar Marx a mí,
traté de ver qué yo tenía de Marx y
cuánto de sus ideas tenían que ver
conmigo. A partir de ahí traté de dar al
hombre por su pensamiento, por su
ideología, por también por la relación
con su familia
y
por su humanismo. Eso fue
atrevido de mi parte, porque todo el
mundo esperaba a un hombre con su barba
y su pelo largo y yo partí de mí, porque
lo otro hubiera sido como seguir
respetando el ícono y yo traté de
desacralizar la imagen que todo el mundo
tiene de él. Realmente disfruté este
montaje como ningún otro, aunque cada
montaje uno lo hace distinto, cada obra
tiene su camino y por suerte este camino
yo lo encontré bastante al inicio y eso
me ayudó a montar este espectáculo en
tiempo récord. Yo no quería una puesta
en escena compleja, quería algo simple
desde el punto de vista escénico pero
más complejo desde el punto de vista
actoral, entregarme más, buscar la
verdad y así salió.
Me adelantó algo sobre la visita de
Howard Zinn y él ha dicho que la suya es
la mejor puesta en escena de su obra que
había visto, quisiera que me abundara
sobre la relación entre ustedes a partir
de la obra.
Él fue muy respetuoso conmigo pero
estaba muy interesado en saber cuáles
eran los cortes que yo iba a hacer. Me
confesó que pensaba que este monólogo en
Cuba no se podría hacer porque hay zonas
del monólogo muy delicadas y se quedó
asombrado cuando vio que los cortes
hechos a la obra fueron precisamente los
cantos al marxismo, los cuales para Cuba
serían teque. Esperaba que yo hubiera
quitado todo lo otro y hubiera dejado el
teque y por el contrario yo dejé las
zonas más conflictivas porque trabajé
con una libertad enorme, decidí qué
cortaba, qué no, y eso a él le fascinó.
La comunicación entre nosotros fue muy
fácil a pesar de que él no domina muy
bien el español, es un hombre muy
simpático, muy abierto. En EE.UU. se han
hecho muchas versiones de Marx en el
Soho, casi todas la universidades
han montado esta obra y además se ha
montado en Broadway, esta es una obra de
vida internacional, pero no se había
hecho en español y a él le interesó
mucho que se hiciera en Cuba, pero él
pensó que la obra iba a tener la vida
cubana y cuando se enteró de que yo
estaba haciendo un periplo
latinoamericano estuvo muy al tanto, muy
contento, por eso me mandó un email
diciendo que yo había hecho su obra
famosa en Latinoamérica. Fue muy
elogioso con la puesta en escena, la
cual le sirvió además para descubrir el
nivel artístico de este país, pues el
teatro cubano tiene zonas que están muy
vivas, a la vanguardia. Creo que a él le
interesaba más el punto de vista
político y con el lado artístico no
tenía muchas expectativas, pero yo
siempre supe que si esto no quedaba bien
lo demás no tenía sentido. Si algún
valor político, ideológico, práctico,
tiene, es porque quedó bien; si hubiera
quedado mal nadie hubiera hablado de
ella.
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La obra fue exhibida recientemente en la
televisión, ¿cómo fue el proceso de
llevar Marx en el Soho a la
pequeña pantalla sin confundir los
lenguajes de estos dos medios tan
diferentes?
Eso fue volverme a lanzar al vacío.
Jorge Alonso Padilla (el director) y
Raúl García (quien hizo la codirección y
el trabajo de arte) fueron a ver la obra
y al otro día me llamaron muy
entusiasmados diciéndome que querían
hacer una versión. Yo les pedí que
hicieran el guión y me lo presentaran.
Cuando lo hicieron, el guión me encantó,
pues era muy ingenioso y resolvía muy
bien la traslación a la pantalla. Digo
que ahí volví a lanzarme al vacío porque
el teatro siempre es de elite pero la
televisión es para millones de personas.
Padilla, Raúl y yo nos entendimos muy
bien, partíamos de mi montaje teatral
pero efectivamente el lenguaje
televisivo es otro. Mi primer reto era
quitarle la teatralidad actoral excesiva
aunque siempre defendí que el espectador
debía darse cuenta de que era una obra
de teatro trasladada a la televisión, yo
no podía hacer tampoco un naturalismo,
una subactuación o una actuación en tono
menor y además los tres estábamos
conscientes de la importancia de los
extras para dar la atmósfera de la obra,
pero al final todo quedó muy bien porque
había un guión técnico muy inteligente
desde el principio, Padilla trabajó con
tremenda seguridad y eso ayuda mucho al
actor.
