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“El
comunismo real ha muerto, viva el
comunismo ideal”, lanza como propuesta
de provocación Gianni Vattimo en su
libro Ecce Comu[1].
En el volumen, de apenas 118 páginas, el
filósofo italiano traza lo que considera
su “larga marcha a través de las
oposiciones” que le han permitido
transitar hasta la convicción de “volver
a ser comunista”[2].
Tras la parodia nada gratuita de
Nietzsche, cuyas marcas se advierten
sobre todo a la hora de girar en las
proposiciones, asistimos, en efecto, a
un proceso que tal vez se cumpla en
otros con cierta analogía, pero que
Vattimo asume con valentía
característica y sin ambages. De ahí
que, entre otras precisiones, convoque a
“repensar el comunismo como ideal de
sociedad «justa» que, sin embargo, no
puede verse como una sociedad
«perfecta», es decir, definitiva, que
excluya cualquier transformación
ulterior, es decir, cualquier renovación
desde abajo con los medios de la
democracia”[3].
Luego
de cinco artículos de polémica estampa,
Vattimo incluye su intervención ante el
Congreso del Partido de los Comunistas
italianos en Rímini, a inicios de 2004,[4]
en la que abiertamente llama a retomar
el marxismo, dejando fuera el término
“dictadura del proletariado” y
coqueteando un tanto con su sustitución
por un “«liberalcomunismo» que capte las
críticas al dogmatismo de Marx, del que
parten las desviaciones autoritarias del
socialismo real”. Para ello, señala la
necesidad de interpretar nuevamente, en
sentido crítico, la aplicación histórica
del concepto marxista de la “verdad
objetiva de la historia”. Su experiencia
dentro del ejercicio de la política
convencional europea, lo conduce a
aseverar:
“Si
existe una verdad absoluta sobre la
historia, el estado, la naturaleza, es
fatal que se constituya una nueva clase
privilegiada de expertos, de
vanguardias, exponentes del proletariado
«auténtico» incluso contra el
«proletariado empírico».”[5]
Y en
ese vivo pulso del criterio, aplica una
lección marxista a la que no debemos
dejar de atender en el presente, sumidos
como estamos en una carrera por ganar la
condición alienante de proletariado
global ahíto de informatización:
“A la
profecía de Marx sobre la
proletarización progresiva que tiene
lugar en la sociedad de mercado, se
agrega hoy, inédita, también la
proletarización informática, o
simplemente informativa. No solo la gran
mayoría de la humanidad no puede
disponer de los recursos económicos del
planeta, sino que también gracias al
«progreso» tecnológico está sujeta a un
control de su vida privada que no tiene
parangón en las sociedades del pasado.
Los dos aspectos de la proletarización,
como es fácil ver, se enlazan: la
exclusión de la gran mayoría de la
humanidad para el uso de los recursos
(el 15% consume el 85%) impone una
defensa cada vez más militarizada del
mundo rico, lo que, aparte del
empobrecimiento gradual de las clases
medias de este mismo mundo, vuelve la
vida de todos —salvo la de los pocos que
tienen la información— cada vez más
intolerable.”[6]
Siguen en orden la respuesta de Vattimo
a Mimmo Pichierri, en la que vuelve a
ofrecer sus precisiones acerca del
marxismo al que convoca el despegue del
siglo XXI, y “Subversión democrática”,
texto que presentara en la celebración
del 30 Aniversario de la Revolución de
los Claveles en Portugal. “Un Marx
«debilitado» es lo que necesitamos para
redescubrir sin pudores liberales la
verdad del comunismo”, demanda en el
primero, tratando de no perder su
recurrencia teórica, conocida
universalmente como Pensamiento débil,
ante el giro que en efecto ha tomado su
visión. También recalca que no es una
ciencia natural la economía política, de
acuerdo con “uno de los aspectos de la
enseñanza de Marx”, y que el camino
apunta a “liberarla de los restos
cientificistas que propiciaron todos los
aspectos autoritarios del «socialismo
real»”[7].
