Año VI
La Habana

1ro al 7
de SEPTIEMBRE
de 2007

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Frémez, el que con símbolos juega…

Reynaldo González • La Habana

 

Conocí a Frémez en los primeros y definitorios años 60. Éramos jóvenes e indocumentados. Vivíamos la ansiedad de alcanzar una definición del mundo y nuestra propia definición. Nos correspondía una época convulsa, que se convertiría en historia, pero no estábamos tan conscientes de eso como les gusta afirmar a algunos contemporáneos. Lo que se diga en contrario es presunción, nunca faltan los lanzados. En verdad, a la mayoría de nosotros las circunstancias trascendentales nos llegaron junto con el acné juvenil y la jubilosa angustia que llaman juventud. Hoy un baile, un retozo carnal y una ilusión, mañana una convocatoria a cosas más serias. Pasamos de los juegos a los asuntos. En todo ello ahora podemos reconocer matices, llegados a los incordios de la llamada tercera edad.

No dudo que mi contemporáneo Frémez descubriera su voluntad artística leyendo comics, como yo, como tantos. Éramos admiradores de Tarzán, de Steve Canyon, de Dick Tracy, en nuestras manos cayó como al descuido una entrega de El príncipe valiente y creímos que Harold Foster era más grande que Picasso. Accedimos a "otros mitos, otros ritos" sin saber la existencia de Gillo Dorfles, antes de hacernos personas que se tomaran en serio no ya la vida, sino a sí mismos. Quizá por eso hemos mantenido una posibilidad irónica y sonriente, que consiste en estar dentro de la página y fuera de ella, dentro y fuera del cuadro, expresar las ideas en globitos, acudir a onomatopeyas como ¡zas!, ¡pum!, ¡zzz!, ¡plaff!, hallarle el envés a todo sin que eso impida que llegado el momento de la verdad, nos zambullamos en ella. Sin soslayar la necesaria gravidez, somos adversarios de la solemnidad de tiempo completo, que se traduce en retórica, la cara de póquer de quienes consideran que la tiesura les da mayor significación. Sabemos que parecer un papier maché barnizado no aporta mucho y hasta en nuestros respectivos funerales estaremos viéndole el aspecto descacharrante a la ocasión y, por supuesto, asistiremos contra nuestra voluntad.

Lo dicho, que parece un rodeo, resulta imprescindible para comprender el tipo de arte que ha marcado la trayectoria de José Gómez Fresquet. Arte de la observación y de la síntesis, que esquiva meandros y circunloquios para buscar la suma significante. Del contenido, su símbolo. Del discurso, la frase que sin devenir slogan machacón lo acerque a los más para que se sacudan la enfermiza cotidianidad y la manía de llevar a pasto diario lo trascendente a fuerza de repeticiones, la peor banalización.

Arte de impacto, que inquiete y alerte. Un arte que no conoce terrenos vedados y entra en el juego con ánimo de subvertirlo. En todo ello, nada más indicado que trocar los símbolos, hacer que, como nosotros, como todo, se conviertan en materia combustible. Nuestra formación principal nos fue dada por la pupila sedienta de novedades. Una búsqueda incisiva que no reparaba en tradiciones y en clasicismos porque sumaba experiencias, un acontecer sin tregua ni aviso. ¿Quién ha visto que cuanto nos sucede pueda tomarse por tradición? Sería como volvernos de piedra, santificado sea nuestro nombre.

Frémez, más que otros creadores cubanos, no ha buscado espacio en los museos, o lo ha pensado poco. Esta exposición le crea inconvenientes a su ansiedad de irreverente perpetuo. "Despierta, Frémez, has llegado al museo", equivale a "con la Iglesia hemos topado, Sancho". Una diferencia atenuante queda entre visitar el templo y creerse templario entiéndanlo rectamente. A ti, Frémez, te revientan los santones, la iconografía hierática y carcamal, la grandilocuencia de púlpito, el aire de parroquia en mañana de oficios. La extrema solemnidad te provoca una desmerengante trompetilla. Tu obsesión es la del movimiento y la búsqueda, y dejarte de clasificaciones propias de quienes, sin etiquetas, mueren. Ellos son sus etiquetas. De etiquetados andan por la vida y se duermen, orondos, en la primera fila. Eso no es lo tuyo.

