Año VI
La Habana

21 al 27 de JULIO
de 2007

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Revista Casa de las Américas:
desde la perspectiva de la revolución posible

Ambrosio Fornet • La Habana

 

A la memoria de Ángel Rama
y Antonio Cornejo Polar

Cuando Saúl Sosnowski tuvo la amabilidad de invitar­me a participar en este Encuentro con una ponencia sobre la revista Casa de las Américas, me pidió que le enviara un título, aunque fuera provisional. Yo no tuve que pensarlo dos veces; me pareció que toda la labor de la revista podía analizarse "desde la perspectiva de la revolución posible"1. Créanme que en ese momento nin­gún otro enfoque me parecía más apropiado. Sería difí­cil entender la naturaleza y trayectoria de la revista sin semejante perspectiva, la de aquella "década prodigio­sa" —que a mi juicio duró 14 años: desde el triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, hasta el golpe de Estado en Chile, en 1973— cuya fisonomía marcó y fue marcada por un movimiento artístico y literario capaz de amalgamar los componentes más dinámicos de la tra­dición y la vanguardia. El espíritu que aún prevalecía en amplios sectores de la intelectualidad latinoamericana a principios de la década del 70 se plasma de manera inequívoca en una declaración del Comité de colaboración de la revista, fechada en La Habana el 22 de enero de 1971. En ella se afirmaba que el triunfo de la Unidad Popular en Chile, la consolidación de un gobierno na­cionalista y antimperialista en Perú, y la actividad de la guerrilla urbana en países como Uruguay, Brasil y Ar­gentina, rompían "la falsa imagen de un estancamiento latinoamericano"2. Era obvio que también había habido retrocesos —políticos y económicos, como lo demostra­ban la dictadura de Brasil, la caída del Che en Bolivia, la creciente penetración del capital financiero norteame­ricano, pero lo que se imponía, como balance, era una visión optimista del futuro inmediato: "A 12 años del triunfo de la Revolución Cubana [concluía afirman­do el documento], la fisonomía política y social de la América Latina muestra inequívocamente que el proce­so de liberación de nuestros pueblos alcanza ya su di­mensión continental "3 Y firmaban, además de los miem­bros cubanos del Comité de colaboración,4 Mario Benedetti (Uruguay), Enmanuel Carballo (México), Ju­lio Cortázar (Argentina), René Depestre (Haití), Manuel Galich (Guatemala), Ángel Rama (Uruguay), Mario Vargas Llosa (Perú) y David Viñas (Argentina).

Duele tener que admitir que unos y otros habían to­mado sus deseos por realidades. Lo que no tardaría en adquirir dimensión continental era la contraofensiva re­accionaria que culminaría con el establecimiento de re­gímenes fascistas en el Cono Sur y con el sistemático esfuerzo, por parte de los círculos dominantes de los EE.UU., de neutralizar o minar las posiciones de la intelectualidad progresista latinoamericana. En Cuba, por otra parte, se iniciaba —con el lamentable "caso Padilla" y la importación de modelos económicos y esquemas ideológicos soviéticos— lo que he llamado el Quinquenio Gris (1971-1976), una etapa de estancamien­to y desconfianza dentro del movimiento cultural que resquebrajó, a veces de modo irreparable, la fructífera alianza entre las vanguardias políticas y artísticas forja­da en la década anterior. Fue esa alianza la que hizo de los años 60 un momento de máxima creatividad en to­das las esferas de la literatura y el arte, para no hablar del propio pensamiento revolucionario. Tal vez pueda decirse que en el horizonte de expectativas de la con­ciencia latinoamericana no volvió a aparecer la perspec­tiva de cambios radicales hasta el triunfo de la Revolu­ción Sandinista. (Suelo pensar en Cortázar, por cierto, como ejemplo paradigmático del intelectual que tendió un arco de pasión y lucidez entre las dos únicas revolu­ciones triunfantes del período, separadas entre sí por un lapso de 20 años.)

Pero lo que quería decir es que, tan pronto como em­pecé a preparar este trabajo, me di cuenta de que no era la perspectiva de la revolución, sino la perspectiva del cambio, simplemente, lo que nos permitiría descubrir los niveles de permanencia, las verdaderas señas de iden­tidad de una revista que ya cumplió 37 años de fundada. En el número 200 —tercer trimestre de 1995—, su director reflexionaba sobre lo que significa mantener determinado perfil editorial en momentos en que no ya la revolución, sino hasta el propio sentido de la digni­dad, está a la defensiva en todas partes. Y añadía, sin asomo de falsa modestia: "Se dice que Casa fue una revista capital de la década de los 60. Es cierto. Pero se dice mucho menos que siguió siéndolo de la de los 70, la de los 80 y lo que va de los 90"5. Esa continuidad presupone una óptica distinta que, sin embargo, no im­plica mutación sino adecuación a las nuevas circunstan­cias. Lo que permanece, como en el célebre poema, es la propia inevitabilidad del cambio, tenga este o no un carácter radical. La Revolución Cubana hizo confluir lo cultural y lo político en un solo movimiento de reivindi­caciones y transformaciones que desbordó ampliamente las fronteras de la Isla. Sírvame de testigo un crítico cuya imparcialidad —tratándose de nuestro tema— no puede ponerse en duda.

