Año V
La Habana
7 al 13 de ABRIL
de 2007

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TE PONGA EL PLATO?

Palabras perdidas, desganadas palabras*

Alberto Ajón • Ciego de Ávila


En 1492,
cuando el habla castellana desembarcaba en el Nuevo Mundo entre denuestos de marinos, soldados, buscavidas, galeotes y andaluces de origen nebuloso y turbulenta catadura; el mismo año en que don Antonio de Nebrija publicaba la primera gramática de aquella lengua de Castilla que contados peninsulares sabían escribir, la Celestina, personaje de la Tragicomedia de Calisto y Melibea, intentaba seducir a unos criados ladrones diciéndoles: “...no os despidays, si mi cadena parece, de sendos pares de calças de grana, que es el ábito que mejor en los mancebos paresce”. Hoy diríamos que “es la prenda que luce mejor en los jóvenes”; no obstante, más de quinientos años después de Celestina y de Nebrija, y a pesar de la imprenta, de las bibliotecas y de las librerías, muchos vacilan todavía entre el uso de lucir y parecer.

Sin embargo, apenas a unos decenios de la comercialización y popularidad de la radio y la televisión, las palabras se propagan y se fijan con asombrosa celeridad, anticipándose en varios años a las normas con que la respetable institución asentada en Madrid intenta fijar y abrillantar el idioma que hablamos. Bastaría citar, por ejemplo, la rapidez con que el habla popular cubana asimiló vocablos y acepciones importados en telenovelas brasileñas y mexicanas: Paladar, merolico, morocota... Ello constituye un elogio para ambas tecnologías y, al mismo tiempo, nos advierte acerca de su importancia para la cultura lingüística y para la educación de todos los aspectos de la personalidad. De ahí la necesidad de atajar sus deficiencias.

No poca responsabilidad les corresponde a las agencias de noticias y, sobre todo, a sus traductores, por las impropiedades semánticas y dislates sintácticos que actualmente son frecuentes en los periódicos y noticiarios de radio y televisión, para irradiarse a toda la programación radial y televisual, y de allí a las masas. Si hasta hace relativamente poco tiempo la Real Academia autorizaba el uso de los vocablos efectivo y efectividad para referirse fundamentalmente a “lo real y verdadero en oposición a lo aparente o ilusorio”, al equipararlos con el término effective los traductores impusieron a los académicos del español la acepción inglesa para dichas palabras, en perjuicio de las más coloridas y precisas voces eficaz, eficacia, eficiente, eficiencia, que han desaparecido casi totalmente de nuestros medios de difusión. De ese modo, ahora son tratados como efectivos un medicamento eficaz, un modo de actuar con eficacia, un trabajador eficiente y un sistema de probada eficiencia... Al ampliar las entradas del vocablo efectivo, la Academia otorgó licencia a los de raquítico lenguaje para reducir las posibilidades expresivas y los matices que aportan a la comunicación los otros vocablos. Sin embargo, recientemente en un noticiario radial se hablaba de “comprobar su eficacia y su efectividad”, a pesar de que, por responsabilidad de los mismos que descuidan la consulta del diccionario, eficacia y efectividad hoy significan lo mismo.

En ese caso se halla igualmente, por ejemplo, la frase preposicional “de acuerdo con”, prácticamente reemplazada por la forma anglicista “de acuerdo a” por influencia de la expresión inglesa “according to”.

También es consecuencia de la imitación del inglés la construcción de sustantivo+preposición+infinitivo del tipo “reunión a celebrarse” “temas a tratar”, “medidas a tomar”, tan abundante en nuestros medios de difusión, y que algunos estudiosos hallan más dinámica y económica que la establecida subordinación adjetiva, defendida por los seguidores de la Academia (reunión que se celebrará, temas que se van a tratar, medidas que se han de tomar...) y que es la forma que debe perdurar, dada la variedad de matices de significación que ofrece. Compárese la diferencia entre la forma simplificada “problema a discutir” y las perífrasis “problema que se debe discutir, que se debe de discutir, que se tiene que discutir, que se va a discutir, que vamos a discutir, que intentaremos discutir, que se ha de discutir...”

