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Tener
una conciencia del significado y el
alcance de la institución literaria es
necesario para los editores pues, aunque
su labor fundamental consiste en
convertir el texto, la obra individual
del escritor, en libro, para que este
exista, cumpla su función, circule y
llegue al destinatario tiene que
insertarse dentro de la institución
literaria.
Desde
que el libro surge se inscribe en un
mercado. Incluso antes de que existiera
la imprenta los textos pasaban de mano
en mano por la obra de copistas y, de
esa manera, los intelectuales los iban
conociendo parcial o totalmente; sin
embargo, el desarrollo de la imprenta
coincide con el desarrollo del
Capitalismo y en la medida en que uno y
otro van creciendo, en que el
capitalismo se transforma y en que la
imprenta adquiere recursos tecnológicos
cada vez más sofisticados la presencia
del libro también crece dentro del
conjunto de la sociedad y los
destinatarios se multiplican no solo en
el plano individual, sino también por
sectores profesionales, clasistas y
grupales de diversificada formación.
Hace
años investigué acerca del tema con un
trabajo sobre el movimiento editorial en
Francia, que analizaba el vínculo que
tenía el desarrollo de una revista
importante para la literatura francesa
en la primera mitad del siglo XX, la
Nueva Revista Francesa (NRF),
con su editorial Gallimard, que se
convirtió también en la editorial que
publicó a los grandes escritores
franceses de ese período. Aquellos
escritores influyeron en el mundo
occidental y de igual forma que amplió
su perfil también contribuyó a difundir
a importantes escritores de otros
países.
El
canon no es algo que sale como Atenea de
la cabeza de Zeus, totalmente armado, ni
es tampoco la obra de un individuo por
muy brillante que sea, sino que se crea
mediante la cofunción de distintos
factores. Estos factores comprenden un
rango extenso como son las revistas, las
editoriales, el mundo académico con su
instancia de investigación y de
enseñanza, el ejercicio de la crítica
literaria especializada y los órganos de
difusión.
Es
importante indagar en qué punto se
encuentra entre nosotros la institución
literaria. La nuestra se ha ido armando
con el tiempo, es como la extraña
anatomía del jorobado de Nuestra
Señora de París porque el desarrollo
real de la institución literaria entre
nosotros fue tardío y precario. Las
editoriales surgieron a partir del
triunfo de la Revolución, así como las
instituciones dedicadas a la
investigación, mientras que los centros
de educación tenían una historia más
larga, pero precaria.
Sobre
nuestra situación actual quisiera
abordar la enseñanza, puesto que es una
vía fundamental para la formación de
lectores. En lo que se refiere a la
Literatura y a otras disciplinas, la
enseñanza universitaria ha tenido dos
enfoques y dos vertientes —una de ellas
mucho más reducida en su influencia y en
su extensión—, que son, primero, las
escuelas de letras: Facultad de
Filología, Facultad de Letras y de
Artes…, y esta intermitencia de nombres
revela también la intermitencia en
cuanto a la concepción de la enseñanza
de la Literatura. Hay quienes piensan
que la Literatura no se enseña, pero no
es cierto; hay una sensibilidad
literaria que se desarrolla y métodos de
análisis que se transmiten.
En
estos centros de educación superior se
ha aspirado a acercar al estudiante al
texto original, a privilegiar como hecho
indispensable la lectura del texto
original, independientemente del enfoque
que haya prevalecido. Pero junto con
estas escuelas de letras se
desarrollaron a impulsos de necesidades
del país los Institutos Pedagógicos que
han concebido la enseñanza de la
Literatura con carácter meramente
informativo, lo que sacrifica el
contacto directo del estudiante con
determinado texto y por lo tanto
sacrifica la constitución de otra
memoria que no es, precisamente, la de
los nombres de autores célebres, sino la
memoria subjetiva de una literatura
leída y asimilada. De tal manera, esta
fórmula de enseñanza no ha contribuido a
formar lectores, no ha contribuido a
desarrollar una sensibilidad ni una
curiosidad literarias y en consecuencia
no existe la necesidad de leer.
Otro
factor importante de la Academia son los
centros de investigación en relación con
la literatura. La suprema expresión del
canon de una literatura se expresa en su
historia literaria y entre nosotros
desde el siglo XIX se intentó hacer esa
historia, porque la existencia de una
historia literaria no solamente
constituye un canon sino que se articula
a la concepción misma de la nación,
puesto que se trata de una historia
nacional.
