Año VI
La Habana

18 al 24 de AGOSTO
de 2007

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PREMIO JULIO CORTÁZAR DE CUENTO 2007

Rogelio Riverón: fiel a las palabras

Yinett Polanco • La Habana
Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

El Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar recayó este año 2007 en el escritor cubano Rogelio Riverón por la obra "Los gatos de Estambul". El jurado, integrado por los escritores Jesús David Curbelo, Alberto Garrandés y Cira Romero, destacó cómo en el cuento laureado "las mezclas culturales, ciertos fetiches del erotismo, la astuta sutilidad del lenguaje y determinadas presunciones de la identidad, se emulsionan en una trama de dramatismo y vigor muy singulares".

Narrador, poeta y periodista, Riverón ha sido antologado repetidamente en Cuba y el extranjero. Ha obtenido entre otros reconocimientos los premios Luis Rogelio Nogueras en 1990
con Los equivocados (Edición Extramuros, 1992), el Premio de cuento de la revista Revolución y Cultura en 1994; el Premio Nacional de Periodismo Cultural en 1997, el Premio UNEAC de cuentos en 1999 con el libro Buenos días Zenón y en el 2001 con Otras versiones del miedo, así como una mención en el Premio Casa de las Américas en 2000.

Además, su poema “Tesoro para ciegos” fue incluido en el libro de autores placeteños Desde el laurel luminoso en el año 2001 y ha publicado Subir al cielo y otras equivocaciones (Letras Cubanas, 1996), la novela Mujer, Mujer (Ediciones Capiro, 1999) y el libro de cuentos Mi mujer manchada de rojo (Editorial Oriente, 2005).

Por varios años ha mantenido una columna de crítica literaria en el periódico Granma y es responsable de varias antologías del cuento cubano entre las que destaca Conversación con el búfalo blanco. 
 

Comencemos hablando sobre el motivo principal de esta entrevista, el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar. Usted es un prosista bien llevado con los premios literarios: entre otros pueden citarse el Luis Rogelio Nogueras en 1990, el Premio UNEAC en dos ocasiones, Mención en el Premio Casa de las Américas, 2000 y ahora el Cortázar. ¿Qué importancia tienen para usted como escritor estos certámenes y particularmente qué representa haber obtenido el Cortázar 2007?

Todo premio es una reafirmación y una angustia. Te dotan con un poco de energía, de certidumbre, y al mismo tiempo te recuerdan que todo es más casual de lo que tú mismo deseas suponer, que si te atienes al frío cálculo de probabilidades, podrás corroborar lo que ya sabemos: vencer en un concurso no depende exclusivamente de que uno se presente con una buena obra. Dando por sentado que lo de buena obra es relativo, pedante incluso, si fuese el propio autor quien más convencido estuviera de ello. Pero no quiero disertar sobre los concursos, porque es cómodo y pueril aplaudirlos cuando ganas y denigrarlos cuando pierdes. Además, ¿qué pierdes si no ganas? Para bien de nuestra egolatría solo se hacen públicos los nombres de los ganadores, y ¿qué caso tiene achacarle al jurado de un determinado concurso una conducta de la que, una vez en función de jurado, probablemente no te libre ni la divina providencia? 
 

Este premio que recién obtuvo lleva el nombre de uno de los mejores cuentistas latinoamericanos. ¿Siente algún vínculo especial el escritor Rogelio Riverón con el narrador Julio Cortázar?

Ciertamente. Lo he leído desde mi adolescencia. Me ayudó a separarme de otros autores latinoamericanos como Leopoldo Marechal, y me enseñó que buscar exclusivamente en el cuento los finales pasmosos tiene mucho de frivolidad. Después he comprobado que escritores tan diferentes como Raymond Carver y V. S. Naipaul hacen o dicen algo similar, pero yo lo aprendí en Cortázar. Cuando releo “La autopista del sur” busco a Kathy para repetirle lo mismo siempre: uno entra a un relato para estar en él, no para llegar al final. De lo que sigue que no creo en la literatura que no proporcione placer, si bien placer no siempre significa diversión.

