Año V
La Habana
2007

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Una polémica “fermosa”
Josefina Ortega • La Habana
 

En los primeros días de abril de 1903 se publicaba en el recién fundado diario habanero El Mundo, un soneto al parecer inocente,  tan elegante como parabólico, firmado con el seudónimo  de Grisóstomo.

Los versos en cuestión, bajo el título de La más fermosa impelían en su primer cuarteto: Que siga el caballero su camino/agravios deshaciendo con su lanza:/todo noble tesón al cabo alcanza/fijar las justas leyes del destino.

Poco después se desataba una polémica que alcanzó ribetes increíbles y tuvo final escandaloso.

El guirigay lo comenzó la sección “La crónica” en El Diario de la Marina, cuando el día cinco del mismo mes se  aseguraba que el poema no era original sino del poeta español —andaluz— Francisco Rodríguez Marín, director de un periódico sevillano titulado El Porvenir. Llegábase incluso a publicar soneto idéntico, salvo en el título, que aparecía como El Eterno Quijote.

La acusación era demasiado seria como para pasarla por alto. El “tiroteo” de replicas, contrarréplicas y recontraréplicas fue subiendo de tono.

¿Quien era el bardo que tan caliente controversia desataba?

El autor del soneto se llamaba en realidad Enrique Hernández Miyares, quien además de poeta, era periodista asiduo del periódico La Discusión.

Nacido en Santiago de Cuba se trasladó a la capital cubana desde muy joven, para hacer carrera literaria y periodística sobre todo en La Habana Elegante, que llegaría a dirigir hasta que los aires de guerra —la del 95— empezaban a soplar e  impidieron  su publicación.

Desde la emigración, como tantos otros patriotas,  escribió en periódicos revolucionarios contra la corona española y contra toda manifestación imperial.

Curiosamente, años antes, en un artículo de 1891 —publicado en un diario de Nueva York—  Hernández Miyares describe lo que sería una imaginaria gala cultural en homenaje al 10 de octubre en La República de Cuba, en el Gran Teatro de la Opera  —nombre con que se rebautizaría el Teatro Tacón— y en donde aparece en lugar preferencial su amigo y ejemplo Manuel Sanguily, y en el lunetario —junto al escritor y diplomático Rafael Merchán—, estaba el escritor “hugoniano” y  “tribuno de las expansiones”, José Martí.

Pero en la Cuba de 1903, la real, la intervenida por las tropas norteamericanas, en nada se parecía a la de la aquella crónica imaginada.

La Habana  se americanizaba, la economía seguía sin ser nacional, la cultura se tambaleaba y  el idioma se diluía.

Hernández Miyares poco antes había escrito —esta vez en serio y  de un modo premonitoriamente terrible— que “El imperialismo yanqui es el coco de los cubanos…y de todos los sudamericanos (…) ¡Ay de aquellas naciones que se levanten para un progreso, si un gobierno poco estable es pretexto para una intervención!”.

Otras veces también se alzaban entonces para defender ideas similares. La de Sanguily ente las primeras.

El patricio, mediante una alegoría cervantina que recordaba al hidalgo manchego, en una sesión del senado se manifestó contrario al tristemente famoso Tratado de Reciprocidad Comercial, que imponían los norteamericanos, con la ayuda de los canijos de siempre. El discurso de Sanguily alude a las críticas que le prodigan ciertos hombres comprometidos, y declara que nunca, aún en la derrota, negará lo que cree justo.

“Podré reconocerme derribado —dijo Sanguily—; pero jamás me harás confesar que no es la más hermosa dama que vieron ojos humanos…”

A la sazón Hernández Miyares escribió el soneto.

Y se desataron los demonios.

Y curiosamente El Diario de la Marina, español e “integrista” durante la colonia, anticubano siempre y ahora impropio ante el drama de la intervención, se encargó de defender al bando cubano de los “entreguistas”.

Sin embargo la falacia era insostenible. Después de varios días de encono, el propio poeta español Francisco Rodríguez terminó la polémica con una actitud honrosa y caballeresca, al decir públicamente no haber escrito tal soneto.

A Enrique Hernández Miyares se le ofrecieron homenajes de desagravios y actos de reconocimientos.

El soneto, de rima perfecta, de ritmo sostenido y de limpia enjundia, nos regala aún hoy una lección de ética y de estética.


La más fermosa

 

Que siga el caballero su camino

agravios deshaciendo con su lanza:

todo noble tesón al cabo alcanza

fijar las justas leyes del destino.

 

Cálate el roto yelmo de Mambrino

y en tu rocín glorioso altivo avanza

desoye al refranero Sancho Panza

y en tu brazo confía y en tu sino.

 

no temas la esquivez de la Fortuna:

si el caballero de la Blanca Luna

medir sus armas con las tuyas osa,

 

y te derriba por contraria suerte,

de Dulcinea, en ansias de tu muerte,

¡di que siempre será la más fermosa!

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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