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Después de Mirar a los 60, aquel
evento curatorial que en el verano de
2004 se propuso ser una megaexposición
reflexiva sobre el arte y la cultura
cubana en aquella primera década de la
Revolución, al equipo de especialistas
del Museo Nacional de Bellas Artes
parece haberle quedado una latente e
inconclusa preocupación por aquellos
años y su legado artístico, no solo a
nivel insular sino como perspectiva
mucho más universal sobre un período
bastante apropiado para revisar en estos
tiempos de mucho “pop” reverdecido
frente al empuje de ciertas corrientes
periféricas insurrectas y mucho más
informalistas.
Parece ser que ese favorable contexto
global y esa sensibilidad particular del
Museo se confabulan cíclicamente y
producen buenos fenómenos expositivos
como lo fueron muy recientemente las
presencias consecutivas en sus salas del
Edificio de Arte Universal de los
españoles de Equipo Crónica y el francés
Gerard Fromanger.
La
insistencia sobre los ‘60 y su impronta
tiene ahora dos nuevos protagonistas: el
alemán radicado en Francia, Peter Klasen,
y el más paradigmático artista cubano de
aquella época, Raúl Martínez. La
coincidencia de ambos en el Museo es una
excelente posibilidad para dar otra
vuelta de tuerca al asunto de cuanto
aportó al vanguardismo moderno aquella
generación culminante, tras la cual lo
moderno parece que solo ha sabido
reciclarse reasumiéndose a sí mismo como
un todo que llega a extenderse en sus
demarcaciones igualmente hacia los
límites del pasado renacentista que
hacia el futuro superdigital.
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Los
artistas ahora expuestos y sus muestras
Con Klasen. Obras 1965-2007,
en el Edifico de Arte Universal,
y Raúl Martínez: otra mirada,
en el Edificio de Arte Cubano, facilitan
ese salir fuera del marco temporal de la
década porque ambos la sobrepasaron y en
sus propias trayectorias es muy evidente
un sentido aglutinador de lo moderno
alrededor de un “pop”
resaltante pero igualmente
transgredido.
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A
Klasen particularmente no le gusta que
lo asocien a la etimología que distingue
en su posición más radical al movimiento
inglés-norteamericano y prefiere que lo
vean como uno de los pioneros de la
Figuración
Narrativa,
la
variante europea paralela que
clasificaron los franceses y que en su
oposición se caracteriza por mucho más
compromiso político y humanización de
las imágenes reelaboradas (mayormente
tomadas de la fotografía). Pero aunque
el alemán-francés estuvo incluido en
Mitologías cotidianas
—exposición organizada en París en 1964
por el crítico Gérald Gassiot-Talabot y
consagratoria de esta perspectiva de una
nueva figuración que se oponía a la
abstracción expresionista y el
informalismo—
sucede que nunca ha podido desprenderse
de una ancestral influencia de la
racionalidad y conceptualidad de la
filosofía de La Bauhaus por lo que su
pintura no logra altos niveles
explícitos de narratividad y posición
política como para ser cómodamente
asimilada dentro de esta
corriente
europea en la que se definen muy bien y
son emblemáticos Equipo Crónica, Erró,
Rancillac, Genovés o Canogar.
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Una
mirada francesa más reciente y
contemporánea a esta época de los ‘60 se
produjo en el 2002 en el Centro Pompidou
con la muestra Los años pop y
allí los teóricos y curadores manejaron
mejor los términos “nuevo realismo” y
“nueva figuración” para estructurar un
recorrido por las diversas variantes
“pop” que le permitieron circunscribir a
Andy Warhol, Robert Rauschenberg, Roy
Lichtenstein y Hervé Télémaque, entre
otros muchos buenos artistas (Peter
Klasen incluido) junto a no menos
importantes diseñadores, cineastas y
arquitectos que definieron esta época y
la nueva visualidad que generó su
estética cercana a los procesos
mediáticos, la cultura de masas y la
vida cotidiana.