Sobre “Los gatos de Estambul” el jurado del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar expresó que las mezclas culturales, ciertos fetiches del erotismo, la astuta sutilidad del lenguaje y determinadas presunciones de la identidad, se emulsionan en una trama de dramatismo y vigor muy singulares. ¿Qué relación guarda este cuento suyo con su obra anterior?

Con el tiempo he aprendido que si una idea o más bien su esbozo pasan de uno a otro de tus libros, o de tus cuentos, o de tus lienzos o de tus canciones —hablo esquemáticamente: yo no sé más que escribir—, es porque aún necesitas vértelas con ella, es un prejuicio, pero un prejuicio fecundo, que acabará por hacerte comprender. O no comprender, que es otra manera de madurar. De modo que el cuento “Los gatos de Estambul” tiene que ver con toda mi obra, en especial con Mi mujer manchada de rojo (Editorial Oriente, 2005),  un libro en el que he sentido la necesidad de ser irónico, pero de una ironía que me da muchas luces como escritor. De hecho “Los gatos…” forma parte de un volumen en el que trabajo, y posiblemente su título sea el de todo el libro, aún no estoy seguro. 
 

¿Cómo fue exactamente el acercamiento de Riverón a la literatura?

Yo estudié Letras in the former Soviet Union, así que me mantuve alejado de los talleres literarios. Jamás puse un pie en uno, lo que debe haberme evitado algunas cosas, y de seguro me privó de otras. No tengo nada contra los talleres, ni contra aquellos de los años 80, cuando alcanzaron, según cuentan, su definición mejor, ni contra los del presente; solo que mis inicios fueron otros. Yo leía a Karamzin, a Radischev (cuyo Viaje de Petersburgo a Moscú me gusta todavía a pesar del sentimentalismo que le achacan), a Tolstoi, que es el rey del país de la novela, y de manera informal a Bulgákov, y a Mandelstam, quien trata al tiempo de un modo proustiano, según Iosif Brodski. Eso entre los rusos, con algunos nombres más, entre los que no menciono a Marina Tsvetáeva, a quien leí más tarde. Entonces tuve la desfachatez de prepararme para escribir.  No escribí nada de ficción durante mis años de estudio, pero sabía que no iba a hacer otra cosa. Mi primer relato es de 1988, ya en Cuba, y con ser el primogénito no se perdió, sino que integra el libro Subir al cielo y otras equivocaciones (Letras Cubanas, 1996). Si quieres comprobar lo permeable que puede ser un novato a las influencias, lee ese cuento.  
 

En una reseña suya titulada “La sombra, el asombro” se afirma que: “Conformar un estilo requiere de un aprendizaje que a muchos, aunque parezca raro, no les resulta. (…) Tratar de que el estilo rebase la costumbre, de que, sin carecer de rostro, constantemente se transforme, es una tarea difícil, pero un escritor no tiene más remedio que cumplirla, so pena de hacer el ridículo”. Dada esa importancia  que le confiere, ¿qué es para usted el estilo?

Esta pregunta, técnicamente, ya ha sido contestada en el fragmento que citas, si bien de modo un poco altanero. Podríamos allegar el estilo a la personalidad del que redacta, y tampoco mentiríamos. Debo añadir que es además una puja por mantenerse fiel a las palabras, las que como sabes no merecen ser tiradas sobre la hoja a como dé lugar. En los mejores momentos yo me regodeo en mi estilo. Es lo que dicen divertirse mientras se trabaja. El estilo de Martí es fogoso y si se le observa más profundamente tiene como una cadencia aciaga. Aunque sé que lo digo porque prefiero una porción de su obra en la que creo ver esos rasgos. 


Como algunos de sus maestros ha citado a Jorge Luis Borges, Virgilio Piñera y Ezequiel Vieta. ¿Se reconoce dentro de su tradición escritural o son autores que admira pero de los que quisiera apartarse?

