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El
juego, el noble juego que regresa, para
terminar la partida de este ajedrez sin
fichas negras o blancas, compuesto solo
del entramado urbano de cuatro ciudades
de la “Isla brillante” frente a los ojos
de un poeta que quiere visitar a Nuestra
Señora de la Caridad del Cobre, él es
Thomas Merton, ustedes lo saben, y
durante cuatro artículos hemos rumiado
sus andares. Se deslumbra, se equivoca,
ve reinos, paraísos por todas partes,
exulta en una ciudad, se recoge en otra,
para al final salir decepcionado y mudo
de la visita a la Virgen: una mujer de
negro se interpone entre él y la mambisa
y no lo deja hablar, y lo que es peor no
lo deja escuchar. Pareció que todo el
viaje hubiese perdido sentido y
sustancia, que el peregrino cambió capa
y cayado por la botella de agua “pura”
del turista, que es la perversión
contemporánea del viajero.
Si
todo el viaje se reduce a comida
abundante, ruidosos ómnibus, misas por
doquier, un camarín de santuario y una
gaseosa en el pueblo minero del Cobre,
Merton fracasó. Pero el discípulo nunca
es mayor que el maestro, y el joven
poeta debió pasar, con amarga sorpresa,
claro está, por la verdadera senda del
peregrino que es el abandono y el
fracaso. Sus armas, sus premios, su
estandarte están ahí. Imaginemos por un
instante la escena: A pesar de escuchar
el Kyrie “en una de las chozas”
del pueblo —aviso obvio, petición
tranquila a morir— Thomas no resiste la
sensación del derrumbe y a pesar de que
dice “Regresé a Santiago”, una
respira, intuye, que tras la lacónica
frase lo que se lee es “Espantado
regreso, frustrado retorno”. No fue
suficiente que la Virgen de la Caridad
se escondiera, no se dejara ver nunca
tras los ceibos de la estrecha carretera
central, no fueron suficientes los
rosarios y las ganas enormes del
encuentro, no bastó el esfuerzo y la
elección —recuerden que Merton tuvo que
decidir entre viajar a México o Cuba, y
eligió la ínsula—, no bastó la
exaltación ni el temblor, no fue
suficiente que alterando todo realidad
el peregrino transfigurara a Cuba y casi
la convirtiera en la civitas dei
agustiniana, no bastó el silencio.
De pronto se ve almorzando en la terraza
del Hotel Casagranda. Todo ha terminado.
Pero…” la Caridad del Cobre tuvo algo
que decirme”, exclama y regresa el
tono alto el discurso, le entrega un
poema, “el primer poema que jamás
había escrito”, el que “señalaba
el camino a otros muchos poemas”, el
que “abría la puerta”, el que le
“hacía tomar un rumbo cierto y
directo que había de durar varios años”.
Santiago de Cuba, Cuba, un tema
cubanísimo, es el manantial desde donde
comienza a brotar la torrentera enorme
de la obra de Thomas Merton, poeta
norteamericano de los más importantes de
su siglo, por muchos considerado además
“un gran maestro espiritual”. Nudo que
enlaza la historia de la cultura, que es
la historia de un pueblo, de ese país
con la nuestra. Sello pétreo. Marca
indeleble. “Canción para Nuestra
Señora del Cobre” monumento alto,
secuoya enorme plantada en la Isla.
Desde
el primer día anunciamos que hablaríamos
de contemplación, de experiencia
mística, de alto vuelo del espíritu. Y
eso hemos hecho. El recorrido por la
Cuba de 1940, el acompañamiento a Thomas
Merton en su aventura literaria, nunca
debe alejarse de la comprensión y la
aceptación de que quien nos interpela es
un místico cristiano, hijo de la
tradición monacal occidental. Aun cuando
su visita a Cuba y el poema cubano son
anteriores a su entrada a la Abadía
Trapense de Gehtsemaní (Kentucky, USA),
no se olvide que es allí donde el poeta
escribe su autobiografía, La montaña
de los siete círculos, que como
dijimos es la fuente más confiable desde
donde se puede ver una Cuba más cercana
a la que realmente era y no a la de los
Diarios, hijos del improntus
y la emoción de un peregrino que le urge
escuchar y ser escuchado. El de La
Montaña… es un joven monje que ha
empezado a pasar su vida por el filtro
de la experiencia monacal, que es una de
las más revolucionarias a las que puede
aspirar un ser humano, una experiencia
de profunda transformación en la que
todo toma su lugar y en la que “el
hombre interior” se expresa, desborda y
contagia a la “carne”, es la experiencia
de aproximación del Paraíso, donde el
ser humano alcanza la plenitud y la
hombría verdadera, que algunos Padres
Apostólicos vislumbraban como realidad
futura, posterior a la parusía.