 

Todos los países de América le deben a Cuba dos cosas [decía Emir Rodríguez Monegal en una entrevista publicada en México]: primero, una conciencia de la realidad americana de hoy [...]; segundo, la creación de grandes editoriales que publicaron y republicaron casi todos los clásicos de América y, con la instalación del concurso de la Casa de las Américas, las revis­tas, los congresos, todo, no solo convirtió a Cuba en uno de los centros culturales más importantes, especialmente en los pri­meros siete u ocho años de Revolución, sino que además sus­citó la emulación. En este sentido creo que ha sido la revolu­ción política más importante de la historia cultural de América.6 

Algo semejante postula Mudrovcic en su reciente es­tudio sobre los conflictos ideológicos de la época:       

La eficaz política cultural que llevó a cabo la revolución [cubana] terminó transformando a la isla en una especie de "Roma antillana" [...] capaz de irradiar enorme poder de atracción, en especial sobre aquellos sectores próximos al ala progresista de la intelligentsia internacional.7 

Que la revista Casa —como solemos llamarla, para abreviar— surja en semejante contexto y sea ya parte in­separable de él convierte su estudio en una operación sumamente compleja. En efecto, como revista institu­cional8 remite a las estrategias promocionales de la Casa de las Américas, institución a la que pertenece y repre­senta; pero esas estrategias no son ajenas a las de la Revolución Cubana en general de la que, en el campo de la cultura, la Casa es uno de los más prestigiosos voceros. "El imaginario institucional de una Revolución", subti­tuló un joven investigador puertorriqueño su tesis de doctorado sobre la revista, centrada en los años 60.9 Por otra parte, la labor de la institución se proyecta —como su propio nombre lo indica— hacia un ámbito que abarca todo el complejo cultural latinoamericano y caribeño, lo que remite también a espacios culturales afines, como el que forman en los EE.UU. los latinos, especial­mente los chicanos y neorriqueños. Y como si todo esto fuera poco, en el terreno de la teoría y la crítica la revis­ta no tardó en acoger y promover una concepción de la cultura centrada en la búsqueda de nuestra propia iden­tidad —con el consiguiente rechazo de todo mimetismo eurocentrista— y en la convicción de que las obras literarias y artísticas eran expresiones sui géneris de la conciencia social con el consiguiente rechazo de los enfoques puramente formales, entre los que a la sazón predominaban, para usar una invectiva de la época, los "colonizados por la lingüística". Esas posiciones se inte­graban orgánicamente al movimiento cultural encabezado por los intelectuales de izquierda latinoamericanos, como quedaría demostrado en el primer Congreso Internacional sobre Revistas de Crítica Literaria celebrado en Xalapa, a mediados de 1980. Allí, Ángel Rama sostuvo que el discurso crítico debía dirigirse a "la totalidad del ser humano" y ser capaz de articular "la visión del mundo que necesitamos para vivir". Antonio Cornejo Polar, por su parte, afirmó que las revistas literarias solo cumplirían cabalmente su función si lograban poner de manifiesto "lo que hay de social, de cultural, de global dentro de cada sistema literario".10 Inmersa desde mucho antes en esa perspectiva crítica, Casa no era ni pretendía ser —al menos exclusivamente— lo que en sentido estricto llamamos una revista literaria: se abría de modo sistemático a otras disciplinas, otros temas, ciertas zonas de la realidad tradicionalmente reservadas a las ciencias sociales. No es casual que el llamado segundo período de la revista11 se inaugure, en 1965, con un número que incluye el polémico ensayo de Re­gis Debray "América Latina: algunos problemas de es­trategia revolucionaria" y la reseña critica de Roberto Fernández Retamar sobre Los condenados de la tie­rra, de Franz Fanon. En una lectura minuciosa del cor­pus total de la revista —en la que casi se siente el roce de la yema del dedo sobre cada una de las páginas—, Luisa Campuzano ha señalado que ambos textos abren nuevas perspectivas al discurso progresista latinoame­ricano, primero al convertir el tema de la liberación nacional en centro de sus reflexiones y después al es­tablecer por ese medio un fructífero diálogo con el lla­mado Tercer Mundo, que ya empezaba a verse como "el espacio mayor" en que se insertaba Nuestra Amé­rica.12 Igualmente representativa del período es la en­cuesta "El papel del intelectual en los movimientos de liberación nacional", publicada en la segunda entrega de 1966.13 Incluso en la que se considera primera eta­pa de la revista, cuando aún no había cuajado del todo su perfil editorial, se hace evidente que los editores defendían a brazo partido su literariedad sin poder escapar, no obstante, a la dramática presión de las circunstancias. Campuzano ha llamado la atención sobre ese fenómeno con un comentario que merece citarse in extenso. Refiriéndose al número 26, de octubre-noviembre de 1964, coordinado probablemente por Ángel Rama (número en el que colaboraron Carpentier, Cortázar, ­Onetti, Sábato, Fuentes, Vargas Llosa, Arguedas, Rulfo y el propio Rama, este último con su famoso ensayo "Diez problemas para el novelista latinoamericano"), Campuzano observa que:

       

           en esta entrega se articula y consagra, simultáneamente, la aparición del hecho literario más importante de los 60 —y hoy (podemos decir de toda la segunda mitad del siglo)— en nuestro Continente: la nueva novela latinoamericana. Pero si leemos la nota editorial que presenta este número, se advierte que la intención que mueve a los editores no es solo ni fundamentalmente literaria: “Mientras en Washington se preparaba [el] bloqueo cultural, nosotros preparábamos este número sobre la nueva novela latinoamericana, recogiendo algunos textos de grandes escritores del continente [...] Mientras en Washington se acrecentaba la política de división, nosotros trabajábamos por la comunicación mutuamente enriquecedora, de las culturas nacionales.14

