Año V
La Habana

7 al 13 de ABRIL
de 2007

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Marx en el Vedado

Omar Valiño • La Habana
Fotos: Nancy Reyes

 
Entra como un desahuciado, por una plataforma baja, al fondo, calentándose en los tanques quemantes de la calle. Deben ser tanto las esquinas del Soho en el cual Karl Marx pasaba frío, como las de New York donde aún los homeless usan la misma fórmula contra las bajas temperaturas. Suenan los acordes del jazz. Toma un libro. Lee título y autor. Descubre al público arrellanado en las butacas y al instante pronuncia unas palabras: ¡Gracias a Dios, un auditorio!
 

Sí, es Karl Marx en persona. No sabemos exactamente de dónde viene. Parece que de una suerte de cielo o infierno en el cual convive con personajes de todas las épocas. Mencionará en distintos momentos a Sócrates, Gandhi, Mark Twain, Buda y Cristo.

Y hará referencia a un orden establecido allí por ellos, no las personalidades mencionadas u otras, sino los dueños de un poder que lo previene y vigila contra cualquier protesta o intento de agitación. Una suerte de anfibología contra el poder real establecido en el mundo. Pero esta vez ellos lo han dejado volver para limpiar su nombre.

Confiesa así el personaje teatral la intención de su autor, Howard Zinn. El historiador estadounidense se propuso devolver a Marx la posibilidad de reivindicarse explicándose a sí mismo, después de tanta porquería echada sobre él desde siempre e incrementada hasta el vómito con la caída del socialismo real y la Unión Soviética.

Aunque Zinn no es un dramaturgo profesional, eligió el teatro precisamente para otorgar voz propia a Marx. Nada mejor entonces que el monólogo, en cuya progresión predomina esta vez la mezcla que involucra junto al recuerdo privado la sustentación de sus conocidas ideas en torno a la filosofía, el capital, el papel del proletariado.

De una aventura de tal naturaleza, sale muy airoso Michaelis Cué, actor de sólida trayectoria en nuestra escena. La emprendió por encargo, quedó solo frente a ella, asumió la versión del original (que firma junto a la teatróloga Bárbara Rivero) y terminó dirigiéndose a sí mismo. Y de lo que se trataba, en términos actorales muy concretos, era de vivificar a Karl Marx en una pequeña sala de teatro habanera, después que Howard Zinn se empeñara en moverlo del Soho londinense de la medianía del siglo XIX al Soho newyorkino de la despedida del XX.

Menuda tarea. No podía esquivar problemas fundamentales planteados por el texto. Cómo insuflar dinamismo a una obra eminentemente discursiva, carente de un tejido de acciones. Preguntarse quién habla en realidad por este personaje, quién lo encarna a nivel privado para el actor. Cómo explicar las ideas de Marx huyendo del panfleto contraproducente por negador de las intenciones esenciales del autor.

Y Michaelis, asistido por Luis Lacosta y Oscar Fagette en la escenografía, Bobby Carcassés, su hijo Robertico y Lucía Huergo en la música, Miriam Dueñas en el vestuario y Saskia Cruz en las luces, logra una puesta sobria y sencilla, en la cual destaca su propia actuación. Escapa en ella del intento de una mimesis extemporánea e innecesaria, sin dejar de transmitir dolores físicos y angustias existenciales y políticas del personaje. Registra bien esa oscilación del personaje entre lo íntimo y lo público. No intenta caracterizar o “reproducir” a un Marx que, en definitiva, ya nadie puede recordar en ese plano físico o cotidiano. Le confiere a éste una especial simpatía acudiendo a todos los resquicios irónicos y humorísticos del texto.

En función de vulnerar cualquier involuntario didactismo y conferir riqueza dramática al juego teatral, la versión cercena pasajes y matices que se explicitan mejor en la pieza, no afectando, sin embargo, la esencia de la biografía vital y la radiografía ideológica presentada por ésta.

Así, Marx nos cuenta sobre su obligada peregrinación de Alemania a Inglaterra, su método de trabajo, las frecuentes discusiones con sus adversarios ideológicos, la permanente zozobra económica en que vivían, el sacrificio tremendo de Jenny, su esposa, la muerte en esas circunstancias de tres de sus hijos y las pinceladas sobre sus tres hijas sobrevivientes, la ayuda de Engels…

Resalta en el original y en las acentuaciones sobre éste de Cué, la claridad meridiana de las ideas de Marx sobre las bases, leyes y procedimientos del capitalismo. En este sentido, Zinn subraya la increíble visión de futuro de su pensamiento, los paralelismos entre las condiciones de su época y el tiempo actual de su regreso, aunque Marx se autoinculpa por no haber previsto el ingenio del sistema capitalista para sobrevivir. “No pensé que habría remedios para sociedades tan enfermas”, dice. Reconoce la enorme riqueza creada por aquél, las virtudes de su desarrollo tecnológico, pero sigue en sus trece en la denuncia de la injusticia distributiva de esa riqueza y en cuanto a la invasión de todo por el “fetichismo de la mercancía”.

También, dado el salto histórico que la invención de esta vuelta de Marx a la Tierra le permite a Zinn, ambos realizan una implacable crítica al estalinismo y a toda traición a la verdadera idea del socialismo realizada, para colmo, en su nombre. De hecho, a cualquier feroz dogmatismo erigido en juez bajo el manto del “pensamiento marxista”.

Igualmente, son muy interesantes las disputas entre Jenny y Marx en torno al lenguaje para llegar a las masas. Si bien las de hoy no las mismas de ayer, siempre un asunto crucial para el accionar revolucionario.
Otros tantos temas de candente actualidad nacional y universal pasan por el diálogo entre escenario y platea; no tendría sentido ficharlos aquí. Baste reafirmar que si álgidos para la comunicación teatral, nunca imposibles de compartir con un público ávido por compartir ideas. Como bien apuntara mi colega Amado del Pino, Marx en el Soho es, ante todo, un montaje demostrativo de la diversidad de la escena cubana. Una escena que puede, y debería hacerlo más, atreverse con disímiles orígenes textuales, con figuraciones de distintos universos, antes reales o no. Un teatro que puede vindicarse con mayor frecuencia como espacio de intercambio de pensamiento.

Marx en el Soho es un notable ejemplo. Howard Zinn y Michaelis Cué han traído a Carlitos, como me enseñó a llamarlo mi mejor profesor de filosofía, hasta El Vedado, devolviéndonos al ser humano con sus siempre penetrantes y lozanas ideas.
 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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