Démosle la palabra al propio Thomas, así
veía él a La Montaña… en 1963,
cuando se publicó la edición japonesa.
Es
mi intención hacer de mi vida entera un
rechazo y una protesta contra los
crímenes y las injusticias de la guerra
y de la tiranía política que amenazan
con destruir a toda la raza humana y al
mundo entero.
A
través de mi vida monástica y de mis
votos digo
NO
a
todos los campos de concentración,
a
los bombardeos aéreos,
a
los juicios políticos que son una
pantomima,
a
los asesinatos judiciales,
a
las injusticias raciales,
a
las tiranías económicas,
y
a todo el aparato socioeconómico que no
parece encaminarse sino a la destrucción
global a pesar de su hermosa palabrería
en favor de la paz.
Hago de mi silencio monástico una
protesta contra las mentiras de los
políticos,
de
los propagandistas y de los agitadores,
y
cuando hablo es para negar que mi fe y
mi iglesia puedan estar jamás seriamente
alineadas junto a esas fuerzas de
injusticia y destrucción.
Pero es cierto, a pesar de ello, que la
fe en la que creo también la invocan
muchas personas que creen en la guerra,
que creen en la injusticia racial, que
justifican como legítimas muchas formas
de tiranía.
Mi
vida debe, pues, ser una protesta, ante
todo, contra ellas.
Si
digo que NO a todas esas fuerzas
seculares, también digo
SÍ
a
todo lo que es bueno en el mundo y en el
hombre. Digo SÍ a todo lo que es hermoso
en la naturaleza, y para que éste sea el
sí de una libertad y no de sometimiento,
debo negarme a poseer cosa alguna en el
mundo puramente como mía propia.
Digo SÏ a todos los hombres y mujeres
que son mis hermanos y hermanas en el
mundo, pero para que este sí sea un
asentimiento de liberación y no de
subyugación, debo vivir de modo tal que
ninguno de ellos me pertenezca ni yo
pertenezca a alguno de ellos.
Porque quiero ser más que un mero amigo
de todos ellos me convierto, para todos,
en un extraño.
Regresemos a la estancia cubana. Thomas
Merton deja Santiago de Cuba con
verdaderos tonos de exaltación,
tranquila, eso sí, de gozosa sorpresa y
entra en La Habana, una ciudad de
puertas abiertas, al menos para él. Ya
no solo le parece que el cafetín, la vía
pública y la casa se desbordan, se
confunden, se mixturan, sino que también
las iglesias entran en ese trasvase.
Dice: “las puertas —de las
iglesias claro está— permanecen
abiertas mientras se celebra la misa y,
por desgracia, los asistentes perciben
también todo el ruido y la actividad que
se está desarrollando fuera, en la
calle: el sonido de las campanadillas de
los trolebús, las bocinas de los
autobuses y los gritos agudos de los
chicos de los periódicos y de los
vendedores de billetes de lotería”.
Ciertamente la nuestra es una ciudad con
demasiado ruido por todas partes, pero
veremos qué es lo que le depara entre la
bullanga y la confusión. Una broma, uno
de esos chistes en los que el sentido
del humor de lo divino se expresa.
Ciertamente no hay carcajada, pero sí
fina ironía, delicadeza en la sorna.
Thomas Merton se va a misa a la Iglesia
de San Francisco, que según Cintio
Vitier, no es la que conocemos hoy, sino
otra que ya no existe. Es domingo y “un
vendedor de lotería se paseaba arriba y
abajo fuera del templo anunciando su
número con la voz más fuerte y aguda que
escuché en toda Cuba, y Cuba es un país
en que se habla en voz alta. “Era un
número que sonaba muy bien:
Cuatro mil cuatrocientos CUA-TRO;
Cuatro mil cuatrocientos CUA-TRO.
“Lo repetía una y otra vez, añadiendo de
vez en cuando un chillido casi
ininteligible que tal vez tenía algo que
ver con san Francisco: probablemente que
a san Francisco también le gustaba este
número.”
Primero bromea Merton, quizá contagiado
por el choteo cubano, solo que la “broma
colosal” está por llegar. Examinemos el
número o los números. En Cuba el billete
de lotería, la bolita, la charada,
siempre ha sido visto en sentido
cabalístico, la gente busca esos números
en el sueño, el accidente, la
insinuación, donde quiera que pueda ver
o crea ver una señal; los vendedores de
billetes siempre fueron vistos como
agentes del misterio, de la sombra,
dotados de una rara conexión con el “más
allá”. Y por ahí comienza la broma, el
poeta cree que la hace en alusión al
santo y su posible disfrute del número,
pero la broma no está fuera sino está en
el número o la combinación. La broma se
la hacen a Tom, aunque piense lo
contrario.
