|
La experiencia de Marx en el Soho,
de Howard Zinn y dirigida y
representada por Michaelis Cué en el
rol de “Marx” nos mostró una capacidad
actoral integrada a un marco de lo
ideológico y el nivel pragmático del
lenguaje, puesto que el mundo de las
ideas se arriesga a que tome lugar en el
escenario, a que se vaya (des)construyendo
en el espacio teatral. Sobre todo cuando
se trata de un autor cuyo oficio de
escritura es el ensayo político. Ahora
bien, el actor le otorga a esta pieza
esos niveles de interpretación que se
necesitan para que se desarrolle el
espacio escénico y, por consiguiente, la
representación actoral. Entonces es
cuando aquel conocido esquema de
Meyerhold en el que el autor se diagrama
en una línea que va desde el texto hasta
el público se evidencia como importante
que hay que considerar.
En ese desplazamiento toda buena
actuación tiene la responsabilidad de
comunicar y dramatizar esa relación del
texto. Es lo que hace del teatro una
dinámica de corporeidad que le provee
sentido al espectáculo.
Esto lo sabemos, lo reitero porque no
siempre se alcanza resolver un texto que
pertenece a las ciencias sociales y a la
historia del pensamiento. Si se quiere
al mundo de las ideas como vengo
diciendo. Tratar de hacer, por su parte,
que una propuesta se desplace desde la
prosa hermenéutica a la naturaleza del
drama es un mérito más del actor que del
autor propiamente. Sin este antecedente
no podríamos establecer una
interpretación en nuestra condición de
espectador. Las ideas toman corporeidad
mediante una racionalización del oficio
actoral. Todo se dispone en la escena
siempre que se establezca un diálogo con
el público en el que se le ofrece ver a
un personaje, como lo es Marx, desde un
pensamiento heterodoxo. Es un riesgo
cuando sabemos del contexto político
venezolano. También lo es para el actor,
más que para el autor.
Desde esa perspectiva tenemos una
construcción escénica de riesgo y
complejidad actoral. Es evidente que
estamos ante la presencia de un actor de
emociones, por el hecho de lograr darle
coherencia y progresión dramática a la
pieza. Pero hay que subrayar el hecho de
que a este actor no lo favorecen
aquellas condiciones de un texto que
tiene problema en su estructura
dramática. Mucho más cuando las ideas se
nos exhiben de manera abierta y de
sincero riesgo en el nivel político.
Estamos aquí ante un teatro político que
tomó formalidad en el discurso
estrictamente teatral. Allí la
consistencia de este espectáculo.
(Caracas. Festival de
Teatro de Occidente, 26 de nov. 2006) |