Año VI
La Habana
2007

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Golpe de estado al cine de entretenimiento

Joel del Río • La Habana

En Cuba hemos asistido últimamente, sobre todo en la programación de la sala Charlot (Cinemateca) y del multicine Infanta, a la consumación de un fenómeno que está ocurriendo desde los años 80 y se acentuaría después, sobre todo en los primeros años del siglo XXI. Me refiero a los géneros y estilos, al empaque y a la realización absolutamente “de cine” que evidencian buena parte de estas megaseries producidas por los monopolios televisivos trasnacionales, principalmente norteamericanos, pero no solo. En locales habaneros casi siempre consagrados a excelentes películas, se han podido ver en fechas recientes Prison Break, Lost y The Tudors, mientras que la programación de TV nos ha regalado productos audiovisuales tan notables (Mujeres desesperadas; CSI: en la escena del crimen; Doctor House; Balzac, entre otros) que muy bien resisten la comparación con filmes de géneros homólogos y mediano o alto rango estético.

Las series mencionadas —y otras muchas tan populares como Grey’s Anatomy, The Sopranos, Ugly Betty y Héroes, por mencionar algunas más recientes y tan elogiadas como las anteriores— tienen el mérito indiscutible de apropiarse con absoluto desparpajo de los códigos, situaciones y personajes acuñados por muy célebres películas, solo que cuando se ven obligadas a cumplir las leyes dramatúrgicas de la teleserie de gran impacto comercial, como es el caso de todas ellas, el producto final termina alargándose en demasía, hasta los extremos de la inverosimilitud y la redundancia, se exagera lo espectacular y se banalizan conflictos que (si bien pudieron tener un planteamiento cáustico y sugestivo) pierden impacto por la explotación excesiva e imponderada.

Por ejemplo, Prison Break apareció en 2005, los lunes a las 8:00, y muy pronto conquistó una audiencia superior a los diez millones de espectadores. Tales resultados llevaron a la realización, por supuesto, de una segunda temporada, que se estrenó en enero de 2007, pero entonces el cariz de las tramas cambió completamente y aparecieron nuevos personajes, pues la situación inicial no daba para más y había que “refrescarla”. Eso sí, tanto la primera como la segunda temporada se remitían sin ningún complejo a dramas carcelarios estilo Papillón, Brubaker, Escape de Alcatraz, Shawshank Redemption, La milla verde y una docena de títulos similares. Se reforzaban los elementos de thriller, sorpresa, violencia física e intriga, pues cada semana se mostraban nuevos detalles sobre la vida de los protagonistas encarcelados.

La primera parte de Prison Break mostraba la desesperación de Michael Scofield, un joven cuya vida se desmorona cuando su hermano es acusado de asesinato y condenado a muerte. Convencido como está de la inocencia de su hermano, Michael atraca un banco para dejarse atrapar, con la certeza de que lo enviarán a la misma cárcel que su hermano, y así escapar juntos. Un detalle pequeño: deben conseguir la fuga puesto que Michael, además de ser el muchacho noble y tranquilo del principio, fue uno de los ingenieros que diseñó la prisión. La crítica no dejó de apuntar la ausencia total de verosimilitud en este presupuesto anecdótico casi ridículo que sustenta toda la serie, aunque nadie pudo negar el excelente ritmo y la fluidez narrativa.

En cambio, Lost recocina los ingredientes del cine de aventuras y catástrofes, naufragios y misterios. Son muchos los personajes, con absoluta diversidad de sexos, razas, nacionalidades, edades, profesiones y temperamentos, que se quedan atrapados en una isla, luego de que se cae en pleno vuelo el avión en que viajaban. Las relaciones entre todos los infortunados, y la búsqueda del porqué de la catástrofe, llena la primera temporada, donde abundaban los cabos sueltos como resultado de la intriga y el suspenso que rodea la historia personal de cada náufrago. Así, apenas podían seguirse los complicados hilos de la trama múltiple, pero no faltaba acción física, espectacularidad y exotismos.

En las antípodas temáticas y genéricas de Prison Break y de Lost se encuentra Mujeres desesperadas (que actualmente trasmite la programación veraniega de la TV) que juega con un arsenal poderoso de géneros muy empleados por el cine: la comedia costumbrista, el melodrama femenino, el drama sicológico-criminal, con pinceladas de erotismo, humor negro, sociología y cine mafioso. A quienes no la han visto, les cuento que la trama se concentra en cinco mujeres (y sus familias) que habitan en Wisteria Lane, un distrito de clase media-alta lleno de las típicas casas de dos plantas, con escalera en la sala, jardincito al frente y garaje al lado.

Aunque en la segunda y tercera temporadas los guionistas no cuidaron para nada la credibilidad de sus heroínas, y las empujaron demasiado lejos, hasta los bordes y el centro de la inverosimilitud y el despropósito, a fuerza de la sucesión de delitos flagrantes y la ausencia de valores y de ética que asumen casi todas ellas, Mujeres desesperadas tuvo un arranque de veras genial, con el suicidio de una de estas amas de casa respetables, quien será luego la narradora de toda la serie, con el recurso de una voz en off parecida a la que emplearon clásicos como Sunset Boulevard o American Beauty. El espíritu de la occisa contemplará, describirá y juzgará —con la conveniente distancia emocional que confieren la inmaterialidad y la estancia en el otro mundo— los pecados menores y mayores de su familia y amigas.

Claramente que la segunda y tercera partes de Mujeres desesperadas perdieron la densidad, fuerza dramática, ingenio cómico y las jugosas reflexiones sobre la condición femenina que ostentaba la primera. La serie se desvió hacia lo policiaco, y si bien el centro de la primera era la comedia sentimental en torno a las torpezas de Susan, los deslices adúlteros de Gabrielle y la frustración profesional de Lynnette, luego todas las subtramas, en particular la que envuelve a la familia de Bree Van de Kamp, se ven envueltas en un arco de misterio que sigue resultando atractivo para el espectador, pero que viola sin pudor alguno la coherencia del diseño sicológico de algunos personajes.

Prison Break, Lost y Desperate Housewives probablemente conquisten mayor cantidad de espectadores que sus contemporáneas en el mundo del entretenimiento cinematográfico, las cuales por cierto, tienden a las serialidad: sagas de Harry Potter, Spiderman, Piratas del Caribe, y muchos otras. Las series aquí mencionadas alcanzan varios momentos que dignifican el dramatizado televisivo, sobre todo a partir de copiar y saquear un legado cinematográfico con más de un siglo de preeminencia. Pero quizá no sea justo seguir acusando a la pequeña pantalla de mercenaria y bastarda, cuando el propio cine, en sus primeras décadas de vida, no hizo otra cosa que copiar y saquear la herencia secular de la literatura, el teatro, la pintura, la música, la danza, etc., etc. Ladrón que roba a ladrón…

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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