            

Semejante situación, que en lo esencial, por increíble que parezca, no ha variado todavía, explica que 32 años después la revista pueda condenar, en una de sus secciones noticiosas, la llamada Ley Helms-Burton de 1996, con la que el gobierno de los EE.UU. recrudece el bloqueo, tanto comercial como diplomático, y pretende restringir los vínculos del resto del mundo con la Isla.15 En un clima político cada vez más enra­recido, donde se reiteran los burdos esquemas de la Gue­rra Fría y no se vislumbran signos de normalidad, no podría decirse que la revista "se repite" cuando lo que hace, en realidad, es sostener contra viento y marea su probada vocación latinoamericanista y revolucionaria. Otro importante factor de continuidad y coherencia —esta vez positivo— lo constituye el hecho de haber con­tado con el mismo director desde hace más de 30 años.16 Roberto Fernández Retamar comenzó a dirigir la publicación en 1965 con amplias credenciales de revistero y un sólido prestigio como poeta y ensayista, que se consolidaría con la aparición de Poesía reunida (1966) y con los trabajos de teoría y critica incluidos en Ensayo de otro mundo (1967), Para una teoría de la li­teratura hispanoamericana y otras aproximaciones (1975) y Calibán y otros ensayos (1979). Al recibir la noticia de su nombramiento, Ángel Rama opinó que, para la Casa, "era una adquisición de primera magni­tud": "Nadie mejor en Cuba para dirigir la revista de la Casa [escribió], nadie mejor informado de la literatura americana, nadie con mejor equilibrio en lo artístico y lo político"7. Tres años después, evocando la época, en que Retamar había colaborado asiduamente, en Oríge­nes, Lezama Lima —desde su bien ganada posición de patriarca de los revisteros cubanos— quiso dar fe de aque­lla genealogía editorial: 

Roberto Fernández Retamar, que ahora dirige la revista Casa de las Américas [precisó], desde muchacho, estuvo en la revis­ta Orígenes y, desde luego, vio, de cerca lo que es un taller renacentista, creando en una gran casa, animado por músicos, dibujantes, poetas, tocadores de órgano... 18 

Ese regocijante comentario, por cierto, suscitó otro del intrépido aprendiz que no resistió la tentación de citar, puesto que constituye un verdadero autorretrato. Aunque se considera un revistero "impenitente", por venir reincidiendo en el oficio desde los 17 años, Retamar confiesa que, en efecto, su experiencia en Orígenes fue y siguió siendo memorable, 

incluso cuando la vida me llevó [...] a otro "taller renacentista", a otra "gran casa": la cual, con este último nombre y su apelli­do americano, creó y orientó la prodigiosa Haydee Santamaría, y cuya conducción recibí en 1986 de manos del centelleante pintor [...] Mariano, quien junto a Lezama había fundado las revistas Espuela de Plata en 1939 y Orígenes en 1944. [...] Si, al igual que Mariátegui, soy un hombre con una filiación y una fe, también, en atención a su ejemplo, rechazo tanto cualquier estrechez como cualquier pretensión de imparcialidad, que por lo demás es generalmente falsa. 19 

La tarea de estudiar la revista se dificulta porque a la propia complejidad de su naturaleza y sus propósitos —el hecho de ser una publicación institucional que in­tenta cubrir disímiles espacios culturales y reflejar intereses multidisciplinarios—, se suma la minuciosidad con que ha sido estudiada en las dos últimas décadas. No es la carencia, en efecto, sino la abundancia de descripciones, clasificaciones y valoraciones que ha suscitado, lo que ahora inhibe al investigador, temeroso de incurrir en el pecado de redundancia. Cuatro tesis de doctorado dominan el panorama crítico. La primera, de 1977, sentó algunas de las pautas que orientarían esta sistemática exploración. Se trata de "Casa de las Américas": An intellectual review in the Cuban Revolution, de Judith A. Weiss, en cuyas 170 páginas de apretada tipografía se analizan los más diversos aspectos del entorno sociocultural y político de la revista, así como los rasgos más sobresalientes de su propia fisonomía intelectual.20 Quince años después, en 1992, se termina "Vingt ans de politique culturelle de la revue cubaine Casa de las Américas (1960-1980)", de Nour Eddine Rochdi, y al año siguiente aparece La revista cubana "Casa de las Américas" (1960-1976): Una práctica de lectura, de Nadia Lie, publicada en dos tomos por la Universidad Católica de Lovaina.21 En su exhaustivo y polémico análisis, la autora hace énfasis en la "dimensión discursiva" de la revista, aspecto que a su juicio Weiss no tuvo en cuenta. Es el enfoque que reivindica también Juan Carlos Quintero —Herencia en "La ‘Casa de las Américas’ (1960-1971): El imaginario institucional de una Revolución", monografía de casi 500 páginas, inédita aún, en la que el autor sostiene que la revista contribuyó a diseñar una imagen de la Revolución Cubana capaz de inscribirse en el marco del “latinoamericanismo” contemporáneo.22 Ahora bien, con independencia de sus respectivos méritos, dichas obras, desde la perspectiva actual, adolecen de una limitación: ninguna va más allá de la década del 70.23 Suele ocurrir, por lo demás, que determinados enfoques tienden a hacerse unilaterales o confusos cuando ponen el énfasis —como lo he venido haciendo yo mismo— en los aspectos ideológicos y políticos del discurso cultural de Casa —sobre todo los vinculados con ciertas polémicas— tal vez desconociendo que ninguna de ellas —pienso en las relacionadas con la revista Mundo Nuevo, con Neruda y con el llamado "caso Padilla", por ejemplo— se originó en la Casa de las Américas, lo que no significa que ésta no tomara partido con respecto a las mismas.24 De hecho, el único análisis serio del conflicto ideológico que comenzó en 1968 —y que tres años después conduciría al estancamiento intelectual del Quinquenio Gris— fue la reflexión colectiva organizada por la Casa y publicada en la revista a fines de 1969.25                                          

