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A la memoria de Ángel
Rama
y Antonio Cornejo Polar
Cuando Saúl Sosnowski tuvo la amabilidad
de invitarme a participar en este
Encuentro con una ponencia sobre la
revista Casa de las Américas, me
pidió que le enviara un título, aunque
fuera provisional. Yo no tuve que
pensarlo dos veces; me pareció que toda
la labor de la revista podía analizarse
"desde la perspectiva de la revolución
posible"1. Créanme que en ese
momento ningún otro enfoque me parecía
más apropiado. Sería difícil entender
la naturaleza y trayectoria de la
revista sin semejante perspectiva, la de
aquella "década prodigiosa" —que a mi
juicio duró 14 años: desde el triunfo de
la Revolución Cubana, en 1959, hasta el
golpe de Estado en Chile, en 1973— cuya
fisonomía marcó y fue marcada por un
movimiento artístico y literario capaz
de amalgamar los componentes más
dinámicos de la tradición y la
vanguardia. El espíritu que aún
prevalecía en amplios sectores de la
intelectualidad latinoamericana a
principios de la década del 70 se plasma
de manera inequívoca en una declaración
del Comité de colaboración de la
revista, fechada en La Habana el 22 de
enero de 1971. En ella se afirmaba que
el triunfo de la Unidad Popular en
Chile, la consolidación de un gobierno
nacionalista y antimperialista en Perú,
y la actividad de la guerrilla urbana en
países como Uruguay, Brasil y
Argentina, rompían "la falsa imagen de
un estancamiento latinoamericano"2.
Era obvio que también había habido
retrocesos —políticos y económicos, como
lo demostraban la dictadura de Brasil,
la caída del Che en Bolivia, la
creciente penetración del capital
financiero norteamericano, pero lo que
se imponía, como balance, era una visión
optimista del futuro inmediato: "A 12
años del triunfo de la Revolución Cubana
[concluía afirmando el documento], la
fisonomía política y social de la
América Latina muestra inequívocamente
que el proceso de liberación de
nuestros pueblos alcanza ya su
dimensión continental "3 Y
firmaban, además de los miembros
cubanos del Comité de colaboración,4
Mario Benedetti (Uruguay), Enmanuel
Carballo (México), Julio Cortázar
(Argentina), René Depestre (Haití),
Manuel Galich (Guatemala), Ángel Rama
(Uruguay), Mario Vargas Llosa (Perú) y
David Viñas (Argentina).
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Duele
tener que admitir que unos y otros
habían tomado sus deseos por
realidades. Lo que no tardaría en
adquirir dimensión continental era la
contraofensiva reaccionaria que
culminaría con el establecimiento de
regímenes fascistas en el Cono Sur y
con el sistemático esfuerzo, por parte
de los círculos dominantes de los EE.UU.,
de neutralizar o minar las posiciones de
la intelectualidad progresista
latinoamericana. En Cuba, por otra
parte, se iniciaba —con el lamentable
"caso Padilla" y la importación de
modelos económicos y esquemas
ideológicos soviéticos— lo que he
llamado el Quinquenio Gris (1971-1976),
una etapa de estancamiento y
desconfianza dentro del movimiento
cultural que resquebrajó, a veces de
modo irreparable, la fructífera alianza
entre las vanguardias políticas y
artísticas forjada en la década
anterior. Fue esa alianza la que hizo de
los años 60 un momento de máxima
creatividad en todas las esferas de la
literatura y el arte, para no hablar del
propio pensamiento revolucionario. Tal
vez pueda decirse que en el horizonte de
expectativas de la conciencia
latinoamericana no volvió a aparecer la
perspectiva de cambios radicales hasta
el triunfo de la Revolución Sandinista.
(Suelo pensar en Cortázar, por cierto,
como ejemplo paradigmático del
intelectual que tendió un arco de pasión
y lucidez entre las dos únicas
revoluciones triunfantes del período,
separadas entre sí por un lapso de 20
años.)
Pero
lo que quería decir es que, tan pronto
como empecé a preparar este trabajo, me
di cuenta de que no era la perspectiva
de la revolución, sino la perspectiva
del cambio, simplemente, lo que nos
permitiría descubrir los niveles de
permanencia, las verdaderas señas de
identidad de una revista que ya cumplió
37 años de fundada. En el número 200
—tercer trimestre de 1995—, su director
reflexionaba sobre lo que significa
mantener determinado perfil editorial en
momentos en que no ya la revolución,
sino hasta el propio sentido de la
dignidad, está a la defensiva en todas
partes. Y añadía, sin asomo de falsa
modestia: "Se dice que Casa fue
una revista capital de la década de los
60. Es cierto. Pero se dice mucho menos
que siguió siéndolo de la de los 70, la
de los 80 y lo que va de los 90"5.
Esa continuidad presupone una óptica
distinta que, sin embargo, no implica
mutación sino adecuación a las nuevas
circunstancias. Lo que permanece, como
en el célebre poema, es la propia
inevitabilidad del cambio, tenga este o
no un carácter radical. La Revolución
Cubana hizo confluir lo cultural y lo
político en un solo movimiento de
reivindicaciones y transformaciones que
desbordó ampliamente las fronteras de la
Isla. Sírvame de testigo un crítico cuya
imparcialidad —tratándose de nuestro
tema— no puede ponerse en duda.
