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“Hay hombres, hay unos cuantos,
Que se pelean por saber,
Y yo, Ermita, vengo a ser
Sin disputa uno de tantos”.
Letrilla.
Rumores del Hórmigo
Es
curioso como se puede haber escrito
mucho de un tema y a la vez tan poco.
Aunque
parezca silogismo, tal es el caso de
Rumores del Hórmigo y de su autor
Juan Cristóbal Nápoles Fajardo —El
Cucalambé—, uno de los poetas cubanos
más famosos y más desconocidos, todo en
un mismo sentido.
Recién
encontré en una de las llamadas
“librerías de viejo”, un ejemplar del
libro de coplas, décimas y sonetos,
editado por la Biblioteca Básica de
Cultura Cubana, dirigida por Alejo
Capentier —en ocasión del Segundo
Festival del Libro Cubano—, y con un
estudio a manera de prólogo, del famoso
periodista y escritor José Muñiz
Vergara, quien firmaba también como El
capitán Nemo.
La
edición —especial y acompañada de La
Edad de Oro, de José Martí, entre
otros nueve títulos de autores cubanos—
reproduce exactamente las creaciones
políticas, líricas, jocosas y populares,
de aquella selección que el mismo poeta
hiciera* en 1857 —su único libro— y que
pagara de su peculio, sin el aprecio de
editores y crítica; o peor: según se
afirma muchas de su décimas le ganaron
la enemistad de algunos y las agresiones
físicas de otros.
No son
muchos los que han leído de punta a
punta y a conciencia Rumores del
Hórmigo, una obra que la mayoría de
los cubanos pretendemos conocer — ¡Ah,
sí, el Cucalambé!—, citando, de memoria
incluso, fragmentos de sus décimas:
Con un cocuyo en la
mano
Y un gran tabaco en
la boca
Un indio
desde una roca
Miraba el
cielo cubano.
La noche, el monte y
el llano
Con su negro manto viste,
Del viento
al ligero embiste
Tiemblan del
monte las brumas
Y susurran
las yagrumas
Mientras él
susurra triste.
Enrique José Varona escribió que
Rumores… había sido el primer libro
de versos que se le hizo familiar. Con
los años apreció en toda su magnitud y
desde su sabio magisterio, el valor del
poeta: “Lo que en Fornaris parecía
artificio, era en Nápoles Fajardo el
fondo mismo de su arte”.
¿Cómo
era el poeta? Se describía a sí mismo en
el soneto “Mi retrato”:
Tengo
señores el cabello rubio,
Una frente en que cabe un buen
escaño
Y dos ojos que son, si no me engaño
Del color de las llamas del Vesubio.
Es
larga mi nariz como el Danubio,
Mis orejas también de igual tamaño,
Y
caben en mi boca, que es un caño,
Todas las aguas que hubo en el
diluvio.
El
color de mi rostro es encarnado,
No
tengo barbas, ni tenerlas creo;
Soy de talle gigante y muy delgado.
Y
siendo, como soy un hombre feo,
De
mujeres bonitas hay atajos,
Que
incansable me roen los zancajos.
Un
breviario socorrido de Nápoles Fajardo,
más allá de fechas, seudónimos,
perfiles y circunstancias —ciertamente,
aunque rala, tenía barbas—, se asegura
que educado esmeradamente por sus
abuelos maternos José Rafael y Micaela,
conoció de lo mejor de la poesía de
entonces.
Don
Rafael después de la muerte de su esposa
abrazó el sacerdocio y fue durante
largos años párroco y vicario de Las
Tunas; su abuela Micaela llevaba el
poético apellido de “Góngora”.
Todo
debe haber servido para propiciar el
sentido del lírico.
Se
dice que se inició en 1848, como poeta
en una conspiración, escribiendo décimas
que enardecían al pueblo.
En
cambio, años después, por haber aceptado
un puesto gubernamental, en espera de
unirse a un grupo insureccional, fue
blanco de críticas de varios
independentistas, en momentos en que
necesitaba cuidar de su familia, Isabel
Rufina, la esposa, y sus tres hijos.
Con 32
años desapareció un mañana de 1862
—algunos aseguran que en los primeros
días de diciembre del 61—, apenas seis
años antes del estallido de la primera
Guerra de Independencia cubana.
En lo
adelante solo especulaciones parecen ser
la tónica, a excepción del trabajo
investigativo realizado por el estudioso
Carlos Tamayo, basado en documentos
(dizque) testifican toda una conjura
para asesinarlo.
Sin
embargo, Rumores… siguen siendo
un texto imprescindible para los
cubanos. Por estar “pensadas en guajiro
(…) muchos le creyeron labriego. Para
Muñiz Vergara “Ningún libro publicado
en Cuba ha sido más popular que
Rumores del Hórmigo”.
El
libro lo componen 21 obras, desde “Mi
estado” hasta “Hablar por hablar”; en
sus tres partes se desgrana el amor por
Cuba, por su geografía y por sus gentes,
con cierta ingenuidad, a veces, pero
con ironía y gracia sobradas.
¡Válgame Dios, Juan del Dedo!
¿Por qué de cólera lloras?
¿Por qué, Juan, a todas horas
me
maldices con denuedo?
Rufina, te ha desdeñado
Porque soy más de su gusto,
Con
ese semblante adusto,
¿Qué pretendes?... ¡desdichado!
………………………………………
Otras cosas más de mil
Te
dijera con agrado,
Pero ya se me ha gastado
El
aceite del candil.
Ya el cansancio me abruma
la
testa se me alborota,
y
la tinta se me agota
Y
se me cansa la pluma.
“Consejos a Ruanillo”.
Cuentan que en cierta ocasión un
latinoamericano —estudioso de obras al
estilo de Martín Fierro— y residente en
Alemania, escribió a Muñiz Vergara,
pidiendo le obsequiara con un ejemplar
de Rumores del Hórmigo, tarea
harto difícil, pues este no pudo
encontrarlo disponible en librería
alguna.
Empeñado en corresponder, el cubano fue
incluso a una editora española radicada
en Cuba y propuso la idea de una
reedición. La impresora hizo las labores
pertinentes y publicó mil ejemplares de
Rumores…; al comprender la joya
que estaban haciendo renacer, le
pusieron a la tirada un precio bastante
alto. El viejo periodista cumplió con el
lejano amigo, pero escribió un suelto
informativo que, divertido, años
después recordaría: “…refiriéndome a las
bellezas del cubanísimo volumen, dije en
diarios que la casa editora, efecto de
su amor a Cuba, (brillante por su
ausencia siempre, en verdad) le vendía a
razón de dos pesetas el ejemplar, aviso
con el cual contribuí a aumentar la
venta mermando la ilícita utilidad de
los vendedores, que celebraron mi
humorismo según me dijeron no pudiendo
decirme otra cosa”.
Tal
vez las décimas más famosas del
Cucalambé sean las agrupadas bajo el
nombre de “El Amante Rendido” —13 en
total— y que casi todos los cubanos
mayores de 40 habrían declamado alguna
vez en una actividad escolar:
Por
la orilla floreciente
Que baña el río de Yara,
Donde dulce fresca y clara
Se
desliza la corriente,
Donde brilla el sol ardiente
De nuestra abrasada zona,
Y en cielo hermoso corona
La selva, el monte y el prado,
Iba
un guajiro montado
Sobre una yegua trotona.
* Hoy se conserva, en su ciudad natal,
una pluma propiedad del Cucalambé y
manuscritos de su autoría de Rumores…,
de la comedia El Hombre de las
barbas, del drama Consecuencias
de una falta y varios sueltos en
prosa y versos. |