En el segundo, la relación que establece
es también esencial para el presente:
“El
sueño de vivir en regímenes democráticos
«normales» es algo similar al sueño de
la mano invisible del mercado libre que
debería realizar el equilibrio económico
ideal (…) Igual que el libre mercado
debe ser regulado, y a menudo duramente
para no convertirse en campo de
monopolios, de esa manera la democracia
«normal», incluso únicamente para
subsistir, necesita inyecciones fuertes
de «subversión» y no solo tanto
iniciativas políticas que modifiquen los
marcos constitucionales para estabilizar
esta o aquella mayoría.”[8]
Véngase, sin nuevas mitificaciones
negativas, el análisis crítico del mito
de las democracias representativas como
sistema ideal para una democracia,
superficialmente declamada antes que
proyectada a pie de obra; súmese al
proverbio el aserto de que el mercado no
es Dios, aunque con todos sus poderes
nos someta; implántese en fin la
subversión intrasistémica, para que el
riesgo de ceder el camino a las
implicaciones hegemónicas se reduzca
siquiera en mínimos posibles.
Luego
de habernos enfrentado a esta especie de
training con su infantería de
opinión, nos sorprende, a partir de la
página 50, el ensayo con el que su
llamado se torna en fundamento: “Ecce
Comu”.[9]
Los
problemas planteados en la polémica viva
de la prensa y la vida política vuelven
aquí en su carácter filosófico, que no
por ello deja de ser en esencia
coloquial ni pródigo en interrupciones,
pegadas como notas chispeantes al
discurso rector, juicios y advertencias
que, de ser redactados en rigor, no
surtirían efecto similar. Las páginas
que lo preceden, si bien no están de
más, si bien contribuyen a decirnos que
la filosofía de hoy es imposible más
allá de la vida a que nos enfrentamos,
no se completan si no en este ensayo que
les sigue y con el cual concluye el
libro. En ellas, acerca del tema del
proletariado global, que requiere un
análisis de fondo menos mediatizado por
la visión “occidental” a la que ni
siquiera el propio autor consigue
rebasar, y sin perder de vista el
intercambio real en la necesidad
básicamente humana, Gianni Vattimo
aserta:
“Las
masas que se han movilizado, mas o menos
por la vía de Internet, para
manifestarse en todo el mundo, no solo
en el occidental, contra la invasión a
Iraq, son en efecto el nuevo
proletariado, aunque ignoran la
conciencia de clase y no representan una
clase en el sentido marxista de la
palabra.”[10]
“Los
proletarios de hoy son aquellos cuya
pobreza extrema radica en que ahora
deben entrar en acción para defender las
condiciones que son la base de la vida
en el planeta.”
“Un
proletariado «minimalista» como este,
que no ha pasado por la dura formación
de la conciencia de clase, no cuenta ni
siquiera con un proyecto que deba ser
elaborado por un comité central, por una
élite cualquiera. Es, más bien, con todo
el sentido negativo, pero también
positivo del término, una masa anárquica
pura.”[11]
El
“socialismo real” es también sometido a
una mirada analítica, no solo en sus
errores, lo cual se hace de oficio y sin
demasiada conciencia de responsabilidad
en estos tiempos, sino en sus aspectos
rescatables, en su proyección a un
futuro necesario. “La verdadera culpa (o
quizás error) de Stalin —opina al cerrar
el epígrafe «Derechos humanos»— fue la
adopción del mito del «desarrollo», el
mismo que hoy siempre se le echa en cara
a la izquierda de cualquier país,
agitándole en sus narices las cifras del
PIB y la solicitud de abrir sus puertas
por completo al mercado y reducir los
«excesos» de la seguridad social”.
“Hemos empezado a descubrir la necesidad
de un comunismo sin el mito del
desarrollo —agrega de inmediato, apenas
iniciado el epígrafe «Los
errores/horrores del comunismo real»— e
incluso sin la ambición de instaurar una
economía socialista «científicamente»
garantizada, precisamente en un mundo en
el que el desarrollo nos está
estrangulando”[12].
Más adelante insistirá en que, al
heredar “el ideal del progreso asociado
al desarrollo, hoy al PIB”, el comunismo
habrá de convertirse en “totalitario y
disciplinario”, para cerrar el párrafo
diciendo: “La posibilidad y necesidad de
un comunismo libertario marcha a la par
de la constatación de las limitaciones
del desarrollo y de la diferencia entre
calidad humana de vida y productividad
del sistema social”
[13].
