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Hace pocos días se dio entrega del
Premio Iberoamericano de Cuento Julio
Cortázar que se otorga cada año y que
concede además de un Premio, una Primer
Mención y otras menciones. En esta
ocasión,
el jurado, integrado por los escritores
Jesús David Curbelo, Alberto Garrandés y
Cira Romero seleccionó como Primera
Mención del certamen el cuento "El
príncipe de los lirios" de la escritora
cubana Gina Picart que al decir de uno
de los miembros del jurado, "posee
una soberanía lingüística envidiable y
despliega un erotismo atmosférico de
gran empaque. Tiene los trazos y los
colores de Klimt y la “melancolía” de la
mirada cultural puesta al servicio del
cuerpo".
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Licenciada en Periodismo por la
Universidad de La Habana, Gina Picart
comienza su carrera oficial como
escritora con la publicación de su ópera
prima La poza del Ángel, libro de
relatos con el que obtuvo el Premio
David de Ciencia Ficción en 1990. Con
este mismo volumen obtiene
posteriormente
los premios Pinos Nuevos 1993 y
HabanaFicción 1998.
Sus relatos han aparecido
fundamentalmente en antologías de
narrativa femenina cubana aunque
con escasa presencia en recopilaciones
temáticas y generacionales, debido a que
sus narraciones no pueden clasificarse
siempre dentro de un género definido. Ha
incursionado también dentro de la
crítica literaria y el ensayo. En el
2006, obtuvo el premio de ensayo Luis
Rogelio Nogueras con su libro La
poética del signo como voluntad y
repesentación, un estudio de
hermenéutica simbólica sobre la
narrativa de su compañero generacional
Alberto Garrandés.
El cuento galardonado en esta ocasión,
forma parte del libro El reino de la
noche, el cual está integrado por
seis noveletas sobre la vida de mujeres
reales e imaginarias de diferentes
épocas y lugares, entre ellas Elizabeth
Siddal, la musa de los pintores
prerrafaelitas y la poeta irlandesa
Liadam de Corkaguiney.
Con la autora tenemos el placer de
conversar a propósito de este premio.
Usted ha obtenido en su carrera autoral
varios premios literarios: entre otros
pueden citarse el
Premio David de Ciencia Ficción 1990,
Premio Pinos Nuevos 1993,
Mención Luis Rogelio Nogueras 1998,
Mención UNEAC de Novela 2003
y ahora la primera Mención del Cortázar.
Para usted como escritora, ¿qué
importancia tienen estos certámenes y
particularmente qué representa haber
obtenido esta Mención Cortázar 2007?
La historia del arte ha demostrado que
los premios no significan mucho. Son
peldaños en una carrera y ocasiones para
ganar dinero con lo que a uno le gusta
hacer. Dan prestigio social y editorial,
abren puertas, pero no garantizan la
verdadera trascendencia ni la grandeza
de un creador, y mucho menos protegen
contra el olvido. A veces los ganan
escritores que realmente merecen ese
calificativo, pero de cualquier modo un
premio es una fulguración momentánea. En
lo que a mí se refiere, mis experiencias
con los concursos han sido especialmente
amargas. Trato de no pensar en qué han
significado los escasos premios y las
muchas menciones y finalismos que he
obtenido, ni las circunstancias en que
han tenido lugar. Todo ello me resulta
más bien triste. Prefiero pensar en lo
que escribo y en lo que planeo escribir.
Mi trabajo me da ánimo. Sin embargo, hay
un premio que me proporcionó verdadero
placer: el Luis Rogelio Nogueras de
Ensayo de 2005. Lo gané con La
poética del signo como voluntad y
representación, un pequeño
acercamiento a una parte de la obra
narrativa de Alberto Garrandés. La
escritura de esos textos fue un
aprendizaje muy intenso y revelador. El
Concurso Iberoamericano de Cuento Julio
Cortázar es un premio que he intentado
ganar varias veces. Me apena no haber
podido obtenerlo tampoco en esta
ocasión, porque me hubiera gustado
llevarlo a los pies de Catalina Lasa, la
protagonista de
"El príncipe de los
lirios". Catalina es un personaje
singularísimo y archiconocido de la
historia de Cuba y una obsesión
constante para mí. Si desde donde está
puede ver y oír, supongo que ante esta
mención, por muy primera que sea, ella
debe de estar torciendo la boca. Era una
dama muy orgullosa y no me perdonará que
la haya removido en su tumba si no fue
para darle el máximo galardón, como
cuando quedaba reina absoluta en los
concursos de belleza habaneros de los
felices 20.
Esta mención que recién obtuvo lleva el
nombre de uno de los mejores cuentistas
latinoamericanos. ¿Siente algún vínculo
especial Gina Picart con el narrador
Julio Cortázar?
