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Conocí a Frémez en los primeros y
definitorios años 60. Éramos jóvenes e
indocumentados. Vivíamos la ansiedad de
alcanzar una definición del mundo y
nuestra propia definición. Nos
correspondía una época convulsa, que se
convertiría en historia, pero no
estábamos tan conscientes de eso como
les gusta afirmar a algunos
contemporáneos. Lo que se diga en
contrario es presunción, nunca faltan
los lanzados. En verdad, a la mayoría de
nosotros las circunstancias
trascendentales nos llegaron junto con
el acné juvenil y la jubilosa angustia
que llaman juventud. Hoy un baile, un
retozo carnal y una ilusión, mañana una
convocatoria a cosas más serias. Pasamos
de los juegos a los asuntos. En todo
ello ahora podemos reconocer matices,
llegados a los incordios de la llamada
tercera edad.
No dudo que mi contemporáneo Frémez
descubriera su voluntad artística
leyendo comics, como yo, como
tantos. Éramos admiradores de Tarzán, de
Steve Canyon, de Dick Tracy, en nuestras
manos cayó como al descuido una entrega
de El príncipe valiente y creímos
que Harold Foster era más grande que
Picasso. Accedimos a "otros mitos, otros
ritos" sin saber la existencia de Gillo
Dorfles, antes de hacernos personas que
se tomaran en serio no ya la vida, sino
a sí mismos. Quizá por eso hemos
mantenido una posibilidad irónica y
sonriente, que consiste en estar dentro
de la página y fuera de ella, dentro y
fuera del cuadro, expresar las ideas en
globitos, acudir a onomatopeyas como
¡zas!, ¡pum!, ¡zzz!, ¡plaff!, hallarle
el envés a todo sin que eso impida que
llegado el momento de la verdad, nos
zambullamos en ella. Sin soslayar la
necesaria gravidez, somos adversarios de
la solemnidad de tiempo completo, que se
traduce en retórica, la cara de póquer
de quienes consideran que la tiesura les
da mayor significación. Sabemos que
parecer un papier maché barnizado
no aporta mucho y hasta en nuestros
respectivos funerales estaremos viéndole
el aspecto descacharrante a la ocasión
y, por supuesto, asistiremos contra
nuestra voluntad.
Lo dicho, que parece un rodeo, resulta
imprescindible para comprender el tipo
de arte que ha marcado la trayectoria de
José Gómez Fresquet. Arte de la
observación y de la síntesis, que
esquiva meandros y circunloquios para
buscar la suma significante. Del
contenido, su símbolo. Del discurso, la
frase que sin devenir slogan machacón lo
acerque a los más para que se sacudan la
enfermiza cotidianidad y la manía de
llevar a pasto diario lo trascendente a
fuerza de repeticiones, la peor
banalización.
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Arte de impacto, que inquiete y alerte.
Un arte que no conoce terrenos vedados y
entra en el juego con ánimo de
subvertirlo. En todo ello, nada más
indicado que trocar los símbolos, hacer
que, como nosotros, como todo, se
conviertan en materia combustible.
Nuestra formación principal nos fue dada
por la pupila sedienta de novedades. Una
búsqueda incisiva que no reparaba en
tradiciones y en clasicismos porque
sumaba experiencias, un acontecer sin
tregua ni aviso. ¿Quién ha visto que
cuanto nos sucede pueda tomarse por
tradición? Sería como volvernos de
piedra, santificado sea nuestro nombre.
Frémez, más que otros creadores cubanos,
no ha buscado espacio en los museos, o
lo ha pensado poco. Esta exposición le
crea inconvenientes a su ansiedad de
irreverente perpetuo. "Despierta,
Frémez, has llegado al museo", equivale
a "con la Iglesia hemos topado,
Sancho". Una diferencia atenuante queda
entre visitar el templo y creerse
templario
—entiéndanlo
rectamente—.
A ti, Frémez, te revientan los santones,
la iconografía hierática y carcamal, la
grandilocuencia de púlpito, el aire de
parroquia en mañana de oficios. La
extrema solemnidad te provoca una
desmerengante trompetilla. Tu obsesión
es la del movimiento y la búsqueda, y
dejarte de clasificaciones propias de
quienes, sin etiquetas, mueren. Ellos
son sus etiquetas. De etiquetados andan
por la vida y se duermen, orondos, en la
primera fila. Eso no es lo tuyo.
Hace unos añitos
—
¡ñooó, cuatro décadas!
