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A George Lamming por su onomástico en
Cuba
Invoco a la poesía, que es memoria y a
la piel encastillada, para acercar más y
más a Delicias con Carrington Village,
pese a sus múltiples diferencias, que no
entorpecen el abrazo que nos unen. Tal
vez el reencuentro contigo, George, en
Londres, fue la seña de una premonición
que me indujo en mi niñez y adolescencia
a encarnar a alguien que permanecía
encastillado en su piel, como un
reconocimiento de sí mismo, en siglos
que le precedieron y que intentaba
expresarlo en gestos verbales su ser.
Al
color de la piel se le atribuye
características propias que ejercen en
individuos y grupos, diferencias
cismáticas. Ambos, tú, George, y yo,
hemos vivido esas imposiciones que En
el castillo de mi piel se develan
con egregia maestría. Precisamente ahora
en este fabuloso reencuentro de magnas
celebraciones quisiera que fuéramos los
niños que compartieron su infancia en
las escuelas que nos acogieron, cada
cual en la suya, donde se asignaban
estructuras semejantes, de acuerdo con
las normas autoritarias. Esta
confrontación respondería, George, a tus
visiones desde el castillo que configura
nuestra piel. Veríamos que estamos tan
cerca en experiencias de índoles
similares que podríamos proclamar que
somos el mismo.
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Convencido de cuánto aportas a tus
lectores, no importa quiénes sean o
dónde estén, quiero reafirmar una vez
más cuánto debemos a tu voz que nos
asiste en el diario bregar. Presentes en
mi mente-corazón permanecen los
reencuentros en el West Indian Students
Centre de Lond Caribbean Artists
Movement con otros amigos escritores. En
aquellas inolvidables ocasiones me
animaba a la conversación saber que
habíamos vivido experiencias comunes,
conocimiento que debía a ti, G., pues
desde tu castillo observabas la
distancia abismal que separaba a los
desposeídos y señores terratenientes.
Quiero hacerte llegar ahora algo escrito
y repetido en mis conversaciones cuando
he tenido que confiar a otros las sendas
recorridas en búsqueda de mi ser: “Lo
que narran las páginas del libro de
Lamming no es en ningún sentido ajeno a
los habitantes de un batey. Sus niños
son muy similares a los nuestros.
¿Qué
niño del ingenio no recuerda con horror
la violencia y la represión que produce
una huelga? ¿Qué niño no ha sentido la
compulsión de asaltar los predios del
señor para ver con sus propios
ojos qué acontece en ese coto, cerrado a
los desposeídos? ¿Quién no recuerda un
cataclismo natural que pone en peligro
vida y hacienda? Y, ¿quién no ha sentido
la urgencia de huir hacia tierras
distantes que lo separe de la pobreza,
la incertidumbre, el miedo?
Mi
reencuentro con tus amigos en la escuela
y la calle me hacía reconocer en mi a
Trumper, el primero en iniciar la
partida hacia el extranjero y que a su
regreso dice que ha de "luchar por los
derechos del negro y a morir en la
lucha". Al decir esto, Trumper no hace
otra cosa que confirmar la vieja
tradición de lucha del pueblo caribeño.
Haber
compartido aquellos y otros reencuentros
con C. L. R. James, Andrew Salkey, Jan
Carew, John La Rose, Marion Parick
Jones, Edgard Brathwaite, Samuel Selvon,
Wilson Haris, V. S. Naipaul, Faustin
Charles y Orlando Patterson, nutrieron
mi ser. En ti y en ellos, G., encontraba
el modo más auténtico y real de
responder a esa inquietante pregunta por
años sin respuesta: ¿Quién soy yo? De no
haber iniciado ese reconocimiento
leyéndote, conversando contigo, no sería
caribeño. Algo desconocido en mi
infancia y adolescencia. Esa
contribución al desarrollo de mi ser
recuperó al campesino solitario, pobre,
abandonado en los páramos del Yorkshire
en pasadas existencias, que me indujo en
esta a la escritura, y sin duda contigo
ha asistido mi obra narrativa. No es por
azar que En el castillo de mi piel
y Salterio y lamentación, mi
primer libro de poemas, se publicaran en
el mismo año, 1953.