No
pretendo desviarme demasiado, pero si
damos una revisión al cuatro como
símbolo comprenderemos que broma y de
que juego se habla hoy y en las pasadas
semanas. Cuatro es el número de la
totalidad, pariente del cuadrado y de la
cruz, que es el cruce de un meridiano y
un paralelo que divide la tierra en
cuatro sectores, cuatro es plenitud y
universalidad, cuatro letras tiene el
nombre de Dios (YHVH), cuatro los
evangelistas, cuatro letras tiene el
nombre del primer hombre (ADÁN), cuatro
simboliza la tierra… etc. No los abrumo:
en un buen Diccionario de Símbolos, como
el de Chevalier, que está en la
Biblioteca Nacional, podrán encontrar su
amplia significación.
Regresemos a los sucesos. Thomas Merton
llega a la Iglesia de San Francisco y un
vendedor de billetes no se cansa de
repetir esa combinación de cuatros que
es el número cuatro mil cuatrocientos
cuatro. Comienza la misa, durante la
epístola llegan unos niños que ocupan
los primeros bancos acompañados de un
fraile, y terminada la consagración los
infantes proclaman el Credo, es decir el
símbolo de su fe, era “una gran
aclamación que salía de todos aquellos
niños cubanos, una gozosa afirmación de
fe”.
“Luego, tan pronto como la aclamación, y
tan definida, mil veces más brillante,
se formó e mi espíritu una conciencia,
una intelección, una comprensión de lo
que acababa de celebrarse en el altar,
en la consagración: de la consagración
en una forma que Le hizo pertenecerme.”
En el
diario hay descripciones de los objetos,
de la ceremonia, en la autobiografía se
centra más en la luz, en la calidad de
la luz, en el deslumbramiento y termina
afirmando:
“El Cielo está aquí, enfrente de mí. ¡El
Cielo, el Cielo!”
En
medio de situaciones y luces ordinarias,
de sueños despierto, en La Habana,
rodeado de una ciudad exaltada y
rugiente, este muchacho tiene la
sensación y la certeza de la posibilidad
del Paraíso, se le ha acercado un reino
que hasta entonces era solo deseo,
intuición o ejercicio intelectual.
En la
autobiografía, tan útil para observar la
escenografía cubana, no encontramos los
datos del suceso o los vemos mediados
por la crítica y el error de entender
que la mística o la experiencia mística
es un asunto directamente proporcional a
un entrenamiento de oración, por eso
habla de los diferentes tipos de ella, y
no se centra en la experiencia
esencialmente gratuita y generosa.
Vayamos al diario: “directamente ante
mis ojos, o directamente presente a
cierta aprehensión u otro yo que estaba
por encima del de los sentidos, estaba
al mismo tiempo Dios en toda su esencia,
todo su poder, Dios en la carne y Dios
en sí mismo y Dios rodeado por los
rostros radiantes de los miles, de
millones, del incontable número de
santos que contemplaban su Gloria y
alababan su santo Nombre. La
inquebrantable certeza, el conocimiento
claro e inmediato de que el cielo estaba
directamente frente a mí, me sacudió
como un rayo, me recorrió como un
fogonazo de luz y pareció despegarme
limpiamente de la tierra”.
Este
“fogonazo de luz” es la broma, la divina
ironía. Un hombre viene a buscar a la
Caridad del Cobre, tienes cosas que
hablar con ella, cosas que escuchar de
ella, y camina, más no la encuentra.
Regresa frustrado, quizás dolido y hasta
resignado, y es entonces cuando se le
muestra el verdadero sentido de su
peregrinación, de su juego. Dios es
quien andaba en su búsqueda, Dios es
quien le hace el juego, un Dios que a
parir de allí Thomas Merton entenderá
que el hombre se pierde solo para ser
encontrado por Él.
Final
del viaje cubano. Quizás en otra ocasión
volvamos a Thomas Merton. Este es apenas
el inicio de su juego. Nunca más regresa
a Cuba, sin embargo sus vínculos con la
Isla son múltiples y sustanciosos, a
través de su discípulo nicaragüense,
Ernesto Cardenal, mantendrá una extensa
e intensa correspondencia con Cintio
Vitier, Fina García Marruz, Eliseo
Diego, Octavio Smith y otros poetas
cubanos; se mantuvo pendiente de la Cuba
revolucionaria, él que sería más tarde
precursor del dialogo católico-marxista.
Escribió mucho y bueno, pero nunca
olvidó aquella canción primera escrita
en la “Isla brillante”.
Artículos anteriores:
•
Thomas Merton en la isla brillante (I)
•
Thomas Merton en la isla brillante (II)
•
Thomas Merton en la isla brillante (III)
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