Julio Cortázar fue una persona admirable
en todo sentido. Cuando pienso en él
siempre recuerdo aquella frase —creo que
de Michel de Montaigne—:“Cada cual
cumpla como mejor pueda con su oficio de
hombre”. Cortázar es un ejemplo muy
certero de ese cumplimiento. Los
intelectuales argentinos me asustan un
poco y no lo puedo evitar. Son monstruos
enciclopédicos, humanistas redivivos,
poseen una materia mental fraguada en el
abrevadero de las más grandes culturas
de la Humanidad. Cortázar, como Borges, Sábato, Macedonio, Mujica Laínez y
tantos otros de su país, tuvo un
pensamiento y una curiosidad voraces,
apuntó en todas direcciones; hasta el
budismo estuvo en la mira de su más
profunda atención de vida. Algunos
escritores a quienes rindo un culto
especial se han convertido en personajes
de mis cuentos. Cortázar es uno de
ellos. Aparece, junto con Borges y Poe,
en mi relato "El nombre de la fosa", aún
inédito. Jamás lo conocí personalmente,
pero tengo la sospecha de que, de algún
modo, era cándido. Para mucha gente eso
tal vez sea un defecto imperdonable,
pero para mí es una cualidad hermosa,
algo así como el último vestigio de la
naturaleza angélica que, tal vez, cada
uno de nosotros poseyó en el comienzo.
De usted dijo el escritor Alberto
Garrandés en una ocasión que es "la
única que emprende la aventura de
escribir textos narrativos donde la
mística y la simbólica de varias
tradiciones culturales (las más
conocidas y las más oscuras) se
transforman en ficción y en personajes".
¿Siente usted especial inclinación por
la ciencia ficción o el mundo de la
fantasía?
Mi primer libro, La poza del ángel,
tenía algunos textos de ciencia ficción
y otros fantásticos. Dos miembros del
jurado del David de Ciencia Ficción de
1990 decidieron premiarlo porque le
encontraron calidad estilística y un
modo novedoso de abordar el género, o al
menos eso escribieron en el acta de
premiación. El tercer miembro no estuvo
de acuerdo porque aquello que yo había
escrito decididamente no le olía a
ciencia ficción, sino a otra cosa que no
podía definir con precisión. Nunca me
atrajeron las disquisiciones científicas
en que tanto gusta regodearse ese
género. Siempre me interesaron mucho más
la emocionalidad, las concepciones
filosóficas y las cosmovisiones de
ciertos autores, Bradbury sobre todo.
Pero eso fue solo una etapa, la primera.
Los escritores tienen etapas, como las
tienen los pintores y los músicos y
todos los artistas. Son momentos del
tránsito espiritual de cada individuo.
Nadie es uno y el mismo para siempre,
mucho menos los artistas verdaderos,
quienes viven en una indagación y una
introspección perpetuas. Ya no he
escrito más ciencia ficción y no sé si
vuelva a intentarlo algún día. Es un
género con convenciones demasiado
estrictas y en su universo me siento
como dentro de una camisa de fuerza.
Pero si alguna obra de ciencia ficción
está bien escrita, es literatura y la
leo con placer. Los cuentos de Bradbury
aún ejercen sobre mí la misma
fascinación que cuando los leí por
primera vez. Le sigo siendo fiel. Solo
para quienes abordan la ciencia ficción
de este modo puede convertirse en una
materia muy proteica. Pero es cuestión
de sensibilidad. Eso no significa que yo
renuncie al género ni a sus
potencialidades. Si tengo que entrar a
saco en él para crear una escenografía o
una atmósfera, como hice en Caín en
las entrañas de la noche, lo hago.
Lo hice y lo volvería a hacer si fuera
preciso. Soy una escritora muy
oportunista.
¿De qué autores pudiera decir que tiene
influencias? O ¿Cuáles pudiera citar
como preferidos y por qué?
He leído tanto y saqueado tanto que ya
no sabría decir quiénes me han influido,
quizá porque las marcas más profundas
que haya en mí no sean precisamente de
escritores, sino de filósofos,
humanistas, magos, religiosos,
teólogos... Pero me impresionan mucho
las métricas y ritmos de la poesía
antigua: Homero, los versículos
bíblicos, El libro de los muertos,
el Popol vuh, el Mahabarata,
las canciones de los trovadores
provenzales... Shakespeare ha sido
decisivo. Los clásicos griegos, romanos
y grecohelénicos. Marguerite Yourcenar,
Marguerite Duras, Virginia Wolf,
Lawrence Durrell, Robert Graves, Borges,
Sábato. El nouveau roman y toda la
literatura francesa. El decadentismo,
por ejemplo, es una aventura espiritual
interesantísima. Y alguna poesía. En mi
panteón literario no hay muchas figuras
de primera magnitud. Tengo predilección
por autores que hoy ya nadie recuerda y
que incluso en su época no fueron
considerados como grandes de la
literatura, como Pierre Loti y Roger
Peyrefit. Y por otra parte, no siempre a
uno le gusta toda la obra de un
escritor. De Durrell, por ejemplo, solo
me gusta El cuarteto de Alejandría.