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Todos
los países de América le deben a Cuba
dos cosas [decía Emir Rodríguez Monegal
en una entrevista publicada en México]:
primero, una conciencia de la realidad
americana de hoy [...]; segundo, la
creación de grandes editoriales que
publicaron y republicaron casi todos los
clásicos de América y, con la
instalación del concurso de la Casa de
las Américas, las revistas, los
congresos, todo, no solo convirtió a
Cuba en uno de los centros culturales
más importantes, especialmente en los
primeros siete u ocho años de
Revolución, sino que además suscitó la
emulación. En este sentido creo que ha
sido la revolución política más
importante de la historia cultural de
América.6
Algo
semejante postula Mudrovcic en su
reciente estudio sobre los conflictos
ideológicos de la época:
La
eficaz política cultural que llevó a
cabo la revolución [cubana] terminó
transformando a la isla en una especie
de "Roma antillana" [...] capaz de
irradiar enorme poder de atracción, en
especial sobre aquellos sectores
próximos al ala progresista de la
intelligentsia internacional.7
Que
la revista Casa —como solemos
llamarla, para abreviar— surja en
semejante contexto y sea ya parte
inseparable de él convierte su estudio
en una operación sumamente compleja. En
efecto, como revista institucional8
remite a las estrategias promocionales
de la Casa de las Américas, institución
a la que pertenece y representa; pero
esas estrategias no son ajenas a las de
la Revolución Cubana en general de la
que, en el campo de la cultura, la Casa
es uno de los más prestigiosos voceros.
"El imaginario institucional de una
Revolución", subtituló un joven
investigador puertorriqueño su tesis de
doctorado sobre la revista, centrada en
los años 60.9 Por otra parte,
la labor de la institución se proyecta
—como su propio nombre lo indica— hacia
un ámbito que abarca todo el complejo
cultural latinoamericano y caribeño, lo
que remite también a espacios culturales
afines, como el que forman en los EE.UU.
los latinos, especialmente los
chicanos y neorriqueños. Y como si todo
esto fuera poco, en el terreno de la
teoría y la crítica la revista no tardó
en acoger y promover una concepción de
la cultura centrada en la búsqueda de
nuestra propia identidad —con el
consiguiente rechazo de todo mimetismo
eurocentrista— y en la convicción de que
las obras literarias y artísticas eran
expresiones sui géneris de la
conciencia social con el consiguiente
rechazo de los enfoques puramente
formales, entre los que a la sazón
predominaban, para usar una invectiva de
la época, los "colonizados por la
lingüística". Esas posiciones se
integraban orgánicamente al movimiento
cultural encabezado por los
intelectuales de izquierda
latinoamericanos, como quedaría
demostrado en el primer Congreso
Internacional sobre Revistas de Crítica
Literaria celebrado en Xalapa, a
mediados de 1980. Allí, Ángel Rama
sostuvo que el discurso crítico debía
dirigirse a "la totalidad del ser
humano" y ser capaz de articular "la
visión del mundo que necesitamos para
vivir". Antonio Cornejo Polar, por su
parte, afirmó que las revistas
literarias solo cumplirían cabalmente su
función si lograban poner de manifiesto
"lo que hay de social, de cultural, de
global dentro de cada sistema
literario".10 Inmersa desde
mucho antes en esa perspectiva crítica,
Casa no era ni pretendía ser —al
menos exclusivamente— lo que en sentido
estricto llamamos una revista
literaria: se abría de modo
sistemático a otras disciplinas, otros
temas, ciertas zonas de la realidad
tradicionalmente reservadas a las
ciencias sociales. No es casual que el
llamado segundo período de la revista11
se inaugure, en 1965, con un número que
incluye el polémico ensayo de Regis
Debray "América Latina: algunos
problemas de estrategia revolucionaria"
y la reseña critica de Roberto Fernández
Retamar sobre Los condenados de la
tierra, de Franz Fanon. En una
lectura minuciosa del corpus total de
la revista —en la que casi se siente el
roce de la yema del dedo sobre cada una
de las páginas—, Luisa Campuzano ha
señalado que ambos textos abren nuevas
perspectivas al discurso progresista
latinoamericano, primero al convertir
el tema de la liberación nacional en
centro de sus reflexiones y después al
establecer por ese medio un fructífero
diálogo con el llamado Tercer Mundo,
que ya empezaba a verse como "el espacio
mayor" en que se insertaba Nuestra
América.12 Igualmente
representativa del período es la
encuesta "El papel del intelectual en
los movimientos de liberación nacional",
publicada en la segunda entrega de 1966.13
Incluso en la que se considera primera
etapa de la revista, cuando aún no
había cuajado del todo su perfil
editorial, se hace evidente que los
editores defendían a brazo partido su
literariedad sin poder escapar, no
obstante, a la dramática presión de las
circunstancias. Campuzano ha llamado la
atención sobre ese fenómeno con un
comentario que merece citarse in
extenso. Refiriéndose al número
26, de octubre-noviembre de 1964,
coordinado probablemente por Ángel Rama
(número en el que colaboraron
Carpentier, Cortázar, Onetti, Sábato,
Fuentes, Vargas Llosa, Arguedas, Rulfo y
el propio Rama, este último con su
famoso ensayo "Diez problemas para el
novelista latinoamericano"), Campuzano
observa que:
en esta entrega se articula y consagra,
simultáneamente, la aparición del hecho
literario más importante de los 60 —y
hoy (podemos decir de toda la segunda
mitad del siglo)— en nuestro Continente:
la nueva novela latinoamericana. Pero si
leemos la nota editorial que presenta
este número, se advierte que la
intención que mueve a los editores no es
solo ni fundamentalmente literaria:
“Mientras en Washington se
preparaba [el] bloqueo cultural,
nosotros preparábamos este número sobre
la nueva novela
latinoamericana, recogiendo algunos
textos de grandes escritores del
continente [...] Mientras en
Washington se acrecentaba la
política de división, nosotros
trabajábamos por la comunicación
mutuamente enriquecedora, de las
culturas nacionales.14
Semejante situación, que en lo esencial,
por increíble que parezca, no ha variado
todavía, explica que 32 años después la
revista pueda condenar, en una de sus
secciones noticiosas, la llamada Ley
Helms-Burton de 1996, con la que el
gobierno de los EE.UU. recrudece el
bloqueo, tanto comercial como
diplomático, y pretende restringir los
vínculos del resto del mundo con la
Isla.15 En un clima político
cada vez más enrarecido, donde se
reiteran los burdos esquemas de la
Guerra Fría y no se vislumbran signos
de normalidad, no podría decirse que la
revista "se repite" cuando lo que hace,
en realidad, es sostener contra viento y
marea su probada vocación
latinoamericanista y revolucionaria.
