Año V
La Habana
2007

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Las luces del Latino
Amado del Pino • La Habana

Cuando veo algún un estadio encendido se me dispara la melancolía. Hasta los 12 o 13 años esas luces juntas lograban voltearme el corazón.

Otras veces he contado de los viajes al más bien lejano Morón en aquellos miércoles de los 60. Cuando estoy lejos hay dos visiones que “me matan”: El Malecón cuando amanece y el Latinoamericano —nuestro rotundo parque beisbolero— iluminado y repleto. En Cuba me las paso proclamando mi pertenencia al diminuto y rural Tamarindo. Estando en otras partes de este cada vez más pequeño mundo —así en tono de bolero— La Habana me recuerda cuánto le debo y la manera displicente pero fervorosa en que la amo. La ruralidad, los cuentos y las frases de tierra adentro, siguen ahí, pero se le adelanta la complicada, hermosa, marina ciudad que llena mis recuerdos y argumentos.

El Latino es lindo repleto y eufórico en una noche de partido crucial. Pero también vale la pena gozarlo una tarde  de domingo, cuando transcurre un juego cualquiera del campeonato. Las gradas están medio vacías o medio llenas, los veteranos espectadores se reconocen e intercambian. ¡Y corre un fresquito…!

Le debo muchas horas al estadio. Yo me crié para ser de los que han curtido sus gradas con campañas enteras, para formar fila con esos que se llegan por los campeonatos juveniles o hasta al humilde torneo provincial, donde se debaten los que nunca llegaron a la gloria y hacen sus méritos las estrellas de mañana mismo.

Uno no puede pasar la vida en  limpio y la mía ha sido más bien dulce, chévere, con dolores aguantables y alegrías más bien frecuentes. En los últimos 30 años hubo mucho teatro, redacciones febriles, abundante bar, hasta alguna breve racha de rutinaria televisión. Si me dieran la llave de esos hilos —vieja, común, eterna fantasía humana— conocería antes a Tania y aumentaría mis sesiones de lectura, pero también pediría más mar y multiplicadas dosis de pelota en vivo; juego abierto y claro; terreno de barrio, “cuadro de pelota” chapeadito en un buen municipio.

Las últimas veces que me  he referido al béisbol he dicho que más bien veo la pelota  por insistencia de mi hijo Amadín. Hoy creo que lo que me hace falta —¡otra vez la eterna  manía de querer ser mago, taumaturgo, diosito casero!— es una vejez aceptablemente larga y saludable, un tercer hijo, hasta algún nieto comprensivo con las distracciones de su gordo abuelo y un estadio cerquita. Claro, claro, mejor, mucho mejor si es el Latino.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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