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El
Caribe es un mar tropical, un mar de
aguas cálidas, un mar de corales e
hipocampos; es el mar de las lentejas,
el vasto mar de los sargazos, donde
anidan los vientos que acarician y
arrasan. Es el mar andrógino, es el mar
y la mar, es Poseidón y es Afrodita, es
Olokún y es Yemayá. Del Caribe nos llega
la obra de George Lamming, con su
energía y su cromatismo, con su
infinidad y su vendaval; nos llega con
los ecos y cantos de estas tierras, para
rescatarlas de la codificación
registrada por un discurso equívoco, que
las ha convertido en tarjeta postal, en
imán edénico, en Tierra Prometida, por
la repetición icónica de sus cadencias y
sus prodigios.
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Para
alcanzar el perfil del sujeto caribeño y
su definición mejor, la obra de George
Lamming desmitifica al Caribe del
discurso ilusorio y momificado, del
discurso tendencioso cuyo origen se
remonta a los tiempos de aquel
empecinado empresario genovés que
estableció la belleza de estas tierras
por encima de la del resto del mundo.
Artífice del renacimiento de nuestro
espacio, y por lo tanto, un descubridor,
Lamming ha sostenido una indeclinable
vocación caribeña, que se ha expresado
en sus textos creativos y reflexivos,
así como en empresas de promoción,
difusión y formación de nuestra cultura:
revistas, ediciones y aulas.
De
manera sustancial Lamming ha contribuido
al examen de asuntos concernientes a
nuestro entorno, a su presencia
vibrante, a nuestro pasado, nuestro
presente y nuestro futuro. Pero sobre
todo, ha alimentado imaginarios y ha
propuesto juicios iluminadores para
intentar responder a estas
interrogantes: quién soy, cuál es mi
relación con el entorno inmediato y
cuál, mi nexo con el mundo.
Narrador, ensayista, poeta y académico,
Lamming es el intelectual de mayor
significación en Barbados, y uno de los
más influyentes de nuestra región. En su
extenso periplo, de estancias próximas y
distantes de su país natal, Lamming ha
convertido esas errancias en un
ejercicio de aprendizaje, en una fuente
de sabiduría, convencido de la efectiva
recuperación, desde “los placeres del
exilio”, del espacio Caribe, con sus
obsesiones y abominaciones.
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A lo
largo del tiempo, este espacio ha sido
nombrado a partir de antiguos mitos y
cartografías —las Antillas—, de
toponimias y empresas mercantiles —West
Indies—, para finalmente asumir la
denominación del mar que lo baña, de
prestigiada resonancia canibalesca. Este
espacio ha sido frontera imperial,
objeto de deseo de conquistadores en
voraz fagocitosis por establecer lo que
Lamming califica como el “primer
experimento capitalista allende el mar”,
que produjo la balcanización de todo
diálogo entre estos codiciados
territorios para corresponder así a “las
ortodoxias de metrópolis separadas”.
En su
relectura de este relato, Lamming
apuesta por los condenados de la tierra,
por los negros jacobinos, por nuestra
América martiana. Para este creador, el
Caribe es el resultado, casi único en la
historia humana, del encuentro de
África, Asia y Europa, y por
consiguiente, el control del peso de
este pasado singular y su incorporación
en nuestro sentido colectivo del
porvenir, es tanto una tarea apremiante,
como nuestro mayor desafío intelectual.
En
este contexto de encrucijadas y de
puentes, de islas sin fin y de islas que
se repiten, de líneas en fuga, de mar
que alumbra a un océano, se ha edificado
lo que Lamming con acierto califica como
un monumento histórico y filosófico, de
conocimiento y poder, así como un
vigoroso cuerpo literario, diseñado
tanto en la matriz del espacio Caribe,
insular y continental, como en sus
ramificaciones diaspóricas. Ese cuerpo
literario, en todas sus lenguas,
constituye un legado a la cultura de la
humanidad.
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El
tejido discursivo, el texto Caribe, tuvo
su origen en aquellos primeros
inventarios coloniales, “exóticos y
excéntricos”, así como en el lamento de
los aborígenes, en el grito de los
barracones, en Caliban maldiciendo a
Próspero. Una vez digerido el
resentimiento, el texto Caribe se ha
nutrido de un saber ancestral, para
descender a los infiernos y develar los
arcanos, para explorar los laberintos,
mediante una apelación en múltiples
sentidos, de formas, lenguajes y
registros, invocando a panteones
idénticos pero distintos, a Erzulie,
Krishna y Oshún, con la certidumbre de
que la identidad Caribe no es una
esencia icónica, sino un flujo y
reflujo, un rizoma, una relación. La
mer, la mer, toujour recomencée, el
mar, el mar, siempre recomenzando.
Cuando hace más de medio siglo, George
Lamming publicaba su primera novela,
In the Castle of my Skin, En el
castillo de mi piel, abría caminos
como Elegguá. Esta novela de juventud
desbrozaba senderos, tanto en los
territorios de habla inglesa, como en el
resto de la región, pues en ella
confluían algunos de los tópicos
recurrentes del texto Caribe. Por un
lado, los temas sociales, en particular
la condición colonial y la neocolonial,
atravesadas por las instancias de clase,
raza y género, y sostenidas por la
acción coercitiva de la religión y la
escuela, aparatos ideológicos del estado
—que vigila y castiga—, en tiempos de
crisis del sistema de plantación, ese
pilar del texto Caribe. Por la otra, el
rescate de la cultura de origen,
mediante el empleo del creole, el ritmo,
el léxico y las sintaxis de formas
dialectales, así como otras variables
del habla vernácula: refranes, canciones
y poesía oral.
Esta
obra, ya un clásico, plena de
descripciones poderosas y de atmósferas
entrañables, de registros simbólicos y
metáforas, modificaba el canon europeo
de la novela de formación, el
bildungroman, mediante la múltiple
focalización del relato que matiza y
complementa la mirada del protagonista.
Paralela a la historia del niño que se
convierte en joven, y que en busca de un
destino parte de Barbados hacia
Trinidad, se narra el cambio de un
pueblo que pasa de un estatus
semifeudal, a un sistema capitalista de
compra y venta de la tierra, de
desalojos y miserias, en el cual los
intermediarios entre el colonizado y el
colonizador, primero, y entre los
explotados y el capitalista, después,
comparten el origen racial de la
mayoría. El enemigo no solo es el otro,
también anida entre nosotros.
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A lo
largo de su producción ulterior, Lamming
muestra su inquietud por lo vulnerable
de las sociedades modernizadas y de
aquellos que siguen afectados por la
impronta de las estructuras coloniales
en lo psicológico y lo político.
Antídotos a esta afección poscolonial,
el desarraigo, la alienación y la
violencia, son el realce de la identidad
caribeña, la búsqueda del yo en la piel
como castillo, y el autodescubrimiento
de una temporada de aventura. La
confianza de Lamming en la capacidad
liberadora de la palabra, en su acción
formadora de conciencias, es aliento que
sostiene su esperanza de un futuro de
respeto a la dignidad humana.
Por
esa confianza y ese aliento, y por su
dedicación a las letras y al pensamiento
del Caribe, la Universidad de La Habana
se honra hoy al otorgarle el doctorado
Honoris Causa en literatura y al
incorporarlo así a la comunidad
académica cubana, como una celebración a
su magna obra y a su prolífica
existencia. Coming, coming home,
profesor Lamming, ha llegado usted a su
casa.
Palabras de elogio en ocasión de la
entrega del Doctorado Honoris Causa a
George Lamming, el 8 de junio de 2007,
en el Aula Magna de la Universidad de La
Habana. |