Otro importante factor de continuidad y
coherencia —esta vez positivo— lo
constituye el hecho de haber contado
con el mismo director desde hace más de
30 años.16 Roberto Fernández
Retamar comenzó a dirigir la publicación
en 1965 con amplias credenciales de
revistero y un sólido prestigio como
poeta y ensayista, que se consolidaría
con la aparición de Poesía reunida
(1966) y con los trabajos de teoría
y critica incluidos en Ensayo de otro
mundo (1967), Para una teoría de
la literatura hispanoamericana y otras
aproximaciones (1975) y Calibán y
otros ensayos (1979). Al recibir la
noticia de su nombramiento, Ángel Rama
opinó que, para la Casa, "era una
adquisición de primera magnitud":
"Nadie mejor en Cuba para dirigir la
revista de la Casa [escribió], nadie
mejor informado de la literatura
americana, nadie con mejor equilibrio en
lo artístico y lo político"7.
Tres años después, evocando la época, en
que Retamar había colaborado
asiduamente, en Orígenes, Lezama
Lima —desde su bien ganada posición de
patriarca de los revisteros cubanos—
quiso dar fe de aquella genealogía
editorial:
Roberto Fernández Retamar, que ahora
dirige la revista Casa de las
Américas [precisó], desde muchacho,
estuvo en la revista Orígenes y,
desde luego, vio, de cerca lo que es un
taller renacentista, creando en una gran
casa, animado por músicos, dibujantes,
poetas, tocadores de órgano... 18
Ese
regocijante comentario, por cierto,
suscitó otro del intrépido aprendiz que
no resistió la tentación de citar,
puesto que constituye un verdadero
autorretrato. Aunque se considera un
revistero "impenitente", por venir
reincidiendo en el oficio desde los 17
años, Retamar confiesa que, en efecto,
su experiencia en Orígenes fue y
siguió siendo memorable,
incluso cuando la vida me llevó [...] a
otro "taller renacentista", a otra "gran
casa": la cual, con este último nombre y
su apellido americano, creó y orientó
la prodigiosa Haydee Santamaría, y cuya
conducción recibí en 1986 de manos del
centelleante pintor [...] Mariano, quien
junto a Lezama había fundado las
revistas Espuela de Plata en 1939
y Orígenes en 1944. [...] Si, al
igual que Mariátegui, soy un hombre con
una filiación y una fe, también, en
atención a su ejemplo, rechazo tanto
cualquier estrechez como cualquier
pretensión de imparcialidad, que por lo
demás es generalmente falsa. 19
La
tarea de estudiar la revista se
dificulta porque a la propia complejidad
de su naturaleza y sus propósitos —el
hecho de ser una publicación
institucional que intenta cubrir
disímiles espacios culturales y reflejar
intereses multidisciplinarios—, se suma
la minuciosidad con que ha sido
estudiada en las dos últimas décadas. No
es la carencia, en efecto, sino la
abundancia de descripciones,
clasificaciones y valoraciones que ha
suscitado, lo que ahora inhibe al
investigador, temeroso de incurrir en el
pecado de redundancia. Cuatro tesis de
doctorado dominan el panorama crítico.
La primera, de 1977, sentó algunas de
las pautas que orientarían esta
sistemática exploración. Se trata de
"Casa de las Américas": An intellectual
review in the Cuban Revolution, de
Judith A. Weiss, en cuyas 170 páginas de
apretada tipografía se analizan los más
diversos aspectos del entorno
sociocultural y político de la revista,
así como los rasgos más sobresalientes
de su propia fisonomía intelectual.20
Quince años después, en 1992, se termina
"Vingt ans de politique culturelle de la
revue cubaine Casa de las Américas
(1960-1980)", de Nour Eddine Rochdi,
y al año siguiente aparece La revista
cubana "Casa de las Américas"
(1960-1976): Una práctica de lectura,
de Nadia Lie, publicada en dos tomos
por la Universidad Católica de Lovaina.21
En su exhaustivo y polémico análisis, la
autora hace énfasis en la "dimensión
discursiva" de la revista, aspecto que a
su juicio Weiss no tuvo en cuenta. Es el
enfoque que reivindica también Juan
Carlos Quintero —Herencia en "La ‘Casa
de las Américas’ (1960-1971): El
imaginario institucional de una
Revolución", monografía de casi 500
páginas, inédita aún, en la que el autor
sostiene que la revista contribuyó a
diseñar una imagen de la Revolución
Cubana capaz de inscribirse en el marco
del “latinoamericanismo” contemporáneo.22
Ahora bien, con independencia de sus
respectivos méritos, dichas obras, desde
la perspectiva actual, adolecen de una
limitación: ninguna va más allá de la
década del 70.23 Suele
ocurrir, por lo demás, que determinados
enfoques tienden a hacerse unilaterales
o confusos cuando ponen el énfasis —como
lo he venido haciendo yo mismo— en los
aspectos ideológicos y políticos del
discurso cultural de Casa —sobre
todo los vinculados con ciertas
polémicas— tal vez desconociendo que
ninguna de ellas —pienso en las
relacionadas con la revista Mundo
Nuevo, con Neruda y con el llamado
"caso Padilla", por ejemplo— se originó
en la Casa de las Américas, lo que no
significa que ésta no tomara partido con
respecto a las mismas.24 De
hecho, el único análisis serio del
conflicto ideológico que comenzó en 1968
—y que tres años después conduciría al
estancamiento intelectual del Quinquenio
Gris— fue la reflexión colectiva
organizada por la Casa y publicada en la
revista a fines de 1969.25
No
debe parecer extraño, sin embargo, que
se malinterprete la política cultural de
la Casa —y, por extensión, de la
revista— cuando un crítico tan lúcido e
informado como Monegal se sorprendía de
que con temas anclados en la realidad
inmediata —como los que solían hallarse
en ciertos textos de Casa,
promotora a la sazón de la poética
"conversacional"— pudiera hacerse "una
