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El hombre que caminaba
detrás de los jamelgos dijo una mala
palabra y la vara bien manejada cayó con
fuerza sobre algún hueso. Ya era oscuro
y la yegua no recordaba haber hecho
aquel camino; por instinto se detuvo,
volviendo a un lado la cabeza,
desconfiada, pero los demás la empujaban
y siguió avanzando.
El aire olía a café, a
boñiga fresca, a hierba cortada, y
aventaba los ollares de la hambrienta
caballada. Un reguero de bosta iba
marcando su paso.
Cojeaban algunos en la
calle solitaria. La misma yegua tenía
los cascos podridos de ranilla y
entorpecidas las articulaciones por los
sobrehuesos. Todos sufrían la molestia
de las moscas; se agarraban voraces a
las llagas purulentas y las humilladas
bestias trataban de librarse a golpes de
cola o mordiéndose con sus grandes
dientes amarillos. Al contorsionar el
flaco cuerpo se marcaban más los
costillares bajo la piel costrosa.
En la recua venía un
potro alazán de buenas carnes, mezclado
por la casualidad a la famélica
caravana. Los traían en procesión desde
las afueras, sacándoles las últimas
fuerzas. La suerte que dispone el fin de
las bestias inútiles, destinaba los once
caballos a la boca de los carnívoros
enjaulados.
Al llegar al Zoológico
los hicieron pasar por la entrada de
servicio. El arreador los agrupó frente
a una puerta de hierro pintada de negro.
«Sólo entrada» parecía un mal aviso para
los jamelgos. Por ella también cupo la
yegua preñada. Luego «Sólo entrada» se
cerró tras ellos.
Desde el primer momento
el suelo se les hizo cómodo; los
hinchados cascos se aliviaron con la
blandura del fango y se abandonaban al
descanso. Un pesado sueño dobló los
vencidos pescuezos y atrajo los belfos
hasta rozar la tierra del estrecho
corral.
Sofocada por su gran
barriga, la yegua resollaba fuerte. El
hambre la mantenía nerviosa aguzándole
el instinto. Sus orejas marchitas
descubrían ruidos desconocidos,
inquietándola. Apenas conseguía moverse
dentro del corral y con trabajo logró
acercarse al árbol pelado que lo
centraba, para rascarse apoyándose
contra él.
El potro se removía
dentro del grupo de rocines dormidos y
se acercó a la yegua intentando iniciar
el juego amoroso, mordiéndola en el
cuello. Le mostraron los dientes en un
amago de tarascada, y sin darse por
vencido, intentó cubrirla; una patada le
hizo apartarse. Relinchó excitado,
sacudiendo las crines, y fuera del
corral respondió otro relincho.
La hembra y el garañón
compartieron la respuesta que en alguna
forma les tranquilizaba. Sabían, por la
misma voz de la raza, que más allá del
muro y de la puerta negra había
caballos, aunque eran incapaces de
imaginar la vida inútil de los que
respondían. Ninguno de los jacos
reunidos en el corral del matadero
hubiese reconocido como de los suyos a
Palomino, el poney, enanizado
expresamente por los criadores del oeste
norteamericano, como producto mercantil
de gran demanda: un caballo sedoso y
diminuto, con una alzada de juguete
caro, bellos ojos azules y penachos
rubios como cualquier muchacha norteña.
Palomino disponía tanta vitalidad en sus
inflados testículos lustrosos, que de un
solo salto cubría las hembras
destinadas. Devoraba maíz, melado,
pienso, y caracoleaba piafante en un
corral alfombrado de verdes, con un
empleado que le atendía solícito,
recogiendo su humeante estiércol. Más
que un caballo, el poney resultaba un
adorno, un precioso engaño de
exportación. Todo, menos lo tan común y
corriente que esperaba en capilla detrás
de la puerta pintada de negro. Menos
comida de leones.
La yegua tuvo sed y lamió
de un charco, junto al anca de un
caballejo moro, de crin recortada, con
aspecto de rocín de guerra; la cresta de
su espinazo resaltaba como un grueso
rosario de ermitaño. El viejo guerrero
recorría el suelo con los belfos,
ansioso de una brizna de yerba, de
alguna pajuela, pero el animal sólo
halló fango y boñigas. Pitó un tren a lo
lejos, un agudo alarido que fue
apagándose como una alta bengala. Los
disparos de una motocicleta atravesaron
la noche.
Velaba el potro su nueva
oportunidad, deseando derramarse por
oscuro instinto de supervivir. Pasaba
entre los cuerpos desvencijados, rotos
por el desgaste de continuos servicios,
de trabajo y trabajo. La espuela, el
bocado, la silla, el serón, la collera,
prometían una misma historia. El confuso
montón de esfuerzos y hombres se
desplazaba desde las cabezas de los
caballos que iban a morir con el
amanecer. Gente de arria, de carretón,
de coche. Guajiros de una sola bestia
mansa, hecha al talón de baqueta y al
paso lento sobre cangilones del llano y
la montaña. Monteros de lazo y voceo;
cacharreros de lata y pan. Yerberos.
La niebla que flotaba
sobre las frentes dormidas eran los
recuerdos, los pasos, las faenas
rendidas, las bárbaras costaladas, los
clavos y herrerías, entierros rurales,
manifestaciones electoreras, procesiones
y arreos. Como final de las revueltas
memorias se ligaban la soledad, las
pústulas, las legañas como perlas donde
paseaban cosquilleantes las guasasas, el
hambre de ojos hundidos y los Corrales
del Consejo con los espectros anónimos.
La nube informe comenzaba
a dispersarse entre toses asmáticas,
verdosa espuma y algún quejido
desinflado o el lento resbalar de la
bosta bajo las colas fláccidas. En la
tristeza del encierro humeaban chorros
espumosos, que pudrían el fango con
ruido de grifo abierto.
