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En 1492, ─cuando
el habla castellana desembarcaba en el
Nuevo Mundo entre denuestos de marinos,
soldados, buscavidas, galeotes y
andaluces de origen nebuloso y
turbulenta catadura; el mismo año en que
don Antonio de Nebrija publicaba la
primera gramática de aquella lengua de
Castilla que contados peninsulares
sabían escribir─,
la Celestina, personaje de la
Tragicomedia de Calisto y Melibea,
intentaba seducir a unos criados
ladrones diciéndoles: “...no os
despidays, si mi cadena parece, de
sendos pares de calças de grana, que es
el ábito que mejor en los mancebos
paresce”. Hoy diríamos que “es la prenda
que luce mejor en los jóvenes”; no
obstante, más de quinientos años después
de Celestina y de Nebrija, y a pesar de
la imprenta, de las bibliotecas y de las
librerías, muchos vacilan todavía entre
el uso de lucir y parecer.
Sin
embargo, apenas a unos decenios de la
comercialización y popularidad de la
radio y la televisión, las palabras se
propagan y se fijan con asombrosa
celeridad, anticipándose en varios años
a las normas con que la respetable
institución asentada en Madrid intenta
fijar y abrillantar el idioma que
hablamos. Bastaría citar, por ejemplo,
la rapidez con que el habla popular
cubana asimiló vocablos y acepciones
importados en telenovelas brasileñas y
mexicanas: Paladar, merolico,
morocota... Ello constituye un
elogio para ambas tecnologías y, al
mismo tiempo, nos advierte acerca de su
importancia para la cultura lingüística
y para la educación de todos los
aspectos de la personalidad. De ahí la
necesidad de atajar sus deficiencias.
No
poca responsabilidad les corresponde a
las agencias de noticias y, sobre todo,
a sus traductores, por las impropiedades
semánticas y dislates sintácticos que
actualmente son frecuentes en los
periódicos y noticiarios de radio y
televisión, para irradiarse a toda la
programación radial y televisual, y de
allí a las masas. Si hasta hace
relativamente poco tiempo la Real
Academia autorizaba el uso de los
vocablos efectivo y
efectividad para referirse
fundamentalmente a “lo real y verdadero
en oposición a lo aparente o ilusorio”,
al equipararlos con el término
effective los traductores impusieron
a los académicos del español la acepción
inglesa para dichas palabras, en
perjuicio de las más coloridas y
precisas voces eficaz, eficacia,
eficiente, eficiencia, que
han desaparecido casi totalmente de
nuestros medios de difusión. De ese
modo, ahora son tratados como
efectivos un medicamento eficaz, un
modo de actuar con eficacia, un
trabajador eficiente y un sistema de
probada eficiencia... Al ampliar las
entradas del vocablo efectivo, la
Academia otorgó licencia a los de
raquítico lenguaje para reducir las
posibilidades expresivas y los matices
que aportan a la comunicación los otros
vocablos. Sin embargo, recientemente en
un noticiario radial se hablaba de
“comprobar su eficacia y su
efectividad”, a pesar de que, por
responsabilidad de los mismos que
descuidan la consulta del diccionario,
eficacia y efectividad hoy significan lo
mismo.
En
ese caso se halla igualmente, por
ejemplo, la frase preposicional “de
acuerdo con”, prácticamente reemplazada
por la forma anglicista “de acuerdo a”
por influencia de la expresión inglesa
“according to”.
También es consecuencia de la imitación
del inglés la construcción de
sustantivo+preposición+infinitivo del
tipo “reunión a celebrarse”
“temas a tratar”, “medidas a tomar”, tan
abundante en nuestros medios de
difusión, y que algunos estudiosos
hallan más dinámica y económica que la
establecida subordinación adjetiva,
defendida por los seguidores de la
Academia (reunión que se celebrará,
temas que se van a tratar, medidas que
se han de tomar...) y que es la forma
que debe perdurar, dada la variedad de
matices de significación que ofrece.
Compárese la diferencia entre la forma
simplificada “problema a discutir” y las
perífrasis “problema que se debe
discutir, que se debe de discutir, que
se tiene que discutir, que se va a
discutir, que vamos a discutir, que
intentaremos discutir, que se ha de
discutir...”
