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En
los primeros días de abril de 1903 se
publicaba en el recién fundado
diario habanero El Mundo, un
soneto al parecer inocente, tan
elegante como parabólico, firmado con el
seudónimo de Grisóstomo.
Los
versos en cuestión, bajo el título de
La más fermosa impelían en su primer
cuarteto: Que siga el caballero su
camino/agravios deshaciendo con su
lanza:/todo noble tesón al cabo
alcanza/fijar las justas leyes del
destino.
Poco
después se desataba una polémica que
alcanzó ribetes increíbles y tuvo final
escandaloso.
El
guirigay lo comenzó la sección “La
crónica” en El Diario de la Marina,
cuando el día cinco del mismo mes se
aseguraba que el poema no era original
sino del poeta español —andaluz—
Francisco Rodríguez Marín, director de
un periódico sevillano titulado El
Porvenir. Llegábase incluso a
publicar soneto idéntico, salvo en el
título, que aparecía como El Eterno
Quijote.
La
acusación era demasiado seria como para
pasarla por alto. El “tiroteo” de
replicas, contrarréplicas y
recontraréplicas fue subiendo de tono.
¿Quien era el bardo que tan
caliente controversia desataba?
El
autor del soneto se llamaba en realidad
Enrique Hernández Miyares, quien además
de poeta, era periodista asiduo del
periódico La Discusión.
Nacido en Santiago de Cuba se trasladó a
la capital cubana desde muy joven, para
hacer carrera literaria y periodística
sobre todo en La Habana Elegante,
que llegaría a dirigir hasta que los
aires de guerra —la del 95— empezaban a
soplar e impidieron su publicación.
Desde
la emigración, como tantos otros
patriotas, escribió en periódicos
revolucionarios contra la corona
española y contra toda manifestación
imperial.
Curiosamente, años antes, en un artículo
de 1891 —publicado en un diario de Nueva
York— Hernández Miyares describe lo que
sería una imaginaria gala cultural en
homenaje al 10 de octubre en La
República de Cuba, en el Gran Teatro de
la Opera —nombre con que se
rebautizaría el Teatro Tacón— y en donde
aparece en lugar preferencial su amigo y
ejemplo Manuel Sanguily, y en el
lunetario —junto al escritor y
diplomático Rafael Merchán—, estaba el
escritor “hugoniano” y “tribuno de las
expansiones”, José Martí.
Pero
en la Cuba de 1903, la real, la
intervenida por las tropas
norteamericanas, en nada se parecía a la
de la aquella crónica imaginada.
La
Habana se americanizaba, la economía
seguía sin ser nacional, la cultura se
tambaleaba y el idioma se diluía.
Hernández Miyares poco antes había
escrito —esta vez en serio y de un modo
premonitoriamente terrible— que “El
imperialismo yanqui es el coco de los
cubanos…y de todos los sudamericanos (…)
¡Ay de aquellas naciones que se levanten
para un progreso, si un gobierno poco
estable es pretexto para una
intervención!”.
Otras
veces también se alzaban entonces para
defender ideas similares. La de Sanguily
ente las primeras.
El
patricio, mediante una alegoría
cervantina que recordaba al hidalgo
manchego, en una sesión del senado se
manifestó contrario al tristemente
famoso Tratado de Reciprocidad
Comercial, que imponían los
norteamericanos, con la ayuda de los
canijos de siempre. El discurso de
Sanguily alude a las críticas que le
prodigan ciertos hombres comprometidos,
y declara que nunca, aún en la derrota,
negará lo que cree justo.
“Podré reconocerme derribado —dijo
Sanguily—; pero jamás me harás confesar
que no es la más hermosa dama que vieron
ojos humanos…”
A la
sazón Hernández Miyares escribió el
soneto.
Y se
desataron los demonios.
Y
curiosamente El Diario de la Marina,
español e “integrista” durante la
colonia, anticubano siempre y ahora
impropio ante el drama de la
intervención, se encargó de defender al
bando cubano de los “entreguistas”.
Sin
embargo la falacia era insostenible.
Después de varios días de encono, el
propio poeta español Francisco Rodríguez
terminó la polémica con una actitud
honrosa y caballeresca, al decir
públicamente no haber escrito tal
soneto.
A
Enrique Hernández Miyares se le
ofrecieron homenajes de desagravios y
actos de reconocimientos.
El
soneto, de rima perfecta, de ritmo
sostenido y de limpia enjundia, nos
regala aún hoy una lección de ética y de
estética.
La más fermosa
Que siga el caballero su camino
agravios deshaciendo con su lanza:
todo noble tesón al cabo alcanza
fijar las justas leyes del destino.
Cálate el roto yelmo de Mambrino
y
en tu rocín glorioso altivo avanza
desoye al refranero Sancho Panza
y
en tu brazo confía y en tu sino.
no
temas la esquivez de la Fortuna:
si
el caballero de la Blanca Luna
medir sus armas con las tuyas osa,
y
te derriba por contraria suerte,
de
Dulcinea, en ansias de tu muerte,
¡di que siempre será la más fermosa!
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