Por segunda vez relinchó
el potro y la yegua lo pateó de nuevo.
Lejos, al otro extremo del Centro,
Atila, el tarpán doméstico, movía
las orejas. Sosias de una especie
extinguida, presente en las pinturas
rupestres de las cavernas de Altamira,
de Lascaux, de Niaux, Los Cásares, el
primitivo caballo salvaje copiado por
los artistas de la edad glacial,
respondía bajo el cielo estrellado de La
Habana. Producto de la genética
regresiva, la prenda de laboratorio,
fantasma sin recuerdos, ofrecía sus
saludos al potro criollo condenado. Y en
juegos de camposanto, de agónicos y
resucitados, sumábase Vasek, el
pequeño Keltag asiático de crin hirsuta
y hocico moteado, que Gengis Khan
montara.
Por los alrededores del
edificio de la Dirección un joven
guardián consultaba su reloj a la luz de
una linterna y prendió un cigarro para
que el humo le apartara los mosquitos de
zancudas patas caminadoras. Soñoliento
reconocía los avisos de los padrotes
urgidos, sintiéndose solidario.
Del duermevela le
despertaron los leones. El mismo rugido,
al llegar al corral, aterró a los
caballos. Era la Anunciación y
pretendieron huir. Tropezaron
confundidos. El rocín moro se abría paso
hasta la portada, pero dominado por la
voz de las fieras no pudo hacer más que
desorbitar los ojos y mover el vientre,
en un desfallecer de congoja.
El potro se erguía como
si quisiera montar el muro y lo golpeó
con las «manos».
Dentro de la yegua, el
potrillo se dispuso a salir. Flotaba en
su noche líquida y el pavor de la madre
era una espuela en su costado. Encogidas
las patas, la cabeza sobre el pecho, se
movía embistiendo. A su alrededor
comenzaba el caos en la oscuridad y el
silencio. El rumor vitelino fluía en
carrera fugitiva como fuego veloz. Cada
rugido ayudaba a la vida rajando el
manto, desaguando la fuente amniótica,
que comenzó a correr en hilos por el
cauce de la entraña dilatada.
Del corazón del potrillo
partían señales, imponiéndose a sus
tendones, a sus nervios, en un amanecer
turbio, indeciso y tenaz, sin alcanzar
al cerebro en reposo, a los pulmones sin
aire, a los ojos cerrados. La increada
visión vagaba sobre él mezclando
terrores y esperanzas de manera atávica,
informe e imprecisa.
Las fieras enmudecían en
un final de ahogo, y el sueño regresaba
al corral, tranquilizando los caballos.
Junto al árbol, la
parturienta velaba sobre sí misma,
aguardando el avance. Sentía ensanchados
sus caminos secretos en una sensación
familiar y sacaba fuerzas para ayudar a
realizarse el mundo oculto que se movía,
desgarrándola. En los intervalos,
rendida de fatiga, tuvo ligeros sueños
donde corrían arroyos y se entreabrían
granadas. Entre un esfuerzo y otro
cantaban los gallos.
La sucia luz que antecede
al sol reveló los alrededores. Surgía la
espaciosa nave cercana, unida al corral
por una rampa de cemento, y dejaba ver
un afilado gancho del matadero. La yegua
no entendió todavía.
Iba a enterarse por el
hombre, vestido de rojo por las
continuadas salpicaduras. El matarife
ató una soga al primer pescuezo y tiró
delante. Las patas flacas, inseguras por
el hambre, subieron la rampa. A su
llegada arriba, todavía enredado al
último ensueño, el caballo recibió en el
pecho el golpe del cuchillo,
desplomándose entre convulsos pataleos.
Con su caída se presintió
el banquete de los caimanes y cocodrilos
disputándose las vísceras; su carne y
los huesos repartidos a los carnívoros:
leones, tigres, zorras, ocelotes,
leopardos, hienas, lobos, perros del
Cabo, binturones...A las garras de las
tiñosas y carairas.
Un camino de sangre de
caballo iba del matadero a los
laboratorios, en larga fila de matraces
ahítos. Estiércol e intestinos abonaban
los campos. El cuero, las crines, los
cascos, cumplían también. Con todo se
ligaban.
La muerte entrevista echó
al suelo a la yegua, que olió con la
cercana sangre del matadero su otra
sangre naciente. De costado, temblándole
la pata levantada, recibía al hijo.
De su cuerpo surgió un
caballito desgarbado, resbaladizo. La
atadura umbilical gruesa y sanguinolenta
era un colgajo de su pasado que le unía
al mundo placentario. La yegua lo cortó
con sus dientes, devorándolo como al
resto del manto, en acción atávica que
ayudaría a las ubres.
Grotesca y torpe, su cría
consiguió levantarse, tambaleando. La
madre abrió sus patas en un ofrecimiento
de pobreza.
El potrillo aceptó sin
miedo.
Dora Alonso. Narradora, poeta,
dramaturga y periodista. Nació en
Matanzas el 22 de diciembre de 1910. Fue
corresponsal de guerra en Playa Girón
(1961), ha sido guionista de novelas
radiales, televisivas y de programas
infantiles. Entre sus libros para niños:
Aventuras de Guille, Ponolani, El
cochero azul, El valle de la Pájara
Pinta, Tres lechuzas en un cuento, La
flauta de chocolate, El grillo
caminante. Entre sus libros para
adultos: Tierra inerme, Once caballos,
Agua pasada, Juega la dama y Escrito en
el verano. Premio Casa de las Américas
en 1961 y en 1980, de la Orden Félix
Varela de Primer Grado y del Premio
Nacional de Literatura en 1988. |