Por
imitación extranjerizante, algunos
periodistas y conductores de programas
incurren en disparatado solecismo cuando
dicen: “al interior del partido, de esa
sociedad, de aquel país...”, a pesar de
que en Cuba siempre se ha dicho ─como
pregonaba una publicidad cervecera─
“en el interior del partido, de esa
sociedad, de aquel país...”. A tal punto
llega el mimetismo de tales colegas, que
extienden el disparate hasta novísimos
aportes al expresar: “a lo interno de”
o “a la interna de”, como si
la sustitución del sustantivo
interior por el adjetivo
interno/interna autorizara el
agravado disparate. Igualmente lastimoso
es escuchar a algunos “comunicadores”
decir direccionar, situación
confrontacional, abordaje del tema,
incrementar la autoestima y la autovalía...
Y, si mal no recuerdo, el chilenismo
candidatear en Cuba siempre ha sido
postular.
De
los solecismos más frecuentes hoy, es
muy reconocible en radio y televisión la
tendencia a suprimir la preposición
de cuando es obligatoria, en casos
como los siguientes: la provincia
Granma, la provincia Habana, el
municipio Consolación del Sur, el
municipio Habana Vieja... Y si no
resultara tan mortificante la adición de
esa preposición cuando no debe estar (dijo
de que vendrá, pensé
de que no llegarías...)
admitiríamos como normal suprimirla en
casos tan abundantes en todo el mundo
hispanohablante como los que se ilustran
a continuación:
─Tenía
la esperanza que no se opusieran.
─Estaba
seguro que volverías.
─Se
dieron cuenta que faltaba.
─Tuve
la impresión que caía.
─Estamos
convencidos que fallará.
─Nos
alegramos que vengan.
─Nos
informaron que era allí.
─Me
enteré que llegaste.
─Estamos
contentos que lo resolvieras.
─Tengo
la certeza que vas a fracasar, etc.,
etc...
A
menudo, la imitación resulta de repetir
mecánicamente, por esnobismo e
ignorancia, palabras o expresiones
empleadas por otros con sentido figurado
en circunstancias muy específicas. Por
esa razón, el vocablo impronta
─
(estampación de un sello o medalla en
yeso, lacre, papel, etc.) ─
ha venido a reemplazar, en el repertorio
de muchos, a las voces huella, marca,
rastro, impresión, señal... Ya en la
radio y la televisión tampoco se habla
de imaginación, sino de sus
parientes “imaginario e imaginería”
para referirse, invariablemente, a “el
imaginario popular y la imaginería de
escritores y poetas” aunque, en el
sentido que se pretende, imaginario
sigue siendo un adjetivo, e
imaginería es un bordado que imita
la pintura o la fabricación de imágenes
sagradas. Ya no se hacen proposiciones
ni preguntas, sino propuestas e
interrogantes (este último
vocablo, por cierto, es masculino según
los diccionarios); no se analizan temas
y problemas, sino temáticas y
problemáticas; no se promueve o se
estimula, sino se promociona y se
potencia; no se realizan sumas,
sino sumatorias; no se sufren
daños, sino afectaciones y todo
lo que antes era recto, ahora es
vertical: conducta vertical, actitud
vertical, ejecutoria vertical...
Con
excesiva frecuencia se oye a los
encargados de trasmitir mensajes por
radio y televisión, emplear términos
cuyos significados y sistemas rectores
desconocen. Se habla así del
somatotipo de un atleta como si el
vocablo se limitara a señalar individuos
corpulentos, musculosos, fuertes; de
equipos o deportistas con mayor o menor
entidad que otros, como si esa
palabra significara experiencia,
adiestramiento, pericia, veteranía;
de la conectividad a Internet, en
lugar de la conexión, y hasta oímos de
un párvulo de nueve años.
De
repetir sin antes preguntar a los
diccionarios, nació el error de quien
aseguraba que “tener un animal afectivo
es una necesidad perentoria”, del que
alababa “la audaz y constante sonrisa de
Camilo”, y del que celebraba regocijado
su “encuentro casuístico”
con un artista... ¿Es acaso obligatorio
criar una mascota? ¿Cómo se manifestaba
la audacia en la sonrisa de Camilo? ¿No
son casuales los acontecimientos
imprevistos, los hechos impensados...?
De
entre los males que lesionan la calidad
y la claridad de los mensajes en
nuestros medios de difusión habría que
erradicar los eufemismos y circunloquios
encubridores, como el llamar
irregularidades a las
irresponsabilidades y errores, o
designar como pérdidas programadas
las que se originan por derroche o
descontrol. Un ejemplo de circunloquio
de este tipo lo tomamos de una emisora
radial en que se decía textualmente:
“Los cederistas visitarán además a
personas desvinculadas del estudio o el
trabajo a quienes se les propondrán
opciones de inserción social destinadas
a evitar factores de riesgo en la
concurrencia de delitos”. ¡Qué manera de
eludir la mención de los vagos que están
a punto de convertirse en delincuentes,
si no lo son ya! ¿Cuáles serán esas
opciones de inserción social que les
propondrán? ¿Cuáles los factores de
riesgo?
