Año VI
La Habana

11 al 17 de AGOSTO
de 2007

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Entrevista con Erdwin Fernández

Trompoloco soy yo

Nirma Acosta y Bárbara Doval • La Habana

 

Varias generaciones de cubanos reímos y crecimos con Trompoloco, el payaso triste que proponía a los niños además de cantar y jugar, pensar. Llegó el momento en que no se pudo separar más a Erdwin Fernández de su personaje Trompoloco. Para muchos, él era simplemente el clown. Soñó alguna vez con ser piloto y vino a La Habana desde su natal Camagüey con la idea de estudiar Arquitectura, pero es en el Instituto de El Vedado donde actuó por primera vez con un grupo de aficionados:”Cuando fui a decidirme entre la Arquitectura y la actuación, frente a la rigidez de las ciencias exactas, escogí lo más inexacto y me quedé con el Teatro Universitario hasta hacerme actor”. En la década del 60 formó parte de Teatro Estudio dirigido por Raquel y Vicente Revuelta. En 1962 fundó y dirigió el programa infantil Amigo y sus amiguitos. Participó en 1964, junto a Consuelo Vidal y Sergio Corrieri en la antológica puesta televisiva de Yerma, con la dirección de Amaury Pérez García; y en 1967, es dirigido por Julio García Espinosa en el filme Las aventuras de Juan Quinquín, basado en la novela de Samuel Feijóo. “Soy un actor genérico”, decía, “la técnica de la actuación la aprendí en el teatro, el radio y la televisión me dieron el oficio y la actitud ante la vida la aprendí con la gente del circo”.

¿Cómo llega Erdwin Fernández al mundo de la actuación? ¿Por qué no fue ferroviario como una vez quiso su padre ni arquitecto o aviador como alguna vez deseó?

Soy actor por la casualidad. Formaba parte de la Asociación de Estudiantes de Secundaria de El Vedado y me correspondió atender la cultura. Le pedí a la profesora de Literatura que nos preparara una selección de escenas de algunas obras como La Celestina, La vorágine o Huasipungo que por la densidad de sus textos resultaban difíciles de leer. Propuse entonces escenificarlas. A ella le entusiasmó la idea y armé un cuadro de comedia con los alumnos que tenían inclinaciones artísticas en el Instituto de El Vedado.

Un día se me ocurrió buscar a Luis Manuel Martínez Casado para que nos dirigiera en la zarzuela Los molinos de viento. Sucedió que uno de los alumnos-actores falló el día de la primera función y para no suspender el estreno a mí se me ocurrió decir: “si nadie lo hace, yo lo hago”, Martínez Casado me tomó la palabra y me entregó el libreto. Decidí estudiar el personaje y hacerlo. Ese día me estrené como actor en el Aula Magna del Instituto; tuve hasta que cantar, todo  desafinado según recuerdo. Al día siguiente era muy popular entre los estudiantes. Así comencé la actuación hasta hacerme un actor profesional. Cuando fui a decidirme entre la Arquitectura y la actuación, frente a la rigidez de las ciencias exactas, escogí lo más inexacto y me quedé con el Teatro Universitario hasta hacerme actor.

¿Cómo nace el personaje de Trompoloco? ¿Resultado de la casualidad también?

Trompoloco también fue producto de la casualidad. No soy un hombre de circo. Soy un actor de teatro, fundamentalmente, que después pasó a hacer radio y televisión, y se quedó allí. Por tanto no soy gente de circo, el payaso es una profesión del circo, no soy un payaso de profesión, solo tenía un personaje que era un payaso. En 1968 sentí que Trompoloco me había tragado por completo, y lo único que me pedían era que lo interpretara. Decidí no hacerlo más, pues era un actor genérico graduado del Teatro Universitario y me interesaba hacer otros personajes, luego lo lamenté enormemente.

