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Hace solo unas pocas semanas leí en las
páginas de esta revista
un interesante dossier acerca de la
relación entre literatura y mercado,
resultado de un conversatorio donde se
unieron las voces de
Senel Paz,
Adelaida
Fernández de Juan,
Jorge Fornet y
Rogelio Riverón. Las ideas allí
expresadas me estimularon a participar
del tema desde una perspectiva a la que
he dedicado algunas páginas[1],
la de las revistas culturales. En este
caso me detendré, por razones que
quedarán explícitas en los párrafos que
siguen, en la ya desaparecida Mundo
Nuevo.
Como es sabido, el nacimiento de
Mundo Nuevo fue precedido de una
huracanada polémica epistolar
protagonizada por el que sería su primer
director, el crítico uruguayo Emir
Rodríguez Monegal, y el entonces
director de la flamante Casa de las
Américas, Roberto Fernández Retamar[2].
Grosso modo, el resultado primero
de la polémica fue la negativa de los
escritores cubanos a colaborar en
Mundo Nuevo, una vez sabido que esta
sería financiada por la CIA a través del
ILARI[3],
una de sus tantas fachadas culturales.
Desde entonces, la revista de Monegal no
solo se convertiría en la antagonista de
Casa, sino que se erigiría en su
antimodelo y —lo que interesa al efecto
de estas reflexiones—, se convertiría en
el refugio y vocero de los exiliados
cubanos, práctica que, como bien señala
la ensayista argentina María Eugenia
Mudrovcic[4]
“:..seguía(n) el modelo de la política
de asistencia a refugiados comunistas
que el Congreso por la Libertad de la
Cultura había implementado a lo largo de
la década de los 50” (101). De esa
manera desfilaron por sus páginas, en
mayor o menor grado, José Antonio
Arcocha, Rolando Campins, Reinaldo
Arenas, Mercedes Cortázar, José Mario,
Fausto Masó, Aquiles B. Iglesias
Llauradó, Severo Sarduy y Guillermo
Cabrera Infante. Pero serían estos dos
últimos los que recibirían un trato
diferenciado dentro del grupo y se
convertirían en sujeto y objeto de una
estrategia de “fabricación” sin
precedentes.
Severo Sarduy, sin libros pero con
muchas palabras
“Recibí una beca del Gobierno cubano
para estudiar durante un año crítica de
arte en Francia. De modo que vine a
París, me matriculé en la Escuela del
Louvre y empecé a trabajar. Cuando la
beca terminó, decidí quedarme aquí para
terminar mis estudios. Estoy preparando
una tesis.” (MN, 2, 16)[5].
Así comienza el “crudo exilio” de Severo
Sarduy a principios de los 60. La
declaración la hace en una extensa
entrevista que le dedica Rodríguez
Monegal en el segundo número de Mundo
Nuevo.
Pero ¿quién era Sarduy en 1966? Hurgando
en el tiempo, hasta ese año había
publicado algunos poemas y algo de
crítica de arte —fundamentalmente en
Ciclón—, la noveleta Gestos
(1962) y un par de artículos en la
francesa Tel Quel. Es decir,
prácticamente nada para merecer el
destaque que le dedica Monegal. Por eso
afirma con tanto sentido común Mudrovcic
que, en ese momento, “…el escritor
cubano era todavía futuro-absoluto, es
decir, una figura-promesa casi en estado
puro” (97).
No obstante, la entrevista titulada “Las
estructuras de la narración” aparece
señalada en portada bajo el rótulo de
Qué es Cuba, sintagma que trata de
investir al entoces desconocido Sarduy
del ambicioso traje de pitoniso cubano,
a la vez que revela, sin mucho
miramiento, el discurso contramodélico,
anticubano, urticante y pretendidamente
“moderno” de la revista.