No debe parecer extraño, sin embargo, que se malinterprete la política cultural de la Casa —y, por extensión, de la revista— cuando un crítico tan lúcido e informado como Monegal se sorprendía de que con temas anclados en la realidad inmediata —como los que solían hallarse en ciertos textos de Casa, promotora a la sazón de la poética "conversacional"— pudiera hacerse "una poesía viable"26, y cuando los detractores de la Revolución solían tomar como chivo expiatorio a la Casa, acusándola de manipular a su antojo a la intelectualidad del continente. Sirva de ejemplo el caso de uno de ellos, que a la sazón coordinaba en París el proyecto de la revista Libre: 

Agrupados en torno a la Casa de las Américas [escribió], los responsables de la política cultural cubana estaban demasiado contentos con el monopolio que ejercían sobre escritores y artistas latinoamericanos desde La Habana para ver con buenos ojos que surgiera fuera de su control un polo independiente de atracción intelectual en torno a una nueva revista de París sospechosamente llamada Libre.27 

Ahora bien, aunque inmersa desde siempre en el torbellino de la lucha ideológica, Casa nunca descuidó una de las funciones primordiales de toda revista literaria digna de ese nombre: la formación de un público apto tanto para asimilar ciertos valores consagrados como para apoyar las nuevas propuestas estéticas. Las buenas revistas —como observaba un ensayista mexicano— son aquellas que nos permiten conocer autores ignorados y acceder al conocimiento de ciertos temas o al disfrute de nuevas creaciones.28 En el Congreso de Xalapa, Rama subrayó que la tarea crítica de las revistas consistía en "organizar" los sistemas literarios y en detectar los valores emergentes, y Sosnowski reveló que su principal objetivo, al fundar Hispamérica, había sido proponer un nuevo repertorio de temas y autores latinoamericanos para contribuir así a renovar el canon que prevalecía en los medios académicos estadounidenses.29 Tengo la impresión de que Casa, a lo largo de su esforzada trayectoria, ha cumplido cabalmente esas exigencias. No solo tuvo el privilegio de presentar las credenciales de la nueva novelística latinoamericana en su famoso número 26, sino que contribuyó a articular el discurso teórico y crítico que le serviría de fundamento. En esta misma dirección ha apostado una y otra vez por la obra de los jóvenes escritores —los poetas chilenos, argentinos y peruanos; los narradores uruguayos y mexicanos; los críticos de diversa procedencia—, y ha dado a conocer, en números total o parcialmente dedicados al tema, la literatura viva de 20 países de América Latina, entre ellos Uruguay, Cuba, Venezuela, Perú, Colombia, El Salvador, Chile, Puerto Rico, Panamá, Guatemala, Nicaragua, Ecuador, Argentina, Brasil y los que forman el Caribe anglófono. En el plano del rescate y revalorización de autores consagrados, la labor ha sido igualmente fructífera. Hay entregas, no pocas veces antológicas, dedicadas en todo o en parte a figuras como Ezequiel Martínez Estrada, Fernando Ortiz, Jorge Zalamea, Juan Marinello, Alejo Carpentier, Efraín Huerta, Nicolás Guillén, Julio Cortázar, Manuel Galich, José Lezama Lima, Ángel Rama y Eliseo Diego, a las que pudieran añadirse aquellas que rinden homenaje a la memoria de los poetas Roque Dalton, Paco Urondo, Fayad Jamís, Edgar Bayley, Luis Rogelio Nogueras y Raúl Hernández Novás, respectivamente. Están también los números que conmemoran determinadas efemérides, como los centenarios de Rubén Darío, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Gabriela Mistral y César Vallejo, por una parte, y por la otra, los consagrados a la obra fundacional de Bolívar y Martí, al Quinto Centenario del llamado descubrimiento de América y a la trayectoria de héroes y heroínas vinculados de un modo u otro a la cultura, como Haydée Santamaría y el Che. Huelga añadir que la revista no es ajena a las propuestas teóricas y metodológicas que, aunque se generan en Europa y los Estados EE.UU., no tardan en incorporarse al debate cultural del continente, una asimilación crítica que, como sabemos, es consubstancial al proceso de desarrollo del pensamiento latinoamericano. De ahí los números, a veces monográficos, dedicados a las relaciones del marxismo con el estructuralismo y la semiótica, por ejemplo, o a los medios de comunicación masiva, a la literatura escrita por mujeres; y de ahí, también, que haya sido Casa, justamente, la que diera a conocer en español, a mediados de 1986, el famoso ensayo de Fredric Jameson "El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío", con el que la revista inició un conjunto de reflexiones sobre el tema que luego se extendería a lo que Retamar ha llamado la orgía de "pos(t)ismos" característica de nuestra época.30 Entre los colaboradores de Casa predomina la tendencia a contextualizar los fenómenos literarios para estudiarlos de acuerdo con sus propios presupuestos, lo que ha permitido incluso redefinir el canon incorporando al mismo, por ejemplo, la modalidad narrativa conocida como Testimonio, que el Premio de la Casa institucionalizó como género en 1970.31 Creo que uno de los momentos en que ese nivel de autonomía se expresó con mayor lucidez —e incluso pareció anticipar una rearticulación del discurso cultural de la izquierda— fue el encuentro de críticos convocado en 1988 por el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa.32 Algunas de las ponencias presentadas entonces —las de Cornejo Polar, Ruffinelli, Pastor y Franco— aparecieron ese mismo año en la revista.33 Tanto estas como los debates subsiguientes revelaron inquietudes que seguirían manifestándose en años posteriores y no tardarían en adoptar aires de recuento y autocrítica cuando el fracaso del socialismo burocrático en Europa y el espectacular desplome de la Unión Soviética pusieran en evidencia, junto con la crisis de un modelo de sociedad, la inconsistencia de un modelo de pensamiento dominado por dogmas y esquemas.