El
mito de la democracia sostenida por el
accionar del capital financiero y la
forzosa competencia por insertarse en el
campo de las desigualdades, lleva
también su gravamen analítico en el
ensayo de Vattimo, pues la corrupción
general que el espíritu público sufre a
cada paso, nos dice, proviene del
proceso de burocratización de los
partidos, en simultánea condición de
efecto y causa.[14]
Entiende además que la fe en la
democracia, en crisis cada vez más
profunda, se presenta “como la más
eficaz y corruptiva forma de
conservación del sistema capitalista”.[15]
Un elemento esencial de hegemonía global
que sobrepasa el ámbito del mercado
mismo para invadir todos y cada uno de
los aspectos de la vida humana se ve
también acentuado en la aseveración de
que “el dominio de la economía mundial
por las finanzas, ayudadas por la
rapidez de las comunicaciones (…) ha
creado una situación en que lo que
cuenta para la economía es el
crecimiento del valor, de un día al
otro, de las reservas de acciones en
manos de los diferentes sujetos del
mercado”[16].
Al
enfocar su mirada hacia América Latina,
con valentía asume que es posible
“reconocer una democracia de alta
energía en la Venezuela de Hugo Chávez y
en la Cuba de Fidel Castro”, en los que
descubre “rasgos de un régimen
«soviético» no estalinista, pero
auténtico”[17].
Luego de un breve acercamiento,
occidental pero desprejuiciado (para
devolverle el pero que antecede
al auténtico), llama a atender a
nuestras experiencias para la proyección
del comunismo ideal. “Fundaremos el
comunismo libertario —predice— con una
concepción hermenéutica de la sociedad,
para la cual el conflicto de las
interpretaciones es una forma normal de
funcionamiento que precisamente debe ser
una lucha entre interpretaciones
diversas que se presentan como tales”[18].
Como esta petición no sobrepasa la
esencia del desideratum, se dispone
enseguida a aclarar que “las razones en
conflicto no son verdades contra
errores, sino interpretaciones contra
otras interpretaciones (intereses contra
otros intereses)”[19].
Si
bien, como suele ocurrir al pensamiento
crítico marxista, la objetividad del
análisis del dato presentado no se
revierte en los enunciados que exponen
la idea predictiva de la sociedad mejor,
la llamada de Vattimo aparece en un
momento oportuno y hacia oportunas
direcciones que deberán someterse a
juicio crítico, plural, diverso en
estructura y principio, pero enfocado a
la ética del bien común. Si el capital
financiero ha ganado la partida, esta
jugada de Vattimo nos convoca al
estudio, al repaso consciente del
tablero en que las piezas deberán
reestructurarse de un modo diferente.
[1]
Gianni Vattimo:
Ecce Comu, Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana,
2006, p. 32
[2]
Op. cit. p. 1. ¡Sic!, pues la
paginación del volumen desconoce
la presencia de las portadillas,
la ficha de autor, el copyright
y el índice, y numera a partir
de la primera página de texto.
La brevísima ficha de autor, por
otra parte, obvia otros cargos y
funciones desempeñadas por
Vattimo, como las relacionadas
con su militancia homosexual,
algo que no sería baldío si se
tiene en cuenta que, más
adelante, una vez que ha entrado
en el proceso de análisis de su
país dentro del contexto
europeo, aprovecha uno de los
múltiples paréntesis para
preguntarse: “¿será posible que
de la izquierda no quede más que
la homosexualidad?”. Cf. p. 93
[3]
Op. cit. p. 95. Suyos los
entrecomillados internos, en
esta y cada una de las citas que
serán empleadas.
[4]
Op. cit. pp.
26-34
[5]
Id. p. 33
[6]
Id. pp. 31-32
[7]
Op. Cit. P. 38.
[8]
Id. p. 47.
[9]
Op. cit. pp. 50-111
[10]
Op. cit. p. 70
[11]
Id. p. 71
[12]
Id. pp. 80-81
[13]
Id. p. 96
[14]
Id. p. 93
[15]
Id. p. 89
[16]
Id. p. 98
[17]
Id. pp. 99-100
[18]
Id. p. 106
[19]
Id. p. 107
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