A falta de suficientes logros
literarios, Monegal intenta construir
para el cubano un curriculum que
justifique tan largo diálogo, y lo hace
sobre la base de interminables listados
de nombres, títulos, lugares comunes y
una congestionante nómina de términos
cuasi literarios y neologismos que solo
ayudan a su propia confusión, al punto
que insta a Sarduy a cambiar de tema
porque “…Pronostico que si seguimos por
este camino nos vamos a perder del todo”
(MN, 2, 23).
El guión seguido hasta ese momento
estaba concebido para esa “operación
prestigio” practicada a Sarduy, quien se
parapeta tras los nombres de padres
literarios tan diversos como Lezama,
Cervantes, Oscar Wilde, Natalie
Sarraute, Robbe-Grillet, Michel Butor,
Borges o Roland Barthes. En materia de
revistas es clara la intención de
ubicarlo en la tradición de las cubanas
Orígenes y Ciclón y en el
presente de la francesa Tel Quel
que dirigía Philippe Sollers. No faltará
una poética esbozada en Gestos y
en la aún inédita De dónde son los
cantantes, donde se da paso al
nouveau roman, el new criticism
y al sello de distinción que ya no lo
abandonaría, el neobarroco. Es en este
punto donde Monegal lo interrumpe con la
frase supradicha para preguntarle sobre
Lezama y Sarduy le responde con un
dislate que todavía hoy resulta difícil
de leer:
“Yo
creo que su personalidad podría ser
situada por antítesis: Lezama no es tal
cosa o no es tal otra. Lezama no es
Carpentier, por ejemplo. La obra de
Carpentier ha disfrutado de un
privilegio excepcional en Europa y quizá
inmerecido. Su obra (y creo que es lo
peor que se puede decir de un escritor)
merece un Premio Nóbel
[…]
el barroco de verdad en Cuba es Lezama.
Carpentier es un neogótico…” (MN,
2, 23).
La cita no es gratuita, pues, más allá
de las múltiples lecturas que pueda
suscitar, interesa a los efectos de este
análisis, el ingrediente que añade al
Frankenstein literario al que Monegal
está dando vida: la declaración
escandalosa. Escándalo revestido por un
lado de visos estéticos
(barroco-neogótico-neobarroco), y de un
tímido ropaje político, al dirigir el
ataque a Carpentier, cuya postura
respecto de la Revolución Cubana era ya
bien conocida.
Pudiera parecer suficiente pero,
volviendo sobre la figura de Lezama,
todavía dan Sarduy y Monegal otra vuelta
de tuerca y en una forzada estrategia de
apropiación, el pupilo de Monegal
aparece como el “editor salvador” de la
figura y obra de Lezama, para sumar un
nuevo mérito a su “carrera literaria”.
Preguntado por Monegal sobre el poco
conocimiento de la obra de Lezama,
responde: “Justamente en mi breve
aventura como asesor de obras en español
para la editorial francesa
«
du Seuil»,
he querido cambiar esto y espero
lograrlo”. (MN, 2, 24). Más allá
de la estrategia de apropiación, se
solapa en el comentario un elemento
constitutivo del discurso político de
Mundo Nuevo; su hostilidad hacia
Cortázar[6],
quien para entonces (1966) ya era no
solo amigo, sino también gran conocedor
y el principal difusor de la obra de
Lezama, algo conocido y que ha quedado
muy bien documentado en el artículo de
Manuel Pereira “Del tablón al puente”,
rescatado por El Caimán Barbudo
en su número de julio-agosto de 2006.
La fórmula para el éxito queda escrita
entonces con mayúsculas: escritor de
talento; exilio; padres literarios
prestigiosos y a granel; vínculos con
revistas literarias conocidas; enjambre
de neologismos; esbozo de poéticas más o
menos personales, papel de editor
salvador y declaraciones escandalosas
contra personalidades de prestigio que
incluyan algún borroso tinte político.
Falta un ingrediente, solo que el más
importante: la obra escrita.
Y es ahí donde Monegal se lanza a fondo.
