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Llegamos a la Escalinata un rato antes
que Jesús. Venía acompañado de un joven
alto, sobrio y con una belleza singular.
Nos presentaron. Su nombre era Boris. La
Pelusa estaba contenta, creo que
simpatizaron desde el primer momento. A
Chucho le había conocido antes: el 10 de
marzo cuando el golpe de Estado, en casa
de Yeyé y Abel.
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Luis Santa
Coloma, Haydée Santamaría, Elda
Pérez, Melba Hernández,
Jesús (Chucho) Montané.
Foto tomada
durante el Centenario Martiano, 28
de enero de 1953. |
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En busca de un sueño
se acerca este joven
En busca de un sueño
van generaciones |
Aquella noche terminamos los cuatro
reunidos con Abel en el apartamento de
25 y O. Antes de que Boris saliera de
allí ya había sido reclutado por nuestro
grupo. Eso no sucedía así habitualmente,
la incorporación era selectiva, muy
rigurosa. Ahora todo se ve más fácil.
Yeyé y Boris se enamoraron. En aquellos
tiempos, las muchachas estábamos
altamente custodiadas. Mamaíta y papaíto
jugaban ese papel con Montané y conmigo,
y con Haydée y Boris también. Ella se
recibió como a una hija más de la casa.
Mamaíta fue entonces la encargada de
seguirnos en estas otras cuestiones de
alegría juvenil.
Éramos las únicas muchachas entre
tantos hombres. Boris —quien nos
resultaba demasiado serio— cuidaba de
nosotras como si fuéramos sus niñas. Haydée no parecía ser su novia sino su
hija, su hermana menor o algo así...
Cierro los ojos y me parece que está
aquí, a mi lado, con ese poco de
tristeza y esa dulzura, escasas veces
ausente en su mirada. Yo diría que a él,
si se le veía alguna alegría, no era
precisamente lo que lo caracterizaba. Sí
recuerdo que a la hora de divertimos
—porque pasábamos buenos ratos juntos,
a pesar de esta guerra— era el primero;
organizaba la salida incluso y no
interrumpía nuestra algarabía.
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En busca de un sueño
abrasa el amante
En busca de un sueño
simula el tunante |
Cuando salíamos a bailar a algún club
nocturno, Boris se comportaba como un
perfecto pasmador. No bailaba y tampoco
le gustaba que Yeyé lo hiciera. Ella sí
era un cascabel, un mundo de divertida.
Cuando alguna vez salía a la pista con
algún compañero del grupo, a él no le
gustaba. ¿Era celoso? Yo creo que sí. A
veces discutían, era muy fuerte. Él la
hacía fea al principio, pero luego las
cosas se aplacaban. Yo siempre la
defendía a ella, por supuesto, era mi
hermanita.
Mientras las demás nos tomábamos unas
cervezas con los pocos kilos que
reuníamos para la salidita, Boris pedía
un vaso de leche. Entonces yo, con este
carácter que tengo, le decía:
-Ven acá chico, qué cosa es esa
ridiculez de tomarse un vasito de leche
en un lugar como este. Eso está bien
para cuando llegues a la casa, pero en
un club no.
Él me contestaba, por supuesto:
-Melba, para divertirse no hay necesidad
de tomar bebidas.
Así eran aquellos paseos. Imagínate,
como Boris no bebía cerveza, entonces,
Haydée tampoco podía.
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En busca de un sueño
hermoso y rebelde
En busca de un sueño
que gana y que pierde |
Cuando se empezaron a hacer los
preparativos de algo que no sabíamos qué
era ni dónde, Boris salió y se compró
unos zapatos de dos tonos (blancos y
carmelitas) y tres corbatas por un peso
para ese día. Creo que le regaló alguna
a Montané. Y así mismo fue, se estrenó
los zapatos y la corbata para ir al
Moncada.
