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El Premio Iberoamericano de Cuento Julio
Cortázar recayó este año 2007 en el
escritor cubano Rogelio Riverón por la
obra "Los gatos de Estambul". El jurado,
integrado por los escritores Jesús David
Curbelo, Alberto Garrandés y Cira
Romero, destacó cómo en el cuento
laureado "las mezclas culturales,
ciertos fetiches del erotismo, la astuta
sutilidad del lenguaje y determinadas
presunciones de la identidad, se
emulsionan en una trama de dramatismo y
vigor muy singulares".
Narrador, poeta y periodista, Riverón ha
sido antologado repetidamente en Cuba y
el extranjero. Ha obtenido entre otros
reconocimientos los premios Luis Rogelio
Nogueras en 1990
con Los equivocados (Edición
Extramuros, 1992),
el
Premio de cuento de la revista
Revolución y Cultura
en 1994; el Premio Nacional de
Periodismo Cultural en 1997, el Premio
UNEAC
de cuentos en 1999 con el libro
Buenos días Zenón y en el 2001 con
Otras versiones del miedo,
así como una mención en el Premio Casa
de las Américas en 2000.
Además,
su poema “Tesoro para ciegos” fue
incluido en el libro de autores
placeteños Desde el laurel luminoso
en el año 2001 y
ha publicado Subir al cielo y otras
equivocaciones
(Letras Cubanas, 1996),
la novela
Mujer, Mujer
(Ediciones Capiro, 1999) y el libro de
cuentos Mi mujer manchada de rojo
(Editorial Oriente, 2005).
Por varios años ha mantenido una columna
de crítica literaria en el periódico
Granma y es responsable de varias
antologías del cuento cubano entre las
que destaca Conversación con el
búfalo blanco.
Comencemos hablando sobre el motivo
principal de esta entrevista, el Premio
Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar.
Usted es un prosista bien llevado con
los premios literarios: entre otros
pueden citarse el Luis Rogelio Nogueras
en 1990, el Premio UNEAC en dos
ocasiones, Mención
en el Premio Casa de las Américas, 2000
y ahora el Cortázar. ¿Qué importancia
tienen para usted como escritor estos
certámenes y particularmente qué
representa haber obtenido el Cortázar
2007?
Todo premio es una reafirmación y una
angustia. Te dotan con un poco de
energía, de certidumbre, y al mismo
tiempo te recuerdan que todo es más
casual de lo que tú mismo deseas
suponer, que si te atienes al frío
cálculo de probabilidades, podrás
corroborar lo que ya sabemos: vencer en
un concurso no depende exclusivamente de
que uno se presente con una buena obra.
Dando por sentado que lo de buena
obra es relativo, pedante incluso,
si fuese el propio autor quien más
convencido estuviera de ello. Pero no
quiero disertar sobre los concursos,
porque es cómodo y pueril aplaudirlos
cuando ganas y denigrarlos cuando
pierdes. Además, ¿qué pierdes si no
ganas? Para bien de nuestra egolatría
solo se hacen públicos los nombres de
los ganadores, y ¿qué caso tiene
achacarle al jurado de un determinado
concurso una conducta de la que, una vez
en función de jurado, probablemente no
te libre ni la divina providencia?
Este premio que recién obtuvo lleva el
nombre de uno de los mejores cuentistas
latinoamericanos. ¿Siente algún vínculo
especial el escritor Rogelio Riverón con
el narrador Julio Cortázar?
Ciertamente. Lo he leído desde mi
adolescencia. Me ayudó a separarme de
otros autores latinoamericanos como
Leopoldo Marechal, y me enseñó que
buscar exclusivamente en el cuento los
finales pasmosos tiene mucho de
frivolidad. Después he comprobado que
escritores tan diferentes como Raymond
Carver y V. S. Naipaul hacen o dicen
algo similar, pero yo lo aprendí en
Cortázar. Cuando releo “La autopista del
sur” busco a Kathy para repetirle lo
mismo siempre: uno entra a un relato
para estar en él, no para llegar al
final. De lo que sigue que no creo en la
literatura que no proporcione placer, si
bien placer no siempre significa
diversión.
Sobre “Los gatos de Estambul” el
jurado del Premio Iberoamericano de
Cuento Julio Cortázar expresó que las
mezclas culturales, ciertos fetiches del
erotismo, la astuta sutilidad del
lenguaje y determinadas presunciones de
la identidad, se emulsionan en una trama
de dramatismo y vigor muy singulares.