Trompoloco no lo compuse yo. En 1953 dialogué con un norteamericano que quería un espacio para acreditar un nombre comercial, su propósito era mantener el espacio por un año sin anuncios comerciales hasta que el niño hiciera suyo el nombre: Chiquilín, nombre de un muñeco que manejaba un ventrílocuo: Rafael Fábrica, que no era exactamente un ventrílocuo. El escenario era un barco, había un segundo a bordo que lo hacía Fernando Menéndez (narrador deportivo) y faltaba un tercer marinero que luego se convirtió en un payaso. De ahí que Trompoloco portara el atuendo de marinero.

La propuesta de Carlos Suárez, jefe de programas de CMQ, me parecía muy interesante, lo que no se sabía era qué debía hacer el personaje. A los payasos nadie les escribe un guión y, precisamente, esa era una poderosa razón para contratarme, pues yo improvisaba, y en efecto, iba a improvisar en el programa el texto del payaso. Así me armaron el personaje que empecé a interpretar en Chiquilín y en El show de Olga y Tony. Estuve muchos años buscando este payaso hasta que se convirtió en Trompoloco, pero es un personaje del que me fui enamorando justo a partir del enorme fracaso inicial.

¿Qué sucedió en ese como usted llama “fracaso inicial”?

Me escondí hasta el día del estreno, nadie me había visto maquillado ni vestido, ni siquiera la directora del programa. Iba a improvisar, no había guión alguno, así que calculé que entraba a la pista en la que había unas gradas llenas de cientos de niños e irrumpía el escenario con una exclamación. Estuve hasta el último instante en espera. Cuando finalmente me tocó el turno e hice lo que tenía pensado, acto seguido no quedó ningún niño en el estudio. Comenzaron todos a correr del susto y tuvieron que sacarme inmediatamente; acababa de perder el empleo.

No solo perdí el empleo, sino que había fracasado en un personaje. Venía del Teatro Universitario, había cursado estudios en México, en Guatemala y no podía permitirme un fracaso, salí dispuesto a saber cómo trabajaban los payasos y cuál había sido mi error. Así me condujeron personas que habían sido payasos como Antonio Espejo. Estuve 14 años estudiando mi personaje, aprendiendo, antes que me dijeran: “sí, usted es payaso”. 

Se considera un actor genérico. ¿Cómo define a Trompoloco, como un personaje cómico o trágico?

El problema es que Trompoloco es un clown clara blanca y debe destacar en los sucesos que él cuenta todo el aspecto humano, de allí que se piense que el personaje es triste, pero en realidad, es tierno. La ternura es uno de los componentes humanos que aparece con más frecuencia en cualquiera de las historias que se cuentan y eran, justamente, las que destacaban. No creo que la canción infantil “Di por qué” , casi convertida en un himno infantil, sea un tema triste, todo lo contrario, es tierno, y así es Trompoloco, dulce, travieso, risueño y tierno como cualquier niño.

¿Cuáles son los puntos de contacto entre un actor dramático y un actor cómico, qué los une y qué los separa?

Creo que el actor cómico debe tener fundamentalmente lo que llaman bis cómica, gracia, los dos deben saber y conocer los recursos técnicos. El actor dramático al igual que el cómico debe conocer todos los elementos técnicos para el correcto desarrollo y desenvolvimiento en una determinada situación. Me considero un actor humorístico que es algo bien distinto. Lo que sucede que este tipo de actor sabe cuáles son los métodos para hacer reír al público, por ejemplo, Martí los empleó en sus textos; en el poema “La bailarina española”, dice: “¿Cómo dicen que es gallega? Pues dicen mal: es divina.”[1], y el lector espera un gentilicio; sin embargo, utiliza un adjetivo: divina, y eso causa gracia, se llama ruptura del pensamiento lógico. Este método lo usan los actores humorísticos, y cuando este domina todos los recursos puede conducirse exactamente igual que un actor dramático. Yo nunca fui un actor cómico, Bernabé sí, no lo imaginamos haciendo un papel dramático, él era cómico natural. Otro grupo de actores pertenecíamos más a lo humorístico, podíamos hacer humorismo, pero no comicidad. Como tuve estudios superiores de actuación me fue más fácil averiguarlo, y así conocerme más.