poesía viable"26, y cuando
los detractores de la Revolución solían
tomar como chivo expiatorio a la Casa,
acusándola de manipular a su antojo a la
intelectualidad del continente. Sirva de
ejemplo el caso de uno de ellos, que a
la sazón coordinaba en París el proyecto
de la revista Libre:
Agrupados en torno a la Casa de las
Américas [escribió], los responsables de
la política cultural cubana estaban
demasiado contentos con el monopolio que
ejercían sobre escritores y artistas
latinoamericanos desde La Habana para
ver con buenos ojos que surgiera fuera
de su control un polo independiente de
atracción intelectual en torno a una
nueva revista de París sospechosamente
llamada Libre.27
Ahora
bien, aunque inmersa desde siempre en el
torbellino de la lucha ideológica,
Casa nunca descuidó una de las
funciones primordiales de toda revista
literaria digna de ese nombre: la
formación de un público apto tanto para
asimilar ciertos valores consagrados
como para apoyar las nuevas propuestas
estéticas. Las buenas revistas —como
observaba un ensayista mexicano— son
aquellas que nos permiten conocer
autores ignorados y acceder al
conocimiento de ciertos temas o al
disfrute de nuevas creaciones.28
En el Congreso de Xalapa, Rama subrayó
que la tarea crítica de las revistas
consistía en "organizar" los sistemas
literarios y en detectar los valores
emergentes, y Sosnowski reveló que su
principal objetivo, al fundar
Hispamérica, había sido proponer un
nuevo repertorio de temas y autores
latinoamericanos para contribuir así a
renovar el canon que prevalecía en los
medios académicos estadounidenses.29
Tengo la impresión de que Casa, a
lo largo de su esforzada trayectoria, ha
cumplido cabalmente esas exigencias. No
solo tuvo el privilegio de presentar las
credenciales de la nueva novelística
latinoamericana en su famoso número 26,
sino que contribuyó a articular el
discurso teórico y crítico que le
serviría de fundamento. En esta misma
dirección ha apostado una y otra vez por
la obra de los jóvenes escritores —los
poetas chilenos, argentinos y peruanos;
los narradores uruguayos y mexicanos;
los críticos de diversa procedencia—, y
ha dado a conocer, en números total o
parcialmente dedicados al tema, la
literatura viva de 20 países de América
Latina, entre ellos Uruguay, Cuba,
Venezuela, Perú, Colombia, El Salvador,
Chile, Puerto Rico, Panamá, Guatemala,
Nicaragua, Ecuador, Argentina, Brasil y
los que forman el Caribe anglófono. En
el plano del rescate y revalorización de
autores consagrados, la labor ha sido
igualmente fructífera. Hay entregas, no
pocas veces antológicas, dedicadas en
todo o en parte a figuras como Ezequiel
Martínez Estrada, Fernando Ortiz, Jorge
Zalamea, Juan Marinello, Alejo
Carpentier, Efraín Huerta, Nicolás
Guillén, Julio Cortázar, Manuel Galich,
José Lezama Lima, Ángel Rama y Eliseo
Diego, a las que pudieran añadirse
aquellas que rinden homenaje a la
memoria de los poetas Roque Dalton, Paco
Urondo, Fayad Jamís, Edgar Bayley, Luis
Rogelio Nogueras y Raúl Hernández Novás,
respectivamente. Están también los
números que conmemoran determinadas
efemérides, como los centenarios de
Rubén Darío, Pedro Henríquez Ureña,
Alfonso Reyes, Gabriela Mistral y César
Vallejo, por una parte, y por la
otra, los consagrados a la obra
fundacional de Bolívar y Martí, al
Quinto Centenario del llamado
descubrimiento de América y a la
trayectoria de héroes y heroínas
vinculados de un modo u otro a la
cultura, como Haydée Santamaría y el
Che. Huelga añadir que la revista no es
ajena a las propuestas teóricas y
metodológicas que, aunque se generan en
Europa y los Estados EE.UU., no tardan
en incorporarse al debate cultural del
continente, una asimilación crítica que,
como sabemos, es consubstancial al
proceso de desarrollo del pensamiento
latinoamericano. De ahí los números, a
veces monográficos, dedicados a las
relaciones del marxismo con el
estructuralismo y la semiótica, por
ejemplo, o a los medios de comunicación
masiva, a la literatura escrita por
mujeres; y de ahí, también, que haya
sido Casa, justamente, la que
diera a conocer en español, a mediados
de 1986, el famoso ensayo de Fredric
Jameson "El posmodernismo o la lógica
cultural del capitalismo tardío", con el
que la revista inició un conjunto de
reflexiones sobre el tema que luego se
extendería a lo que Retamar ha llamado
la orgía de "pos(t)ismos" característica
de nuestra época.30 Entre los
colaboradores de Casa predomina
la tendencia a contextualizar los
fenómenos literarios para estudiarlos de
acuerdo con sus propios presupuestos, lo
que ha permitido incluso redefinir el
canon incorporando al mismo, por
ejemplo, la modalidad narrativa conocida
como Testimonio, que el Premio de la
Casa institucionalizó como género en
1970.31 Creo que uno de los
momentos en que ese nivel de autonomía
se expresó con mayor lucidez —e incluso
pareció anticipar una rearticulación del
discurso cultural de la izquierda— fue
el encuentro de críticos convocado en
1988 por el Centro de Investigaciones
Literarias de la Casa.32
Algunas de las ponencias presentadas
entonces —las de Cornejo Polar,
Ruffinelli, Pastor y Franco— aparecieron
ese mismo año en la revista.33
Tanto estas como los debates
subsiguientes revelaron inquietudes que
seguirían manifestándose en años
posteriores y no tardarían en adoptar
aires de recuento y autocrítica cuando
el fracaso del socialismo burocrático en
Europa y el espectacular desplome de la
Unión Soviética pusieran en evidencia,
junto con la crisis de un modelo de
sociedad, la inconsistencia de un modelo
de pensamiento dominado por dogmas y
esquemas.
