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En Cuba hemos asistido últimamente,
sobre todo en la programación de la sala
Charlot (Cinemateca) y del multicine
Infanta, a la consumación de un fenómeno
que está ocurriendo desde los años 80 y
se acentuaría después, sobre todo en los
primeros años del siglo XXI. Me refiero
a los géneros y estilos, al empaque y a
la realización absolutamente “de cine”
que evidencian buena parte de estas
megaseries producidas por los monopolios
televisivos trasnacionales,
principalmente norteamericanos, pero no
solo. En locales habaneros casi siempre
consagrados a excelentes películas, se
han podido ver en fechas recientes
Prison Break, Lost
y
The
Tudors,
mientras que la programación de TV nos
ha regalado productos audiovisuales tan
notables (Mujeres
desesperadas;
CSI:
en la escena del crimen;
Doctor House;
Balzac,
entre otros) que muy bien resisten la
comparación con filmes de géneros
homólogos y mediano o alto rango
estético.
Las series mencionadas —y otras muchas
tan populares como
Grey’s Anatomy,
The
Sopranos,
Ugly
Betty
y
Héroes,
por mencionar algunas más recientes y
tan elogiadas como las anteriores—
tienen el mérito indiscutible de
apropiarse con absoluto desparpajo de
los códigos, situaciones y personajes
acuñados por muy célebres películas,
solo que cuando se ven obligadas a
cumplir las leyes dramatúrgicas de la
teleserie de gran impacto comercial,
como es el caso de todas ellas, el
producto final termina alargándose en
demasía, hasta los extremos de la
inverosimilitud y la redundancia, se
exagera lo espectacular y se banalizan
conflictos que (si bien pudieron tener
un planteamiento cáustico y sugestivo)
pierden impacto por la explotación
excesiva e imponderada.
Por ejemplo,
Prison Break
apareció en 2005, los lunes a las 8:00,
y muy pronto conquistó una audiencia
superior a los diez millones de
espectadores. Tales resultados llevaron
a la realización, por supuesto, de una
segunda temporada, que se estrenó en
enero de 2007, pero entonces el cariz de
las tramas cambió completamente y
aparecieron nuevos personajes, pues la
situación inicial no daba para más y
había que “refrescarla”. Eso sí, tanto
la primera como la segunda temporada se
remitían sin ningún complejo a dramas
carcelarios estilo
Papillón,
Brubaker,
Escape de Alcatraz,
Shawshank Redemption,
La
milla verde
y una docena de títulos similares. Se
reforzaban los elementos de
thriller,
sorpresa, violencia física e intriga,
pues cada semana se mostraban nuevos
detalles sobre la vida de los
protagonistas encarcelados.
La primera parte de
Prison Break
mostraba la desesperación de Michael
Scofield, un joven cuya vida se
desmorona cuando su hermano es acusado
de asesinato y condenado a muerte.
Convencido como está de la inocencia de
su hermano, Michael atraca un banco para
dejarse atrapar, con la certeza de que
lo enviarán a la misma cárcel que su
hermano, y así escapar juntos. Un
detalle pequeño: deben conseguir la fuga
puesto que Michael, además de ser el
muchacho noble y tranquilo del
principio, fue uno de los ingenieros que
diseñó la prisión. La crítica no dejó de
apuntar la ausencia total de
verosimilitud en este presupuesto
anecdótico casi ridículo que sustenta
toda la serie, aunque nadie pudo negar
el excelente ritmo y la fluidez
narrativa.
En
cambio, Lost recocina los
ingredientes del cine de aventuras y
catástrofes, naufragios y misterios. Son
muchos los personajes, con absoluta
diversidad de sexos, razas,
nacionalidades, edades, profesiones y
temperamentos, que se quedan atrapados
en una isla, luego de que se cae en
pleno vuelo el avión en que viajaban.
Las relaciones entre todos los
infortunados, y la búsqueda del porqué
de la catástrofe, llena la primera
temporada, donde abundaban los cabos
sueltos como resultado de la intriga y
el suspenso que rodea la historia
personal de cada náufrago. Así, apenas
podían seguirse los complicados hilos de
la trama múltiple, pero no faltaba
acción física, espectacularidad y
exotismos.
En las antípodas temáticas y genéricas
de
Prison Break
y de
Lost
se encuentra
Mujeres desesperadas
(que actualmente trasmite la
programación veraniega de la TV) que
juega con un arsenal poderoso de géneros
muy empleados por el cine: la comedia
costumbrista, el melodrama femenino, el
drama sicológico-criminal, con
pinceladas de erotismo, humor negro,
sociología y cine mafioso. A quienes no
la han visto, les cuento que la trama se
concentra en cinco mujeres (y sus
familias) que habitan en Wisteria Lane,
un distrito de clase media-alta lleno de
las típicas casas de dos plantas, con
escalera en la sala, jardincito al
frente y garaje al lado.
Aunque en la segunda y tercera
temporadas los guionistas no cuidaron
para nada la credibilidad de sus
heroínas, y las empujaron demasiado
lejos, hasta los bordes y el centro de
la inverosimilitud y el despropósito, a
fuerza de la sucesión de delitos
flagrantes y la ausencia de valores y de
ética que asumen casi todas ellas,
Mujeres desesperadas
tuvo un arranque de veras genial, con el
suicidio de una de estas amas de casa
respetables, quien será luego la
narradora de toda la serie, con el
recurso de una voz en off parecida a la
que emplearon clásicos como
Sunset Boulevard
o
American Beauty.
El espíritu de la occisa contemplará,
describirá y juzgará —con la conveniente
distancia emocional que confieren la
inmaterialidad y la estancia en el otro
mundo— los pecados menores y mayores de
su familia y amigas.
Claramente que la segunda y tercera
partes de
Mujeres desesperadas
perdieron la densidad, fuerza dramática,
ingenio cómico y las jugosas reflexiones
sobre la condición femenina que
ostentaba la primera. La serie se desvió
hacia lo policiaco, y si bien el centro
de la primera era la comedia sentimental
en torno a las torpezas de Susan, los
deslices adúlteros de Gabrielle y la
frustración profesional de Lynnette,
luego todas las subtramas, en particular
la que envuelve a la familia de Bree Van
de Kamp, se ven envueltas en un arco de
misterio
que
sigue resultando atractivo para el
espectador, pero que viola sin pudor
alguno la coherencia del diseño
sicológico de algunos personajes.
Prison Break,
Lost y Desperate Housewives
probablemente conquisten mayor cantidad
de espectadores que sus contemporáneas
en el mundo del entretenimiento
cinematográfico, las cuales por cierto,
tienden a las serialidad: sagas de
Harry Potter, Spiderman,
Piratas del Caribe, y muchos otras.
Las series aquí mencionadas alcanzan
varios momentos que dignifican el
dramatizado televisivo, sobre todo a
partir de copiar y saquear un legado
cinematográfico con más de un siglo de
preeminencia. Pero quizá no sea justo
seguir acusando a la pequeña pantalla de
mercenaria y bastarda, cuando el propio
cine, en sus primeras décadas de vida,
no hizo otra cosa que copiar y saquear
la herencia secular de la literatura, el
teatro, la pintura, la música, la danza,
etc., etc. Ladrón que roba a ladrón… |