Sabíamos el riesgo que corríamos; sobre
todo Yeyé y yo, que no obstante el
carácter secreto del trabajo nos
enterábamos de algunas cosas: las
prácticas de tiro los fines de semana,
el traslado de los uniformes...
Nosotras pensamos que no regresaríamos.
Pero aquello era como una fiesta.
Recuerdo que sentía una alegría... Yeyé
llegó a la granjita Siboney tres días
antes. Al siguiente, me aparecí yo.
Nadie hablaba ni comentaba nada.
Nosotras sí conversábamos en secreto
mientras planchábamos los uniformes y
creábamos las condiciones para recibir a
los muchachos y darles algo de comer o
beber (aunque fuera un poco de leche que
compartíamos entre todos). Recuerdo la
alegría que sentíamos a la hora de
organizar al colectivo para vestir los
uniformes, recibir las armas y partir
para Santiago... para el asalto al
Cuartel.
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En busca de un sueño
de bella locura
En busca de un sueño
que mata y que cura |
Salimos de la Granjita en una larga
caravana. Nuestro carro era el último.
Íbamos en él el doctor Mario Muñoz, Yeyé y yo, que debíamos prestar los
auxilios a los heridos. Boris y Montané
se fueron en los primeros.
Cuando nos acercábamos al Moncada ya se
escuchaban los tiros, el combate estaba
andando. Vimos a Boris, quien estaba
pendiente de nuestra llegada. Hizo una
pausa, tan breve... le dijo adiós a Yeyé
y no se volvieron a ver.
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En busca de un sueño
desatan ciclones
En busca de un sueño
cuántas ilusiones |
A Haydée siempre le quedó la frustración
de ese amor. Porque entonces las cosas
eran distintas; no se veía bien a una
muchacha con un joven sin casarse. Y
nosotros éramos muy revolucionarios para
la acción, pero para esas cosas
estábamos aún atrasados. Recuerdo que
Fidel propuso que Gildo Fleitas y
Paquita se casaran unos meses antes de
aquella acción; de esa unión nació
Gildita. Pero a nadie se le ocurrió que Haydée y Boris se casaran. Mi Pelusita
—como yo le decía— hubiera sido muy
feliz. Días después, presas en el vivac, cuando todavía no sabíamos
quiénes estaban vivos y quiénes habían
muerto, el Tigre —en uno de sus
desmanes— le gritó a Yeyé:
-Al de los zapaticos de dos tonos, le
hicimos... (el esbirro se recreaba
contando las atrocidades a que eran
sometidos los jóvenes detenidos durante
el Asalto).
Él no sabía lo que le estaba diciendo,
la información que nos estaba
entregando. Claro, hasta último momento
tuvimos la esperanza de encontrarlos
vivos.
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En busca de un sueño
tallaron la piedra
En busca de un sueño
Dios vino a la Tierra |
Ya sabíamos que Fidel vivía. Yo había
visto pasar a Montané por los pasillos
del vivac, estaba más tranquila... y
así —gracias a las presas que se
relacionaban con los soldados—
conocimos sobre el destino de algunos
otros. El Tigre también nos vociferó las
cosas que le hicieron a Abel... le
sacaron un ojo de un bayonetazo. No
obstante, Haydée se mantenía fuerte,
lloraba, pero había una integridad en
ella asombrosa. Aquel 26, por la noche,
cuando nos enteramos que lo habían
matado, ella quedó distante, como
insensible; fueron a pegarle un tabaco
encendido y no se dio cuenta hasta que
yo le advertí.
Siempre albergamos alguna esperanza,
pero cuando salimos de allí para ser
trasladados a la cárcel de Boniato y nos
encontramos con los compañeros que
sobrevivieron, pudimos comprobar que el
sanguinario Tigre no nos había
engañado. Ni Boris ni Abel estaban con
ellos.
*Este
testimonio de Melba Hernández,
asaltante al Cuartel Moncada, es parte
de una entrevista realizada por Nirma
Acosta como parte de una investigación
sobre Haydée Santamaría. |