Entre los colaboradores de Casa, ajenos por completo a esos sombríos paradigmas, la crisis no desató traumas ni confusiones, sino el reclamo de una reflexión sistemática en torno a la vigencia u obsolescencia de sus propias posiciones ideológicas y políticas. Era obvio que necesitaban reafirmar o reformular sus principios teóricos, sus modos de compromiso —palabra que de un día para otro había caído en desuso— y su función en esta curiosa aldea global que nos ha tocado en suerte. Una lectura transversal de los trabajos referidos al tema —que nos permita percibirlos como variaciones y entonaciones de un mismo discurso— mostraría que Casa ha vuelto a ser el espacio de encuentro de aquellos sectores de la intelectualidad latinoamericana y sus aliados que desean reafirmar la perspectiva del cambio y la viabilidad de otras alternativas. Me atrevería a decir que esa reflexión coral gira en torno a dos reivindicaciones que en el fondo son una sola: la del marxismo34 y la de la utopía —la "utopía realista", según el justo oxímoron con que la definió uno de los autores involucrados en el debate. La mayor parte de ellos se atiene a la simple lógica del sentido común: si ayer se consideraba utópico hoy se tiene como real, no es descabellado suponer que mañana será realidad lo que hoy se califica de utopía. 36

Como vemos, la atmósfera de este fin de siglo, contaminada de escepticismo, mercadofilia y tecnolatría, deparaba una última paradoja. En medio de una crisis económica que la obligó, primero, a reducir volumen y tirada, y después a dilatar su periodicidad, la revista Casa —como la propia institución que le da nombre— ha vuelto a ser, o más bien, sigue siendo, un amplio lugar de reflexión donde confluyen los rasgos distintivos de la clásica Utopía latinoamericana: en lo político, el suelo bolivariano de unidad continental, y en lo cultural, la búsqueda siempre renovada de nuestra propia identidad. ¿Cómo podrían renunciar a ellos quienes aspiran a inscribir, en la castigada geografía de nuestra América, las señas de una sociedad más libre y más justa?

La Habana-Buenos Aires, octubre de 1997.

Notas

1 Ya me referí a esa perspectiva en el ensayo "Mario Benedetti y la revolu­ción posible", Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 2, 2° se­mestre de 1975. Por lo demás, aquí la vincularé únicamente a temas literarios, aunque reconozco que la labor de renovación y divulgación que ha realizado la revista en el terreno de las artes visuales, por ejem­plo, es considerable y no debiera soslayarse. 

2 "Tercera declaración del comité de colaboración de la revista Casa de las Américas" [1971]. Reproducida en Casa, 200, jul.-sept. de 1995, pp. 118-119. La cita corresponde a la pág. 118. 

3 Ibid., p. 119. 

4 Edmundo Desnoes, Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet, Lisandro Otero y Graziella Pogolotti. Otros dos escritores, entre los latinoamericanos, llegarían a pertenecer en algún momento al citado Co­mité: Salvador Salazar Bondy (Perú) y Jorge Zalamea (Colombia). 

5 Cf. Jaime Sarusky: "Roberto Fernández Retamar: Desde el 200, con amor, en un leopardo." (Entrevista.) Casa, 200, jul.-sept. de 1995, p.146. 

6 Cf. Emir Rodríguez Monegal: "La crítica, función fundamental de la literatura." (Entrevista.) En: Ricardo y Guillermo Garduño Ramírez: Letras del sur. Toluca, Editora e Impresora Xinantécatl, 1988, p. 301. 

7 María Eugenia Mudrovcic: "Mundo Nuevo": Cultura y Guerra Fría en la década del 60. Pról. de Elvio E. Gandolfo. Buenos Aires, Beatriz Viterbo Editora, 1997, pp. 81-82. La autora se remite a Silvia Sigal y otras fuentes, aclarando de paso que el símil imperial pertenece a Tulio Halperín Donghi. 

8 Término acuñado por Anuro Azuela en el coloquio de la Universidad Veracruzana "¿Qué es y para qué sirve una revista literaria?" Texto Crí­tico, 20, ene.-marz. de 1981, p. 113. 

9 Juan Carlos Quintero-Herencia: "La 'Casa de las Américas' (1960-1971): “El imaginario institucional de una Revolución". 2 t. Universidad de Princeton, 1995. (Inédita). 

10 Véase el coloquio "¿Qué es y para qué sirve una revista literaria?", loc. cit., pp. 120, 121 y 122. 

11 No me detendré en el resbaladizo terreno de las periodizaciones, que suelen estar determinadas por factores muy heterogéneos: cambios en la dirección, en el equipo editorial o en el entorno cultural y político de la revista. Autores como Luisa Campuzano se refieren a cuatro "períodos" (1960-1965,1965-1971, 1971-1982 y 1982 en adelante) y subdividen el último de ellos en cuatro "etapas". (Ver nota 12). 

