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La muerte de José Gómez Fresquet
(Frémez), es un batacazo para la cultura
visual cubana. Reconocido maestro del
diseño, hacedor de caricaturas, de
grabados, revolucionario en no pocos
aspectos de la concepción del arte
popular, este hombre afable dejó una
importante obra plástica y humana. Sobre
él, uno de sus amigos y colega, Manuel
López Oliva, conversó con La
Jiribilla.
¿Consideras que Frémez entremezcló lo
más popular en las artes gráficas con
expresiones vanguardistas?
Como venía del campo de humorismo
gráfico (marcado en la
juventud por la modernidad de estilo
implícita en la caricatura de opinión
desplegada por su tío Fresquito Fresquet
y otros en El Pitirre y Zig
Zag ), Frémez llega al mundo de la
visualidad con la percepción satírica
inherente a su pueblo y una normal
relación con lo que tú
llamas “expresiones vanguardistas”. Así,
cuando ya en la “década prodigiosa” (que
para nosotros fue también épica y
justiciera) pasa a laborar en el diseño
propagandístico y editorial, traía
consigo un enfoque normal sobre el uso
funcional y significativo de los
recursos formales y compositivos
aportados a esa manifestación por la
constante renovación acaecida en las
artes plásticas. De ahí que desde el
inicio de su condición diseñística,
asumiera lo que le aportaban la pintura,
el dibujo, la fotografía y el caudal
profesional del diseño, que era avanzado
en lo conceptual y en lo tecnológico.
Puede afirmarse que los rasgos populares
de su psicología personal y el tener que
responder a las solicitudes de una etapa
de proyectos de inspiración popular,
junto al uso lógico de la modernidad de
los medios visuales del oficio, hicieron
de él
—desde
el inicio—
una suma de lo popular de la gráfica con
la dinámica renovadora de lo artístico.
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¿Qué
aportes consideras que le hizo al
diseño?
Los aportes en el diseño a veces son más
modos específicos de empleo, que
invenciones de estilo. No es lo mismo
imaginar en el arte plástico, que hacer
lo que es propio de un buen diseñador
visual: responder imaginativamente a
requerimientos comunicacionales. Esta
última, que fue la razón existencial del
trabajo en Frémez, lo condujo a opciones
interesantes donde se notaba el contacto
con las posiciones estéticas nuevas de
su tiempo y la búsqueda de una
racionalidad atrayente en las propuestas
desarrolladas. Podrían señalarse aquí
algunos ejemplos al respecto: la
síntesis certera en blanco y negro que
caracterizó su concepción de diseño para
impresión directa en la célebre revista
RC; el ordenamiento entre
espacios espectaculares y estimulantes
sensoriales propio de la exposición del
Tercer Mundo concebida en el
Pabellón CUBA cuando la Conferencia
Tricontinental; esa conjunción muy suya
de lo tradicional de la gráfica con el
fotografismo inherente al Pop Art, y la
tendencia (que para algunos podría ser
híbrida) de unir representación
sugerente y mensaje evidente dentro de
las alternativas que utilizó en las
distintas tareas de diseñador que tuvo
que asumir.
¿Cómo
valoras su trabajo en diversos puestos
de promotor cultural?
Hablar de Frémez no es referirse a un
ángel, ni tampoco a uno de los típicos
seguidores de Satanás. Frémez era ángel
y diablo a la vez. Por eso todo su hacer
en funciones que trascendían los límites
de la profesión de artista-diseñador,
resultó contradictorio, complejo,
desigual. Y es así como debe
valorársele.
Pero como creo en la visión martiana de
mirar más a la luz del sol que a sus
manchas, considero justo decir que
Frémez no solo marcó con su
personalidad su trabajo en entidades
estatales de la cultura, en talleres y
en la Asociación de los artistas
plásticos, sino que igualmente convirtió
su saber y sus relaciones con esferas de
la sociedad en un instrumento mixto que
sobrepasaba fines promocionales del
arte, para entrar también en los
dominios de la utilidad pública y en las
funciones educativas inherente a la
cultura visual.