En los dos años en que dirigió la
revista, Sarduy colaboró 13 veces —solo
superado por el propio Monegal. Luego
recogería varias de estas colaboraciones
en un volumen que tituló Escritos en
el cuerpo, publicado en 1969. En esa
época además de la larga entrevista ya
citada, Mundo Nuevo publicó dos
adelantos de De dónde son los
cantantes, y sendas reseñas sobre la
novela, una de Roland Barthes (que ya
había sido publicada en La Quinzaine
Littéraire) y otra de Claude
Couffon, también publicada con
anterioridad, en Les Lettres Françaises.
Pero ahí no queda el asunto, pues, a
pesar de los esfuerzos promocionales de
Mundo Nuevo, Sarduy continuaba
siendo un autor con muy poca obra
publicada. Es entonces —según reconoce
el propio Sarduy[7]—
cuando Monegal pone todos sus esfuerzos
e influencias en lograr la publicación
de De dónde son los cantantes. La
historia está bien resumida en el libro
de Mudrovcic (98-99) a partir de las
confesiones autobiográficas del escritor
cubano.
Carlos Barral, quien había publicado
Gestos, se negó a hacer lo mismo con
la segunda novela. La razón parece girar
en torno a la tercera parte de esta, “La
entrada de Cristo en La Habana”, en la
cual se establece una analogía simbólica
entre la entrada de Cristo y la entrada
de Fidel (Cristo-Castro), con matices
nada saludables para el proceso
revolucionario cubano. Barral,
simpatizante de Cuba y su causa no podía
pasar por alto esta circunstancia ni la
del “exilio” de Sarduy. Al saber de la
negativa de Barral, Monegal comenzó a
mover sus influencias. Le ofreció el
manuscrito a Losada, de Argentina, quien
no convencida con la novela, propuso
correcciones para publicarla. Luego se
la propuso al director de Joaquín
Mortiz, Diez Canedo, y a un “viejo
camarada de ruta”, Benito Milla,
emigrado español vinculado a varias
revistas del Congreso por la Libertad de
la Cultura. Al final, como es sabido, la
publicó, en 1967, Joaquín Mortiz.
Monegal respiró tranquilo al ver
culminada esta etapa de la “invención”
de su pupilo.
Era nada más que el comienzo de una
consciente y bien planeada estrategia de
“descubrimientos”, “invenciones” y
“consagración” de autores talentosos
desafectos a la causa cubana y
latinoamericana, o cuando menos, al
margen de la órbita de las publicaciones
e instituciones culturales del
continente, a los que intentaría
arrastrar hacia el centro de gravedad de
su revista parisina pagada por la CIA.
Monegal tira la piedra y esconde la mano
Estrategia que trataría de solapar
Monegal a cada paso queriendo imponer la
creencia de que hacía una “revista de
diálogo”, cuando en realidad movía tras
bambalinas los hilos de sus verdaderos
intereses.
Mudrovcic, quien tuvo la posibilidad de
revisar el epistolario de Monegal para
su investigación, proporciona
información valiosa reveladora del
carácter y quehacer “dialogante” de
Monegal, esta vez en torno a la primera
edición del Premio Rómulo Gallegos,
convocado en el tiempo en que publicaba
su entrevista con Sarduy.
El gobierno venezolano organizó en 1967
el Premio Rómulo Gallegos, destinado a
conmemorar los 80 años del reconocido
autor de Doña Bárbara y los 400
de la fundación de Caracas. El Instituto
Nacional de Cultura y Bellas Artes
destinó el equivalente en bolívares a
22.000 dólares a “la mejor novela
escrita en lengua castellana en un
quinquenio”. No está de más señalar lo
que representaba esta cifra frente a los
modestos 1000 que otorgaba la Casa de
las Américas.