He
ahí una manera de evadir, con pueril
ocultamiento, el nombre exacto de las
cosas, como si tuviésemos vergüenza de
la verdad o temor a encararla. Encubrir
la verdad, aun con el respaldo de
argumentos acerca de lo conveniente
o necesario, es tan reprochable
como mentir deliberadamente con la
intención de dañar, y hasta más nocivo.
Es jugar a confundir al diablo.
Igualmente censurable es la inflada
retórica del Perogrullo (o Perogrulla,
para acogerme a la tendencia feminista
de hablar de los niños y las niñas,
como si la distinción de géneros
conjurara las degeneraciones) que
devenga jugosos estipendios por repetir,
con voz y fanfarria de novela jabonosa,
que Lecuona es un nombre
indispensable de la música cubana, Nicolás
Guillén escribió poesía de raíz popular,
Benny Moré vivirá para siempre en la
memoria de su pueblo, y otras tantas
liviandades sin respaldo de investigador
ni lenguaje innovador ni respeto al
auditorio.
Junto
con esto, la empobrecedora tendencia al
epíteto, señal de abulia intelectual,
síntoma de apatía profesional,
manifestación de facilismo adormecedor,
de un lenguaje que no estimula la
curiosidad, ni convoca a la reflexión,
ni moviliza para la actividad, valores
que han de ser propósitos del mensaje
público. Bautizar exclusivamente al agua
como preciado líquido y a la
sangre como líquido vital
impidiendo que ambas expresiones se
intercambien para designar al otro
concepto, más que manifestación de
quietismo verbal revela una inquietante
inmovilidad de pensamiento. Así sucede,
además, con los ya consagrados epítetos:
─aromático
grano
─aromática
hoja
─dulce
gramínea
─provincia
sureña
─recinto
ferial
─apretada
agenda
─ofrenda
floral
─póstumo
homenaje
─unión
indisoluble
─obstáculo
infranqueable
─larga
y penosa enfermedad, etc...
Ese
procedimiento ha favorecido el
matrimonio de parejas que se hallan
continuamente enlazadas en el discurso
de periodistas y locutores a quienes
parece lastimar la soledad de ciertos
sustantivos. Impelidos por el vacío
estilístico que creen sentir frente a la
palabra solitaria, obligan a esos
vocablos a la fidelidad conyugal con
descoloridos adjetivos, transfiriéndole
al mensaje una inexpresiva frialdad de
la cual desconfía el oyente, porque al
ser tan trillada la fórmula, el mensaje
pierde eficacia, atractivo,
verosimilitud. Ello ocurre cuando se
habla de:
─intenso
programa
─profundo
agradecimiento
─importante
aporte
─variado
espectáculo
─destacado
intérprete
─exhaustivo
análisis
─amplio
debate
─merecidas
vacaciones
─metas
trazadas
─divertidos
festejos
─dignos
cotinuadores, y otros etcéteras...
Por
ese camino se llega fácilmente al
adjetivo puramente ornamental,
redundante y superfluo a la manera de:
─preparación
previa
─medidas
tomadas
─objetivos
propuestos
─logros
alcanzados
─plan
previsto
─alegres
carnavales
─lluvias
caídas
─merecido
homenaje
─acuerdos
tomados
─ejemplo
a imitar
─tareas
a realizar
─metas
a alcanzar
─jóvenes
del futuro
─atención
cultural a los cultivos, y más
etcéteras...
Misión titánica resulta explicarles a
redactores y locutores que fémina,
infante y galeno no son
elegantes neologismos, sino arcaísmos
que no utiliza el pueblo para hablar de
mujeres, de niños y de médicos; que no
es lo mismo participar a la reunión
que participar en ella; que
quien ama a la música o al
deporte es amante de la música o
del deporte; que los adjetivos
previo y paralelo tienen que
concordar en género y número con los
sustantivos si no se desea usar los
adverbios previamente o
paralelamente cuando se dice, por
ejemplo, que “previas (o
paralelas) a la Cumbre se realizaron las
reuniones de Cancilleres”; que solo
se consiente el uso como adjetivos de
los gerundios ardiendo e
hirviendo y todos los demás deben
referirse al mismo sujeto que el verbo
principal de la oración; que la obviedad
ridiculiza al mensaje cuando se dice que
en la fiesta infantil habrá payasos,
golosinas y juegos; que en Cuba
jamás nadie ha dicho labriegos
para hablar de campesinos o guajiros,
que entre nosotros labrador es
una raza de perros... Y una larga
retahíla de otros tristísimos ejemplos.