Es
curioso, aunque pasen los años apenas
uno sepa algo del otro, dónde está, qué
hace, los libros que nos acompañan
otorgan una cercanía familiar, humana.
Cuando recurro a tu obra, George, me
complace el pulso de tu mano en la
dedicatoria de los libros. Y,
súbitamente me traslado a tu patria en
Barbados contigo. Incorporo mi piel a su
castillo, y sueños, anhelos, ilusiones
hayan una respuesta en esa temporada que
generosamente me otorgaras en tu Isla,
que has hecho nuestra.
Andar
por sus suelos en Bathsheba, St. Joseph,
Bridgetown y Spiketown, Cave Hill,
extasiarme en la contemplación del
paisaje, atender a las voces del agua
con sus múltiples azules del mar,
visitar a tus amigos y compartir con
ellos el aire fresco del atardecer,
abarcar con la mirada los bordes de
caminos que conducen de un extremo a
otro de la lsla, sin duda, me ofrendaba
la Pequeña Inglaterra de tu infancia.
De
todas las sorpresas que me devolvían a
mi casa natal, a Delicias, a ancestros y
culturas, la visita a tu madre, aún me
conmueve y mi mente-corazón todo júbilo,
me anima al canto de amor a la Luz. Era,
George, tener a mi mamá sonriente,
conversando, ofreciéndonos algo que
tomar. Mi madre falleció en 1959, no
pudo ver realizado el sueño que por
tantos años animara su vida, sentirse en
su casa amparada por la Libertad por la
que lucharon tenazmente sus ancestros,
que nos devolvía el suelo patrio, tan
añorado por quienes no alcanzaron a
disfrutarlo.
El
viaje a tu Pequeña Inglaterra fue
organizado por la presencia en Cuba de
Kathleen Drayton, jurado del Premio
Casa, 1982 y tu invitación para que
asistiera a la Conferencia de
Trabajadores Intelectuales del Caribe en
St. George's Granada y a la Conferencia
sobre Educación y Cultura por la
liberación de los pueblos del Caribe en
Carriacou. En ambos eventos participé.
Mantengo mi deslumbramiento en la
sorpresa; en lo inesperado, desconocido,
imaginado: conocer a Maurice Bishop,
reencontrarme en la isla de Carriacou
con Ernesto Cardenal y otros amigos
conocidos en Cuba imantaba en mi
espíritu vislumbres del Caribe.
George, siempre retorno a castillos que
alojan reinos de la piel. Mi viaje a
Inglaterra otorgaba cumplimiento a un
sueño que había conducido mi vida hacia
la escritura. Nunca imaginé que allí se
revelarían esencias que emanaban de
siglos anteriores que culminaban en mi
nacimiento en Cuba, isla del Caribe.
Cuando regresé a La Habana en 1965 me
hallaba preparado para entregarme a la
confidencia que manifestara ese
reencuentro: Los niños se despiden.
En la
década oscura de los años 70, en casa,
con Maruja, nuestros hijos y amigos,
cuya fidelidad fraternal nos amparaba,
Trumper emergía continuamente de su
suelo y ocupaba el nuestro. Nada podría
jamás someternos a renunciar al primer
gesto de amor en cinco siglos en este
continente, que se iniciaba en el
Caribe, la Revolución Cubana.
Yo, caribeño, de regreso a casa, me
sentía amparado por las aguas que reúnen
nuestras islas y en defensa del castillo
de nuestra piel permanecería, querido G.
jubiloso, aquí para celebrar, la hora,
el minuto de Luz, que en Barbados te
entregaba a los brazos de tu dulce y
tierna madre, que desde su castillo
esparcía destellos luminosos que
alumbran otras islas. |