De manera que el concurso despertó
muchas expectativas y significativamente
recibió una desmesurada acogida en las
páginas de Mundo Nuevo. Sobre
todo, Monegal celebraba la circunstancia
de que fuera un gobierno hostil a Cuba,
quien se dispusiera a premiar La casa
verde, de Mario Vargas Llosa,
considerado, por entonces, aliado de
Cuba y su Revolución:
“Al dar el premio a un escritor tan
comprometido con la causa cubana (es
miembro del Consejo Asesor de la revista
Casa de las Américas, de La
Habana, y firmante de los principales
manifiestos de solidaridad con dicha
causa), el INCIBA ha demostrado su
independencia de juicio y ha dado un
ejemplo difícil de igualar.
[…]
La democracia práctica tiene su precio,
y el precio en este caso fue pagado con
la mayor sencillez.” (MN,
n. 17, pp. 4-19)
Pero como en la socorrida imagen de las
dos caras de la moneda, este entusiasta
y “aleccionador” comentario público de
Monegal, tendría su otro lado en carta
suya dirigida a Jorge Luis Recavarren,
miembro del ILARI peruano, que no
necesita comentario:
“Con respecto a Vargas Llosa, te ruego
que no escribas nada en contra de él.
Mario está haciendo un esfuerzo muy
grande por conservar la amistad con los
cubanos y no perderla del todo conmigo.
Yo tengo esperanza de que él finalmente
rompa con los cubanos. Estos se están
poniendo cada vez más energuménicos
[sic] y resulta bastante difícil
seguirlos. Por otra parte, como es casi
seguro que le den el premio Rómulo
Gallegos a Mario, él va a ir a Venezuela
al Congreso de Caracas que se reúne a
principios de agosto y al cual yo voy a
ir también. Estoy casi seguro que si le
dan el premio R.G. y si Mario acepta,
los cubanos le van a escribir una de
esas famosas cartas abiertas como la que
le escribieron a Neruda. Este es mi
cálculo y por eso te pido que no
provoques ninguna colisión entre Mario y
nosotros. En este juego en que estamos
metidos, querido Jorge Luis, no hay más
remedio que tener paciencia”.
[Mudrovcic, 163].
No estaba errado Ángel Rama cuando
tratando de definir a Monegal, no sin
cierta ironía, dijera que en materia de
insidias “ERM no es un novel nuestro ni
llegará a serlo”[8].
NOTAS
[1]
Me refiero básicamente a los
textos -“Mundo Nuevo y las
máscaras de la cultura”.
Contracorriente, n. 5, 1996,
p. 54-63 y “Réquiem para
Mundo Nuevo”. Casa de las
Américas, n. 213, oct-dic.,
1998, p.135-139.
[2]
Las cartas fueron difundidas por
las revistas Bohemia, Marcha,
La Rosa Blindada y
Siempre!
[3]
Instituto Latinoamericano de
Relaciones Internacionales.
Dependencia del Congreso por la
Libertad de la Cultura, este
último producto típico de la
Guerra Fría, fundado en 1950 por
la CIA para sostener una
política antisoviética y
anticomunista a través de una
red extendida por el mundo
entero.
[4]
Mudrovcic, Maria Eugenia,
Mundo Nuevo. Cultura y Guerra
Fría en la década del 60.
Beatriz Viterbo Editora,
Rosario, Argentina, 1997. El
tema que comento aparece muy
bien documentado en su libro. De
manera que, si el lector lo
entiende así, hago una especie
de glosas de Mudrovcic, a las
cuales sumo información de mis
propias investigaciones.
[5]Mundo
Nuevo, París, núm. 2, agosto
1966. Todas las citas de la
revista se refieren a este
número.
[6]
Sobre el tema volveré en otro
momento.
[7]
“Cronología.” Severo Sarduy. Ed.
Julián Ríos. Madrid:
Espiral/Fundamentos, 1976.
[8]
Pablo Rocca: 35 años en
Marcha (crítica y literatura
en Marcha y en el Uruguay
1939-1974), Montevideo,
1992, pp. 183
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