Algunos son maestros, no porque en algún momento los imitaste, sino porque me hicieron enamorarme de la literatura. De hecho, los mejores maestros son como los padres mejores: te preparan para irte de casa. Te preparan para ser un agujero negro, que lo absorbe todo y no refleja nada. Idealmente, por supuesto. Además de que en literatura los maestros casi nunca saben que lo son. Uno es pretencioso y se los busca inalcanzables: Homero, Proust, Joyce, Lezama. Pero creo que a estas alturas —ni tan joven, ni tan viejo— ya no me apura apartarme de nadie. Y no olvides que tener como maestros exclusivamente a los literatos, para un literato es un defecto. Yo amo el cine y el rock. Me gusta Solaris y la banda U-2. A mediados de la década de 1980 declaraba que me gustaba además Joaquín Sabina, pero entonces en Cuba no estaba de moda. Ahora les pongo a mis hijos “De purísima y oro”, pero no se lo decimos a nadie.

Durante varios años ha mantenido una sección de crítica literaria en el periódico Granma. Sobre este trabajo ha dicho que no consiste en imponer un gusto manipulando al lector, sino en inducir a leer lo que uno considera buenas obras. Si tuviera que definir la ocupación del crítico literario, ¿cómo lo haría?

Es una labor que requiere de cultura y de responsabilidad. Y, por supuesto, no es lo que se dice una subalterna de la literatura de ficción. 
 

Cuando usted afirma que enrolado de un modo definitivo en la literatura no es posible permanecer indiferente a la manera en que esta se desenvuelve fuera de nosotros mismos, es casi obligado remitirse a su antología Conversación con el búfalo blanco. Allí, además de hacer la selección de los cuentos del libro, usted se encarga de entrevistar a los autores. ¿Cómo asume Rogelio Riverón estos vínculos entre la labor del antologador, el crítico y el escritor?

No sé cuántos de nosotros han repetido aquel aforismo de Borges de que ordenar bibliotecas es una manera de ejercer la crítica literaria. Lo cito de memoria, pero la idea es esa: seleccionar presupone un examen valorativo. Sin embargo, una antología tampoco es una prueba de ingreso. No se trata siempre de presentar lo mejor, matemáticamente. Esa distinción otorga legitimidad a lo que, de otra manera, sería un viaje por un itinerario fijo. Hay otra frase de Borges que yo mismo he citado en otra antología (Palabra de sombra difícil, Casa Editora Abril-Letras Cubanas, 2000) y que dice que todas las antologías cronológicas empiezan bien y acaban mal, porque el tiempo ha compilado el principio y el doctor Menéndez y Pelayo el final. Ese final es, por supuesto, conflictivo, porque está escaso de perspectiva para el análisis, que sería como el tiempo imprescindible para observar los movimientos de la obra en un contexto múltiple. Pero el presente tiene otras formas de mirarlo, y para eso están, en literatura, las antologías temáticas, las de grupo, etc. El crítico que asume una antología puede pensar que, como no es escritor de ficciones, se halla más cerca de un análisis objetivo, sin acaloramiento, pero eso no significa que tenga ahorrado ningún prejuicio. Tampoco el escritor de ficciones está a salvo de nada. En realidad cuando he trabajado en una antología ha sido como una especie de indagación. De hecho, en Conversación con el búfalo blanco pongo a hablar a los autores, y me place cuando hay una contradicción entre la forma en que enuncian sus poéticas y aquella en que hacen la ficción. Y no es cuestión de cogerlos en falta, sino de comprobar, una vez más, que el acto creador es algo vivo, profundo y contradictorio. 
 

¿Cómo valoraría el cuento cubano hoy, el momento en que se encuentra y sus vertientes principales?

Es más sagaz que en la década de 1990, si bien entonces no dejaron de escribirse buenos cuentos. Se encuentra, ni más ni menos, en el año de gracia de 2007, y te propongo que de sus vertientes principales, o si se quiere más visibles, hablen los autores en concreto. De manera que, en lugar de emprender un discurso erudito y a todas luces cuestionable, te voy a enumerar a algunos de los que han publicado cuentos o volúmenes de cuento recientemente. Solo tienes que recordar uno de sus textos y comprobarás que si variedad es robustez, salud no nos falta: Antón Arrufat, Jorge Enrique Lage, Aida Bahr, Gina Picart, Anna Lidia Vega Serova,  Michel Encinosa, Miguel Mejides, María Liliana Celorrio, Orlando Luis Pardo, Hugo Luis y  Herbert Toranzo. En serio, observo en el cuento cubano de hoy una ecuanimidad para observar que en los 90 se notó aplazada.                                             

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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