Año VI
La Habana

28 de JULIO al
3 de AGOSTO
de 2007

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

La institución literaria

Graziella Pogolotti • La Habana

Tener una conciencia del significado y el alcance de la institución literaria es necesario para los editores pues, aunque su labor fundamental consiste en convertir el texto, la obra individual del escritor, en libro, para que este exista, cumpla su función, circule y llegue al destinatario tiene que insertarse dentro de la institución literaria.

Desde que el libro surge se inscribe en un mercado. Incluso antes de que existiera la imprenta los textos pasaban de mano en mano por la obra de copistas y, de esa manera, los intelectuales los iban conociendo parcial o totalmente; sin embargo, el desarrollo de la imprenta coincide con el desarrollo del Capitalismo y en la medida en que uno y otro van creciendo, en que el capitalismo se transforma y en que la imprenta adquiere recursos tecnológicos cada vez más sofisticados la presencia del libro también crece dentro del conjunto de la sociedad y los destinatarios se multiplican no solo en el plano individual, sino también por sectores profesionales, clasistas y grupales de diversificada formación.

Hace años investigué acerca del tema con un trabajo sobre el movimiento editorial en Francia, que analizaba el vínculo que tenía el desarrollo de una revista importante para la literatura francesa en la primera mitad del siglo XX, la Nueva Revista Francesa (NRF), con su editorial Gallimard, que se convirtió también en la editorial que publicó a los grandes escritores franceses de ese período. Aquellos escritores influyeron en el mundo occidental y de igual forma que amplió su perfil también contribuyó a difundir a importantes escritores de otros países.

El canon no es algo que sale como Atenea de la cabeza de Zeus, totalmente armado, ni es tampoco la obra de un individuo por muy brillante que sea, sino que se crea mediante la cofunción de distintos factores. Estos factores comprenden un rango extenso como son las revistas, las editoriales, el mundo académico con su instancia de investigación y de enseñanza, el ejercicio de la crítica literaria especializada y los órganos de difusión.

Es importante indagar en qué punto se encuentra entre nosotros la institución literaria. La nuestra se ha ido armando con el tiempo, es como la extraña anatomía del jorobado de Nuestra Señora de París porque el desarrollo real de la institución literaria entre nosotros fue tardío y precario. Las editoriales surgieron a partir del triunfo de la Revolución, así como las instituciones dedicadas a la investigación, mientras que los centros de educación tenían una historia más larga, pero precaria.

Sobre nuestra situación actual quisiera abordar la enseñanza, puesto que es una vía fundamental para la formación de lectores. En lo que se refiere a la Literatura y a otras disciplinas, la enseñanza universitaria ha tenido dos enfoques y dos vertientes —una de ellas mucho más reducida en su influencia y en su extensión—, que son, primero, las escuelas de letras: Facultad de Filología, Facultad de Letras y de Artes…, y esta intermitencia de nombres revela también la intermitencia en cuanto a la concepción de la enseñanza de la Literatura. Hay quienes piensan que la Literatura no se enseña, pero no es cierto; hay una sensibilidad literaria que se desarrolla y métodos de análisis que se transmiten.

En estos centros de educación superior se ha aspirado a acercar al estudiante al texto original, a privilegiar como hecho indispensable la lectura del texto original, independientemente del enfoque que haya prevalecido. Pero junto con estas escuelas de letras se desarrollaron a impulsos de necesidades del país los Institutos Pedagógicos que han concebido la enseñanza de la Literatura con carácter meramente informativo, lo que sacrifica el contacto directo del estudiante con determinado texto y por lo tanto sacrifica la constitución de otra memoria que no es, precisamente, la de los nombres de autores célebres, sino la memoria subjetiva de una literatura leída y asimilada. De tal manera, esta fórmula de enseñanza no ha contribuido a formar lectores, no ha contribuido a desarrollar una sensibilidad ni una curiosidad literarias y en consecuencia no existe la necesidad de leer.

Otro factor importante de la Academia son los centros de investigación en relación con la literatura. La suprema expresión del canon de una literatura se expresa en su historia literaria y entre nosotros desde el siglo XIX se intentó hacer esa historia, porque la existencia de una historia literaria no solamente constituye un canon sino que se articula a la concepción misma de la nación, puesto que se trata de una historia nacional.

