Querido Fernando Nava:
hace rato pretendía
escribirte, y no sabía
cómo hacerlo. Se me acaba
de ocurrir (sólo faltaba
tu nombre en mi epistolario
versado), que un decimario
epistolar como éste
necesita un arcipreste
p’urepecha,
un joven ario
en cuanto a correspondencia
en décimas, y he cogido
tu último e-mail, lo he leído
otra vez, con diligencia,
y pese a mi negligencia
postal (ya mitificada)
te escribo. No tengo nada
especial que comentarte,
sólo que ya formas parte
de esta Familia Sagrada
que intercambia diariamente
epístolas-espinelas.
Sabemos que tú cincelas
en el fondo de la mente
décimas, y es pertinente
que, además, no se amontonen.
Pocos poetas disponen
de tal arsenal de versos,
de tan hondos universos,
de silencios que suponen
ríos de conversación
buscando desembocar
en algún trozo del mar
de la comunicación.
¡Suelta al virus Chicharrón!
¡Desata ya la tormenta!
¡Canta, escribe, grita, inventa
desde tu México oscuro!
¡Reviéntame el Disco Duro
a verso limpio!
Pimienta