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La
obra de Klasen en su generalidad trabaja
tópicos que en los ‘60 fueron
trascendentales como la sexualidad,
sobre todo la femenina y su uso
comercial en los medios en contradicción
a un pensamiento rebelde a estas
prácticas que defendían en la calles los
movimientos juveniles de izquierda.
Igualmente el artista emplea
reiteradamente la maquinaria en
oposición a la presencia humana dentro
de esa especie de collages pictóricos
trabajados con aerógrafo y donde lo
fotográfico realista captado por la
cámara del artista se transforma en
hiperrealista elaboración de un
artefacto pintado que finalmente sugiere
ideas, preocupaciones que transparentan
un revestido matiz político y una menos
oculta provocación erótico-lúdico.
Las
piezas más actuales del autor llegan
muchas a desprenderse bastante de estas
asociaciones sugerentes y descubren que
Klasen es sobre todo un eterno fascinado
del objeto (en ocasiones sujeto)
marginado, que la abstracción, que lo
incluyó en la Documenta de Kassel en
1959, lo persigue, y la fotografía es su
manera de capturar ese realismo que
luego manipula y figura.
Por
su parte Raúl Martínez, aunque también
conoció muy bien de la Bauhaus durante
sus estudios en el Instituto de Diseño
de Chicago (fundado por Moholy Nagy),
trabajó siempre la fotografía como un
medio dual de registro y expresión
creadora, y sus inicios en los altos
predios del arte cubano también
estuvieron marcados por su inclusión en
una acción grupal (Los Once) y la
relación de su obra con la abstracción
—en su caso marcadamente expresionista e
informalista—, desarrolló su relación
con el “pop” a partir de su otra
ancestral y contextual manera de vivir
en la insularidad cubana
revolucionaria.
Durante los primeros años de este
proceso, década del 60, Raúl se
evidenció como un ser que necesitaba
libertades para visualmente decir de
manera singular, desprejuiciada y
cuestionadora. De ahí que la
informalidad y el collage, tanto en la
pintura, como en la fotografía se
convirtiera en el sustento más adecuado
para la rebeldía que compartían su
espiritualidad y los tiempos sociales en
esa mutua transformación hacia el arte.
Pero de 26 de Julio a José
Martí, ambas piezas realizadas en
1966 ya es perceptible la manera
en que el “pop” comienza a penetrar la
figuración del artista y como el artista
traduce la semántica de esa reiteración
efectista de la imagen en los mass
medios a los fenómenos ideopolíticos
cubanos.
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En
esta reestructuración o transculturación
contextual del imaginario “pop”, Raúl
fue
eliminando la superficialidad de la
imagen
para
ejercerla como una acción crítica
inmersa en un todo social, cultural o
histórico e incorporó elementos de la
nueva figuración como la yuxtaposición
de un elemento simbólico a la imagen
principal y la oposición de contenidos.
De
igual manera readaptó el diseño estilo
“comic” con la fuerza del grafismo
político y produjo un sistema pictórico
adecuado para un proceso filosóficamente
antagónico pero con similares recursos
en su batalla por establecer sus propias
ideas.
Este
“pop” nacionalizado
le permitió igualmente sortear
ingeniosamente en los años 70 a las
corrientes extremistas que intentaron
montar la cultura nacional sobre una
importada plataforma realista socialista
y desde su “nuevo realismo pop” concibió
un buen número de piezas que se
acercaron racionalmente al héroe y la
realidad cotidiana, alegre y colorida en
su mayoría pero no exenta de tristezas y
grises menos evidentes pero incluidos.
La muestra que ahora exhibe Bellas Artes
concluye temporalmente en los años 80
con las series Dibujos para colorear
(1982) —un “pop” mucho más
irónico— Murales y banderas
(1981) —un retorno al collage con
la fotografía documentalista y de
registro protagonizando un discurso
políticamente agudo— y
La Conquista
(1986) —obras que incluyen la parodia y
la apropiación histórica en evidente
manejo del artista de los códigos que ya
marcaban el llamado período posmoderno. |