Entre los escritores cubanos han sido
importantes para mí Martí, Carpentier,
Eliseo Diego, Collazo, Vieta,
Garrandés... Hubo un tiempo en que leí
mucho a Dostoievsky y Tolstoi. Hay un
libro bellísimo, muy raro, exquisito,
Los jardines del sueño, de la
princesa Enmanuelle
Kretzulesco-Quaranta. Fue uno de mis
textos de cabecera desde que lo compré
hasta que pasó a manos de personas
inescrupulosas y malvadas, como muchos
de mis mejores libros. Y Libro de los
venenos, del español Antonio
Gamoneda... Pero las preferencias no
dependen solo del gusto, sino de
momentos en la vida, de estados de
conciencia, de expectativas, y todo eso
es muy fluctuante.
¿Cómo valoraría el cuento cubano hoy, el
momento en que se encuentra y sus
vertientes principales?
No soy la persona más apropiada para
hacer una valoración del cuento cubano
hoy, porque la crítica literaria que
hago no es sistemática como en el caso
de Garrandés, Jorge Fornet, Zaida
Capote... No sigo de cerca el trabajo de
los autores nacionales. Ya tengo una
edad en la que uno sabe que no dispone
de todo el futuro en la cuenta del
banco, sino que ha usado (¿y perdido?)
más de la mitad del capital de tiempo
que trajo a este mundo, así que me
limito a leer solo lo que me interesa y
puede serme útil en mis investigaciones
para escribir. Y como lo que yo escribo
exige mucha investigación, no me queda
casi tiempo para leer por placer.
También me agota bastante la búsqueda de
las bibliografías muy específicas que
necesito para hacer mis obras. Estoy muy
ocupada con mi trabajo. No obstante, me
parece que en la literatura cubana
actual, como en todas partes y en toda
época, se corre siempre el riesgo de
tener que enfrentar —y el reto de saber
reconocer— un fenómeno no por reiterado
menos curioso, que consiste en una
especie de habilidad mimética para
imitar la verdadera luz del intelecto,
el verdadero don de creación. Hay quien
la despliega en mayor medida y quien
casi no lo consigue, pero lo
sorprendente es que a pesar de ello
muchas de tales personas navegan
exitosamente en las aguas mansas del
arte nacional, y no se van a pique por
más que publiquen textos cada vez
peores. Pero si tuviera que dar mi
opinión personal, diría que, en general,
el panorama del cuento cubano parece
variado y, hasta donde yo sé, cuenta con
algunos escritores significativos, ya
con una obra muy sólida y muy digna de
respeto, como Garrandés, Riverón, y Ena
Lucía Portela, tres de los autores que
han creado corpus escriturales más
originales, coherentes y homogéneos —que
no es la generalidad entre nosotros,
porque abundan las trayectorias muy
desiguales—, y no sigo mencionando
nombres para no pecar de ignorante o
injusta (en realidad soy desmemoriada).
Los 90 fueron muy preocupantes, pero
afortunadamente los superamos y ahora
hay escritores que ya no están
coqueteando con la crónica periodística
de inmediatez, sino que están
interpretando nuestra realidad desde
ángulos muy interesantes y bastante más
profundos de lo que éramos capaces de
hacer 15 años atrás. Desde luego, una
literatura nacional no se vuelve
espléndida ni reconocida solo porque
cuente con autores verdaderamente
importantes. También deberían jugar su
papel los sistemas de promoción (entre
los cuales se incluyen instituciones,
editoriales, jurados de concursos,
librerías, críticos, prensa y otros),
los cuales, lamentablemente, suelen ser
algo miopes a la hora de respaldar y
promocionar escritores y obras. Sucede
en todas partes, pero entre nosotros
resulta especialmente incordiante,
porque mientras en otros lugares admiten
esto con una sonrisa elegante y te
invocan razones de mercado ¡y hasta
económicas!, nosotros desplegamos
esfuerzos hercúleos para no admitirlo.
Cuando se violenta la verdad —ya sea por
incapacidad profesional, amiguismos o
cualquier otro tipo de intereses— solo
se obtienen frutos empobrecidos.
Lamentablemente es así, pero todo lo que
se puede hacer es tener paciencia y
esperar a que algún día alguien se dé
cuenta. Y seguir trabajando. Para un
escritor solo cuenta escribir con la
mayor sinceridad posible y desde lo más
hondo del alma; así ha sido siempre y
eso nada ni nadie lo puede cambiar. Cada
cual cumpla como mejor pueda con su
oficio de hombre. |