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Hace
años un amigo me decía que debía ser
terrible estar bien muerto y seguir
saliendo en periódicos, televisión y
todos los medios de prensa, apareciendo
a veces como un enviado del Señor de
Galilea y otras como el mismo Lucifer.
Coincido con ese criterio que se aviene
especialmente a la figura de Carlos Marx,
el hombre más importante del primer
milenio según una encuesta realizada a
principios de este siglo en Gran
Bretaña.
Sobre
él se han escrito millones de cuartillas
para descalificar su obra o su vida, y
miles con el fin de destacar sus
virtudes. Hoy no existe una persona
medianamente culta que no haya hojeado
algún libro de este judío nacido en
Tréveris el 5 de mayo de 1818. Incluso,
en universidades y otras instituciones
de estudios superiores se enseña como
parte de la formación de economistas,
filósofos o sociólogos que se entrenan
para defender al capitalismo.
Es
que los textos de Marx, por sólidos y
lógicos, han devenido imprescindibles en
la formación humanística integral de los
nuevos profesionales. Claro que, en los
centros de poder del capital cada línea
del Moro apodo puesto por sus hijas es
atacada por las más diversas teorías, y
es lógico, sigue siendo un subversivo.
Casi estoy segura que Howard Zinn
escribió su Marx en el Soho
precisamente por la turbulencia que
sigue generando ese alemán dador de
batallas singulares en el pensamiento y
la acción.
Lo importante de la pieza de Zinn,
además de sus cualidades como drama, es
que logra bajar al Prometeo de Tréveris
del busto de bronce o subirlo de las
hogueras del Infierno. Nuestro Marx se
presenta como lo que fue y es un hombre
insaciable por conocer las causas y las
cosas, pero a la vez un ser humano con
sublimes obsesiones y abrumado por la
cotidianidad de eso que se llama vida.
El Marx, de Zinn es el gran filósofo y
político, pero también el padre, el
amante, el amigo, el hombre enfermo y el
tribuno que no se detiene ante la
indiferencia de los otros y habla
argumenta, repite, buscando aliados a su
causa, que es la de los desposeídos del
planeta. La mesura de Jenny, la amante
esposa, el candor de Eleanor, la hija
menor, el contrapunteo con Bakunin y las
referencias al gran desinterés de la
amistad tributada por Engels, salpican
el monólogo para con humor e ironía
hacernos llegar mucho mejor la imagen
del autor de El capital.
Es tan buena la pieza en su propuesta
que una se olvida de que Michaelis Cué
no se parece en nada al pensador
germano. Por supuesto, que mucho tiene
que ver en esto el desempeño del actor,
quien a raíz de la puesta teatral que
además dirigió, le confesó a un
periodista por qué sintió interés en la
obra de Zinn:
Marx
plantea de manera directa que “Todos los
hombres debemos ser iguales en la
tierra” y a mí me parecía interesante
sacar la figura sobre todo para decir:
“miren señores el fin de las ideologías
no ha llegado”.
Pienso que aunque una obra de teatro no
puede destruir un sistema, como tampoco
lo haría un filme o un libro, si puede
contribuir a humanizar la figura de
alguien que han convertido en Dios o en
Diablo.
La cantidad de representaciones de
Marx en el Soho y ahora su
transmisión televisiva, ayuda a ver al
filósofo más importante de la Era
moderna, en una dimensión que nos
embulla a volver sobre él. Todavía el
melenudo aguafiestas tiene mucho que
enseñar a este mundo cada día más patas
arriba, su legado, su obra, su vida,
están ahí esperando porque cada uno de
nosotros convierta en certeza las más
bellas hipótesis sobre el homo
sapiens, como cuando en 1944
escribió: “Supongamos que el hombre sea
hombre y que su relación con el mundo es
humana: entonces solo puedes cambiar
amor por amor, confianza por confianza,
etcétera. Si quieres disfrutar del arte,
debes ser una persona artísticamente
cultivada; si quieres ejercer influencia
sobre los demás, debes ser una persona
que produzca efectos estimulantes e
incitantes en la gente. Cada una de sus
relaciones con el hombre y con la
naturaleza debe ser una expresión
específica, que corresponda al objeto de
tu voluntad, de tu verdadera vida
individual. Si amas sin que tu amor sea
correspondido, es decir, si tu amor en
cuanto a tal no produce el amor
recíproco; si a través de una expresión
viva de ti misma en cuanto a amante, no
te haces una persona amada, entonces tu
amor es impotente: es una desdicha”. |