¿Qué relación guarda este cuento suyo
con su obra anterior?
Con el tiempo he aprendido que si una
idea o más bien su esbozo pasan de uno a
otro de tus libros, o de tus cuentos, o
de tus lienzos o de tus canciones —hablo
esquemáticamente: yo no sé más que
escribir—, es porque aún necesitas
vértelas con ella, es un prejuicio, pero
un prejuicio fecundo, que acabará por
hacerte comprender. O no comprender, que
es otra manera de madurar. De modo que
el cuento “Los gatos de Estambul” tiene
que ver con toda mi obra, en especial
con Mi mujer manchada de rojo
(Editorial Oriente, 2005), un libro en
el que he sentido la necesidad de ser
irónico, pero de una ironía que me da
muchas luces como escritor. De hecho
“Los gatos…” forma parte de un volumen
en el que trabajo, y posiblemente su
título sea el de todo el libro, aún no
estoy seguro.
¿Cómo fue exactamente el acercamiento de
Riverón a la literatura?
Yo estudié Letras in the former
Soviet Union, así que me mantuve
alejado de los talleres literarios.
Jamás puse un pie en uno, lo que debe
haberme evitado algunas cosas, y de
seguro me privó de otras. No tengo nada
contra los talleres, ni contra aquellos
de los años 80, cuando alcanzaron, según
cuentan, su definición mejor, ni contra
los del presente; solo que mis inicios
fueron otros. Yo leía a Karamzin, a
Radischev (cuyo Viaje de Petersburgo
a Moscú me gusta todavía a pesar del
sentimentalismo que le achacan), a
Tolstoi, que es el rey del país de la
novela, y de manera informal a Bulgákov,
y a Mandelstam, quien trata al tiempo de
un modo proustiano, según Iosif
Brodski. Eso entre los rusos, con
algunos nombres más, entre los que no
menciono a Marina Tsvetáeva, a quien leí
más tarde. Entonces tuve la desfachatez
de prepararme para escribir. No
escribí nada de ficción durante mis años
de estudio, pero sabía que no iba a
hacer otra cosa. Mi primer relato es de
1988, ya en Cuba, y con ser el
primogénito no se perdió, sino que
integra el libro Subir al cielo y
otras equivocaciones (Letras
Cubanas, 1996). Si quieres comprobar lo
permeable que puede ser un novato a las
influencias, lee ese cuento.
En una reseña suya titulada “La
sombra, el asombro” se afirma
que: “Conformar
un estilo requiere de un aprendizaje que
a muchos, aunque parezca raro, no les
resulta. (…) Tratar de que el estilo
rebase la costumbre, de que, sin carecer
de rostro, constantemente se transforme,
es una tarea difícil, pero un escritor
no tiene más remedio que cumplirla, so
pena de hacer el ridículo”. Dada esa
importancia que le confiere, ¿qué es
para usted el estilo?
Esta pregunta, técnicamente, ya ha sido
contestada en el fragmento que citas, si
bien de modo un poco altanero. Podríamos
allegar el estilo a la personalidad del
que redacta, y tampoco mentiríamos. Debo
añadir que es además una puja por
mantenerse fiel a las palabras, las que
como sabes no merecen ser tiradas sobre
la hoja a como dé lugar. En los mejores
momentos yo me regodeo en mi estilo. Es
lo que dicen divertirse mientras se
trabaja. El estilo de Martí es fogoso y
si se le observa más profundamente tiene
como una cadencia aciaga. Aunque sé que
lo digo porque prefiero una porción de
su obra en la que creo ver esos rasgos.
Como algunos de sus maestros ha citado a
Jorge Luis Borges, Virgilio Piñera y
Ezequiel Vieta. ¿Se reconoce dentro de
su tradición escritural o son autores
que admira pero de los que quisiera
apartarse?
Algunos son maestros, no porque en algún
momento los imitaste, sino porque me
hicieron enamorarme de la literatura. De
hecho, los mejores maestros son como los
padres mejores: te preparan para irte de
casa. Te preparan para ser un agujero
negro, que lo absorbe todo y no refleja
nada. Idealmente, por supuesto. Además
de que en literatura los maestros casi
nunca saben que lo son. Uno es
pretencioso y se los busca
inalcanzables: Homero, Proust, Joyce,
Lezama. Pero creo que a estas alturas
—ni tan joven, ni tan viejo— ya no me
apura apartarme de nadie. Y no olvides
que tener como maestros exclusivamente a
los literatos, para un literato es un
defecto. Yo amo el cine y el rock. Me
gusta Solaris y la banda U-2. A
mediados de la década de 1980 declaraba
que me gustaba además Joaquín Sabina,
pero entonces en Cuba no estaba de moda.
