Entra como un desahuciado, por una plataforma baja, al
fondo, calentándose en los tanques quemantes de la
calle. Deben ser tanto las esquinas del Soho en el cual
Karl Marx pasaba frío, como las de New York donde aún
los homeless usan la misma fórmula contra las bajas
temperaturas. Suenan los acordes del jazz. Toma un
libro. Lee título y autor. Descubre al público
arrellanado en las butacas y al instante pronuncia unas
palabras: ¡Gracias a Dios, un auditorio!
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Sí, es Karl Marx en persona. No sabemos exactamente de
dónde viene. Parece que de una suerte de cielo o
infierno en el cual convive con personajes de todas las
épocas. Mencionará en distintos momentos a Sócrates,
Gandhi, Mark Twain, Buda y Cristo.
Y hará referencia a un orden establecido allí por ellos,
no las personalidades mencionadas u otras, sino los
dueños de un poder que lo previene y vigila contra
cualquier protesta o intento de agitación. Una suerte de
anfibología contra el poder real establecido en el
mundo. Pero esta vez ellos lo han dejado volver para
limpiar su nombre.
Confiesa así el personaje teatral la intención de su
autor, Howard Zinn. El historiador estadounidense se
propuso devolver a Marx la posibilidad de reivindicarse
explicándose a sí mismo, después de tanta porquería
echada sobre él desde siempre e incrementada hasta el
vómito con la caída del socialismo real y la Unión
Soviética.
Aunque Zinn no es un dramaturgo profesional, eligió el
teatro precisamente para otorgar voz propia a Marx. Nada
mejor entonces que el monólogo, en cuya progresión
predomina esta vez la mezcla que involucra junto al
recuerdo privado la sustentación de sus conocidas ideas
en torno a la filosofía, el capital, el papel del
proletariado.
De una aventura de tal naturaleza, sale muy airoso
Michaelis Cué, actor de sólida trayectoria en nuestra
escena. La emprendió por encargo, quedó solo frente a
ella, asumió la versión del original (que firma junto a
la teatróloga Bárbara Rivero) y terminó dirigiéndose a
sí mismo. Y de lo que se trataba, en términos actorales
muy concretos, era de vivificar a Karl Marx en una
pequeña sala de teatro habanera, después que Howard Zinn
se empeñara en moverlo del Soho londinense de la
medianía del siglo XIX al Soho newyorkino de la
despedida del XX.
Menuda tarea. No podía esquivar problemas fundamentales
planteados por el texto. Cómo insuflar dinamismo a una
obra eminentemente discursiva, carente de un tejido de
acciones. Preguntarse quién habla en realidad por este
personaje, quién lo encarna a nivel privado para el
actor. Cómo explicar las ideas de Marx huyendo del
panfleto contraproducente por negador de las intenciones
esenciales del autor.
Y Michaelis, asistido por Luis Lacosta y Oscar Fagette
en la escenografía, Bobby Carcassés, su hijo Robertico y
Lucía Huergo en la música, Miriam Dueñas en el vestuario
y Saskia Cruz en las luces, logra una puesta sobria y
sencilla, en la cual destaca su propia actuación. Escapa
en ella del intento de una mimesis extemporánea e
innecesaria, sin dejar de transmitir dolores físicos y
angustias existenciales y políticas del personaje.
Registra bien esa oscilación del personaje entre lo
íntimo y lo público. No intenta caracterizar o
“reproducir” a un Marx que, en definitiva, ya nadie
puede recordar en ese plano físico o cotidiano. Le
confiere a éste una especial simpatía acudiendo a todos
los resquicios irónicos y humorísticos del texto.
En función de vulnerar cualquier involuntario didactismo
y conferir riqueza dramática al juego teatral, la
versión cercena pasajes y matices que se explicitan
mejor en la pieza, no afectando, sin embargo, la esencia
de la biografía vital y la radiografía ideológica
presentada por ésta.
Así, Marx nos cuenta sobre su obligada peregrinación de
Alemania a Inglaterra, su método de trabajo, las
frecuentes discusiones con sus adversarios ideológicos,
la permanente zozobra económica en que vivían, el
sacrificio tremendo de Jenny, su esposa, la muerte en
esas circunstancias de tres de sus hijos y las
pinceladas sobre sus tres hijas sobrevivientes, la ayuda
de Engels…
Resalta en el original y en las acentuaciones sobre éste
de Cué, la claridad meridiana de las ideas de Marx sobre
las bases, leyes y procedimientos del capitalismo. En
este sentido, Zinn subraya la increíble visión de futuro
de su pensamiento, los paralelismos entre las
condiciones de su época y el tiempo actual de su
regreso, aunque Marx se autoinculpa por no haber
previsto el ingenio del sistema capitalista para
sobrevivir. “No pensé que habría remedios para
sociedades tan enfermas”, dice. Reconoce la enorme
riqueza creada por aquél, las virtudes de su desarrollo
tecnológico, pero sigue en sus trece en la denuncia de
la injusticia distributiva de esa riqueza y en cuanto a
la invasión de todo por el “fetichismo de la mercancía”.
También, dado el salto histórico que la invención de
esta vuelta de Marx a la Tierra le permite a Zinn, ambos
realizan una implacable crítica al estalinismo y a toda
traición a la verdadera idea del socialismo realizada,
para colmo, en su nombre. De hecho, a cualquier feroz
dogmatismo erigido en juez bajo el manto del
“pensamiento marxista”.
Igualmente, son muy interesantes las disputas entre
Jenny y Marx en torno al lenguaje para llegar a las
masas. Si bien las de hoy no las mismas de ayer, siempre
un asunto crucial para el accionar revolucionario.
Otros tantos temas de candente actualidad nacional y
universal pasan por el diálogo entre escenario y platea;
no tendría sentido ficharlos aquí. Baste reafirmar que
si álgidos para la comunicación teatral, nunca
imposibles de compartir con un público ávido por
compartir ideas. Como bien apuntara mi colega Amado del
Pino, Marx en el Soho es, ante todo, un montaje
demostrativo de la diversidad de la escena cubana. Una
escena que puede, y debería hacerlo más, atreverse con
disímiles orígenes textuales, con figuraciones de
distintos universos, antes reales o no. Un teatro que
puede vindicarse con mayor frecuencia como espacio de
intercambio de pensamiento.
Marx en el Soho es un notable ejemplo. Howard
Zinn y Michaelis Cué han traído a Carlitos, como me
enseñó a llamarlo mi mejor profesor de filosofía, hasta
El Vedado, devolviéndonos al ser humano con sus siempre
penetrantes y lozanas ideas. |