Año VI
La Habana

1ro al 7
de SEPTIEMBRE
de 2007

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Vattimo nos llama al comunismo

Jorge Ángel Hernández • Santa Clara

 

“El comunismo real ha muerto, viva el comunismo ideal”, lanza como propuesta de provocación Gianni Vattimo en su libro Ecce Comu[1]. En el volumen, de apenas 118 páginas, el filósofo italiano traza lo que considera su “larga marcha a través de las oposiciones” que le han permitido transitar hasta la convicción de “volver a ser comunista”[2]. Tras la parodia nada gratuita de Nietzsche, cuyas marcas se advierten sobre todo a la hora de girar en las proposiciones, asistimos, en efecto, a un proceso que tal vez se cumpla en otros con cierta analogía, pero que Vattimo asume con valentía característica y sin ambages. De ahí que, entre otras precisiones, convoque a “repensar el comunismo como ideal de sociedad «justa» que, sin embargo, no puede verse como una sociedad «perfecta», es decir, definitiva, que excluya cualquier transformación ulterior, es decir, cualquier renovación desde abajo con los medios de la democracia”[3].

Luego de cinco artículos de polémica estampa, Vattimo incluye su intervención ante el Congreso del Partido de los Comunistas italianos en Rímini, a inicios de 2004,[4] en la que abiertamente llama a retomar el marxismo, dejando fuera el término “dictadura del proletariado” y coqueteando un tanto con su sustitución por un “«liberalcomunismo» que capte las críticas al dogmatismo de Marx, del que parten las desviaciones autoritarias del socialismo real”. Para ello, señala la necesidad de interpretar nuevamente, en sentido crítico, la aplicación histórica del concepto marxista de la “verdad objetiva de la historia”. Su experiencia dentro del ejercicio de la política convencional europea, lo conduce a aseverar:

“Si existe una verdad absoluta sobre la historia, el estado, la naturaleza, es fatal que se constituya una nueva clase privilegiada de expertos, de vanguardias, exponentes del proletariado «auténtico» incluso contra el «proletariado empírico».”[5]

Y en ese vivo pulso del criterio, aplica una lección marxista a la que no debemos dejar de atender en el presente, sumidos como estamos en una carrera por ganar la condición alienante de proletariado global ahíto de informatización:

“A la profecía de Marx sobre la proletarización progresiva que tiene lugar en la sociedad de mercado, se agrega hoy, inédita, también la proletarización informática, o simplemente informativa. No solo la gran mayoría de la humanidad no puede disponer de los recursos económicos del planeta, sino que también gracias al «progreso» tecnológico está sujeta a un control de su vida privada que no tiene parangón en las sociedades del pasado. Los dos aspectos de la proletarización, como es fácil ver, se enlazan: la exclusión de la gran mayoría de la humanidad para el uso de los recursos (el 15% consume el 85%) impone una defensa cada vez más militarizada del mundo rico, lo que, aparte del empobrecimiento gradual de las clases medias de este mismo mundo, vuelve la vida de todos —salvo la de los pocos que tienen la información— cada vez más intolerable.”[6]

Siguen en orden la respuesta de Vattimo a Mimmo Pichierri, en la que vuelve a ofrecer sus precisiones acerca del marxismo al que convoca el despegue del siglo XXI, y “Subversión democrática”, texto que presentara en la celebración del 30 Aniversario de la Revolución de los Claveles en Portugal. “Un Marx «debilitado» es lo que necesitamos para redescubrir sin pudores liberales la verdad del comunismo”, demanda en el primero, tratando de no perder su recurrencia teórica, conocida universalmente como Pensamiento débil, ante el giro que en efecto ha tomado su visión. También recalca que no es una ciencia natural la economía política, de acuerdo con “uno de los aspectos de la enseñanza de Marx”, y que el camino apunta a “liberarla de los restos cientificistas que propiciaron todos los aspectos autoritarios del «socialismo real»”[7]. En el segundo, la relación que establece es también esencial para el presente:

“El sueño de vivir en regímenes democráticos «normales» es algo similar al sueño de la mano invisible del mercado libre que debería realizar el equilibrio económico ideal (…) Igual que el libre mercado debe ser regulado, y a menudo duramente para no convertirse en campo de monopolios, de esa manera la democracia «normal», incluso únicamente para subsistir, necesita inyecciones fuertes de «subversión» y no solo tanto iniciativas políticas que modifiquen los marcos constitucionales para estabilizar esta o aquella mayoría.”[8]

Véngase, sin nuevas mitificaciones negativas, el análisis crítico del mito de las democracias representativas como sistema ideal para una democracia, superficialmente declamada antes que proyectada a pie de obra; súmese al proverbio el aserto de que el mercado no es Dios, aunque con todos sus poderes nos someta; implántese en fin la subversión intrasistémica, para que el riesgo de ceder el camino a las implicaciones hegemónicas se reduzca siquiera en mínimos posibles.

Luego de habernos enfrentado a esta especie de training con su infantería de opinión, nos sorprende, a partir de la página 50, el ensayo con el que su llamado se torna en fundamento: “Ecce Comu”.[9]

Los problemas planteados en la polémica viva de la prensa y la vida política vuelven aquí en su carácter filosófico, que no por ello deja de ser en esencia coloquial ni pródigo en interrupciones, pegadas como notas chispeantes al discurso rector, juicios y advertencias que, de ser redactados en rigor, no surtirían efecto similar. Las páginas que lo preceden, si bien no están de más, si bien contribuyen a decirnos que la filosofía de hoy es imposible más allá de la vida a que nos enfrentamos, no se completan si no en este ensayo que les sigue y con el cual concluye el libro. En ellas, acerca del tema del proletariado global, que requiere un análisis de fondo menos mediatizado por la visión “occidental” a la que ni siquiera el propio autor consigue rebasar, y sin perder de vista el intercambio real en la necesidad básicamente humana, Gianni Vattimo aserta:

“Las masas que se han movilizado, mas o menos por la vía de Internet, para manifestarse en todo el mundo, no solo en el occidental, contra la invasión a Iraq, son en efecto el nuevo proletariado, aunque ignoran la conciencia de clase y no representan una clase en el sentido marxista de la palabra.”[10]

“Los proletarios de hoy son aquellos cuya pobreza extrema radica en que ahora deben entrar en acción para defender las condiciones que son la base de la vida en el planeta.”

“Un proletariado «minimalista» como este, que no ha pasado por la dura formación de la conciencia de clase, no cuenta ni siquiera con un proyecto que deba ser elaborado por un comité central, por una élite cualquiera. Es, más bien, con todo el sentido negativo, pero también positivo del término, una masa anárquica pura.”[11]

El “socialismo real” es también sometido a una mirada analítica, no solo en sus errores, lo cual se hace de oficio y sin demasiada conciencia de responsabilidad en estos tiempos, sino en sus aspectos rescatables, en su proyección a un futuro necesario. “La verdadera culpa (o quizás error) de Stalin —opina al cerrar el epígrafe «Derechos humanos»— fue la adopción del mito del «desarrollo», el mismo que hoy siempre se le echa en cara a la izquierda de cualquier país, agitándole en sus narices las cifras del PIB y la solicitud de abrir sus puertas por completo al mercado y reducir los «excesos» de la seguridad social”.

“Hemos empezado a descubrir la necesidad de un comunismo sin el mito del desarrollo —agrega de inmediato, apenas  iniciado el epígrafe «Los errores/horrores del comunismo real»— e incluso sin la ambición de instaurar una economía socialista «científicamente» garantizada, precisamente en un mundo en el que el desarrollo nos está estrangulando”[12]. Más adelante insistirá en que, al heredar “el ideal del progreso asociado al desarrollo, hoy al PIB”, el comunismo habrá de convertirse en “totalitario y disciplinario”, para cerrar el párrafo diciendo: “La posibilidad y necesidad de un comunismo libertario marcha a la par de la constatación de las limitaciones del desarrollo y de la diferencia entre calidad humana de vida y productividad del sistema social” [13].