Ahora les pongo a mis hijos “De purísima
y oro”, pero no se lo decimos a nadie.
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Durante varios años ha mantenido una
sección de crítica literaria en el
periódico Granma. Sobre este
trabajo ha dicho que no consiste en
imponer un gusto manipulando al lector,
sino en inducir a leer lo que uno
considera buenas obras. Si tuviera que
definir la ocupación del crítico
literario, ¿cómo lo haría?
Es una labor que requiere de cultura y
de responsabilidad. Y, por supuesto, no
es lo que se dice una subalterna de la
literatura de ficción.
Cuando usted afirma que enrolado de un
modo definitivo en la literatura no es
posible permanecer indiferente a la
manera en que esta se desenvuelve fuera
de nosotros mismos, es casi obligado
remitirse a su antología Conversación
con el búfalo blanco. Allí, además
de hacer la selección de los cuentos del
libro, usted se encarga de entrevistar a
los autores. ¿Cómo asume Rogelio Riverón
estos vínculos entre la labor del
antologador, el crítico y el escritor?
No sé cuántos de nosotros han repetido
aquel aforismo de Borges de que ordenar
bibliotecas es una manera de ejercer la
crítica literaria. Lo cito de memoria,
pero la idea es esa: seleccionar
presupone un examen valorativo. Sin
embargo, una antología tampoco es una
prueba de ingreso. No se trata siempre
de presentar lo mejor, matemáticamente.
Esa distinción otorga legitimidad a lo
que, de otra manera, sería un viaje por
un itinerario fijo. Hay otra frase de
Borges que yo mismo he citado en otra
antología (Palabra de sombra difícil,
Casa Editora Abril-Letras Cubanas, 2000)
y que dice que todas las antologías
cronológicas empiezan bien y acaban mal,
porque el tiempo ha compilado el
principio y el doctor Menéndez y Pelayo
el final. Ese final es, por supuesto,
conflictivo, porque está escaso de
perspectiva para el análisis, que sería
como el tiempo imprescindible para
observar los movimientos de la obra en
un contexto múltiple. Pero el presente
tiene otras formas de mirarlo, y para
eso están, en literatura, las antologías
temáticas, las de grupo, etc. El crítico
que asume una antología puede pensar
que, como no es escritor de ficciones,
se halla más cerca de un análisis
objetivo, sin acaloramiento, pero eso no
significa que tenga ahorrado ningún
prejuicio. Tampoco el escritor de
ficciones está a salvo de nada. En
realidad cuando he trabajado en una
antología ha sido como una especie de
indagación. De hecho, en Conversación
con el búfalo blanco pongo a hablar
a los autores, y me place cuando hay una
contradicción entre la forma en que
enuncian sus poéticas y aquella en que
hacen la ficción. Y no es cuestión de
cogerlos en falta, sino de comprobar,
una vez más, que el acto creador es algo
vivo, profundo y contradictorio.
¿Cómo valoraría el cuento cubano hoy, el
momento en que se encuentra y sus
vertientes principales?
Es más sagaz que en la década de 1990,
si bien entonces no dejaron de
escribirse buenos cuentos. Se encuentra,
ni más ni menos, en el año de gracia de
2007, y te propongo que de sus
vertientes principales, o si se quiere
más visibles, hablen los autores en
concreto. De manera que, en lugar de
emprender un discurso erudito y a todas
luces cuestionable, te voy a enumerar a
algunos de los que han publicado cuentos
o volúmenes de cuento recientemente.
Solo tienes que recordar uno de sus
textos y comprobarás que si variedad es
robustez, salud no nos falta: Antón
Arrufat, Jorge Enrique Lage, Aida Bahr,
Gina Picart, Anna Lidia Vega Serova,
Michel Encinosa, Miguel Mejides, María
Liliana Celorrio, Orlando Luis Pardo,
Hugo Luis y Herbert Toranzo. En serio,
observo en el cuento cubano de hoy una
ecuanimidad para observar que en
los 90 se notó aplazada.
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