|
Muchísimas gracias,
Primero, permítanme agradecer a Roberto
Fernández Retamar, a Yolanda Wood y a
todos los de la Casa, que me enviaron
esta invitación y que hicieron todas las
coordinaciones.
Hace
30 ó 40 años, aproximadamente, dejé de
pensar en mis cumpleaños. De hecho, esta
no es la única invitación que he
recibido, pero sí la única que he
aceptado. He recibido muchas
invitaciones, pero acepté esta no porque
sea dado a los cumpleaños, que no lo
soy, sino porque siento un honor muy
especial y una obligación especial, una
deuda con la Casa de las Américas.
Viajé
a Cuba desde Londres, donde vivía, la
primera vez que visité la Casa, en el
año 69, y vine como invitado de esta
institución. Ha habido otras visitas a
Cuba, y siempre he venido en relación
con la Casa. Hay algunas cosas que
recuerdo sobre estos viajes iniciales.
Recuerdo que en aquel tiempo veníamos
directamente desde Londres, en naves
aéreas ya bastante vetustas, y el viaje
duraba alrededor de unas 20 horas.
Veníamos por la ruta Londres-Madrid,
íbamos al aeropuerto de Gander, en
Canadá, donde reabastecían a las naves
aéreas y comíamos algo, porque creo que
incluso no comíamos nada en el avión por
aquellos tiempos. De Gander llegábamos a
La Habana, a eso de las 2:00 a.m. Pueden
imaginar entonces cómo llegábamos a esa
hora, pero la prensa cubana parece que
no dormía. A las 2:00 a.m. insistían en
hacernos una entrevista, después de 20
horas de vuelo. No tengo la más remota
idea de lo que decía en aquellos
momentos.
|
 |
Pero
muchos recuerdos quedan en mi mente, y
en esa visita, en la Casa, conocí a dos
figuras muy importantes que de otra
manera no hubiera conocido: uno fue el
poeta haitiano Jean Briere, y otro el
filósofo martiniqueño Édouard Glissant.
Recuerdo que este me decía: “Es extraño.
Yo vengo de Martinica, que está muy
cerca a través del mar desde Barbados, y
Jean Briere también está cerca, en
Haití, y normalmente no te hubiera
conocido en Barbados y tú no hubieras
conocido a Briere en Haití”. Desde ese
momento algo me impactó y me hizo
entender el criterio de que la Casa, que
conocíamos como una casa editora, era
mucho más que eso. La Casa era desde
entonces lo que yo llamo una casa de
reconciliación, era la casa que estaba
designada a unir todos los elementos y
todas las dimensiones de esta región,
que de otro modo no hubieran convergido
en ese momento.
Y las
circunstancias hubieran sido diferentes.
Uno de los planes que discutimos a
menudo con Armando Hart, y hablábamos en
aquel momento, era en realidad que
hubiera sustituido a Londres como centro
o unión de las publicaciones del Caribe.
Las grandes obras en nuestros idiomas
vendrían entonces desde Casa, y pienso
que serios intentos se hicieron y se han
hecho en ese sentido. Esa fue una
visión, una idea muy particular sobre la
unificación cultural de esta playa
fragmentada del Caribe.
Pero
mi deuda se hace mayor, va más allá del
Caribe. En el 69, en los 70, quizá hasta
el año 80, la Casa se convirtió en la
casa de los trabajadores intelectuales
más relevantes de América Latina, y fue
aquí, una vez más en la Casa, que me
encontré y llegué a conocer a los
escritores y las obras de esos
escritores de América Latina. En la Casa
conocí a Gabriel García Márquez, a Juan
Bosch, Susy Castor, Julio Cortázar… Me
reuní también con Benedetti, con
Casanova… Todos estos son nombres bien
significativos, hombres que dejaron una
presencia permanente en mi concepto de
lo que yo era y a dónde pertenecía: no
solo a Barbados y al Caribe, sino a todo
este fenómeno que son las Américas. Y lo
que nos unió en el escenario del mundo,
no importa cuán diferente y diverso
pueda ser el mundo, es en mi opinión que
la motivación detrás de ese mundo fue
siempre la misma: descubrir y definir
esa civilización única y peculiarmente
nueva que ha estado evolucionando en las
Américas.
|
 |
Tuvimos experiencias muy curiosas, si
vamos al análisis de unos 500 años
atrás. El siglo XV, que es hasta cierto
modo el capítulo uno del Caribe
postcolombino, comenzó con el genocidio.
Medio siglo después de que llegara
Colón, nos quedamos con sólo fragmentos
de población indígena. Desde Cuba hacia
el resto del Caribe, tuvimos paisajes
sin los anfitriones originales, muy
diferentes de los paisajes de, por
ejemplo, Guatemala. Y lo que evolucionó
aquí es, pienso, algo único, donde se
aprecian instituciones europeas
construidas sobre las bases de fuerza de
trabajo africana y asiática traída a las
Américas, no a Europa, no a África; en
otras palabras, este archipiélago fue la
cuna de lo que conocemos ahora como la
modernidad, este archipiélago al que
Europa trajo por la fuerza, muy
frecuentemente, a miembros de la familia
humana… Asia y África y Europa se
encontraron aquí en la América original
y, algunas veces, quizá por primera vez,
encontraron no solo la cuna de la
modernidad sino, desde mi punto de
vista, el más temprano o uno de los más
tempranos capítulos de lo que ahora
conocemos como la globalización. Aquí
comenzó la modernidad. Pero sufrimos la
experiencia peculiar de que Europa ―que
es casi un medio continente, diminuto―,
que había desarrollado sus experiencias,
locales, muy domésticas, fue capaz, a
través de alguna especie de triunfo
milagroso, de convertir esas
experiencias en un imperativo universal.
De
modo que cuando decíamos universal,
estábamos hablando en realidad de la
extensión de la experiencia local
europea. El etnocentrismo europeo se
convirtió más allá de sus fronteras en
lo que reconocimos ―y tras nosotros los
europeos― como racismo. Y la función de
los trabajadores intelectuales fue
encontrar cómo resistir a esa ola, algo
que aún está sucediendo, y, en el
proceso de resistencia a esa ola,
redescubrir y redefinir las alternativas
a esa conquista. Ese proceso está
ocurriendo hoy en el gran cuerpo de la
literatura y las artes visuales que
alientan en esta parte del mundo. Lo que
los novelistas y los poetas y los
historiadores están realmente haciendo,
y gran parte de ello hecho en cierta
manera a través de la motivación y
estímulo de la Casa de las Américas, es
escribiendo los capítulos que faltaban
de la propia historia europea, porque no
es posible concebir una conciencia
europea sin el imperio que hizo a
Europa.
Sobresalimos, entonces, en el centro de
un rehacer del mundo. Y la Casa de las
Américas, en la vanguardia de ese
ejército, rehaciendo el mundo. Esa es mi
deuda con la Casa.
Palabras de George Lamming en la sala
Che Guevara, 7 de junio de 2007
Transcripción cortesía de la Casa de las
Américas.
El escritor e intelectual barbadense
celebra en La Casa de las Américas su
aniversario 80, durante jornadas de
homenaje que incluyen conferencias sobre
su obra y pensamiento, la presentación
de una edición en español de Los
placeres del exilio (Fondo Editorial
Casa) y la entrega del título de Doctor
Honoris Causa de la Universidad de La
Habana. |