12 Cf. Luisa Campuzano: "La revista Casa de las Américas, 1960-1995". Nuevo Texto Crítico, 16/17, jul.de 1995-jun. de 1996, p.222. Reprodu­cido en Unión, 24 jul.-sept. de 1996. La primera versión de este trabajo fue presentada al Coloquio internacional "Le discours culturel dans les revues latino-americaines de 1940 á 1970" (Universidad de la Sorbona, París, 1990) y recogida en el no. 9/10 de América (Cahiers du Criecal, Presses de la Sorbonne Nouvelle). En el citado evento se presentó tam­bién la ponencia de Nour Eddine Rochdi: "El discurso cultural en el número especial de Casa de las Américas por el décimo aniversario de su creación (1960-1970)". 

13 Participaron en la encuesta -realizada por el periodista uruguayo Car­los Núñez en el contexto de la famosa Conferencia Tricontinental cele­brada en La Habana- once escritores: Regis Debray, Roberto Fernández Retamar, Manuel Galich, Francois Maspero, Alberto Moravia, Lisandro Otero, Gonzalo Rojas, Manuel Rojas, Alfredo Varela, Mario Vargas Llosa y Jorge Zalamea. Véase en Casa, 35, marz.-abr. de 1966, pp.83-99. (Se publicó también en la revista uruguaya Marcha). 

14 Luisa Campuzano, loc. cit., p.219-220. (Los suspensivos de omisión son míos). 

15 Cf. Sección “Al pie de la letra”: “Recado para Gilberto (Helms- Burton) y similares: Dios ciega a los que quiere perder”. Casa, 203, abr.- jun. De 1996, p. 161. Sobre el mismo tema véase también la sección “Contra el bloqueo”, en Casa, 193, oct. – dic. De 1993, pp. 139-147. 

16 Roberto Fernández Retamar comenzó a dirigir la revista a principios de 1965; el número 30, de mayo – junio de ese año, fue el primero que salió bajo su dirección. En su etapa inicial (1960-1965) Casa fue dirigida por Antón Arrufat y Fausto Masó (este último solo hasta 1961), y luego, durante un brevísimo lapso (marz.-jun. de 1962), por Pablo Armando Fernández, con Arrufat como Jefe de Redacción. Se pensó entonces en David Viñas como posible director. Entre enero de 1989 y junio de 1991, la dirección pasó a Arturo Arango, quien desde finales de 1983 se había desempeñado como Jefe de Redacción. Retamar reasumió la conducción de la revista en julio de 1991. 

17 Ángel Rama: Carta a Marcia Leiseca (Secretaria de la Institución), de 27 de marz. – 3 de abr. de 1965. Fondo Documental de la Casa de las Américas. ( Cit. Por Roberto Fernández Retamar: “Ángel Rama y la Casa de las Américas”. Casa, 192, jul.-sept. de 1993, p. 50). 

18 Véase en Pedro Simón, Comp.: “Interrogando a Lezama Lima”. Recopilación de textos sobre José Lezama Lima. La Habana, 1970, p. 16. (Serie valoración Múltiple de la Casa de las Américas.) El texto fue tomado de una entrevista que le hizo en 1968 Jean- Michel Fossey. 

19 Roberto Fernández Retamar: “Orígenes” como revista. Santafé de Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1994, p. 5. 

20 Judith A. Weiss: “Casa de las Américas”: An intellectual review in the Cuban Revolution. Chapell Hill, N. C. / Madrid, Castalia, 1977. (Estudios de Hispanófila, no.44). 

21 Cf. Tour Eddine Rochdi: “ Vingt ans de politique culturelle de la revue cubaine Casa de las Américas (1960-1980)″ . Université de Lille, III, 1992 (inédita), y Nadia Lie : La revista cubana “ Casa de las Américas” ( 1960-1976): Una práctica de lectura.2 t. Leuven, Katholieke Universiteit Leuven, 1993. (El tomo II está dedicado a índices, bibliografía y anexos.) Existe una segunda edición, probablemente abreviada, que aún no he podido consultar. Transición y transacción. La revista cubana “Casa de las Américas” (1960-1976). Maryland/ Leuven, Ed. Hispamérica, 1997. 

22 Juan Carlos Quintero-Herencia: Ob. cit. en nota 9, pp. .447-448. 

23 El trabajo de Campuzano ya citado (véase nota 12) llega hasta mediados de los 90. Hay una ponencia: “Cultura, literatuta, política latinoamericanas en Casa de las Américas (1970-1990)”, de Hans –Otto Hill, presentada al encuentro “Le discours culturel dans les revues latino- américaines de 1970 á 1990”, que no he podido consultar. A las cuatro tesis mencionadas se han sumado en 1997 una de licenciatura: “La discursividad crítico –literaria de `Casa de las Américas´(1960-1982): Estrategias políticas y culturales…”, de Ernesto Pérez Chang (Universidad de La Habana), y otra de maestría: “ Identidad en juego ( Casa de las Américas 1992), de Nanne Timmer ( Universidad de Lovaina). 

