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Mucho antes de que naciera Raúl Gómez
García, ya su bisabuelo conocía los
rigores de la manigua y sus abuelos el
manejo de los machetes de la caballería
mambisa. Su familia se engendró de las
balas insurrectas, y parió hijos para la
continuación de una dinastía de coraje.
Incluso las lecturas de sus padres, los
volúmenes de las obras de José Martí,
llegaron como herencia al joven nacido
en diciembre de 1928.
Primero desfiló su infancia, sus ropas
cortas en la mirada simple; los juguetes
de reyes con el fusil de mentirijillas
bajo el brazo, cuando jugaba a ser un
western, o un vaquero en términos de
infancia; después su adolescencia en las
escuelas hasta el bachillerato, ese su
estudiar para pedagogo, alternado con la
natación, con las competencias de kayak,
con las playas y ríos, con los puentes;
ese su mirar el paisaje, mientras va
estirando el cuerpo.
Era importante continuar sus versos de
12 años, entregar un poema a quien lo
inspirase, recitarlo en voz baja a los
oídos sonrojados. Buscar en el Martí de
sus padres la prosa modernista e írsele
pegando el contenido de las mismas, las
ideas. Recibir la ayuda del maestro de
escuela que le orienta en el
conocimiento del hombre de Dos Ríos, y
aprendió de Martí el arte del verso, y
la poesía de la guerra y de la acción.
Un esquema del arte de su enseñanza
podría resumirse así: estudios
elementales: Escuela Pública No. 48 de
La Habana; a los 14 años, institutos de
Segunda Enseñanza de Güines y La Habana;
1947-48 Facultad de Derecho de la
Universidad de La Habana; después, la
Escuela de Pedagogía.
Tiene algo en común con otros jóvenes
universitarios: su amor a Martí; Martí
une a los estudiantes y de este modo
traba relaciones con Fidel Castro,
escucha la palabra fogosa de Chibás, se
inscribe en la ortodoxia y se estremece
con el aldabonazo.
La armoniosidad del verso, que le
permite la comunicación íntima con el
amor que le emociona, los giros de
imágenes y el juego de palabras para
conmover a la elegida, ese mismo verso,
va siendo el mecanismo que aplica a su
pensamiento en el terreno social.
Siempre sus poemas han sido expresiones
dispersas, sin unidad, de todo cuanto le
motiva. Eran escritos bajo el impulso de
la comunicación para leerlos en círculos
íntimos, en la compañía de quienes
quería, para satisfacer su necesidad de
ser escuchado, animado, criticado,
debatido. Tanto para leer a la muchacha
de ojos impresionantemente grandes como
cuando levanta su voz en la madrugada
del Moncada, después de las palabras del
líder explicando la acción.
Este es el Raúl de
los poemas. Los
poemas para la intimidad, para el
círculo de amigos, para la minoría de
aquel entonces con la necesidad del
motor pequeño; hoy esos mismos versos
tienen la vigencia de su intimidad en el
círculo grande de sus amigos de ahora,
en la gran familiaridad de todo aquel
que le debe algo al poeta combatiente, o
al combatiente poeta, o a todo en uno.
Cuando en marzo 10 amanece la muerte,
los pasos de suelas gastadas del joven
que estudia Derecho y pinta paredes para
ganar la vida, recorre las calles para
hacer circular su voz de protesta. Nadie
quiere editar Revolución sin juventud.
Las cosas no pueden decirse con
palabras, sino con tiros, y esa
enseñanza se desprende de las caras que
mueven la negación de la izquierda a la
derecha.
Hay otro joven que ha subido los
peldaños de la audiencia para acusar y
tampoco tiene respuesta ni eco en
magistrados sumisos.
Primero fueron Abel, Haydée, Melba,
Montané, René, Raúl, después, aumentó la
cifra de soldados dentro del ejército
del Centenario. La vida silenciosa, el
mimeógrafo clandestino que se mudaba de
casa con la constante de alentar, unir
para la lucha, denunciando cada crimen.
Virginia, la madre, colabora
discretamente con el hijo. La casa para
reuniones de análisis, para
confrontaciones de ideas; después la
ausencia de vigilar persianas, de
aprenderse la calle vacía sin el hijo,
de armar y desarmar el pimpampún, ese
constante amanecer en los ojos sin la
llegada del cachorro. Y después la
despedida, la partida para regresar
pronto, y el paso de los días. Las
noticias de la radio y las listas de
nombres buscando a los queridos o
conocidos.
Estábamos en el piso del Club de
Alistados, prisioneros. Trajeron a un
joven tan brutalmente maltratado que no
pudo sostenerse y cayó al suelo. Cuando
lo sentaron junto a nosotros,
reconocimos a Raúl. Le habían sacado los
dientes, lo habían golpeado aquellos
bárbaros en forma tan salvaje, qué no se
podía explicar cómo pudo mantenerse
sentado. Más tarde lo asesinaron a
golpes.
Su voz enmudeció antes de venderse, sus
brazos se pararon porque no podían
llevar con honradez el pan a su madre,
su corazón dejó de latir porque no podía
hacerla al compás de un régimen traidor,
porque era preciso morir antes de ser
esclavo de otros hombres, tal y como
estableció en su Revolución sin
juventud.
Y dio luz de aurora. Su mejor poema lo
escribió frente a los muros del Moncada;
es el poema de su acción, la rima de los
tiros y la armonía de su hazaña la más
perdurable a los jóvenes de hoy, es la
que se corporiza en cada obra creadora
revolucionaria.
Tomado de Raúl Gómez
García, Colección RAÍCES del
Instituto
Cubano del Libro, La Habana, 1971. |