El mito de la democracia sostenida por el accionar del capital financiero y la forzosa competencia por insertarse en el campo de las desigualdades, lleva también su gravamen analítico en el ensayo de Vattimo, pues la corrupción general que el espíritu público sufre a cada paso, nos dice, proviene del proceso de burocratización de los partidos, en simultánea condición de efecto y causa.[14] Entiende además que la fe en la democracia, en crisis cada vez más profunda, se presenta “como la más eficaz y corruptiva forma de conservación del sistema capitalista”.[15] Un elemento esencial de hegemonía global que sobrepasa el ámbito del mercado mismo para invadir todos y cada uno de los aspectos de la vida humana se ve también acentuado en la aseveración de que “el dominio de la economía mundial por las finanzas, ayudadas por la rapidez de las comunicaciones (…) ha creado una situación en que lo que cuenta para la economía es el crecimiento del valor, de un día al otro, de las reservas de acciones en manos de los diferentes sujetos del mercado”[16].

Al enfocar su mirada hacia América Latina, con valentía asume que es posible “reconocer una democracia de alta energía en la Venezuela de Hugo Chávez y en la Cuba de Fidel Castro”, en los que descubre “rasgos de un régimen «soviético» no estalinista, pero auténtico”[17]. Luego de un breve acercamiento, occidental pero desprejuiciado (para devolverle el pero que antecede al auténtico), llama a atender a nuestras experiencias para la proyección del comunismo ideal. “Fundaremos el comunismo libertario —predice— con una concepción hermenéutica de la sociedad, para la cual el conflicto de las interpretaciones es una forma normal de funcionamiento que precisamente debe ser una lucha entre interpretaciones diversas que se presentan como tales”[18]. Como esta petición no sobrepasa la esencia del desideratum, se dispone enseguida a aclarar que “las razones en conflicto no son verdades contra errores, sino interpretaciones contra otras interpretaciones (intereses contra otros intereses)”[19].

Si bien, como suele ocurrir al pensamiento crítico marxista, la objetividad del análisis del dato presentado no se revierte en los enunciados que exponen la idea predictiva de la sociedad mejor, la llamada de Vattimo aparece en un momento oportuno y hacia oportunas direcciones que deberán someterse a juicio crítico, plural, diverso en estructura y principio, pero enfocado a la ética del bien común. Si el capital financiero ha ganado la partida, esta jugada de Vattimo nos convoca al estudio, al repaso consciente del tablero en que las piezas deberán reestructurarse de un modo diferente.

 

[1] Gianni Vattimo: Ecce Comu, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, p. 32
[2] Op. cit. p. 1. ¡Sic!, pues la paginación del volumen desconoce la presencia de las portadillas, la ficha de autor, el copyright y el índice, y numera a partir de la primera página de texto. La brevísima ficha de autor, por otra parte, obvia otros cargos y funciones desempeñadas por Vattimo, como las relacionadas con su militancia homosexual, algo que no sería baldío si se tiene en cuenta que, más adelante, una vez que ha entrado en el proceso de análisis de su país dentro del contexto europeo, aprovecha uno de los múltiples paréntesis para preguntarse: “¿será posible que de la izquierda no quede más que la homosexualidad?”. Cf. p. 93
[3] Op. cit. p. 95. Suyos los entrecomillados internos, en esta y cada una de las citas que serán empleadas.
[4] Op. cit. pp. 26-34
[5] Id. p. 33
[6] Id. pp. 31-32
[7] Op. Cit. P. 38.
[8] Id. p. 47.
[9] Op. cit. pp. 50-111
[10] Op. cit. p. 70
[11] Id. p. 71
[12] Id. pp. 80-81
[13] Id. p. 96
[14] Id. p. 93
[15] Id. p. 89
[16] Id. p. 98
[17] Id. pp. 99-100
[18] Id. p. 106
[19] Id. p. 107

 

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