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En
nuestro país un buen día se dieron los
primeros pasos para la llegada de la
refrigeración. Como mismo hubo una
primera vez para la cinematografía, la
fotografía, el teléfono, la barbería, el
arte, la electricidad et al. Algo
similar ocurrió con aquellas primeras
señales de helados —amén de los
sabores—, portadores en sí
de una
función, de un concepto, que se
haría mucho más extensivo y cotidiano
con el paso de los años: la
refrigeración, por supuesto. Hielo,
frío, agua congelada, cambio transitorio
de estado, sensaciones otras
degustativas y hasta táctiles fueron
sólo unas de las funciones que tendrían
una presencia social con un continuo
ascenso a lo más privado: el hogar.
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Invitación digital que se hizo
circular vía e-mail en el 2006
días antes de la inauguración de
la muestra Manual de
Instrucciones.
Su imagen parte de la que tiene
el plegable con diseño de Jorge
Rodríguez. |
Refrigeradores y neveras, frigoríficos
de petróleo y eléctricos... fueron
algunos de los equipos empleados para
conservar, refrigerar, preservar
esencias líquidas y sólidas
indispensables para la vida. Son varias
las décadas que nos han acompañado y
hasta han ocupado un espacio (reservado)
en nuestros hogares. Del no tener
al tener resultó ser el móvil de
cada hogar, o al menos, el ideal
(in)alcanzable.
El
frío…
entrega señales únicas del espacio al
cual pertenece y, por ende, de su(s)
dueño(s). Refleja y retrata el sentir y
el ser de quien lo emplea. El
escucha, todo habla —de origen
africano— también resulta aplicable más
allá del recibidor, el hall, la
sala, los cuartos... donde precisamente
se consuman los ejercicios mentales y
prácticos que logran nuestro sustento
del día a día.
Por
ese sentido de preservación es que el
cubano inclusive atesora objetos que,
para ciertos ojos, pueden constituir
rarezas y causar asombros. Hemos
heredado vestigios de vida
—¿culturales?— que no nos competen, pero
resultan estar bien y a veces no ha
quedado otra alternativa. Eso sí, de ese
gran conjunto el refrigerador doméstico
ofrece los mejores signos, porque el de
cada casa ha sido el centro de la vida
del cubano... desde hace ya un buen
tiempo.
Hoy
día tal artefacto es demasiado vital.
Atesora y preserva, aunque
en (muchas)
ocasiones sólo sea agua.
Pero,
agua distinta… que se agradece a otras
temperaturas en medio de un clima no tan
apacible. Aquí significa más el
refrigerador, aquí nos define, nos
delata como individuos, como seres que
somos: con virtudes y defectos. El
refrigerador es la frontera que nos
distingue.
Él
porta como ningún otro equipo
electrodoméstico una de las funciones
que generaliza la vida en las casas
cubanas: la conservación. En su variante
lingüística esta palabra se asocia con
subsistencia, mantenimiento,
manutención, preservación,
entretenimiento, supervivencia y
archivo. En su dimensión
antropológico-cultural la conservación
se verifica en el acto de acaparar, de
llenar el espacio. El refrigerador
conserva y es a su vez conservado. Ocupa
un lugar preponderante en la
representación y producción de la noción
cubana de espacio.
Nosotros somos conservadores, que es el
equivalente a ser cautelosos,
vigilantes, guardianes.
En
Manual de Instrucciones concurren
varios de los más destacados artistas
del país, reconocidos a una escala
social en alguna que otra manifestación
artística. Algunos con menos estudios,
otros egresados de nuestras escuelas de
arte y unos pocos que ahora mismo
continúan con su creación más allá de
nuestras fronteras. La mixtura, lo
posible y lo diverso —estético
y generacional— son maneras que
tipifican el hecho artístico de nuestros
días.
Múltiples voluntades e ideas han hecho
posible que a
lo largo de un año se dieran cita
una vez por semana —luego durante casi
toda ella— en un mismo espacio como el
del Estudio 61: taller que en el más
amplio sentido de su extensión acogió y
modeló a la vista
de vecinos,
curiosos, amigos e interesados —¿de
unos pocos?— este gran conjunto
en un tipo de soporte muy atípico para
estos menesteres, aunque no extraño.
En la historia más reciente del arte
cubano podemos citar ejemplos aislados,
como las incursiones de Kcho, Lázaro
Saavedra, Guillermo Ramírez Malberti,
José Ángel Vincench, Douglas Pérez…
Contamos con refrigeradores en una obra,
como obra en sí o como parte de una
obra, ya sea ésta de tipo escultórico y
bidimensional.
Pilares del arte cubano traspasaron por
diversas razones los convencionales
soportes en un determinado momento. Los
que tal vez el día de mañana sean
(algunos de) los nuevos pilares hicieron
en un mismo tiempo —el de la Cuba de
2005 y meses después— la integración
lograda.
Ahora, refrigeradores domésticos de
antaño se erigen como el centro mismo y
soporte ideal de varios discursos
artísticos de pintores, escultores,
ceramistas,
grabadores, fotógrafos,
instalacionistas... en un conjunto
meridional y atractivo. Atractivo porque
se trató de una voluntad de todos
en un mismo
taller. Ya no son casos aislados.
Los
artistas aquí representados aceptaron un
objeto difícil de rebasar y de ser
dominado. Asimismo, cada uno por igual
forcejeó con
el que le correspondió… por elección
propia. Por consiguiente, nos han dejado
su impronta artística en tales cuerpos
cotidianos y condenados
hoy al
reemplazo, con una función específica
(la cotidiana) y
a la vez que
expansiva (la estética) en medio de la
circunstancia “doméstica”.
Frente a lo ya
proclamado
infuncional,
la mirada del artista, el sesgo que
simboliza para los próximos días: la
posible eternidad. Elegir, pero más aún,
saber elegir… y con
tino, para el
bien decir.
Tenemos, pues, bastante con nuestro
Manual de Instrucciones. Tenemos
parte de la espiritualidad nacional, la
historia y el porvenir. Además de
superficies, exteriores, interiores...
un número
considerable de las direcciones
posibles del soporte en sí.
En un
intento generalizador las obras nos
quedan dispuestas en varios grandes
grupos: como homenaje al refrigerador,
como metaforización sobre las funciones
del refrigerador, como el testimonio y
registro de lo social y cultural, como
la visualidad figurativa y/o cromática…
En algunos casos fueron plenamente
agotadas y aprovechadas las
posibilidades estético-artísticas. En
otros, el intento resultó insuficiente.
El
objeto (nos) dominó, la experiencia
(nos) lo alertó.
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Palabras para el plegable de la
exposición Manual de Instrucciones
que, en el contexto de la IX Bienal de
La Habana (27 de marzo- 27 de abril de
2006), estuvo en exhibición en el Centro
Nacional de Conservación, Restauración y
Museología (CENCREM), ubicado éste en
uno de los antiguos inmuebles de La
Habana colonial, que antes fungió como
convento y en la actualidad se consagran
sus áreas a la restauración de obras
artísticas. Aunque la muestra colectiva
Manual de Instrucciones rebasó
temporalmente el marco de esta bienal
internacional. |