En cuanto al payaso, tiene recursos propios que no tienen que ver con las actuaciones dramáticas ni con las humorísticas: carga y descarga, reiteración. Allí radicó mi error inicial, pues desconocía los recursos propios del payaso y es lo que tuve que ir a buscar en los años de indagación para tratar de ser un payaso de verdad y conocer los recursos que emplea este personaje a la hora de realizar su trabajo.

Por tradición familiar, el mundo de los trenes y los ferrocarriles dejó una huella en la vida de Erdwin, y en una ocasión Erdwin Fernández interpretó a un ferroviario ¿Qué gratitudes dejó este personaje?

El abuelo Paco era una deuda que tenía que pagar. Debí ser ferroviario porque ese era el oficio de toda mi familia. Nosotros somos de Camagüey y en ese lugar hay una gran tradición ferroviaria, allí radicaban las oficinas de los Consolidados de Cuba que era la empresa más fuerte y seria de esa época y, lógicamente, los hijos aprendían la labor de los padres. Pero hay cosas para las que uno no nace, la dedicación, el amor entrañable que sienten los ferroviarios por su trabajo yo no lo sentía, sabía que mi camino era otro. Quería estudiar Arquitectura, vine para La Habana y, finalmente, terminé siendo actor. Me proponen para el programa “Si no fuera por mamá”, el personaje de un abuelo jubilado: Paco, aún no estaba determinado el oficio del personaje y propuse que fuese ferroviario, esa era la manera de honrar a los ferroviarios y de cumplir con mi padre. El personaje fue un éxito. Me ha dejado muchas alegrías: poseo un carné banda roja que es un documento que me acredita como funcionario de alta jerarquía de los ferrocarriles; soy presidente de honor del Comité de Jubilados y Pensionados de la División de Occidente; tengo las columnas de plata, distinción que se entregaba a los ferroviarios con más de 25 años de trabajo.

Como actor humorista, tiene una amplia experiencia dentro del género, ¿qué significa el humor para Erdwin Fernández?

Coincidí con Bernabé (Enrique Arredondo) en una actividad en el Teatro Karl Marx y me comentó que estaba muy disgustado porque ese no era su público. Me dijo que toda su vida había trabajado para la familia: “Mi humor es para las familias, con este público no me siento cómodo”. Nosotros nos hicimos en una época diferente, un humor para la familia, en el que no hacíamos concesiones éticas y en la que el humor crítico, tan en boga hoy, nos parecía una pérdida de tiempo y una pérdida lamentable de interés.

Señalar que los “cabeza de huevo” hacen esto o lo otro, y que sentados en su casa se rían y digan eso es con otro porque no lo interiorizan, es una pérdida de tiempo. El humor no ofrece soluciones, es para señalar, inquietar y que resuelvan los demás. Tenemos en este momento cosas más importantes que rescatar: los valores eternos y universales del hombre, que casi lo hemos perdido, la caballerosidad, la generosidad, la cortesía, el respeto, la honradez son valores de hombre que han sobrevivido a todos los cataclismos del mundo y que tenemos que rescatar.

Si el humor se propone el rescate de los valores universales del hombre podría hacer mejor labor en este momento que el estar señalando aquello que realmente no resuelve nada.

Antes de 1959 éramos grandes exportadores de ideología burguesa, todo cuanto se hacía en radio se grababa, las novelas y las aventuras cubanas se vendía y se oía en todas partes del mundo, por tanto éramos grandes exportadores de esa ideología; todo esto se  realizaba a través de SIGA: Servicio Internacional de Grabaciones de Audio. Muchas veces nos hemos convertido en grandes consumidores de ideología burguesa, le compramos a España, Argentina, Chile, Brasil cuando debíamos ser grandes exportadores de ideología comunista.