Entre
los colaboradores de Casa, ajenos
por completo a esos sombríos paradigmas,
la crisis no desató traumas ni
confusiones, sino el reclamo de una
reflexión sistemática en torno a la
vigencia u obsolescencia de sus propias
posiciones ideológicas y políticas. Era
obvio que necesitaban reafirmar o
reformular sus principios teóricos, sus
modos de compromiso —palabra que de un
día para otro había caído en desuso— y
su función en esta curiosa aldea global
que nos ha tocado en suerte. Una lectura
transversal de los trabajos referidos al
tema —que nos permita percibirlos como
variaciones y entonaciones de un mismo
discurso— mostraría que Casa ha
vuelto a ser el espacio de encuentro de
aquellos sectores de la intelectualidad
latinoamericana y sus aliados que desean
reafirmar la perspectiva del cambio y la
viabilidad de otras alternativas. Me
atrevería a decir que esa reflexión
coral gira en torno a dos
reivindicaciones que en el fondo son una
sola: la del marxismo34 y la
de la utopía —la "utopía realista",
según el justo oxímoron con que la
definió uno de los autores involucrados
en el debate. La mayor parte de ellos se
atiene a la simple lógica del sentido
común: si ayer se consideraba utópico
hoy se tiene como real, no es
descabellado suponer que mañana será
realidad lo que hoy se califica de
utopía. 36
Como
vemos, la atmósfera de este fin de
siglo, contaminada de escepticismo,
mercadofilia y tecnolatría, deparaba una
última paradoja. En medio de una crisis
económica que la obligó, primero, a
reducir volumen y tirada, y después a
dilatar su periodicidad, la revista
Casa —como la propia institución que
le da nombre— ha vuelto a ser, o más
bien, sigue siendo, un amplio lugar de
reflexión donde confluyen los rasgos
distintivos de la clásica Utopía
latinoamericana: en lo político, el
suelo bolivariano de unidad continental,
y en lo cultural, la búsqueda siempre
renovada de nuestra propia identidad.
¿Cómo podrían renunciar a ellos quienes
aspiran a inscribir, en la castigada
geografía de nuestra América, las señas
de una sociedad más libre y más justa?
La
Habana-Buenos Aires, octubre de 1997.
Notas
1 Ya me referí a esa
perspectiva en el ensayo "Mario
Benedetti y la revolución posible",
Revista de Crítica Literaria
Latinoamericana, 2, 2° semestre de
1975. Por lo demás, aquí la vincularé
únicamente a temas literarios, aunque
reconozco que la labor de renovación y
divulgación que ha realizado la revista
en el terreno de las artes visuales, por
ejemplo, es considerable y no debiera
soslayarse.
2 "Tercera declaración
del comité de colaboración de la revista
Casa de las Américas" [1971].
Reproducida en Casa, 200, jul.-sept.
de 1995, pp. 118-119. La cita
corresponde a la pág. 118.
3 Ibid., p. 119.
4 Edmundo Desnoes,
Roberto Fernández Retamar, Ambrosio
Fornet, Lisandro Otero y Graziella
Pogolotti. Otros dos escritores, entre
los latinoamericanos, llegarían a
pertenecer en algún momento al citado
Comité: Salvador Salazar Bondy (Perú) y
Jorge Zalamea (Colombia).
5 Cf. Jaime Sarusky:
"Roberto Fernández Retamar: Desde el
200, con amor, en un leopardo."
(Entrevista.) Casa, 200, jul.-sept.
de 1995, p.146.
6 Cf. Emir Rodríguez
Monegal: "La crítica, función
fundamental de la literatura."
(Entrevista.) En: Ricardo y Guillermo
Garduño Ramírez: Letras del sur.
Toluca, Editora e Impresora Xinantécatl,
1988, p. 301.
7 María Eugenia Mudrovcic:
"Mundo Nuevo": Cultura y Guerra
Fría en la década del 60. Pról.
de Elvio E. Gandolfo. Buenos Aires,
Beatriz Viterbo Editora, 1997, pp.
81-82. La autora se remite a Silvia
Sigal y otras fuentes, aclarando de paso
que el símil imperial pertenece a Tulio
Halperín Donghi.
8 Término acuñado por
Anuro Azuela en el coloquio de la
Universidad Veracruzana "¿Qué es y para
qué sirve una revista literaria?" Texto
Crítico, 20, ene.-marz. de 1981,
p. 113.
9 Juan Carlos
Quintero-Herencia: "La 'Casa de las
Américas' (1960-1971): “El imaginario
institucional de una Revolución". 2 t.
Universidad de Princeton, 1995.
(Inédita).
10 Véase el coloquio
"¿Qué es y para qué sirve una revista
literaria?", loc. cit.,
pp. 120, 121 y 122.
11 No me detendré en el
resbaladizo terreno de las
periodizaciones, que suelen estar
determinadas por factores muy
heterogéneos: cambios en la dirección,
en el equipo editorial o en el entorno
cultural y político de la revista.