En muchas partes de América Latina se
está dando un proceso de viraje hacia la
izquierda, ¿cómo era el diálogo entre
esos públicos latinoamericanos y la obra
en su periplo de exhibición?
El diálogo en Latinoamérica para mí era
sorprendente. La comunicación, el nivel
de aceptación del trabajo era
impresionante. Yo estuve en Perú y en el
teatro de las reacciones allí fueron
impresionantes. Además yo iba a dar unas
funciones en universidades pero me llamó
la atención que en ese periplo no me
hubieran puesto la universidad de San
Marcos, la más antigua del continente y
con una tradición de izquierda, allí
estudió Vallejo y yo pedí ir allí y di
una función gratis que fue espectacular.
Ese fue él primer encuentro de la obra
con el público latinoamericano.
Después en Costa Rica
―un
país con muchos prejuicios con respecto
a Cuba y con una penetración cultural
enorme―
yo estaba muy preocupado. La obra se
representó dentro de la programación del
Festival de las Artes en Costa Rica, un
festival muy importante
internacionalmente adonde llegó mi
espectáculo porque el director del
Festival había venido a Cuba y había
visto aquí la obra. La primera noche en
que debuté allá, el teatro estaba
repleto y se rompió la consola diez
minutos antes de actuar. Los técnicos de
allí me dijeron: esto es sabotaje porque
usted es cubano y yo les respondí: yo
salgo a actuar sin música, con un
bombillo, pero salgo a actuar. No era un
sabotaje, se había roto la consola de
verdad y trajeron otra de un grupo
teatral cercano y lo que ocurrió con ese
público fue una cosa inusitada, recibí
una ovación impresionante porque el
espectáculo defiende las ideas de Marx
pero lo hace humanizando al hombre que
él fue, rompiendo la estatua y eso
interesó mucho, los movió. En Cuba mueve
de otra manera porque aquí todo el mundo
ha estudiado marxismo. Allá también se
estudia, pero desde otra óptica y, por
lo tanto, allá el espectáculo funciona
de otra manera, porque que tú en Cuba
pongas a un Carlos Marx que ataque al
capitalismo a un cubano no le dice nada
nuevo, pero en Costa Rica eso gusta, le
gustaba al público progresista que
asistía a las funciones, porque el
espectáculo está diciendo de forma
jocosa lo que ellos quieren ver y oír y
que la mayoría del tiempo no dicen sus
medios de prensa. Luego estuve en Chile
y también fue arrollador. Hablo de
varias funciones en teatros de
quinientas personas repletos.
Como usted mismo dice el espectáculo
funciona de diferentes maneras en Cuba y
en el extranjero, aquí se le ha
atribuido una buena parte del éxito de
la obra al hecho de que dialogue con el
creador de la filosofía que ha servido
de base al proyecto social de los
últimos 45 años…
Howard Zinn es un hombre que conoce muy
bien la biografía de Carlos Marx, su
pensamiento y es un hombre con un
sentido del humor muy particular. El
texto original de Howard Zinn es un gran
texto, muy equilibrado, nada
paternalista, escrito por un detractor
absoluto del capitalismo pero también
por un detractor absoluto de lo que se
llamó el socialismo real. Howard Zinn si
bien es un marxista profundo, es un
hombre que no comulgaba con lo que
pasaba en el socialismo real, un crítico
atroz del estalinismo y eso lo lleva a
su obra. En Cuba esta crítica del
socialismo real nos dice mucho porque el
campo socialista no cayó por una guerra,
cayó dinamitado por sus contradicciones
y sus errores internos. Esto ha sido
analizado brillantemente por Fidel y en
esto días he visto un artículo de
Armando Hart en Cubarte donde desmonta
los errores allí cometidos, y Howard
Zinn se mueve en esa línea. La
interacción diversa con diferentes
públicos habla de que este es un texto
polisémico y un espectáculo teatral que
dice muchas cosas. |