Por imitación extranjerizante, algunos periodistas y conductores de programas incurren en disparatado solecismo cuando dicen: “al interior del partido, de esa sociedad, de aquel país...”, a pesar de que en Cuba siempre se ha dicho como pregonaba una publicidad cervecera “en el interior del partido, de esa sociedad, de aquel país...”. A tal punto llega el mimetismo de tales colegas, que extienden el disparate hasta novísimos aportes al expresar: “a lo interno de” o “a la interna de”, como si la sustitución del sustantivo interior por el adjetivo interno/interna autorizara el agravado disparate. Igualmente lastimoso es escuchar a algunos “comunicadores” decir direccionar, situación confrontacional, abordaje del tema, incrementar la autoestima y la autovalía... Y, si mal no recuerdo, el chilenismo candidatear en Cuba siempre ha sido postular.

De los solecismos más frecuentes hoy, es muy reconocible en radio y televisión la tendencia a suprimir la preposición de cuando es obligatoria, en casos como los siguientes: la provincia Granma, la provincia Habana, el municipio Consolación del Sur, el municipio Habana Vieja... Y si no resultara tan mortificante la adición de esa preposición cuando no debe estar (dijo de que vendrá, pensé de que no llegarías...) admitiríamos como normal suprimirla en casos tan abundantes en todo el mundo hispanohablante como los que se ilustran a continuación:

Tenía la esperanza que no se opusieran.

Estaba seguro que volverías.

Se dieron cuenta que faltaba.

Tuve la impresión que caía.

Estamos convencidos que fallará.

Nos alegramos que vengan.

Nos informaron que era allí.

Me enteré que llegaste.

Estamos contentos que lo resolvieras.

Tengo la certeza que vas a fracasar, etc., etc...

A menudo, la imitación resulta de repetir mecánicamente, por esnobismo e ignorancia, palabras o expresiones empleadas por otros con sentido figurado en circunstancias muy específicas. Por esa razón, el vocablo impronta (estampación de un sello o medalla en yeso, lacre, papel, etc.) ha venido a reemplazar, en el repertorio de muchos, a las voces huella, marca, rastro, impresión, señal... Ya en la radio y la televisión tampoco se habla de imaginación, sino de sus parientes “imaginario e imaginería” para referirse, invariablemente, a “el imaginario popular y la imaginería de escritores y poetas” aunque, en el sentido que se pretende, imaginario sigue siendo un adjetivo, e imaginería es un bordado que imita la pintura o la fabricación de imágenes sagradas. Ya no se hacen proposiciones ni preguntas, sino propuestas e interrogantes (este último vocablo, por cierto, es masculino según los diccionarios); no se analizan temas y problemas, sino temáticas y problemáticas; no se promueve o se estimula, sino se promociona y se potencia; no se realizan sumas, sino sumatorias; no se sufren daños, sino afectaciones y todo lo que antes era recto, ahora es vertical: conducta vertical, actitud vertical, ejecutoria vertical...

Con excesiva frecuencia se oye a los encargados de trasmitir mensajes por radio y televisión, emplear términos cuyos significados y sistemas rectores desconocen. Se habla así del somatotipo de un atleta como si el vocablo se limitara a señalar individuos corpulentos, musculosos, fuertes; de equipos o deportistas con mayor o menor entidad que otros, como si esa palabra significara experiencia, adiestramiento, pericia, veteranía; de la conectividad a Internet, en lugar de la conexión, y hasta oímos de un párvulo de nueve años.

De repetir sin antes preguntar a los diccionarios, nació el error de quien aseguraba que “tener un animal afectivo es una necesidad perentoria”, del que alababa “la audaz y constante sonrisa de Camilo”, y del que celebraba regocijado su “encuentro casuístico con un artista... ¿Es acaso obligatorio criar una mascota? ¿Cómo se manifestaba la audacia en la sonrisa de Camilo? ¿No son casuales los acontecimientos imprevistos, los hechos impensados...?

De entre los males que lesionan la calidad y la claridad de los mensajes en nuestros medios de difusión habría que erradicar los eufemismos y circunloquios encubridores, como el llamar irregularidades a las irresponsabilidades y errores, o designar como pérdidas programadas las que se originan por derroche o descontrol. Un ejemplo de circunloquio de este tipo lo tomamos de una emisora radial en que se decía textualmente: “Los cederistas visitarán además a personas desvinculadas del estudio o el trabajo a quienes se les propondrán opciones de inserción social destinadas a evitar factores de riesgo en la concurrencia de delitos”. ¡Qué manera de eludir la mención de los vagos que están a punto de convertirse en delincuentes, si no lo son ya! ¿Cuáles serán esas opciones de inserción social que les propondrán? ¿Cuáles los factores de riesgo?