—
escribí sobre las primeras subversiones
saludables de Frémez, que le sirvieron
para desentrañar una maraña de símbolos
aparentemente ingenuos. Eran los
símbolos del adversario, asimilados como
parte de la tradición, relamidos y
digeridos como la trigueña y la rubia
verbeneras que nos dan el opio con tal
gracia que no nos podemos resistir. Esos
símbolos vivían con nosotros, estaban
con nosotros, sembrados en el
subconsciente desde la infancia. Tenían
la bendición de la costumbre y nadie
imaginaba la posibilidad de verles una
cara oculta. Eran alimento e idea,
instalados en recurrencias inadvertidas.
Debimos aprender a no ser ellos cuando
un saludable ventarrón los puso en
solfa. De pronto aparecían como
injertos, cuerpos ajenos instalados en
il palato
—lo
del paladar suena a resbalón—
y la membrana del tímpano, la ropa que
nos cubría y el zapato que calzábamos.
Para sanarnos de tal intoxicación no
bastaba la teoría. Eran los prodigiosos
años de Marcuse, Eco, McLuham, Dorfles,
Mattelart, Fanon, Malcolm X, una
estantería enfrentada a códigos
posesionados de nuestro organismo.
Aunque llegaran muy documentados, poco
hacían los alegatos teóricos. Incluso
los sesudos razonamientos que
desentrañaban aquella naturaleza adversa
quedaban en metalenguaje de iniciados,
ritual de aulas que todavía resuena en
la expresión de algunos "apocalípticos a
un tiempo que integrados"
—ese
animal también existe—,
ahora como soliloquio de un coro que
reitera los "hallazgos" que MacLuham
retrató como "masaje sin mensaje": más
de lo mismo, rizar el rizo. Poco dado a
los retruécanos exploratorios, Frémez
fue de los primeros en soslayar las
teorías y meterle manos a la obra.
Subvertir el símbolo fue su palabra de
orden. No se trataba de codificar
fenómenos de comportamiento, negarle
importancia a la factoría Dysney o
presumir que nos resultaba ajena, ni
acogernos a una muy ofrecida "nueva"
estructura de pensamiento sin
tropicalizar, desde una presunta bondad
que resultó más ajena que la maldad
descrita. Todo eso podía calmar el
sloganismo burocrático, no la
inquietud de un artista con voluntad de
servicio real, no oratoria.
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En mi texto de entonces, "Frémez, los
símbolos estallan" (revista Bohemia),
a través de las exploraciones del
artista repasaba mis propias
indagaciones. Juntos vivíamos una
experiencia que traducía una
encrucijada. Estábamos a prueba, no
frente a otros, sino ante nosotros
mismos. Cuestionábamos nuestros valores
constitutivos. Nuevas razones desvelaban
nuevas motivaciones, otras lecturas. No
conozco una aventura más seductora, un
reto mayor. Frémez le dio el frente
volviendo de revés los símbolos. A eso
me referí en el texto. Han pasado cuatro
décadas. El persistente Frémez ha
recorrido técnicas y labores,
experimentos, gigantografías, pareos de
imágenes contrapuestas. El suyo es un
enjuiciamiento que no cesa, ocurre ante
los ojos del espectador, le propone
enigmas que lo implican, preguntas que
debe responder. Pero no puede hacerlo
sin que cada abordamiento resulte un
hecho artístico. Conoce el deslavazado
camino de las consignas, su condición
feble si se trata de arte. Ahí radica la
razón de su eficacia. Esta muestra lo
evidencia.
Hablé de vocación de servicio y pudiera
pensarse en el tan socorrido "deber
cumplido", que en ocasiones es armazón
sin cuerpo, ritualidad de ocasión. Debí
precisar que el servicio a que aludo es
el propio cuestionamiento del
artista-persona. La formación de Frémez
fueron sus dudas y afirmaciones,
negaciones, avances, retrocesos. Como
artista gráfico, su entorno es lo que la
mirada y el entendimiento hacen suyo y,
una vez apropiado, integra su
sensibilidad. Ergo, su
cuestionamiento es su fuerza, nacida de
sucesivas superaciones. Representémonos
el debate como el de alguien que pone
sobre la mesa sus fetiches y abalorios,
los somete a un análisis nunca antes
ocurrido, les niega significación o se
la atribuye según la observación a
través de un prisma radicalmente
diferente al utilizado antes. Lo hace
Frémez, artista afrontado a sus propios
iconos formadores. Ha sido la motivación
y la esencia de su trabajo durante medio
siglo. La obra que ahora vemos,
seleccionada y subrayada con las
seducciones de esta muestra, coloca ante
nuestros ojos una existencia, sus
riesgos, sus pasiones. Por él y por sus
fetiches ha pasado una vida exigente,
irrepetible, con gratificaciones y
reveses. Estas paredes sintetizan esa
vida, un aprendizaje, el agónico
ejercicio del artista que al cuestionar
se cuestiona. Esta exposición asevera lo
escrito: los símbolos estallan.
Texto publicado en
Cubaliteraria. |