Usted insiste en el rescate de los valores humanos, la defensa de  la familia, la identidad. Le hemos escuchado hablar del gran castillo donde reunir a todos sus hijos y nietos. En cierta ocasión, mencionó también que había sido muy importante ver actuar a su hijo Erdwin en su primer papel para televisión. ¿Qué pesaba más el actor o el padre?

La preocupación era el padre. Mi hijo me planteó en una oportunidad que quería ser actor, le propuse que madurara la idea y cuando le volví a preguntar, él muy firme me respondió afirmativamente. Luego, le anuncié que iba para el Servicio Militar Obligatorio por dos años con el conjunto artístico de las Fuerzas armadas Revolucionarias (FAR). “Vas a aprender el ABC de la actuación, le dije, vas a saber que si no vas a un ensayo irás al calabozo; o sea, vas a disciplinarte primero; después estudiarás actuación.

Como padre ha sido bastante más difícil. Participé con mi hijo en su primer empeño en televisión: “Pasos hacia la montaña”, dejaba a un lado mi papel, porque vigilaba constantemente a Erdwin para que no se le olvidara su guión.

¿Cómo le ven sus hijos?

No sé. Hace un tiempo alguien me dijo que me conocía de hace años y le contesté que me había visto, pero que no me conocía. A veces ni yo mismo sé como soy y de tanto interpretar personajes creo que fui modificando mi personalidad porque fui tomando de cada personaje características que fueron incorporándose a mi vida. Hice una obra de teatro en una temporada teatral que realicé con Teatro Estudio que se llamó La última carta de la baraja, es la historia de un viejo que se siente abandonado, y fue en la representación número 80 que le dije a Raquel Revuelta: “Mi negra, quita la obra de escena que me estoy enfermando”; me sentía como Benito, comencé a asumir el personaje en la vida diaria y ya me parecía que las cosas que hacía las estaba haciendo así porque era un viejo.

Cómo soy yo o cómo me ven mis hijos, no sé. Podrás vivir con tu esposo 40 años, pero habrá una cara oculta que nunca vas a descubrir, habrá cosas que piense o que sienta y que nunca te va a decir y que vas a averiguarlo y habrá muchas cosas que él no logre saber de ti, aunque vivan una eternidad; hay cosas que se reservan, que no se cuentan, que no se dicen ni a sí mismo.

Erdwin comenzó en el teatro, hizo radio esporádicamente y en 1951 incursiona en la televisión. ¿Dónde ubica a cada uno de estos medios: la radio, el teatro y la televisión, cuánto le aportó a su desarrollo profesional?

Es difícil. No lo tengo tan enmarcado. Prefiero decir que la técnica de la actuación la aprendí en el teatro, el radio y la televisión me dieron el oficio y la actitud ante la vida la aprendí con la gente de circo.

El radio fue para todos los actores el gran amor, la gran escuela. La televisión nos permitía relajarnos, el medio lo permite, pues visualmente el televidente podía comprender mejor el personaje, por ejemplo, si nos ponemos una sotana y un bonete somos un cura, sin duda alguna; en el radio para desempeñar el personaje había que modular la voz de manera tal que sonara como cura y eso es bastante más difícil. La radio ha tenido para nosotros el encanto de la amplitud del espacio y la posibilidad de transformarlo todo con solo emplear nuestra voz, los efectos sonoros. Podemos transportar al oyente al espacio deseado.

La televisión constriñe más al lugar donde se esté trabajando. La radio se sirve del espacio intemporal, mientras que la televisión tiene un espacio limitado. El teatro es el contacto con el público, tiene el encanto para el actor de poder llevar de la mano su personaje con una progresión determinada; en la televisión con los cortes y la edición el personaje termina perfilado por el director; el radio permite una continuidad. El teatro es todo de una buena vez y se da todo en cada actuación, cada día se tiene un regocijo nuevo y cada actuación es totalmente distinta a la anterior.