He ahí una manera de evadir, con pueril ocultamiento, el nombre exacto de las cosas, como si tuviésemos vergüenza de la verdad o temor a encararla. Encubrir la verdad, aun con el respaldo de argumentos acerca de lo conveniente o necesario, es tan reprochable como mentir deliberadamente con la intención de dañar, y hasta más nocivo. Es jugar a confundir al diablo.

Igualmente censurable es la inflada retórica del Perogrullo (o Perogrulla, para acogerme a la tendencia feminista de hablar de los niños y las niñas, como si la distinción de géneros conjurara las degeneraciones) que devenga jugosos estipendios por repetir, con voz y fanfarria de novela jabonosa, que Lecuona es un nombre indispensable de la música cubana,  Nicolás Guillén escribió poesía de raíz  popular,  Benny Moré vivirá para siempre en la memoria de su pueblo, y otras tantas liviandades sin respaldo de investigador ni lenguaje innovador ni respeto al auditorio.

Junto con esto, la empobrecedora tendencia al epíteto, señal de abulia intelectual, síntoma de apatía profesional, manifestación de facilismo adormecedor, de un lenguaje que no estimula la curiosidad, ni convoca a la reflexión, ni moviliza para la actividad, valores que han de ser propósitos del mensaje público. Bautizar exclusivamente al agua como preciado líquido y a la sangre como líquido vital impidiendo que ambas expresiones se intercambien para designar al otro concepto, más que manifestación de quietismo verbal revela una inquietante inmovilidad de pensamiento. Así sucede, además, con los ya consagrados epítetos:

aromático grano

aromática hoja

dulce gramínea

provincia sureña

recinto ferial

apretada agenda

ofrenda floral

póstumo homenaje

unión indisoluble

obstáculo infranqueable

larga y penosa enfermedad, etc...

Ese procedimiento ha favorecido el matrimonio de parejas que se hallan continuamente enlazadas en el discurso de periodistas y locutores a quienes parece lastimar la soledad de ciertos sustantivos. Impelidos por el vacío estilístico que creen sentir frente a la palabra solitaria, obligan a esos vocablos a la fidelidad conyugal con descoloridos adjetivos, transfiriéndole al mensaje una inexpresiva frialdad de la cual desconfía el oyente, porque al ser tan trillada la fórmula, el mensaje pierde eficacia, atractivo, verosimilitud. Ello ocurre cuando se habla de:

intenso programa

profundo agradecimiento

importante aporte

variado espectáculo

destacado intérprete

exhaustivo análisis

amplio debate

merecidas vacaciones

metas trazadas

divertidos festejos

dignos cotinuadores, y otros etcéteras...

Por ese camino se llega fácilmente al adjetivo puramente ornamental, redundante y superfluo a la manera de:

preparación previa

medidas tomadas

objetivos propuestos

logros alcanzados

plan previsto

alegres carnavales

lluvias caídas

merecido homenaje

acuerdos tomados

ejemplo a imitar

tareas a realizar

metas a alcanzar

jóvenes del futuro

atención cultural a los cultivos, y más etcéteras...

Misión titánica resulta explicarles a redactores y locutores que fémina, infante y galeno no son elegantes neologismos, sino arcaísmos que no utiliza el pueblo para hablar de mujeres, de niños y de médicos; que no es lo mismo participar a la reunión que participar en ella;  que quien ama a la música o al deporte es amante de la música o del deporte; que los adjetivos previo y paralelo tienen que concordar en género y número con los sustantivos si no se desea usar los adverbios previamente o paralelamente cuando se dice, por ejemplo, que “previas (o paralelas) a la Cumbre se realizaron las reuniones de Cancilleres”; que solo se consiente el uso como adjetivos de los gerundios ardiendo e hirviendo y todos los demás deben referirse al mismo sujeto que el verbo principal de la oración; que la obviedad ridiculiza al mensaje cuando se dice que en la fiesta infantil habrá payasos, golosinas y juegos; que en Cuba jamás nadie ha dicho labriegos para hablar de campesinos o guajiros, que entre nosotros labrador es una raza de perros... Y una larga retahíla de otros tristísimos ejemplos.