Deficiente formación lingüística,
ausencia de cultura libresca, carencia
de una actitud vigilante frente a los
fenómenos del idioma, desinterés por la
corrección en las formas de transmisión
del mensaje —al suponer que lo
importante es emitir el contenido sin
que importe el modo de comunicarlo—, son
algunas razones que explican por qué en
un programa radial donde el mismo
conductor que parece enorgullecerse de
su pronunciación inglesa para decir
títulos de canciones y nombres de
intérpretes extranjeros, dijo (al
enviar, como es frecuente en nuestra
radio, un telefonema privado mediante
los micrófonos): “Me
prometistes traerme un disco
donde habían canciones de
este grupo y me dejastes
en esa”. ¿Puede confiarse en el
inglés del que habla mal en su lengua
materna, el español?
Las
mismas insuficiencias culturales
explican por qué un locutor (o
presentador o conductor) balbucea frente
a palabras como jerosolimitano,
colombófilo, esternocleidomastoideo,
desoxirribonucleico,
otorrinolaringología, entomopatógeno
o ultramicroanalítico...; por qué
vacila entre élite y elite, vídeo y
video, maniaco y maníaco...,
cubanismos unos y de doble pronunciación
otros; por qué no realiza nítidamente
los fonemas en palabras de singularidad
fonética como
absorber/adsorber/absolver,
absceso/acceso/asceta, tórax/Toirac/tarot/talud,
apnea/acné, o ahuecar, ahilar,
trascendental, monstruo, menstrual,
reloj...; por qué se refiere a Beijing o
Peiching como el lugar “donde
antiguamente se hallaba la ciudad de
Pekín”, a pesar de que se ha
advertido que Pekín sigue siendo el
nombre en español de esa capital
asiática y es así como la llaman los
propios chinos al hablar en castellano;
por qué insiste en pronosticar oleaje
con precaución cuando ser precavido
es una conducta propia de seres
pensantes, quienes deben tener
precaución ante el oleaje; por qué
incurre en cacofonías como “detener
el deterioro detectado”, o como “la
disposición de jubilados con
calificación en la construcción para
sumarse a la ejecución de las obras de
remodelación”; por qué su arsenal
léxico no le impide decir que “el
especialista hizo una conferencia
especial con alumnos de la especialidad”;
por qué lee que “Alejo Carpentier era
un auténtico criollo conservador” en
lugar de leer “conversador”, que
alguien fue “llamado con el aperitivo
de filibustero” en lugar de
“apelativo”, que “Industriales
apuñaló a Santiago” en lugar de
“apabulló”, que el atleta usó “un
remo de dos pilitas” en lugar de
“dos paletas”, que el coro fue
dirigido por “el maestro Electro
Silva” quien por fortuna sigue
siendo Electo...; por qué son
frecuentes sus errores en la
construcción de subordinadas adjetivas
en las cuales el antecedente no está
claramente determinado o el pronombre
relativo —sobre todo en el caso de
cuyo— no es el indicado, cuando
dice, por ejemplo, “el padre de Fabio
di Celmo, quien perdió la vida en un
atentado terrorista”, sintagma en
que no está claro si la víctima es el
hijo o el padre; o cuando se refiere a
“brigadas de linieros de las provincias
que no pasó el ciclón”, en lugar de
referirse a las provincias por donde
no pasó el ciclón; o cuando trata de
“personas que sus viviendas corrían
peligro” a pesar de que es más
exacto hablar de personas cuyas
viviendas corrían peligro...
Si el
hombre hubiese inventado la imprenta
antes de intentar erigir la torre de
Babel —mítico origen de idiomas y
dialectos—, probablemente hoy todos
hablaríamos una lengua global y nos
entendiéramos en un lenguaje común que
hubiera impedido el estrépito de otras
torres. En oposición al libro, que es un
testimonio durable pero inmóvil, la
radio y la televisión, aunque con
productos de más corta vida, reflejan
sin embargo las lenguas vivas, mutables
y en permanente evolución e
intercambios. Tienen ambas la obligación
de preservar y enriquecer el idioma que
nos liga a otros pueblos, para que siga
siendo puente de fraternidad y
entendimiento. ¿Acaso no es hablando
como la gente se entiende?
*Fragmento de la ponencia premiada en el
Primer Taller Científico Nacional de
Locución, celebrado en Ciego de Ávila
del 6 al 8 de marzo de 2007. |