¿Qué le aportó la actuación al ser humano especial que es hoy Erdwin Fernández?

Hay una anécdota que siempre me ha marcado mucho. Soy el único suspenso de mi curso en actuación del Teatro Universitario. Mi profesor me mandó a hacer una escena como examen final y cuando terminé me dijo que había suspendido, me indigné mucho pues había utilizado cuanta técnica había aprendido. Él me dijo: “Erdwin, hoy comienzas tu carrera, de qué te vale que un papelito firmado por el profesor diga que sabes actuar, dondequiera que lo lleves te pedirán que lo demuestres, a partir de hoy, todos los días tendrás un examen de actuación y te va a calificar el único que puede hacerlo, el público. A partir de hoy comienza realmente tu carrera con un examen diario. Recuerda que cada actor se mide según su última actuación. Te he enseñado la técnica y no creo que la haya enseñado toda, pero hay algo que sí te enseñé y debes conservar: la humildad. La humildad de saber que no lo sabes todo. El día que pierdas esto, dejarás de ser actor”.

Es imposible separar a Erdwin de Trompoloco y viceversa, ¿cómo recuerda al personaje de Trompoloco luego de tantos años?

Es muy difícil. Las veces que voy a actuar para hacer el personaje no sé cómo lo voy a interpretar hasta que me maquillo, me pongo la nariz y los zapatones, brota la voz, emergen las palabras y me transformo en Trompoloco. Es un encantamiento.

Llega un momento en que el personaje se sirve de mí, me usa y yo no puedo valerme del personaje. Las cosas que a cara despintada no sería capaz de hacer y decir irrumpen cuando me pinto. Solo canto las canciones e interpreto al personaje cuando me siento Trompoloco. Para Trompoloco, Nily (Nilda Collado) ha sido muy importante. Cuando ella no está, él no puede cantar desafina incluso,  y hasta puedo olvidar algún texto.

El personaje me ha sido muy útil para expresar mi sentir. Un actor no es un creador, la creación primaria es la del escritor, después hay una recreación que es la del director y, por último, el intérprete es el vehículo entre el público y el autor. Hay un momento en que, por ejemplo, dices que no quieres hablar más del feudalismo, de la sociedad norteamericana, que no quieres servir de vehículo para contar los problemas de América Latina del siglo pasado, sino que crees que es más urgente hablar del mundo que te rodea en este momento porque cada hombre es producto de su momento y que creo que hay cosas que urgen decirlas ahora y decirlas porque están pasando, y te das cuenta de que no quieres seguir siendo intérprete. Me pasaba con Trompoloco. Trompoloco no es intérprete. Cuando quería discutir cuestiones estéticas con los niños, las discutía; cuando quería hablar sobre el comportamiento humano, de los valores con los niños, lo hacía, solo dependía de la inquietud que tuviera en ese momento. Trompoloco soy yo. 

¿Qué diría Trompoloco a los niños y a los jóvenes, hoy, ahora mismo?

Que no pierdan la niñez. Es el momento más hermoso en la vida del hombre, es lo que se recuerda para toda la vida. Que traten de conservar la niñez incluso cuando sean muy viejos.

*Este es un fragmento de la última entrevista concedida por Erdwin Fernández, publicada  en Radio Ciudad de La Habana,  1997.


NOTA:

[1] José Martí. Versos Sencillos. Poema X. Centro de Estudios Martianos.

 
ERDWIN FERNÁNDEZ: Canciones de Trompoloco 

1. Los sueños - 3.25
2. El baile de los muñecos - 2.28
3. La marcha de las letras - 3.30
4. El barquito de cáscara de nuez - 1.39
5. Di por qué - 2.22
6. Abuelito (rutina de Nily y Trompoloco) - 6.02

Canta: Erdwin Fernández
Letra y Música: Gavilondo Soler
Arreglos y orquestación: Federico Smith

 

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