Deficiente formación lingüística, ausencia de cultura libresca, carencia de una actitud vigilante frente a los fenómenos del idioma, desinterés por la corrección en las formas de transmisión del mensaje —al suponer que lo importante es emitir el contenido sin que importe el modo de comunicarlo—, son algunas razones que explican por qué en un programa radial donde el mismo conductor que parece enorgullecerse de su pronunciación inglesa para decir títulos de canciones y nombres de intérpretes extranjeros, dijo (al enviar, como es frecuente en nuestra radio, un telefonema privado mediante los micrófonos): “Me prometistes traerme un disco donde habían canciones de este grupo y me dejastes en esa”. ¿Puede confiarse en el inglés del que habla mal en su lengua materna, el español?

Las mismas insuficiencias culturales explican por qué un locutor (o presentador o conductor) balbucea frente a palabras como jerosolimitano, colombófilo, esternocleidomastoideo, desoxirribonucleico, otorrinolaringología, entomopatógeno o ultramicroanalítico...; por qué vacila entre élite y elite, vídeo y video, maniaco y maníaco..., cubanismos unos y de doble pronunciación otros; por qué no realiza nítidamente los fonemas en palabras de singularidad fonética como absorber/adsorber/absolver, absceso/acceso/asceta, tórax/Toirac/tarot/talud, apnea/acné, o ahuecar, ahilar, trascendental, monstruo, menstrual, reloj...; por qué se refiere a Beijing o Peiching como el lugar “donde antiguamente se hallaba la ciudad de Pekín”, a pesar de que se ha advertido que Pekín sigue siendo el nombre en español de esa capital asiática y es así como la llaman los propios chinos al hablar en castellano; por qué insiste en pronosticar oleaje con precaución cuando ser precavido es una conducta propia de seres pensantes, quienes deben tener precaución ante el oleaje; por qué incurre en cacofonías como “detener el deterioro detectado”, o como “la disposición de jubilados con calificación en la construcción para sumarse a la ejecución de las obras de remodelación”; por qué su arsenal léxico no le impide decir que “el especialista hizo una conferencia especial con alumnos de la especialidad”; por qué lee que “Alejo Carpentier era un auténtico criollo conservador” en lugar de leer “conversador”, que alguien fue “llamado con el aperitivo de filibustero” en lugar de “apelativo”, que “Industriales apuñaló a Santiago” en lugar de “apabulló”, que el atleta usó “un remo de dos pilitas” en lugar de “dos paletas”, que el coro fue dirigido por “el maestro Electro Silva” quien por fortuna sigue siendo Electo...; por qué son frecuentes sus errores en la construcción de subordinadas adjetivas en las cuales el antecedente no está claramente determinado o el pronombre relativo —sobre todo en el caso de cuyo— no es el indicado, cuando dice, por ejemplo, “el padre de Fabio di Celmo, quien perdió la vida en un atentado terrorista”, sintagma en que no está claro si la víctima es el hijo o el padre; o cuando se refiere a “brigadas de linieros de las provincias que no pasó el ciclón”, en lugar de referirse a las provincias por donde no pasó el ciclón; o cuando trata de “personas que sus viviendas corrían peligro” a pesar de que es más exacto hablar de personas cuyas viviendas corrían peligro...

Si el hombre hubiese inventado la imprenta antes de intentar erigir la torre de Babel —mítico origen de idiomas y dialectos—, probablemente hoy todos hablaríamos una lengua global y nos entendiéramos en un lenguaje común que hubiera impedido el estrépito de otras torres. En oposición al libro, que es un testimonio durable pero inmóvil, la radio y la televisión, aunque con productos de más corta vida, reflejan sin embargo las lenguas vivas, mutables y en permanente evolución e intercambios. Tienen ambas la obligación de preservar y enriquecer el idioma que nos liga a otros pueblos, para que siga siendo puente de fraternidad y entendimiento. ¿Acaso no es hablando como la gente se entiende?

*Fragmento de la ponencia premiada en el Primer Taller Científico Nacional de Locución, celebrado en Ciego de Ávila del 6 al 8 de marzo de 2007.

 
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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