En el siglo XXI todavía seguimos apelando a los manuales que en su momento hicieron Max Henríquez Ureña, Salvador Bueno, Raimundo Lazo y José Antonio Portuondo. ¿Dónde está la historia literaria constituida desde la perspectiva contemporánea, con las herramientas contemporáneas, que nos ponga verdaderamente al día acerca de nuestra producción, que incorpore la producción más reciente a ese caudal histórico y que, al mismo tiempo, nos provea de una relectura de esa tradición?

Poseemos los dos primeros tomos de la Historia de la literatura cubana y está sujeto a una revisión el tercer volumen que corresponde al período revolucionario. La obra en su conjunto padece de insuficiencias que tienen que ver con el acceso a fuentes de información y con los criterios conceptuales que presiden su estructura general. De tal modo, el tomo que aborda la República tiene una conformación diferente, pero además al establecer la periodización fractura la obra de los autores que emergieron en la República y continuaron su labor en la Revolución. Por ejemplo, se recoge una parte de Carpentier en el tomo de la República que corresponde a El reino de este mundo y en otro tomo a partir de El siglo de las luces.

Las revistas literarias o culturales forman parte de esta institución literaria y su papel, históricamente, ha sido doble. Por una parte han sido un instrumento al servicio de la necesaria emergencia de un grupo literario. Cuando aparece una nueva generación literaria lo primero que se piensa para entrar en el escenario público y dar a conocer sus proyectos, sus programas, sus obras iniciales, es fundar una revista literaria. Es algo tan orgánico que así ha sucedido no solo con revistas que han quedado como paradigma como Avance, Orígenes o Ciclón, sino que dentro y fuera de la capital aparecieron a través del tiempo pequeñas revistas de muy corta duración que tuvieron muy pocos lectores, pero que sus patrocinadores pusieron buen cuidado en hacerlas llegar a aquellos lectores que eran imprescindibles, aquellos que estaban situados en un lugar desde el cual podrían hacerlos reconocibles.

Con el triunfo de la Revolución este carácter se modifica pues las publicaciones no van a estar totalmente en manos de un grupo de escritores que las lanzan por sus propios medios, sino que van a contar con un patrocinio institucional, y eso les da a nuestras revistas un cierto ecumenismo.

Sin embargo, desde la perspectiva actual, cuando la historia ha repasado estos 48 años de Revolución, las revistas han cumplido un papel trascendental. Constituyen un testimonio de lo sucedido, son fuentes de información y son la evidencia del canon literario que se ha tratado de establecer entre nosotros. Quizá una de las zonas literarias que mejor haya cumplido su función ha sido la de las revistas; sin embargo, llegan a un público extraordinariamente limitado. ¿Qué representa en un país alfabetizado un público de dos mil, tres mil o cuatro mil lectores? Representa muy poco, es una fracción de nuestro propio mundo cultural, son revistas que se dirigen a nosotros mismos, al sector de la cultura que no cubren siquiera en su totalidad pues hay profesores, promotores y editores que no están al tanto del último número de cada una de nuestras revistas; pero en una institución literaria bien desarrollada en la cual las revistas especializadas tienen lectores limitados, ellas constituyen el elemento básico de retroalimentación para otras ediciones que llegan a un público mucho más extenso y que son los suplementos literarios de un periódico, las páginas culturales que divulgan reseñas, comentarios e informaciones que ponen al día a los lectores acerca de lo que está sucediendo. Estos suplementos culturales son uno de los vacíos fundamentales que existen en nuestra institución literaria.

En el mundo alfabetizado que vivimos, en un país que ha dado una importancia primordial a la cultura, esas jerarquías, ese canon, tienen que irse forjando a través de la interacción de todos los factores que intervienen en la institución literaria, entre los que los editores y la producción literaria son decisivos, porque sin ellos no hay libros. Creo por eso que el oficio de editor no puede ser asumido como un modo de vivir, sino como una función participativa y creadora en la cultura. 

Conferencia impartida por la Dra. Graziella Pogolotti en el Centro Cultural Dulce María Loynaz.
 
 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600