24 Cf. Roberto Fernández Retamar, en entrevista con Jaime Saruskycit. en nota5, pp. 144. Aunque la polémica con Monegal se inició cuando ya Retamar había sido designado director de Casa, lo cierto es que las cartas que componen el debate nunca aparecieron en la revista. De hecho, es Ángel Rama, al publicarlas en Marcha, quien destapa la polémica. Retamar asegura, además, que ya en enero de 1965- dos meses antes de su designación- Rama lo había “alertado” sobre los propósitos de Monegal. (Cf. Roberto Fernández Retamar: “Ángel Rama y la Casa de las Américas”, loc. cit. en nota 17, pp. 50-52). 

25 Cf. “Diez años de Revolución: El intelectual y la sociedad”, Casa, 56, sept.- oct. de 1969. Se reprodujo ese mismo año en México (El intelectual y la sociedad, Siglo XXI, Col. Mínima, 28.) Véase también la entrevista de Sarusky con Retamar cit. en nota5, pp. 144-145). 

26 Aludiendo a la tolerancia de Monegal hacia sus adversarios, Rodríguez -Carranza afirma: “Detesta el realismo socialista, pero valora la poesía comprometida de Casa de las Américas”. La conjunción adversativa, por cierto, parece establecer un sutil parentesco entre ambas poéticas. Cf. Luz Rodríguez–Carranza: “Emir Rodríguez Monegal o la construcción de un mundo (nuevo) posible”. Revista Iberoamericana, 160-161, jul.–dic. de 1992, p. 916. De todos modos, no siempre resulta fácil distinguir la verdadera posición de Monegal, debido a la duplicidad de algunas de sus estrategias discursivas. Tómense, por ejemplo, dos aspectos de su relación con Mario Vargas Llosa en el curso de 1967, cuando el novelista peruano aún apoyaba la Revolución. Pese a que Monegal se jactaba en público de no mezclar la literatura con la política, pidió en privado a sus amigos que se abstuvieran de atacar a Vargas Llosa dado que éste, en algún momento, podría romper sus vínculos con Cuba, y cuando La casa verde obtuvo el Premio Rómulo Gallegos y Vargas Llosa ratificó en Caracas su posición política, Monegal se apresuró a elogiar a las instituciones culturales venezolanas, cuya tolerancia contrastaba, a su juicio, con la intransigencia de las cubanas. ¿Podía alguien imaginar —especuló— que la Casa de las Américas diera un gran premio a Borges, por ejemplo, y le permitiera expresar públicamente en La Habana “su simpatía por los Estados Unidos”? (Cf. Emir Rodríguez Monegal: Carta a Jorge Luis Recavarren, 30 de junio de 1967, y “Diario de Caracas”, Mundo Nuevo, no.17, 1967, ambos citados por María Eugenia Mudrovcic, ob. cit. en nota 7, p. 163). 

27 Plinio Mendoza: La llama y el hielo. Barcelona, Planeta, 1984, p. 131. Ya Juan Goytisolo, promotor y primer director de Libre,había asegurado que la ojeriza de los cubanos se debía al “ carácter independiente “ de la revista y al hecho de que no podrían “ controlarla a distancia”. (Cf. Juan Goytisolo: “El gato negro que atravesó nuestras oficinas de la Rue de Bièvre”. Quimera, no. 29, marzo de 1983, p. 17.) Varios autores coinciden en afirmar que el propósito de Libre-como antes el de Mundo Nuevo- fue disputarles a los intelectuales cubanos y sus aliados el derecho a establecer las reglas del juego en el campo cultural, es decir, a fijar los principios estéticos e ideológicos que permitieran definir el papel del intelectual en América Latina. Lo que en el fondo discuten Casa de las Américas y Mundo Nuevo —sugiere Mudrovcic— es “la imposición de dos modelos excluyentes de intelectual latinoamericano” (Cf. Claudia Gilman: “Intelectuales`libres´o intelectuales`revolucionarios´: el caso de la revista Libre”, en América. (Cahiers du Criccal, 3éme Série, p. 11.) y María Eugenia Mudrovcic, ob. cit. en nota 7, p. 60. Para un estudio comparativo véase Susan F. Frenk: “Two Journals of the 1960s: Casa de las Américas and Mundo Nuevo”, en Bulletin of Latin American Research, vol. 3, n. 2, 1984. 

28 Cf. José Luis Martínez: “Las revistas literarias de Hispanoamérica”. Universidad de México, 445, feb. De 1988, p. 3. 

29 Véase “¿Qué es y para qué sirve una revista literaria?” , loc. cit. , pp. 121 y 107, respectivamente. 

 30 Cf. Roberto Fernández Retamar: "Pensamiento de Nuestra América: autorreflexiones y propuestas..." Casa, 204, jul.-sept. de 1996, p. 56. Véanse algunos de los trabajos aludidos en Adolfo Sánchez Vázquez: "Posmodernidad, posmodernismo y socialismo" (no. 175,1989); Ticio Escobar: "Identidad, mito, hoy" y Nelly Richard: "Periferias culturales y descentramientos posmodernos" (ambos en no. 186, 1992); Michael Lowy: "Los intelectuales latinoamericanos y la critica social de la Mo­dernidad" (no. 191, 1993); Néstor García Canclini: "Una moderniza­ción que atrasa. La cultura bajo la represión neoconservadora" (no. 193, 1993); Peter Hulme: "La teoría poscolonial y la representación de la cultura en las Américas" (no, 202, 1996); Walter Mignolo: "Los Estu­dios Subalternos, ¿son posmodernos o poscoloniales?" y Eduardo Rosenzvaig: "Las condiciones del escritor en el colonialismo tardio" (ambos en no. 204, 1996). A estas reflexiones cabría añadir la de John Beverley: "¿Posliteratura? Sujeto subalterno e impasse de las humani­dades" y la de Mary Louise Pratt sobre las literaturas canadiense y latinoamericana como productos de sociedades dependientes, tanto co­loniales como neocoloniales (ambas en no. 190, 1993); la de Jenaro Talens "Escritura contra simulacro. El lugar de la literatura en la era electróni­ca" (no. 203, 1996), donde el autor se pregunta si habrá lugar para la reflexión en un mundo que ha llegado al fin de la Historia, según el dictamen de Fukuyama; y los de Carolyn Porter (no. 203) y José David Saldívar (no. 204), ambas de 1996, sobre la conveniencia de rediseñar el mapa, de los estudios literarios y culturales en las universidades nor­teamericanas. 

