Año VI
La Habana
2007

Regresar a la Página principal

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Un encuentro tardío
Amado del Pino • La Habana

Casi puedo decir que fui amigo de nuestro gran director Roberto Blanco. Al menos estuve cerca del círculo de sus íntimos, de los que nos gustaban sus palabras y sus pausas en las mejores tardes del bar Potín, al lado del Teatro Mella, cuartel general de algunos de los mejores espectáculos del maestro. Una vez —cuando ya él no apuraba líquidos espirituosos y yo no me había jubilado de esa resbaladiza práctica— le comenté algo sobre las libaciones del Potín. Roberto me recordó: “Bebimos alegremente en ese lugar y por los ahís”.

Si se tratase de un límpido escritor, seguramente conociese completa la obra de Blanco. Pero estamos hablando de un hombre de la escena, en tiempos y circunstancias en que no existía ni el insuficiente pero válido alivio del DVD. Los más jóvenes entre sus fans nos quedamos sin ver algunas de sus mejores puestas en escena. María Antoniaese extraordinario texto de Hernández Espinosa que Roberto amplificó como nadie— regresó a finales de los 80. Los que asistieron al estreno en el 67 echaban de menos cierto esplendor en los papeles secundarios o el latido coreográfico de aquel espectáculo que vindicaba al negro como personaje dramático.

A su diálogo con el Diario de campaña del fundador Martí, sí volvió el virtuoso de la escena en varias ocasiones y siempre con una motivación nueva, un impulso inédito, una enseñanza.

Los más viejos también hablaban maravillas de Divinas palabras, en la que Blanco asumió a Valle Inclán como nunca se había hecho en Cuba. A ese montaje sí que no volvió el maestro, aunque a menudo lo mencionaba entre copas o frente a su café hogareño. Ahora en Murcia el abnegado César Bernardo, de la Escuela de Arte Dramático de esta región, me ha permitido entrar en contacto con el texto completo de Valle, a través de una visión a la vez clásica y juvenil. Además del disfrute estético, César y sus sudorosos alumnos me permitieron imaginar cómo sería la apropiación de Roberto, tan culto y universal, pero rotundamente cubano. En La Habana llamé a otro clásico amigo. Estorino me lo confirmó: “Sí, sí, Divinas palabras le quedó precioso. Ya no se puede hablar con nadie del elenco. Me parece que todos están muertos”. Y de ambos lados de la línea, se hizo un pequeño, nada solemne, pero sincero silencio.
 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600