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Bajo la advocación de Julio el
Cuentista, Cortázar el Susurrador de
Historias, o, simplemente, Julio
Cortázar, ni más ni menos que uno de
los narradores más fuertes de los Reales
Territorios de La Mancha, podría
remitirme a la memoria de mis lecturas
recientes —los relatos que, al aspirar
al premio que se sirve del nombre del
creador de Rayuela, me tuvieron
ocupado durante un par de semanas— y
afirmar que esa especie de intensa
travesía fue, entre otras cosas, una
confirmación: la de que el cuento cubano
(vale decir: los relatos que lo
representan mejor) es mucho más maduro
que antes (en todo sentido), pues ha
“crecido” buscando una especie de
“seriedad” ajena a las poses, los
experimentos gratuitos y los golpes de
efecto (que, como se conoce, son de
varios tipos). Se trata de una escritura
que abandona poco a poco la ingenuidad,
que se concentra en lo literario y, sin
olvidarse de la vida, hurga en sus
problemas acaso de manera más grave, más
consciente.
(El premio, claro está, tiene carácter
internacional, pero salta a la vista que
la principalía se queda en casa. Las
razones son varias y no vienen al caso.
Baste decir que son los narradores
cubanos quienes más atención le prestan
al certamen, hecho que no ha dejado de
ser lógico a lo largo de estos años.)
Los jurados primero intercambiamos
impresiones por teléfono y después
fuimos anotando frases, dibujando cifras
y apartando la hojarasca definitiva, y
más tarde nos sentamos juntos casi con
la misma actitud que tienen los
jugadores de póquer. Pero debo aclarar
que no hacía falta poner cara de póquer,
aun cuando mi costumbre es la de
calificar los textos con números del 1
al 5, introduciendo matices
representados por los signos – y +.
Desde el principio, y sin que nos
viésemos personalmente, estuvimos de
acuerdo en que “Los gatos de Estambul”
era el cuento.
Cuando se lee, a cierta velocidad, un
gran número de historias, uno debe
confiar en el instinto, en la
recolocación de los sentidos, y
resultaba evidente que ese cuento de
Rogelio Riverón merecía el premio. Al
revés de lo que suele suceder, teníamos
un ganador y debíamos encontrar a los
finalistas.
Ya no soy un lector de Julio Cortázar.
Lo fui en los años 80, cuando perseguía
sus libros. Ahora más bien pienso en las
ideas que, sobre el cuento, “salen” de
su obra. Me refiero a los sedimentos de
su magisterio, que continúan vigentes.
Aclaro estas cosas para referirme, de
inmediato, a una circunstancia: de
formas distintas y a veces opuestas, los
siete textos consignados en el acta del
jurado dialogan con ese magisterio. Los
siete, observados como el conjunto que
han venido a representar, se apartan del
realismo al uso y cortejan, desde
ángulos a veces rivales, esa forma de
la realidad que se encuentra debajo de
lo real.
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Una última cavilación:
el relato de Gina
Picart, “El príncipe de los lirios”,
posee una soberanía lingüística
envidiable y despliega un erotismo
atmosférico de gran empaque. Tiene los
trazos y los colores de Klimt y la
“melancolía” de la mirada cultural
puesta al servicio del cuerpo.
El de
Rafael de Águila, “Wagner y los
cabrones”, es una insólita muestra, de
índole alegórica, de la distinción ética
que nace no en la política, ni en las
chaturas de la ideología, sino en eso
que, con relativa pobreza, llamamos “lo
humano”.
El de Orlando Luis Pardo,
“Todas las noches la noche”, constituye
una sinuosa y afilada revocación del
tiempo “exterior”, desde donde se fuga
la angustia y desde donde, además, el
individuo empieza a “producir” su propia
libertad interior, que es la mejor de
las libertades posibles.
El de Eugenio
Marrón, “En un reino de achicorias”,
es una notable ensambladura de tiempos y
espacios en función de un sentimiento
inasible e inefable: el que emana de la
música y la personalidad del artista.
“El
mundo será para mí”, de la escritora
argentina Marina Porcelli, consigue
aposentar con precisión un drama íntimo
y femenino —la búsqueda de una
certidumbre, de un sendero visible— en
un espacio gobernado por alucinación y
la pérdida.
Un saldo estupendo, ¿no es cierto? |