Autores como Luisa Campuzano se refieren
a cuatro "períodos"
(1960-1965,1965-1971, 1971-1982 y 1982
en adelante) y subdividen el último de
ellos en cuatro "etapas". (Ver nota
12).
12 Cf. Luisa Campuzano:
"La revista Casa de las Américas,
1960-1995". Nuevo Texto Crítico,
16/17, jul.de 1995-jun. de 1996, p.222.
Reproducido en Unión, 24 jul.-sept.
de 1996. La primera versión de este
trabajo fue presentada al Coloquio
internacional "Le discours culturel dans
les revues latino-americaines de 1940 á
1970" (Universidad de la Sorbona, París,
1990) y recogida en el no. 9/10 de
América (Cahiers du Criecal, Presses
de la Sorbonne Nouvelle). En el citado
evento se presentó también la ponencia
de Nour Eddine Rochdi: "El discurso
cultural en el número especial de
Casa de las Américas por el décimo
aniversario de su creación
(1960-1970)".
13 Participaron en la
encuesta -realizada por el periodista
uruguayo Carlos Núñez en el contexto de
la famosa Conferencia Tricontinental
celebrada en La Habana- once
escritores: Regis Debray, Roberto
Fernández Retamar, Manuel Galich,
Francois Maspero, Alberto Moravia,
Lisandro Otero, Gonzalo Rojas, Manuel
Rojas, Alfredo Varela, Mario Vargas
Llosa y Jorge Zalamea. Véase en Casa,
35, marz.-abr. de 1966, pp.83-99.
(Se publicó también en la revista
uruguaya Marcha).
14 Luisa Campuzano,
loc. cit., p.219-220. (Los
suspensivos de omisión son míos).
15 Cf. Sección “Al pie de
la letra”: “Recado para Gilberto (Helms-
Burton) y similares: Dios ciega a los
que quiere perder”. Casa, 203,
abr.- jun. De 1996, p. 161. Sobre el
mismo tema véase también la sección
“Contra el bloqueo”, en Casa,
193, oct. – dic. De 1993, pp. 139-147.
16 Roberto Fernández
Retamar comenzó a dirigir la revista a
principios de 1965; el número 30, de
mayo – junio de ese año, fue el primero
que salió bajo su dirección. En su etapa
inicial (1960-1965) Casa fue
dirigida por Antón Arrufat y Fausto Masó
(este último solo hasta 1961), y luego,
durante un brevísimo lapso (marz.-jun.
de 1962), por Pablo Armando Fernández,
con Arrufat como Jefe de Redacción. Se
pensó entonces en David Viñas como
posible director. Entre enero de 1989 y
junio de 1991, la dirección pasó a
Arturo Arango, quien desde finales de
1983 se había desempeñado como Jefe de
Redacción. Retamar reasumió la
conducción de la revista en julio de
1991.
17 Ángel Rama: Carta a
Marcia Leiseca (Secretaria de la
Institución), de 27 de marz. – 3 de abr.
de 1965. Fondo Documental de la Casa de
las Américas. ( Cit. Por Roberto
Fernández Retamar: “Ángel Rama y la Casa
de las Américas”. Casa, 192,
jul.-sept. de 1993, p. 50).
18 Véase en Pedro Simón,
Comp.: “Interrogando a Lezama Lima”.
Recopilación de textos sobre José Lezama
Lima. La Habana, 1970, p. 16. (Serie
valoración Múltiple de la Casa de las
Américas.) El texto fue tomado de una
entrevista que le hizo en 1968 Jean-
Michel Fossey.
19 Roberto Fernández
Retamar: “Orígenes” como revista.
Santafé de Bogotá, Instituto Caro y
Cuervo, 1994, p. 5.
20 Judith A. Weiss: “Casa
de las Américas”: An intellectual review
in the Cuban Revolution.
Chapell Hill, N. C. /
Madrid, Castalia, 1977. (Estudios de
Hispanófila, no.44).
21 Cf. Tour Eddine Rochdi:
“ Vingt ans de politique culturelle de
la revue cubaine Casa de las Américas
(1960-1980)″ .
Université de Lille, III,
1992 (inédita), y Nadia Lie : La
revista cubana “ Casa de las
Américas” ( 1960-1976): Una práctica
de lectura.2 t. Leuven, Katholieke
Universiteit Leuven, 1993. (El tomo II
está dedicado a índices, bibliografía y
anexos.) Existe una segunda edición,
probablemente abreviada, que aún no he
podido consultar. Transición y
transacción. La revista cubana “Casa de
las Américas” (1960-1976). Maryland/
Leuven, Ed. Hispamérica, 1997.
22 Juan Carlos
Quintero-Herencia: Ob. cit. en nota 9,
pp. .447-448.
23 El trabajo de
Campuzano ya citado (véase nota 12)
llega hasta mediados de los 90. Hay una
ponencia: “Cultura, literatuta, política
latinoamericanas en Casa de las Américas
(1970-1990)”, de Hans –Otto Hill,
presentada al encuentro “Le discours
culturel dans les revues latino-
américaines de 1970 á 1990”, que no he
podido consultar. A las cuatro tesis
mencionadas se han sumado en 1997 una de
licenciatura: “La discursividad crítico
–literaria de `Casa de las Américas´(1960-1982):
Estrategias políticas y culturales…”, de
Ernesto Pérez Chang (Universidad de La
Habana), y otra de maestría: “ Identidad
en juego ( Casa de las Américas
1992), de Nanne Timmer ( Universidad de
Lovaina).
