Año VI
La Habana

9 al 15 de JUNIO
de 2007

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Poesía de la memoria

Pablo Armando Fernández • La Habana
Fotos: Kaloian

 

A George Lamming por su onomástico en Cuba

Invoco a la poesía, que es memoria y a la piel encastillada, para acercar más y más a Delicias con Carrington Village, pese a sus múltiples diferencias, que no entorpecen el abrazo que nos unen. Tal vez el reencuentro contigo, George, en Londres, fue la seña de una premonición que me indujo en mi niñez y adolescencia a encarnar a alguien que permanecía encastillado en su piel, como un reconocimiento de sí mismo, en siglos que le precedieron y que intentaba expresarlo en gestos verbales su ser.

Al color de la piel se le atribuye características propias que ejercen en individuos y grupos, diferencias cismáticas. Ambos, tú, George, y yo, hemos vivido esas imposiciones que En el castillo de mi piel se develan con egregia maestría. Precisamente ahora en este fabuloso reencuentro de magnas celebraciones quisiera que fuéramos los niños que compartieron su infancia en las escuelas que nos acogieron, cada cual en la suya, donde se asignaban estructuras semejantes, de acuerdo con las normas autoritarias. Esta confrontación respondería, George, a tus visiones desde el castillo que configura nuestra piel. Veríamos que estamos tan cerca en experiencias de índoles similares que podríamos proclamar que somos el mismo.

Convencido de cuánto aportas a tus lectores, no importa quiénes sean o dónde estén, quiero reafirmar una vez más cuánto debemos a tu voz que nos asiste en el diario bregar. Presentes en mi mente-corazón permanecen los reencuentros en el West Indian Students Centre de Lond Caribbean Artists Movement con otros amigos escritores. En aquellas inolvidables ocasiones me animaba a la conversación saber que habíamos vivido experiencias comunes, conocimiento que debía a ti, G., pues desde tu castillo observabas la distancia abismal que separaba a los desposeídos y señores terratenientes.

Quiero hacerte llegar ahora algo escrito y repetido en mis conversaciones cuando he tenido que confiar a otros las sendas recorridas en búsqueda de mi ser: “Lo que narran las páginas del libro de Lamming no es en ningún sentido ajeno a los habitantes de un batey. Sus niños son muy similares a los nuestros.

¿Qué niño del ingenio no recuerda con horror la violencia y la represión que produce una huelga? ¿Qué niño no ha sentido la compulsión de asaltar los predios del  señor para ver con sus propios ojos qué acontece en ese coto, cerrado a los desposeídos? ¿Quién no recuerda un cataclismo natural que pone en peligro vida y hacienda? Y, ¿quién no ha sentido la urgencia de huir hacia tierras distantes que lo separe de la pobreza, la incertidumbre, el miedo?

Mi reencuentro con tus amigos en la escuela y la calle me hacía reconocer en mi a Trumper, el primero en iniciar la partida hacia el extranjero y que a su regreso dice que ha de "luchar por los derechos del negro y a morir en la lucha". Al decir esto, Trumper no hace otra cosa que confirmar la vieja tradición de lucha del pueblo caribeño.

Haber compartido aquellos y otros reencuentros con C. L. R. James, Andrew Salkey, Jan Carew, John La Rose, Marion Parick Jones, Edgard Brathwaite, Samuel Selvon, Wilson Haris, V. S. Naipaul, Faustin Charles y Orlan­do Patterson, nutrieron mi ser. En ti y en ellos, G., encontraba el modo más auténtico y real de responder a esa inquietante pregunta por años sin respuesta: ¿Quién soy yo? De no haber iniciado ese reconocimiento leyéndote, conversando contigo, no sería caribeño. Algo desconocido en mi infancia y adolescencia. Esa contribución al desarrollo de mi ser recuperó al campesino solitario, pobre, abandonado en los páramos del Yorkshire en pasadas existencias, que me indujo en esta a la escritura, y sin duda contigo ha asistido mi obra narrativa. No es por azar que En el castillo de mi piel y Salterio y lamentación, mi primer libro de poemas, se publicaran en el mismo año, 1953.

Es curioso, aunque pasen los años apenas uno sepa algo del otro, dónde está, qué hace, los libros que nos acompañan otorgan una cercanía familiar, humana. Cuando recurro a tu obra, George, me complace el pulso de tu mano en la dedicatoria de los libros. Y, súbitamente me traslado a tu patria en Barbados contigo. Incorporo mi piel a su castillo, y sueños, anhelos, ilusiones hayan una respuesta en esa temporada que generosamente me otorgaras en tu Isla, que has hecho nuestra.

Andar por sus suelos en Bathsheba, St. Joseph, Bridgetown y Spiketown, Cave Hill, extasiarme en la contemplación del paisaje, atender a las voces del agua con sus múltiples azules del mar, visitar a tus amigos y compartir con ellos el aire fresco del atardecer, abarcar con la mirada los bordes de caminos que conducen de un extremo a otro de la lsla, sin duda, me ofrendaba la Pequeña Inglaterra de tu infancia.

De todas las sorpresas que me devolvían a mi casa natal, a Delicias, a ancestros y culturas, la visita a tu madre, aún me conmueve y mi mente-corazón todo júbilo, me anima al canto de amor a la Luz. Era, George, tener a mi mamá sonriente, conversando, ofreciéndonos algo que tomar. Mi madre falleció en 1959, no pudo ver realizado el sueño que por tantos años animara su vida, sentirse en su casa amparada por la Libertad por la que lucharon tenazmente sus ancestros, que nos devolvía el suelo patrio, tan añorado por quienes no alcanzaron a disfrutarlo.

El viaje a tu Pequeña Inglaterra fue organizado por la presencia en Cuba de Kathleen Drayton, jurado del Premio Casa, 1982 y tu invitación para que asistiera a la Conferencia de Trabajadores Intelectuales del Caribe en St. George's Granada y a la Conferencia sobre Educación y Cultura por la liberación de los pueblos del Caribe en Carriacou. En ambos eventos participé.

Mantengo mi deslumbramiento en la sorpresa; en lo inesperado, desconocido, imaginado: conocer a Maurice Bishop, reencontrarme en la isla de Carriacou con Ernesto Cardenal y otros amigos conocidos en Cuba imantaba en mi espíritu vislumbres del Caribe.

George, siempre retorno a castillos que alojan reinos de la piel. Mi viaje a Inglaterra otorgaba cumplimiento a un sueño que había conducido mi vida hacia la escritura. Nunca imaginé que allí se revelarían esencias que emanaban de siglos anteriores que culminaban en mi nacimiento en Cuba, isla del Caribe. Cuando regresé a La Habana en 1965 me hallaba preparado para entregarme a la confidencia que manifestara ese reencuentro: Los niños se despiden.

En la década oscura de los años 70, en casa, con Maruja, nuestros hijos y amigos, cuya fidelidad fraternal nos amparaba, Trumper emergía continuamente de su suelo y ocupaba el nuestro. Nada podría jamás someternos a renunciar al primer gesto de amor en cinco siglos en este continente, que se iniciaba en el Caribe, la Revolución Cubana.

Yo, caribeño, de regreso a casa, me sentía amparado por las aguas que reúnen nuestras islas y en defensa del castillo de nuestra piel permanecería, querido G. jubiloso, aquí para celebrar, la hora, el minuto de Luz, que en Barbados te entregaba a los brazos de tu dulce y tierna madre, que desde su castillo esparcía destellos luminosos que alumbran otras islas.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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