Año VI
La Habana

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de 2007

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El poema de su acción

Guillermo Cabrera Álvarez

 
POEMAS DE Raúl Gómez García
 

Mucho antes de que naciera Raúl Gómez García, ya su bisabuelo conocía los rigores de la manigua y sus abuelos el manejo de los machetes de la caballería mambisa. Su familia se engendró de las balas insurrectas, y parió hijos para la continuación de una dinastía de coraje. Incluso las lecturas de sus padres, los volúmenes de las obras de José Martí, llegaron como herencia al joven nacido en diciembre de 1928.

Primero desfiló su infancia, sus ropas cortas en la mirada simple; los juguetes de reyes con el fusil de mentirijillas bajo el brazo, cuando jugaba a ser un western, o un vaquero en términos de infancia; después su adolescencia en las escuelas hasta el bachillerato, ese su estudiar para pedagogo, alternado con la natación, con las competencias de kayak, con las playas y ríos, con los puentes; ese su mirar el paisaje, mientras va estirando el cuerpo.

Era importante continuar sus versos de 12 años, entregar un poema a quien lo inspirase, recitarlo en voz baja a los oídos sonrojados. Buscar en el Martí de sus padres la prosa modernista e írsele pegando el contenido de las mismas, las ideas. Recibir la ayuda del maestro de escuela que le orienta en el conocimiento del hombre de Dos Ríos, y aprendió de Martí el arte del verso, y la poesía de la guerra y de la acción.

Un esquema del arte de su enseñanza podría resumirse así: estudios elementales: Escuela Pública No. 48 de La Habana; a los 14 años, institutos de Segunda Enseñanza de Güines y La Habana; 1947-48 Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana; después, la Escuela de Pedagogía.

Tiene algo en común con otros jóvenes universitarios: su amor a Martí; Martí une a los estudiantes y de este modo traba relaciones con Fidel Castro, escucha la palabra fogosa de Chibás, se inscribe en la ortodoxia y se estremece con el aldabonazo.

La armoniosidad del verso, que le permite la comunicación íntima con el amor que le emociona, los giros de imágenes y el juego de palabras para conmover a la elegida, ese mismo verso, va siendo el mecanismo que aplica a su pensamiento en el terreno social. Siempre sus poemas han sido expresiones dispersas, sin unidad, de todo cuanto le motiva. Eran escritos bajo el impulso de la comunicación para leerlos en círculos íntimos, en la compañía de quienes quería, para satisfacer su necesidad de ser escuchado, animado, criticado, debatido. Tanto para leer a la muchacha de ojos impresionantemente grandes como cuando levanta su voz en la madrugada del Moncada, después de las palabras del líder explicando la acción.

Este es el Raúl de los poemas. Los poemas para la intimidad, para el círculo de amigos, para la minoría de aquel entonces con la necesidad del motor pequeño; hoy esos mismos versos tienen la vigencia de su intimidad en el círculo grande de sus amigos de ahora, en la gran familiaridad de todo aquel que le debe algo al poeta combatiente, o al combatiente poeta, o a todo en uno.

Cuando en marzo 10 amanece la muerte, los pasos de suelas gastadas del joven que estudia Derecho y pinta paredes para ganar la vida, recorre las calles para hacer circular su voz de protesta. Nadie quiere editar Revolución sin juventud. Las cosas no pueden decirse con palabras, sino con tiros, y esa enseñanza se desprende de las caras que mueven la negación de la izquierda a la derecha.

Hay otro joven que ha subido los peldaños de la audiencia para acusar y tampoco tiene respuesta ni eco en magistrados sumisos.

Primero fueron Abel, Haydée, Melba, Montané, René, Raúl, después, aumentó la cifra de soldados dentro del ejército del Centenario. La vida silenciosa, el mimeógrafo clandestino que se mudaba de casa con la constante de alentar, unir para la lucha, denunciando cada crimen. Virginia, la madre, colabora discretamente con el hijo. La casa para reuniones de análisis, para confrontaciones de ideas; después la ausencia de vigilar persianas, de aprenderse la calle vacía sin el hijo, de armar y desarmar el pimpampún, ese constante amanecer en los ojos sin la llegada del cachorro. Y después la despedida, la partida para regresar pronto, y el paso de los días. Las noticias de la radio y las listas de nombres buscando a los queridos o conocidos. 

Estábamos en el piso del Club de Alistados, prisioneros. Trajeron a un joven tan brutalmente maltratado que no pudo sostenerse y cayó al suelo. Cuando lo sentaron junto a nosotros, reconocimos a Raúl. Le habían sacado los dientes, lo habían golpeado aquellos bárbaros en forma tan salvaje, qué no se podía explicar cómo pudo mantenerse sentado. Más tarde lo asesinaron a golpes. 

Su voz enmudeció antes de venderse, sus brazos se pararon porque no podían llevar con honradez el pan a su madre, su corazón dejó de latir porque no podía hacerla al compás de un régimen traidor, porque era preciso morir antes de ser esclavo de otros hombres, tal y como estableció en su Revolución sin juventud.

Y dio luz de aurora. Su mejor poema lo escribió frente a los muros del Moncada; es el poema de su acción, la rima de los tiros y la armonía de su hazaña la más perdurable a los jóvenes de hoy, es la que se corporiza en cada obra creadora revolucionaria. 

Tomado de Raúl Gómez García, Colección RAÍCES del Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1971.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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