24 Cf. Roberto Fernández
Retamar, en entrevista con Jaime
Saruskycit. en nota5, pp. 144. Aunque la
polémica con Monegal se inició cuando ya
Retamar había sido designado director de
Casa, lo cierto es que las cartas
que componen el debate nunca aparecieron
en la revista. De hecho, es Ángel Rama,
al publicarlas en Marcha, quien
destapa la polémica. Retamar asegura,
además, que ya en enero de 1965- dos
meses antes de su designación- Rama lo
había “alertado” sobre los propósitos de
Monegal. (Cf. Roberto Fernández Retamar:
“Ángel Rama y la Casa de las Américas”,
loc. cit. en nota 17, pp.
50-52).
25 Cf. “Diez años de
Revolución: El intelectual y la
sociedad”, Casa, 56, sept.- oct.
de 1969. Se reprodujo ese mismo año en
México (El intelectual y la sociedad,
Siglo XXI, Col. Mínima, 28.) Véase
también la entrevista de Sarusky con
Retamar cit. en nota5, pp. 144-145).
26 Aludiendo a la
tolerancia de Monegal hacia sus
adversarios, Rodríguez -Carranza afirma:
“Detesta el realismo socialista, pero
valora la poesía comprometida de Casa de
las Américas”. La conjunción
adversativa, por cierto, parece
establecer un sutil parentesco entre
ambas poéticas. Cf. Luz
Rodríguez–Carranza: “Emir Rodríguez
Monegal o la construcción de un mundo
(nuevo) posible”. Revista
Iberoamericana, 160-161, jul.–dic.
de 1992, p. 916. De todos modos, no
siempre resulta fácil distinguir la
verdadera posición de Monegal, debido a
la duplicidad de algunas de sus
estrategias discursivas. Tómense, por
ejemplo, dos aspectos de su relación con
Mario Vargas Llosa en el curso de 1967,
cuando el novelista peruano aún apoyaba
la Revolución. Pese a que Monegal se
jactaba en público de no mezclar la
literatura con la política, pidió en
privado a sus amigos que se abstuvieran
de atacar a Vargas Llosa dado que éste,
en algún momento, podría romper sus
vínculos con Cuba, y cuando La casa
verde obtuvo el Premio Rómulo Gallegos y
Vargas Llosa ratificó en Caracas su
posición política, Monegal se apresuró a
elogiar a las instituciones culturales
venezolanas, cuya tolerancia
contrastaba, a su juicio, con la
intransigencia de las cubanas. ¿Podía
alguien imaginar —especuló— que la Casa
de las Américas diera un gran premio a
Borges, por ejemplo, y le permitiera
expresar públicamente en La Habana “su
simpatía por los Estados Unidos”? (Cf.
Emir Rodríguez Monegal: Carta a Jorge
Luis Recavarren, 30 de junio de 1967, y
“Diario de Caracas”, Mundo Nuevo, no.17,
1967, ambos citados por María Eugenia
Mudrovcic, ob. cit. en nota 7, p. 163).
27 Plinio Mendoza: La
llama y el hielo. Barcelona, Planeta,
1984, p. 131. Ya Juan Goytisolo,
promotor y primer director de Libre,había
asegurado que la ojeriza de los cubanos
se debía al “ carácter independiente “
de la revista y al hecho de que no
podrían “ controlarla a distancia”. (Cf.
Juan Goytisolo: “El gato negro que
atravesó nuestras oficinas de la Rue de
Bièvre”. Quimera, no. 29, marzo
de 1983, p. 17.) Varios autores
coinciden en afirmar que el propósito de
Libre-como antes el de Mundo
Nuevo- fue disputarles a los
intelectuales cubanos y sus aliados el
derecho a establecer las reglas del
juego en el campo cultural, es decir, a
fijar los principios estéticos e
ideológicos que permitieran definir el
papel del intelectual en América Latina.
Lo que en el fondo discuten Casa de
las Américas y Mundo Nuevo
—sugiere Mudrovcic— es “la imposición de
dos modelos excluyentes de intelectual
latinoamericano” (Cf. Claudia Gilman:
“Intelectuales`libres´o
intelectuales`revolucionarios´: el caso
de la revista Libre”, en
América.
(Cahiers du Criccal, 3éme
Série, p. 11.) y María Eugenia Mudrovcic,
ob. cit. en nota 7, p. 60. Para un
estudio comparativo véase Susan F. Frenk:
“Two Journals of the 1960s: Casa de
las Américas and Mundo Nuevo”,
en Bulletin of Latin American
Research, vol. 3, n. 2, 1984.
28 Cf. José Luis
Martínez: “Las revistas literarias de
Hispanoamérica”. Universidad de
México, 445, feb. De 1988, p. 3.
29 Véase “¿Qué es y para
qué sirve una revista literaria?” ,
loc. cit. , pp. 121 y 107,
respectivamente.
30 Cf. Roberto Fernández
Retamar: "Pensamiento de Nuestra
América: autorreflexiones y
propuestas..." Casa, 204, jul.-sept.
de 1996, p. 56. Véanse algunos de los
trabajos aludidos en Adolfo Sánchez
Vázquez: "Posmodernidad, posmodernismo y
socialismo" (no. 175,1989); Ticio
Escobar: "Identidad, mito, hoy" y Nelly
Richard: "Periferias culturales y
descentramientos posmodernos" (ambos en
no. 186, 1992); Michael Lowy: "Los
intelectuales latinoamericanos y la
critica social de la Modernidad" (no.
191, 1993); Néstor García Canclini: "Una
modernización que atrasa. La cultura
bajo la represión neoconservadora" (no.
193, 1993); Peter Hulme: "La teoría
poscolonial y la representación de la
cultura en las Américas" (no, 202,
1996); Walter Mignolo: "Los Estudios
Subalternos, ¿son posmodernos o
poscoloniales?" y Eduardo Rosenzvaig:
"Las condiciones del escritor en el
colonialismo tardio" (ambos en no. 204,
1996). A estas reflexiones cabría añadir
la de John Beverley: "¿Posliteratura?