El
aspecto humano de Frémez es el cariz que
se tiene en cuenta cuando de él se
habla, ¿siempre ha sido así, desde los
años 60 cuando estrenó sus armas en el
arte?
En un artista no siempre resulta fácil y
preciso referirse a su aspecto humano.
La historia está llena de ejemplos de
creadores cuya disposición cotidiana
como ser humano no siempre ha sido la
misma, o ha sido vista de muy diferente
modo por gentes que han tenido
relaciones de algún tipo por ellos.
En el caso de Frémez habría que decir
que ese "cariz" humano era un componente
casi biológico de su ser. Solía ser como
era, sin barnices “intelectuales” o
comportamientos socarrones, y así tratar
a los demás. Era afable y “jodedor”
(como se dice a nivel popular) en el
trato con los demás, sin distinguir
escala social o jerarquía ejecutiva del
interlocutor. Y tuvo siempre una
preocupación esencial porque las cosas
de la realidad adquirieran cierta
belleza y dimensión cultural, lo que
hiciera de ellas un importante factor
para la formación del gusto y el
espíritu de las gentes. Todo eso, y su
coincidencia con los vectores positivos
del proceso histórico donde todos los
cubanos hemos vivido desde 1959, ha
valido para que siempre se le
reconociera una indudable vestidura y
proyección humana.
¿Qué
parte de su obra estimas es más
trascendente?
Hubo dos momentos en los cuales Frémez
se manifestó con fuerza y acto de
permanencia en el arte visual cubano.
Cuando frente a criterios retardatarios
presentó obras serigráficas en el
valioso concurso-exposición de grabado
que efectuaba anualmente la Casa de las
Américas; y cuando también allí se
apareció después con una serie realizada
en offset, que de alguna manera
completaba su esencial entrega de
entonces: darles a los resultados
plásticos de la moderna tecnología
publicitaria el mismo valor estético y
reconocimiento de género que tenían los
impresos de la gráfica ya histórica.
Aunque él no era el único que lo hizo
entonces
—hubo
otros diseñadores cubanos (como Félix
Beltrán y los cartelistas del ICAIC) que
se inspiraron en propósitos equivalentes—,
hay que decir que fue José Gómez
Fresquet quien asumió el reto de poner
las visiones deliberadamente artísticas,
hechas en serigrafía y en impresión
indirecta, al mimo nivel de función y
contemplación que la litografía, el
grabado en metal y la xilografía. Eso,
que ya tenía curso normal en otros
países, lo inauguró él en los medios
cubanos de arte de inicios de los años
setentas. Las series derivadas de esa
línea suya de expresión, cada vez más
combinada en términos poligráficos y de
imagen, constituyen la credencial
estilística que lo fija en la memoria
cultural de Cuba, y que de cierta manera
explica su labor circunstancial de
cuando dirigió el Taller Experimental de
Gráfica de La Habana.
Cualquier otro aspecto que desees
abordar....
Mi valoración sobre Frémez parte de la
vivencia y la observación. Coincidimos
en el colonial Palacio del Segundo Cabo,
cuando allí radicó el Consejo Nacional
de Cultura: en tanto yo laboraba con
Margarita Ruiz en la Dirección de Artes
Plásticas de esa entidad, él era
director de Divulgación y “capitán” de
un equipo de valiosos artistas
(César Mazola, Rolando de Oráa, Aldo
Menéndez, César Leal, Ricardo Reymena y
otros) que allí enriquecieron los
caminos del diseño cultural. Ya me había
correspondido valorar, desde las páginas
de Granma, su aporte renovador de lo
gráfico exhibido en la nombrada
Exposición de La Habana, de Casa de las
Américas. Y luego tuve muchas ocasiones
de tratarlo; y aunque no siempre
coincidí con él ni aprobé lo que hizo,
teníamos determinado nivel de
comunicación profesional que se basaba
en el entendimiento de las
interrelaciones posibles entre arte y
diseño, en admitir el carácter de
servicio que puede tener en la
historia la cultura visual legítima, y
en creer ambos que la lógica y
planificada acción de colectivos
artísticos con sólida formación y estilo
era lo acertado en ciertos hechos
espectaculares y simbólicos del “arte
público”. |