31 Véase J[orge] F[ornet]: "La Casa de las Américas y la 'creación' del género testimonio", recuento que incluye fragmentos de una “Conversación en torno al testimonio" en la que participaron Ángel Rama, Isidora Aguirre, Hans Magnus Enzensberger, Manuel Galich, Noé Jitrik y Haydée Santamaría, y el texto de Manuel Galich "Para una definición del género testimonio", Casa de las Américas, 200, jul.-sept 1995, pp, 120_125. 

32 Participaron en él casi treinta intelectuales procedentes de quince países: los colombianos Carlos Rincón, Jaime Mejía Duque e Isaías Peña Gutiérrez; los chilenos Ana Pizarro, Fernando Alegría y Nelson Osorio; los uruguayos Jorge Ruffinelli, Hugo Achugar y Javier García Méndez; los españoles Beatriz Pastor y Federico Álvarez; el peruano Antonio Cornejo Polar, el boliviano Renato Prada Oropeza, la mexicana Beatriz Garza, el ecuatoriano Agustín Cuevas, la venezolana Beatriz González Stephan, el argentino Jaime Alazraki, la puertorriqueña Iris Zavala, la nicaragüense Ileana Rodríguez, el italiano Darío Puccini, la inglesa Jean Franco, el norteamericano John Beverley, el alemán Thomas Bremen y los cubanos Roberto Fernández Retamar, Ricardo Repilado, Rogelio Rodríguez Coronel y Ambrosio Fornet. En las palabras inaugurales del simposio Retamar rindió homenaje a la memoria de Ángel Rama, Alejandro Losada y Ernesto Mejía Sánchez, "tres magistrales compañeros que hubieran tenido participación de primer orden en esta cita de no haber sido arrebatados hace poco por la muerte". Cf. "Estudios literarios de Nuestra América", en la sección "Últimas actividades de la Casa de las Américas", Casa. 171, nov,-dic. de 1988, pp,167-168. 

33 Véanse,en Casa, 171, nov.-dic. de 1988, Antonia Cornejo Polar: "Sistemas y sujetos en la historia latinoamericana" (67-71); Jorge Ruffineli "La crisis de la crítica" (72-77); Beatriz Pastor: "Polémicas en torno al canon..," (78-87) y Jean Franco: "Si me permiten hablar: la lucha por el poder interpretativo" (88-94). 

34 Véanse, por ejemplo, las entrevistas de Esther Pérez y Arturo Arango con Darcy Ribeiro ("No tener miedo a pensar") y de la revista Envío con Frei Betto ("Debate sobre marxismo"), ambas en el número 176 de 1989; los trabajos de Adolfo Sánchez Vázquez ("El marxismo en Amé­rica Latina") y de Jorge Luis Acanda ("¿Existe una crisis del marxis­mo?"), ambos en el número 178 de 1990; y el de James Petras: "Trans­formaciones globales y el futuro del socialismo en América Latina", en el número 181 de 1990. Véase también Pablo González Casanova: "Nuevas formas de pensar en el mundo actual" (no. 188 de 1992), así como la relectura que hace Sánchez Vázquez de los Manuscritos de 196 de 1994) y el ensayo de Néstor Kohan: "Marx en su (tercer mundo" (no. 107 de 1997). Es curioso y significativo que algunas de esas reflexiones fueran reseñas o apuntes de lectura, como si los autores sintieran la necesidad de insertarse en un debate colectivo caracterizado por la espontaneidad y la mezcla de géneros y discursos. Así, por ejemplo, "Cuba en la tormenta de la perestroika" (no. 184 de 1991), de Jorge Amado, es el prólogo a un libro de entrevistas con Fidel realizadas por el periodista italiano Gianni Miná; "El siglo de los extremos …” ( n.200 de 1995), de Claude Julián, es, como lo sugiere su título, un comentario sobre el libro homónimo de Hobsbawm, y "El marxismo y la interpretación de la cultura" (no. 175 de 1989), de Ileana Rodríguez, es una reseña sobre la compilación del mismo título publicada en el año anterior. En ella se sostiene, por cierto, que los nuevos movimientos sociales -antinucleares, ecológicos, feministas,..—surgen como necesidad de sobrevivencia en un mundo donde el mercado, las burocracias estatales y el discurso uniformador de los medios de comunicación masiva han acabado ocupando todos los espacios disponibles. 

35 Cf. Alfonso Ibáñez: "Análisis y utopía en Mariátegui'" Casa, 195, abr.-jun. de 1994, p. 9. 

36 Cf. Luis Britto García: “La utopía contraataca”. Casa, 201, oct.-dic. de 1995, p. 14.Véanse sobre el tema, además, el ensayo de Escobar citado en nota 28, y el de Hugo Achugar: "Ciudad, ficción memoria..." (no. 208 de. 1997).

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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