En el
siglo XXI todavía seguimos apelando a
los manuales que en su momento hicieron
Max Henríquez Ureña, Salvador Bueno,
Raimundo Lazo y José Antonio Portuondo.
¿Dónde está la historia literaria
constituida desde la perspectiva
contemporánea, con las herramientas
contemporáneas, que nos ponga
verdaderamente al día acerca de nuestra
producción, que incorpore la producción
más reciente a ese caudal histórico y
que, al mismo tiempo, nos provea de una
relectura de esa tradición?
Poseemos los dos primeros tomos de la
Historia de la literatura cubana y
está sujeto a una revisión el tercer
volumen que corresponde al período
revolucionario. La obra en su conjunto
padece de insuficiencias que tienen que
ver con el acceso a fuentes de
información y con los criterios
conceptuales que presiden su estructura
general. De tal modo, el tomo que aborda
la República tiene una conformación
diferente, pero además al establecer la
periodización fractura la obra de los
autores que emergieron en la República y
continuaron su labor en la Revolución.
Por ejemplo, se recoge una parte de
Carpentier en el tomo de la República
que corresponde a El reino de este
mundo y en otro tomo a partir de
El siglo de las luces.
Las
revistas literarias o culturales forman
parte de esta institución literaria y su
papel, históricamente, ha sido doble.
Por una parte han sido un instrumento al
servicio de la necesaria emergencia de
un grupo literario. Cuando aparece una
nueva generación literaria lo primero
que se piensa para entrar en el
escenario público y dar a conocer sus
proyectos, sus programas, sus obras
iniciales, es fundar una revista
literaria. Es algo tan orgánico que así
ha sucedido no solo con revistas que han
quedado como paradigma como Avance,
Orígenes o Ciclón, sino
que dentro y fuera de la capital
aparecieron a través del tiempo pequeñas
revistas de muy corta duración que
tuvieron muy pocos lectores, pero que
sus patrocinadores pusieron buen cuidado
en hacerlas llegar a aquellos lectores
que eran imprescindibles, aquellos que
estaban situados en un lugar desde el
cual podrían hacerlos reconocibles.
Con
el triunfo de la Revolución este
carácter se modifica pues las
publicaciones no van a estar totalmente
en manos de un grupo de escritores que
las lanzan por sus propios medios, sino
que van a contar con un patrocinio
institucional, y eso les da a nuestras
revistas un cierto ecumenismo.
Sin
embargo, desde la perspectiva actual,
cuando la historia ha repasado estos 48
años de Revolución, las revistas han
cumplido un papel trascendental.
Constituyen un testimonio de lo
sucedido, son
fuentes de información y son la
evidencia del canon literario que se ha
tratado de establecer entre nosotros.
Quizá una de las zonas literarias que
mejor haya cumplido su función ha sido
la de las revistas; sin embargo, llegan
a un público extraordinariamente
limitado. ¿Qué representa en un país
alfabetizado un público de dos mil, tres
mil o cuatro mil lectores? Representa
muy poco, es una fracción de nuestro
propio mundo cultural, son revistas que
se dirigen a nosotros mismos, al sector
de la cultura que no cubren siquiera en
su totalidad pues hay profesores,
promotores y editores que no están al
tanto del último número de cada una de
nuestras revistas; pero en una
institución literaria bien desarrollada
en la cual las revistas especializadas
tienen lectores limitados, ellas
constituyen el elemento básico de
retroalimentación para otras ediciones
que llegan a un público mucho más
extenso y que son los suplementos
literarios de un periódico, las páginas
culturales que divulgan reseñas,
comentarios e informaciones que ponen al
día a los lectores acerca de lo que está
sucediendo. Estos suplementos culturales
son uno de los vacíos fundamentales que
existen en nuestra institución
literaria.
En el
mundo alfabetizado que vivimos, en un
país que ha dado una importancia
primordial a la cultura, esas
jerarquías, ese canon, tienen que irse
forjando a través de la interacción de
todos los factores que intervienen en la
institución literaria, entre los que los
editores y la producción literaria son
decisivos, porque sin ellos no hay
libros. Creo por eso que el oficio de
editor no puede ser asumido como un modo
de vivir, sino como una función
participativa y creadora en la cultura.
Conferencia impartida por
la Dra. Graziella Pogolotti en el Centro
Cultural Dulce María Loynaz. |