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Cuando veo algún un estadio encendido se
me dispara la melancolía. Hasta los 12 o
13 años esas luces juntas lograban
voltearme el corazón.
Otras
veces he contado de los viajes al más
bien lejano Morón en aquellos miércoles
de los 60. Cuando estoy lejos hay dos
visiones que “me matan”: El Malecón
cuando amanece y el Latinoamericano
—nuestro rotundo parque beisbolero—
iluminado y repleto. En Cuba me las paso
proclamando mi pertenencia al diminuto y
rural Tamarindo. Estando en otras partes
de este cada vez más pequeño mundo —así
en tono de bolero— La Habana me recuerda
cuánto le debo y la manera displicente
pero fervorosa en que la amo. La
ruralidad, los cuentos y las frases de
tierra adentro, siguen ahí, pero se le
adelanta la complicada, hermosa, marina
ciudad que llena mis recuerdos y
argumentos.
El
Latino es lindo repleto y eufórico en
una noche de partido crucial. Pero
también vale la pena gozarlo una tarde
de domingo, cuando transcurre un juego
cualquiera del campeonato. Las gradas
están medio vacías o medio llenas, los
veteranos espectadores se reconocen e
intercambian. ¡Y corre un fresquito…!
Le
debo muchas horas al estadio. Yo me crié
para ser de los que han curtido sus
gradas con campañas enteras, para formar
fila con esos que se llegan por los
campeonatos juveniles o hasta al humilde
torneo provincial, donde se debaten los
que nunca llegaron a la gloria y hacen
sus méritos las estrellas de mañana
mismo.
Uno
no puede pasar la vida en limpio y la
mía ha sido más bien dulce, chévere, con
dolores aguantables y alegrías más bien
frecuentes. En los últimos 30 años hubo
mucho teatro, redacciones febriles,
abundante bar, hasta alguna breve racha
de rutinaria televisión. Si me dieran la
llave de esos hilos —vieja, común,
eterna fantasía humana— conocería antes
a Tania y aumentaría mis sesiones de
lectura, pero también pediría más mar y
multiplicadas dosis de pelota en vivo;
juego abierto y claro; terreno de
barrio, “cuadro de pelota” chapeadito en
un buen municipio.
Las últimas veces que me he referido al
béisbol he dicho que más bien veo la
pelota por insistencia de mi hijo
Amadín. Hoy creo que lo que me hace
falta —¡otra vez la eterna manía de
querer ser mago, taumaturgo, diosito
casero!— es una vejez aceptablemente
larga y saludable, un tercer hijo, hasta
algún nieto comprensivo con las
distracciones de su gordo abuelo y un
estadio cerquita. Claro, claro, mejor,
mucho mejor si es el Latino. |