Hace unos añitos ¡ñooó, cuatro décadas! escribí sobre las primeras subversiones saludables de Frémez, que le sirvieron para desentrañar una maraña de símbolos aparentemente ingenuos. Eran los símbolos del adversario, asimilados como parte de la tradición, relamidos y digeridos como la trigueña y la rubia verbeneras que nos dan el opio con tal gracia que no nos podemos resistir. Esos símbolos vivían con nosotros, estaban con nosotros, sembrados en el subconsciente desde la infancia. Tenían la bendición de la costumbre y nadie imaginaba la posibilidad de verles una cara oculta. Eran alimento e idea, instalados en recurrencias inadvertidas. Debimos aprender a no ser ellos cuando un saludable ventarrón los puso en solfa. De pronto aparecían como injertos, cuerpos ajenos instalados en il palato lo del paladar suena a resbalón y la membrana del tímpano, la ropa que nos cubría y el zapato que calzábamos.

Para sanarnos de tal intoxicación no bastaba la teoría. Eran los prodigiosos años de Marcuse, Eco, McLuham, Dorfles, Mattelart, Fanon, Malcolm X, una estantería enfrentada a códigos posesionados de nuestro organismo. Aunque llegaran muy documentados, poco hacían los alegatos teóricos. Incluso los sesudos razonamientos que desentrañaban aquella naturaleza adversa quedaban en metalenguaje de iniciados, ritual de aulas que todavía resuena en la expresión de algunos "apocalípticos a un tiempo que integrados" ese animal también existe, ahora como soliloquio de un coro que reitera los "hallazgos" que MacLuham retrató como "masaje sin mensaje": más de lo mismo, rizar el rizo. Poco dado a los retruécanos exploratorios, Frémez fue de los primeros en soslayar las teorías y meterle manos a la obra. Subvertir el símbolo fue su palabra de orden. No se trataba de codificar fenómenos de comportamiento, negarle importancia a la factoría Dysney o presumir que nos resultaba ajena, ni acogernos a una muy ofrecida "nueva" estructura de pensamiento sin tropicalizar, desde una presunta bondad que resultó más ajena que la maldad descrita. Todo eso podía calmar el sloganismo burocrático, no la inquietud de un artista con voluntad de servicio real, no oratoria.

En mi texto de entonces, "Frémez, los símbolos estallan" (revista Bohemia), a través de las exploraciones del artista repasaba mis propias indagaciones. Juntos vivíamos una experiencia que traducía una encrucijada. Estábamos a prueba, no frente a otros, sino ante nosotros mismos. Cuestionábamos nuestros valores constitutivos. Nuevas razones desvelaban nuevas motivaciones, otras lecturas. No conozco una aventura más seductora, un reto mayor. Frémez le dio el frente volviendo de revés los símbolos. A eso me referí en el texto. Han pasado cuatro décadas. El persistente Frémez ha recorrido técnicas y labores, experimentos, gigantografías, pareos de imágenes contrapuestas. El suyo es un enjuiciamiento que no cesa, ocurre ante los ojos del espectador, le propone enigmas que lo implican, preguntas que debe responder. Pero no puede hacerlo sin que cada abordamiento resulte un hecho artístico. Conoce el deslavazado camino de las consignas, su condición feble si se trata de arte. Ahí radica la razón de su eficacia. Esta muestra lo evidencia.

Hablé de vocación de servicio y pudiera pensarse en el tan socorrido "deber cumplido", que en ocasiones es armazón sin cuerpo, ritualidad de ocasión. Debí precisar que el servicio a que aludo es el propio cuestionamiento del artista-persona. La formación de Frémez fueron sus dudas y afirmaciones, negaciones, avances, retrocesos. Como artista gráfico, su entorno es lo que la mirada y el entendimiento hacen suyo y, una vez apropiado, integra su sensibilidad. Ergo, su cuestionamiento es su fuerza, nacida de sucesivas superaciones. Representémonos el debate como el de alguien que pone sobre la mesa sus fetiches y abalorios, los somete a un análisis nunca antes ocurrido, les niega significación o se la atribuye según la observación a través de un prisma radicalmente diferente al utilizado antes. Lo hace Frémez, artista afrontado a sus propios iconos formadores. Ha sido la motivación y la esencia de su trabajo durante medio siglo. La obra que ahora vemos, seleccionada y subrayada con las seducciones de esta muestra, coloca ante nuestros ojos una existencia, sus riesgos, sus pasiones. Por él y por sus fetiches ha pasado una vida exigente, irrepetible, con gratificaciones y reveses. Estas paredes sintetizan esa vida, un aprendizaje, el agónico ejercicio del artista que al cuestionar se cuestiona. Esta exposición asevera lo escrito: los símbolos estallan.

Texto publicado en Cubaliteraria.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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