Año VI
La Habana

9 al 15 de JUNIO
de 2007

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Rehaciendo el mundo

George Lamming • La Habana
Fotos: Kaloian y Archivo de Casa de las Américas

 

Muchísimas gracias,

Primero, permítanme agradecer a Roberto Fernández Retamar, a Yolanda Wood y a todos los de la Casa, que me enviaron esta invitación y que hicieron todas las coordinaciones.

Hace 30 ó 40 años, aproximadamente, dejé de pensar en mis cumpleaños. De hecho, esta no es la única invitación que he recibido, pero sí la única que he aceptado. He recibido muchas invitaciones, pero acepté esta no porque sea dado a los cumpleaños, que no lo soy, sino porque siento un honor muy especial y una obligación especial, una deuda con la Casa de las Américas.

Viajé a Cuba desde Londres, donde vivía, la primera vez que visité la Casa, en el año 69, y vine como invitado de esta institución. Ha habido otras visitas a Cuba, y siempre he venido en relación con la Casa. Hay algunas cosas que recuerdo sobre estos viajes iniciales. Recuerdo que en aquel tiempo veníamos directamente desde Londres, en naves aéreas ya bastante vetustas, y el viaje duraba alrededor de unas 20 horas. Veníamos por la ruta Londres-Madrid, íbamos al aeropuerto de Gander, en Canadá, donde reabastecían a las naves aéreas y comíamos algo, porque creo que incluso no comíamos nada en el avión por aquellos tiempos. De Gander llegábamos a La Habana, a eso de las 2:00 a.m. Pueden imaginar entonces cómo llegábamos a esa hora, pero la prensa cubana parece que no dormía. A las 2:00 a.m. insistían en hacernos una entrevista, después de 20 horas de vuelo. No tengo la más remota idea de lo que decía en aquellos momentos.

Pero muchos recuerdos quedan en mi mente, y en esa visita, en la Casa, conocí a dos figuras muy importantes que de otra manera no hubiera conocido: uno fue el poeta haitiano Jean Briere, y otro el filósofo martiniqueño Édouard Glissant. Recuerdo que este me decía: “Es extraño. Yo vengo de Martinica, que está muy cerca a través del mar desde Barbados, y Jean Briere también está cerca, en Haití, y normalmente no te hubiera conocido en Barbados y tú no hubieras conocido a Briere en Haití”. Desde ese momento algo me impactó y me hizo entender el criterio de que la Casa, que conocíamos como una casa editora, era mucho más que eso. La Casa era desde entonces lo que yo llamo una casa de reconciliación, era la casa que estaba designada a unir todos los elementos y todas las dimensiones de esta región, que de otro modo no hubieran convergido en ese momento.

Y las circunstancias hubieran sido diferentes. Uno de los planes que discutimos a menudo con Armando Hart, y hablábamos en aquel momento, era en realidad que hubiera sustituido a Londres como centro o unión de las publicaciones del Caribe. Las grandes obras en nuestros idiomas vendrían entonces desde Casa, y pienso que serios intentos se hicieron y se han hecho en ese sentido. Esa fue una visión, una idea muy particular sobre la unificación cultural de esta playa fragmentada del Caribe.

Pero mi deuda se hace mayor, va más allá del Caribe. En el 69, en los 70, quizá hasta el año 80, la Casa se convirtió en la casa de los trabajadores intelectuales más relevantes de América Latina, y fue aquí, una vez más en la Casa, que me encontré y llegué a conocer a los escritores y las obras de esos escritores de América Latina. En la Casa conocí a Gabriel García Márquez, a Juan Bosch, Susy Castor, Julio Cortázar… Me reuní también con Benedetti, con Casanova… Todos estos son nombres bien significativos, hombres que dejaron una presencia permanente en mi concepto de lo que yo era y a dónde pertenecía: no solo a Barbados y al Caribe, sino a todo este fenómeno que son las Américas. Y lo que nos unió en el escenario del mundo, no importa cuán diferente y diverso pueda ser el mundo, es en mi opinión que la motivación detrás de ese mundo fue siempre la misma: descubrir y definir esa civilización única y peculiarmente nueva que ha estado evolucionando en las Américas.

Tuvimos experiencias muy curiosas, si vamos al análisis de unos 500 años atrás. El siglo XV, que es hasta cierto modo el capítulo uno del Caribe postcolombino, comenzó con el genocidio. Medio siglo después de que llegara Colón, nos quedamos con sólo fragmentos de población indígena. Desde Cuba hacia el resto del Caribe, tuvimos paisajes sin los anfitriones originales, muy diferentes de los paisajes de, por ejemplo, Guatemala. Y lo que evolucionó aquí es, pienso, algo único, donde se aprecian instituciones europeas construidas sobre las bases de fuerza de trabajo africana y asiática traída a las Américas, no a Europa, no a África; en otras palabras, este archipiélago fue la cuna de lo que conocemos ahora como la modernidad, este archipiélago al que Europa trajo por la fuerza, muy frecuentemente, a miembros de la familia humana… Asia y África y Europa se encontraron aquí en la América original y, algunas veces, quizá por primera vez, encontraron no solo la cuna de la modernidad sino, desde mi punto de vista, el más temprano o uno de los más tempranos capítulos de lo que ahora conocemos como la globalización. Aquí comenzó la modernidad. Pero sufrimos la experiencia peculiar de que Europa ―que es casi un medio continente, diminuto―, que había desarrollado sus experiencias, locales, muy domésticas, fue capaz, a través de alguna especie de triunfo milagroso, de convertir esas experiencias en un imperativo universal.

De modo que cuando decíamos universal, estábamos hablando en realidad de la extensión de la experiencia local europea. El etnocentrismo europeo se convirtió más allá de sus fronteras en lo que reconocimos ―y tras nosotros los europeos― como racismo. Y la función de los trabajadores intelectuales fue encontrar cómo resistir a esa ola, algo que aún está sucediendo, y, en el proceso de resistencia a esa ola, redescubrir y redefinir las alternativas a esa conquista. Ese proceso está ocurriendo hoy en el gran cuerpo de la literatura y las artes visuales que alientan en esta parte del mundo. Lo que los novelistas y los poetas y los historiadores están realmente haciendo, y gran parte de ello hecho en cierta manera a través de la motivación y estímulo de la Casa de las Américas, es escribiendo los capítulos que faltaban de la propia historia europea, porque no es posible concebir una conciencia europea sin el imperio que hizo a Europa.

Sobresalimos, entonces, en el centro de un rehacer del mundo. Y la Casa de las Américas, en la vanguardia de ese ejército, rehaciendo el mundo. Esa es mi deuda con la Casa.

Palabras de George Lamming en la sala Che Guevara, 7 de junio de 2007
Transcripción cortesía de la Casa de las Américas.

El escritor e intelectual barbadense celebra en La Casa de las Américas su aniversario 80, durante jornadas de homenaje que incluyen conferencias sobre su obra y pensamiento, la presentación de una edición en español de Los placeres del exilio (Fondo Editorial Casa) y la entrega del título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de La Habana.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600