Sujeto subalterno e impasse de las
humanidades" y la de Mary Louise Pratt
sobre las literaturas canadiense y
latinoamericana como productos de
sociedades dependientes, tanto
coloniales como neocoloniales (ambas en
no. 190, 1993); la de Jenaro Talens
"Escritura contra simulacro. El lugar de
la literatura en la era electrónica"
(no. 203, 1996), donde el autor se
pregunta si habrá lugar para la
reflexión en un mundo que ha llegado al
fin de la Historia, según el dictamen de
Fukuyama; y los de Carolyn Porter (no.
203) y José David Saldívar (no. 204),
ambas de 1996, sobre la conveniencia de
rediseñar el mapa, de los estudios
literarios y culturales en las
universidades norteamericanas.
31 Véase J[orge] F[ornet]:
"La Casa de las Américas y la 'creación'
del género testimonio", recuento que
incluye fragmentos de una “Conversación
en torno al testimonio" en la que
participaron Ángel Rama, Isidora
Aguirre, Hans Magnus Enzensberger,
Manuel Galich, Noé Jitrik y Haydée
Santamaría, y el texto de Manuel Galich
"Para una definición del género
testimonio", Casa de las Américas,
200, jul.-sept 1995, pp, 120_125.
32 Participaron en
él casi treinta intelectuales
procedentes de quince países: los
colombianos Carlos Rincón, Jaime Mejía
Duque e Isaías Peña Gutiérrez; los
chilenos Ana Pizarro, Fernando Alegría y
Nelson Osorio; los uruguayos Jorge
Ruffinelli, Hugo Achugar y Javier García
Méndez; los españoles Beatriz Pastor y
Federico Álvarez; el peruano Antonio
Cornejo Polar, el boliviano Renato Prada
Oropeza, la mexicana Beatriz Garza, el
ecuatoriano Agustín Cuevas, la
venezolana Beatriz González Stephan, el
argentino Jaime Alazraki, la
puertorriqueña Iris Zavala, la
nicaragüense Ileana Rodríguez, el
italiano Darío Puccini, la inglesa Jean
Franco, el norteamericano John Beverley,
el alemán Thomas Bremen y los cubanos
Roberto Fernández Retamar, Ricardo
Repilado, Rogelio Rodríguez Coronel y
Ambrosio Fornet. En las palabras
inaugurales del simposio Retamar rindió
homenaje a la memoria de Ángel Rama,
Alejandro Losada y Ernesto Mejía
Sánchez, "tres magistrales compañeros
que hubieran tenido participación de
primer orden en esta cita de no haber
sido arrebatados hace poco por la
muerte". Cf. "Estudios literarios de
Nuestra América", en la sección "Últimas
actividades de la Casa de las Américas",
Casa. 171, nov,-dic. de 1988, pp,167-168.
33 Véanse,en Casa,
171, nov.-dic. de 1988, Antonia Cornejo
Polar: "Sistemas y sujetos en la
historia latinoamericana" (67-71); Jorge
Ruffineli "La crisis de la crítica"
(72-77); Beatriz Pastor: "Polémicas en
torno al canon..," (78-87) y Jean
Franco: "Si me permiten hablar: la lucha
por el poder interpretativo" (88-94).
34 Véanse, por ejemplo,
las entrevistas de Esther Pérez y
Arturo Arango con Darcy Ribeiro ("No
tener miedo a pensar") y de la
revista Envío con Frei Betto
("Debate sobre marxismo"), ambas en el
número 176 de 1989; los trabajos de
Adolfo Sánchez Vázquez ("El marxismo en
América Latina") y de Jorge Luis
Acanda ("¿Existe una crisis del
marxismo?"), ambos en el número 178 de
1990; y el de James Petras:
"Transformaciones globales y el
futuro del socialismo en América
Latina", en el número 181 de 1990. Véase
también Pablo González Casanova: "Nuevas
formas de pensar en el mundo actual"
(no. 188 de 1992), así como la relectura
que hace Sánchez Vázquez de los
Manuscritos de 196 de 1994) y el
ensayo de Néstor Kohan: "Marx en su
(tercer mundo" (no. 107 de 1997). Es
curioso y significativo que algunas de
esas reflexiones fueran reseñas o
apuntes de lectura, como si los autores
sintieran la necesidad de insertarse en
un debate colectivo caracterizado por la
espontaneidad y la mezcla de géneros y
discursos. Así, por ejemplo, "Cuba en la
tormenta de la perestroika" (no. 184 de
1991), de Jorge Amado, es el prólogo a
un libro de entrevistas con Fidel
realizadas por el periodista italiano
Gianni Miná; "El siglo de los extremos
…” ( n.200 de 1995), de Claude Julián,
es, como lo sugiere su título, un
comentario sobre el libro homónimo de
Hobsbawm, y "El marxismo y la
interpretación de la cultura" (no. 175
de 1989), de Ileana Rodríguez, es una
reseña sobre la compilación del mismo
título publicada en el año anterior. En
ella se sostiene, por cierto, que los
nuevos movimientos sociales
-antinucleares, ecológicos,
feministas,..—surgen como necesidad de
sobrevivencia en un mundo donde el
mercado, las burocracias estatales y el
discurso uniformador de los medios de
comunicación masiva han acabado ocupando
todos los espacios disponibles.
35 Cf. Alfonso Ibáñez:
"Análisis y utopía en Mariátegui'"
Casa, 195, abr.-jun. de 1994, p. 9.
36 Cf. Luis Britto
García: “La utopía contraataca”.
Casa, 201, oct.-dic. de 1995, p.
14.Véanse sobre el tema, además, el
ensayo de Escobar citado en nota 28, y
el de Hugo Achugar: "Ciudad, ficción
memoria..." (no. 208 de. 1997). |